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Mamá Junko. Inmigrante okinawense que sobrevivió a la guerra comparte recuerdos  

Junko Uehara junto con su hija Ana y su nieta Fabiana.

Con una contagiosa sonrisa, Junko Uehara se escapa por unos minutos de su clase de coro de Fujinkai. Era por solo unos minutos, para tomarle las fotos para el artículo. “A mi mamá no le gusta faltar a sus clases”, dice su hija Ana.

Pero a veces, revivir recuerdos con la familia es suficiente como para escaparnos un ratito de nuestras obligaciones y pasiones. Junko se había escapado por solo unos minutos, pero sin darse cuenta, terminaron siendo casi tres horas, entre recuerdos y anécdotas junto con su hija Ana y su nieta Fabiana.

A sus 86 años, Junko Uehara recuerda la esencia de cada vivencia, aunque a veces los detalles se le escapan de la mente.

ÉPOCA DE GUERRA

Junko nació en Shuri, la antigua capital de Okinawa. Cuenta con orgullo que sus padres fueron profesores de jyogakkou (“escuela para mujeres”, equivalente a la secundaria, según el antiguo sistema educativo japonés de la preguerra). Junko pudo asistir a la escuela y no tenía que trabajar en la chacra, como lo hacían muchas jovencitas de su edad. Pero apenas cursaba el segundo año del jyogakkou, cuando la guerra llegó para cambiarlo todo.

Las escuelas dejaron de funcionar y la gente ya comenzaba a evacuar. Junko recuerda: “Ahí empezó la guerra. A Okinawa iban a venir los americanos. Menores de 15 años, ojiichan, obaachan o papá anciano podían ir a otro sitio. A Kumamoto, Kagoshima, Miyazaki, otro lugar”.

Los que se quedaron en Okinawa eran mayormente los estudiantes que cambiaron los libros y cuadernos por las armas y las vendas. Muchos chicos se convirtieron en soldados y las chicas, en enfermeras. Las compañeras de Junko de grados más avanzados fueron las Himeyuri, el cuerpo de enfermeras de guerra. Pero Junko tuvo suerte. Se escapó de Okinawa junto con su mamá y sus tres hermanos menores. Su papá ya había fallecido para ese entonces.

Junko recuerda que, junto con otros evacuados, subieron a un barco de guerra que los llevaría a Kumamoto: “Todas las cosas que pudimos cargar llevamos: ropa, olla. A veces subía (a la cubierta del barco) y había bastante sol. Ahí dormía. Vi aviones de americanos acercándose para bombardear. Tenía miedo a eso, pero felizmente nada pasó”.

Llegaron a Kagoshima y fueron trasladados en tren hasta Kumamoto. Junko ya tenía unos 15 años.

Fueron evacuados a un templo. No había otro lugar. “Todos los uchinanchu estábamos juntos. En un templo nos hicieron dormir. Cuando en la noche despertaba, ahí había bastante ihai (tablitas funerarias), también un Hotokesama (Buda) sentado. Miraba eso y tenía miedo. El gobierno regalaba comida a todos: arroz, camote, verduras. Para cocinar, tenía que salir afuera del templo. Había eso que se toca ‘bong’, ‘bong’, eso se sacaba, y ahí se ponía una piedra. Cada uno ponía una olla y cocinaban todos. No había leña, tenían que ir los tres (sus hermanos) a traer leña”, recuerda Junko casi riéndose, como si estuviera contando una anécdota.

Así fue la vida de Junko y su familia durante casi dos años. Luego, tuvieron que evacuar a un lugar más seguro, más alejado o “más inaka” como dice Junko, en donde la guerra apenas se sentía. 

Era 1945 cuando acabó la guerra. Tiempo después, todos los evacuados regresaron a Okinawa, incluyendo la familia de Junko.


REGRESANDO A OKINAWA

Okinawa ya no era la misma que dejaron, todo había cambiado. No había barcos japoneses, pero sí estadounidenses. Su casa había desaparecido. Casi todo había sido bombardeado. Perdieron a algunos familiares durante la guerra. Solo quedó la sombra de muerte y destrucción en Okinawa.

Pero la vida continuó. Junko trabajó como profesora de niños y tiempo después pasó a trabajar en el kencho de Okinawa (sede del gobierno de la prefectura).

Matrimonio en Okinawa con su esposo Ryowa. 

“Y ¿recuerda cuándo conoció a su esposo?”, es la pregunta que la hace sonrojar. Con una risita cómplice entre su hija y su nieta, me dice que no recuerda mucho.

Ana, su hija, la ayuda un poco. “Mi mamá se casó con mi papá (Ryowa Uehara) en 1953, ocho años después de que acabó la guerra”.

Eso bastó para que Junko recordara más. “Ah, sí, ya me acuerdo. Me casé en Okinawa”, cuenta. “Una amiga de mi mamá era sanbasan (partera) y a ella mi mamá le encargó: ‘mi hija todavía está soltera, no se casa’. Un día, fui a visitar a la amiga de mamá, la sanbasan. Ella rápido mandó a llamar a Ryowa, que era profesor del colegio que estaba cerca. Ahí mismo, los dos conversamos: ‘Yoroshiku onegaishimasu’ (mucho gusto). Así lo he conocido”.

Aún lo cuenta como si fuera ayer, con esa timidez de una recién enamorada, agachando la cabeza de cuando en cuando, pero sin perder nunca la sonrisa.

Ana recuerda que su padre nació en el Perú, pero fue llevado a Okinawa cuando era pequeño. Era la época de los kirai nisei, los hijos de japoneses nacidos en el Perú y que eran llevados a Japón para estudiar. Ryowa fue uno de ellos y pasó su infancia y parte de su juventud en Okinawa, hasta que conoció a Junko.

Ryowa quería que su familia en Perú conociera a su reciente esposa Junko y a su pequeña hija Ana, quien entonces tenía 1 año y 9 meses. Junko dejó todo en Okinawa y siguió a su esposo.

Okinawa. Junko (a la derecha) con su hija Ana en brazos.


VIDA EN PERÚ, VIDA EN FAMILIA

En 1955, Junko llega por primera vez al Perú. Aunque era una recién casada y con una pequeña niña en un país extraño, no tuvo problemas. Su suegro Ryosuke, el padre de Ryowa, ya tenía un negocio propio en el Perú, en donde podían vivir y trabajar.

“Era un restaurante fino, de alta categoría. Quedaba en 28 de Julio. Los mozos tenían camisa blanca, pantalón negro y corbata michi”, cuenta con nostalgia Junko. Allí fue donde aprendió junto con Ana el español.

Restaurante de su suegro en La Victoria (Lima), donde Junko trabajó y aprendió español.

Al principio fue difícil, apenas entendía el idioma. Junko recuerda el día en que el cocinero la saludó con un “Buenos días, señora”. Pero ella no le respondió. “Pensé que hablaba lisura”, me dice. Pero con el tiempo se dio cuenta de que era un malentendido y ahora lo recuerda como una anécdota más.

Con su hija Ana apenas podía conversar. Junko conversaba en uchinaguchi (idioma de Okinawa) con los suegros y su esposo. Con sus cuñadas y Ana, en español, aunque me dice que no lo hablaba  bien.

A medida que crecía, Ana hablaba más español y apenas japonés. Ana recuerda que por eso pasaba más tiempo con sus tías, que eran nisei. Pero me recalca que su mamá era amorosa, que demostraba su cariño a su manera. “Mi mamá era como las issei de su época. Eran sumisas y casi no expresaban lo que sentían. No eran de abrazar o llenar de besos a los hijos. Cuando había que corregir algo, mi mamá era como mi papá, eran rectos. Pero nunca nos faltaba nada en casa, comida o estudios. Siempre nos aconsejaba y nos decía que la familia siempre tiene que estar unida. Creo que esa era su forma de decirnos que nos quería. Es algo que tú ya lo sientes, es como una conexión entre ambas y que no necesita decirse. Pero con mis hijas, es diferente, yo expreso mis sentimientos, las abrazo, las apachurro”.

Una repentina risa entre las tres termina por confirmármelo.

En 1957 cerraron el restaurante en busca de nuevos rumbos. Los Uehara se mudaron a La Parada, en donde abrieron otro restaurante, un bazar y hasta un hotel, al que pusieron de nombre “Los Diamantes”. Su principal clientela eran los comerciantes y proveedores del mercado.

Su esposo Ryowa se dedicó al negocio familiar, pero también a las asociaciones en las que participaba activamente, como la Asociación Okinawense del Perú y Yonabaru Chojinkai del Perú. Junko, en cambio, solo participaba en algunas actuaciones, paseos y los tanomoshi que organizaban. La mayor parte del tiempo se quedaba en casa. “No había tiempo para ir. Yo trabajaba y cuidaba a los hijos. Y de noche, esperaba a mi esposo que regrese a casa. Paraba metido en el chojinkai”.


NO SE BOTA NADA

Fabiana, una de las nietas de Junko, recuerda: “Hasta los 10 años estuve ayudando en las tiendas. Mi mamá me llevaba a visitar a mis tías, que vivían en la trastienda del negocio. Almorzábamos todos juntos y luego pasábamos al bazar, en donde ayudábamos un poco”.

Fabiana no vivió en la casa de la oba Junko. Desde pequeña vivió con el oji Inamine. “Éramos como 10”. Fabiana recuerda: “Vivía con mi oji por parte de papá, mi papá, mi mamá, mis hermanas y mis primos por parte de Inamine. Nosotros íbamos de visita a la casa de la oba (Junko) los fines de semana. Pero en sí, pasaba más tiempo con mi mamá. Ella es más abierta”.

Ana recuerda sus épocas de estudiante en el Santa Rosa y en el Mercedes Cabello, en pleno gobierno de Velasco. “En esa época había bastante nihonjin en los colegios (nacionales) y no se sentía la diferencia entre casa y colegio”, cuenta Ana.

Fabiana la interrumpe: “Y a mí me puso en un colegio peruano norteamericano. Me acuerdo de que éramos solo uno o dos nikkei en todo el salón. Ya luego entré al IPAE. Pero sí me acuerdo de algunas cosas que me enseñaron en casa, como el reciclaje”.

Y como un ping pong de recuerdos entre Ana y Fabiana, Ana le contesta: “Eso era lo que yo te decía, que cuando comes, no dejes nada. Es ‘mottainai’, botar cosas”.  Fabiana: “Ah, sí… La comida no se bota, se deja, porque si no, te va a castigar Kamisama”. Otra vez se escuchan risas.

Fabiana es más relajada, pero recuerda con cariño las costumbres de la oba que aprendió de niña. Administradora de profesión y madre por vocación, aún pone en práctica lo que su mamá y su oba le enseñaron. Ahora es el turno de Hiroyuki, su hijo de 6 años y único nieto de Ana, a quien Fabiana le inculca algunos de estos valores: “Trabajar mucho”, “no desperdiciar nada” (“mottainai”) y “tener calidad de vida familiar”.

“Sí, mi mamá fue bien chamba”, agrega Ana entusiasmada, “nos enseñó mucho el tema del ahorro. No hay que desperdiciar nada. Hay que usar las cosas hasta lo mínimo, como dicen, “mottainai” y como que te queda esa costumbre, ¿no?” Fabiana la interrumpe: “¡Y hasta ahora recicla!” Ambas se matan de la risa.

Con voz más reflexiva y hasta nostálgica, Ana continúa: “Por el trabajo, a veces no tenemos tiempo para reunirnos todos los días, como antes. Cuando hay algo que celebrar, preparamos algo bonito con la familia. Nunca perdemos el contacto. Es una costumbre que tenemos desde que teníamos la tienda. Aunque trabajábamos bastante, siempre nos dábamos un tiempo para almorzar todos juntos”. Fabiana asienta con la cabeza y Junko solo sonríe.

Creo que ya es hora de terminar la entrevista. Junko se da cuenta de que ya terminó sus clases de coro. Pero bien valió la pena. Fue una tarde de recuerdos de familia que compartió junto con su hija Ana y su nieta Fabiana.

En la actividad central del centenario de la inmigración de yonabaranchu al Perú).

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 98, y adaptado para Discover Nikkei.

 

© 2015 Texto: Asociación Peruano Japonesa; © Fotos: APJ/Óscar Chambi, Yonabaru Chojinkai Perú 

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