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De Hiroshima y Nagasaki a la paz mundial

Hay viajes que no empiezan cuando se planifican ni cuando se embarca en ellos, sino cuando surge el móvil para hacerlo. El “Oceanic” es un barco de más de dos cuadras de largo y casi nueve metros de ancho, fletado por la ONG Peace Boat. Ellos empezaron a navegar hace casi 30 años, pero el motivo se remonta hasta la Segunda Guerra Mundial.

El 6 y 9 de agosto de 1945, cuando cayeron las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, aquellas armas nucleares que mataron a más de 240 mil personas no sólo causaron dolor y destrucción, sino que también dejaron en el aire, como una nube hongo, una luz de alerta sobre lo que podía significar el uso de este armamento letal en el planeta.

Desde entonces, los grupos pacifistas han realizado campañas y protestas solicitando la prohibición del uso de estas armas de destrucción masiva. Peace Boat es una de ellas, sólo que en lugar de marchar por las calles con carteles, navegan por el mundo como una botella que lleva dentro a un grupo de personas que transmiten un mensaje de paz.

Hibakusha navegan por el mundo llevando su mensaje de desarme nuclear.

Hibakusha a bordo

A bordo de este barco, con capacidad para 1.550 personas, viajan cerca de 70 integrantes (de diversa edad, educación, experiencia y nacionalidad) de esta agrupación. Parte importante de esa gran tripulación la conforman los hibakusha, las personas que sobrevivieron a los bombardeos nucleares en Japón, y que son el testimonio vivo de un pasado que muchos olvidan o ignoran, pero que es necesario escuchar y mirar de frente, sobre todo cuando llegan a la puerta marítima de tu ciudad.

Diez hibakusha llegaron al Callao como parte del Viaje Global 78 del Peace Boat, y recorrieron diversos lugares de la capital para compartir sus experiencias, su vocación de servicio y ayuda social. La breve escala fue ocasión para oír sus testimonios de una guerra que recuerdan como si hubiera ocurrido ayer. 

Niños en guerra 

Muchos estaban en edad escolar, algunos apenas habían nacido, pero para todos fue una pesadilla que, esperan, sirva para ahuyentar las ideas belicistas. Takaaki Kitamura tenía 16 años y cursaba el cuarto año de secundaria cuando cayó la bomba en Nagasaki, su ciudad natal, donde aún reside.

Shokong Lee nació en Hiroshima y, nueve días antes de cumplir la misma edad que tenía Kitamura, vio caer la bomba sobre la ciudad donde sigue viviendo. Sadao Haraguchi, de 14 años, se encontraba a tres kilómetros de Nagasaki cuando cayó la bomba, mientras que Kazumi Yamada, de 12 años, estuvo a 2,3 kilómetros del epicentro.

Shizuko Matsunaga, de 13 años, era estudiante de secundaria y estaba preparándose para evacuar la ciudad cuando cayó la bomba de Hiroshima. Sufrió quemaduras en su cara y cuello, además de enfermedades por la radiación.

Masakazu Masukawa y Mitoshi Nagashima tenían apenas cuatro años cuando ocurrieron los impactos nucleares. Ritsuko Ishikawa, que perdió a su padre y a las dos tías con las que vivía, tenía sólo un año, pero recuerda bien las lluvias negras que oscurecieron el cielo del país del sol naciente.

Recuerdos para olvidar

“No podía creer que Japón había perdido (la guerra)”, dice Kazumi Yamada todavía con asombro. Lo que vino después fue la escasez de alimentos, una situación tan dramática como la ciudad arrasada. 

“No teníamos arroz y lo único que comíamos era soya o maíz exprimidos que no tenían buen sabor”, dice Shokong Lee, de ascendencia coreana, quien por ese entonces trabajaba en la Empresa Japonesa de Trenes.

“Yo era soldado de guerra y la falta de comida también afectó al ejército. Hubo una gran inflación”, añade Takaaki Kitamura. 

Sadao Haraguchi recuerda que Estados Unidos y Francia prefirieron realizar experimentos nucleares en lugar de apoyar a las víctimas de las bombas atómicas. “La primera vez que nos ayudaron fue diez años después de la guerra”.

Viaje por la paz

Esta es la quinta vez que el gigante “Oceanic”, de Peace Boat, lleva a hibakusha en sus viajes, como parte del proyecto denominado Orizuru. Ellos no son simples acompañantes. Trabajan junto a los demás miembros de la tripulación en las tareas cotidianas y llevan una vida tan normal como la de cualquiera que tiene los pies sobre la tierra.

Los viajes, que tardan cerca de tres meses en retornar a la ciudad de partida, se amenizan con actividades deportivas, recreaciones artísticas y mucho compañerismo. Cantan en el karaoke, se divierten con juegos de mesa y comparten entre sí los conocimientos que cada tripulante tiene según su especialidad.

Pero, más que nada, no olvidan el motivo, ocurrido hace 67 años, que los ha llevado a viajar a Chile, Namibia, Indonesia, Argentina, Colombia, Sudáfrica, Brasil, Grecia, Egipto, Suecia, Panamá, Rusia, Francia, Turquía, México y así, por un sinfín de países alrededor del globo: tener un mundo libre de armas nucleares.

Los hibakusha, las personas que sobrevivieron a los bombardeos nucleares en Japón, son el testimonio vivo de un pasado que muchos olvidan o ignoran, pero que es necesario escuchar y mirar de frente.


* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 66, abril de 2012 y adaptado para Discover Nikkei.

© 2012 Asociación Peruano Japonesa; © 2012 Fotos: Asociación Peruano Japonesa / Álvaro Uematsu

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