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Crónicas Nikkei 8 — Héroes Nikkei: Pioneros, Modelos a Seguir e Inspiraciones

Mi oba, ¡qué mejor inspiración!

¿Quién me inspira a ser mejor? Creo que mi oba. Aunque hasta ahora, no sé cómo ella hacía para luchar contra los problemas, salir adelante y ayudar a los demás. Y, como si fuera una heroína, nunca esperaba nada a cambio.

Mi oba (izquierda, con el cabello largo) antes de salir de Okinawa (año 1918 aproximadamente).

Mi oba tenía 92 años cuando falleció y yo, 9. ¡Había más de 80 años de diferencia entre nosotras! Y creo que eso le daba cierto “halo” de misterio a mi oba. Nunca me contó sobre su historia. Apenas soltaba comentarios espontáneamente, de cuatro o cinco palabras, que he estado guardando en mi memoria. En realidad, su español no le ayudaba. Cuando yo tenía unos 30 años, recién empecé a re-construir la historia de mi oba, a partir de los recuerdos de mi mamá, anotaciones que encontré detrás de fotos viejas, documentos que ya se deshacen de lo viejo que están y hasta googleando en internet, para cotejarlos con hechos históricos. Mi oba le contaba a mi mamá sobre los orígenes shizoku de la familia; aunque creo que ella no sabía cómo explicarnos su historia. Ella es mi oba por el lado materno, con quien viví 9 años de mi vida.

Mi oba se llamaba Tsuru Shiroma y cuando se casó, pasó a ser Tsuru Shinzato. Cuando adoptó la fe católica, escogió el nombre de Isabel. Y en entre los paisanos del barrio, era conocida como Malambito obasan (porque tenía su negocio en la calle Malambito). Oba, como así la familia la llamaba, vino al Perú en octubre de 1918, a bordo del Anyo Maru. “Era su luna de miel”, contaba mi mamá. Mi oba tenía 21 años y recién se había casado. Con oji (mi abuelo), escogió al Perú como destino, pensando que era temporal.

Una de las primeras fotos de mi oba con su esposo y familia en Perú. Al fondo, se ve el shamisen y la foto del patriarca de la familia. (Años 30, aproximadamente)

Trabajaron en la hacienda azucarera Paramonga, no sé por cuanto tiempo, pero la forma cómo descubrí ese dato, hasta ahora me saca una sonrisa. Un día, me acerqué llorando a mi oba, llevando un rollo de papel higiénico en la mano. “Me ha dicho monga”, le dije. Mi hermana mayor me había hecho una broma y me entregó el rollo diciendo “Para monga”, jugando con el doble sentido. “Para monga” se refería al nombre de la fábrica Paramonga que hacía el papel; pero también, “monga” significa “tonta”. Como si fuera un chispazo de nostalgia, oba miró el rollo y dijo chapurreando: “¿Por qué molestando? Yo trabajé en Paramonga” y nada más. No le entendí. Yo tenía unos 5 años. Pero con anécdotas similares, fue así como recopilé su propia historia.

Los siguientes años, nadie en la familia sabe qué pasó. Pero en 1929, oba y oji abrió un cafetín, según un documento que hasta ahora conservo.

Documento de mi oba, que la identifica como esposa del propietario del cafetín en donde trabajaba.

Años después, compró la finca que todos conocimos, incluso los nietos. Era una panadería, pero que mis abuelos convirtieron en cafetín y casa. La llamaban finca, porque tenía unos 200 metros de área. Pero a medida que la gente se iba, su inmensidad se hacía más notoria. La guerra tenía la culpa. Mi oba mandó a los hijos mayores a Okinawa para estudiar. El chonan (hijo mayor) ingresó a la escuela secundaria Okinawa Ken Ritsu Dai Ni Chuugakkou, pero cuando Japón comenzó a enrolar gente para su ejército, Chisei decidió quedarse a pelear, mientras que sus hermanas buscaron refugio en Naichi (Japón).

Carta que escribió el hijo mayor de mi oba, Chisei, cuando estaba estudiando en Okinawa.

“No tenía que hacerlo”, decía mi oba, según contaba mi mamá. Como era el chonan, tenía opción de escoger: irse con la familia o quedarse a pelear. “Pero le lavaron el cerebro”, me dijo mi mamá. Tantas promesas falsas que truncó su futuro y las esperanzas de mi oba. Una bomba cayó en el lugar en donde supuestamente estaba asignado mi tío. Aunque no encontraron el cuerpo, las noticias llegaron pronto. Ni la indemnización que recibió mi oba alivió su gran pena, pero tengo que reconocer que sí nos salvó de otra lucha: la de sobrevivir en medio de la crisis económica. Eran mediados de los años 80 cuando mi papá falleció y en el Perú, había crisis económica. Mi mamá enviudó y el único apoyo que tenía en ese momento era mi oba. Con la ayuda de oba, salimos adelante. Oba nos daba parte de la indemnización que recibía mensualmente para que nada nos faltara.

Oba con sus hijas. (Años 30, aproximadamente)

Cuando enviudó, mi mamá pasó por casi lo mismo que pasó oba. Con hijos pequeños, un negocio que sacar adelante y la pena de perder al compañero de vida que ni siquiera pudo cumplir los 50 años. Pero mi mamá tuvo la suerte de tener el apoyo de su mamá, mi oba. En cambio, mi oba solo se tenía a ella misma y algunos familiares cercanos cuando enviudó.

Nunca la vi llorar, ni quejarse. Y el recuerdo que hasta ahora tengo grabado en mi mente es cuando oba estaba en su cuarto, sentada sobre su cama o en la silla, fumando en silencio y con la mirada perdida en la pared. “Para acompañarse en su soledad”, me decía mi mamá. Y es verdad. El silencio a veces puede ser la mejor compañía o el mejor bálsamo para aliviar las penas, por la familia que dejó en Okinawa, el esposo o el hijo que ya no están o las mala decisiones que tomó pensando que fueron las acertadas, siempre pensando en la familia.

A mi oba le fue bien en los negocios, en el cafetín que muchos llamaban “la mina de oro”. Pero nunca tuvo esa ambición que ahora todos recomiendan tener, eso que llaman “visión empresarial”. Mi oba nunca pensó en abrir un segundo cafetín ni ampliarlo y se conformó con el mismo que abrió con su esposo. Así estuvo funcionando durante más de 50 años. “Me conformo con que la familia esté bien y unida”, parecía decir. Creo que no le importaba mucho el dinero y, más bien, lo compartía con la familia.

Familia que oba dejó en Okinawa. Foto tomada en la casa de Yonabaru en 1952.

Cuando viajó a Okinawa para visitar a la familia tras la guerra, les llevó relojes, anillos y pulseras de oro como recuerdo u omiyage, porque decía que en “Nihon no hay oro” y en el fondo, sabía que eso les ayudaría a solventar los gastos que tuvieran. Y a la familia y amigos cercanos en Perú, solía “prestarles” dinero, aunque en el fondo no esperaba devolución. Con mi papá, mi oba fue muy buena y hasta creo que lo veía como el hijo que perdió.

A pesar de todos los problemas por los que pasó, oba nunca perdió las ganas de luchar y seguir adelante. Quizás le motivaba el cariño de la familia, no lo sé.

Foto del pasaporte de mi oba y su firma.

Mi oba era tan inexpresiva, que hasta para las fotos, era raro que sonriera. Aunque luego descubrí que el rostro es el que refleja los golpes que te da la vida y te endurece los gestos, aun cuando sea el día más feliz de tu vida y la menor de tus hijas se haya casado o haya nacido el primero de sus nietos. Mi oba llevaba sus penas por dentro que hasta parece que se acostumbró a ocultar también las alegrías. No me imagino qué tan duro ha sido la vida en sus épocas, con una guerra que trajo prejuicios antijaponeses a Occidente, siendo una mujer sola al frente de un negocio y una latente mentalidad machista de la época. Mi oba nunca se nacionalizó peruana y nunca se olvidaba de renovar su pasaporte. “Algún día”, quizás. Creo que ella siempre quiso regresar a Okinawa, tal y como había planeado con mi oji. Pero cuando nosotros, sus nietos, nacimos en el Perú, quizás ese deseo fue desvaneciéndose poco a poco, como las volutas de humo que salían de su cigarrillo.

Mi oba con sus hijas y yerno el día que cumplió 60 años y celebró el Kanreki.

Pero aún así, con sus “raras” costumbres; sus “palabras mágicas” que curaban casi todo y que en realidad era uchinaaguchi (idioma de Okinawa), como el mabuyaa para curarme del susto o el chino miku miku duu gan jyuukupara que “siempre tenga” ropa nueva; todo eso la hacía aún más misteriosa . Y más el silencio que se volvió parte de ella, para ocultar sus penas y no preocupar a la familia. Aunque no pasaba del metro y medio de estatura y hablaba español chapurreado o “masticado”, mi oba infundía respeto. Nunca pudimos tutearla y siempre la tratábamos de “usted”, aunque nunca nos pidió eso. Creo que mi oba tenía eso que inspiran los héroes: tenerle respeto por lo que vivió y por lo que hizo. Aunque hayan pasado 30 años de su partida, oba sigue inspirándome (y asombrándome). Se fue el 25 de noviembre de 1989.

 

© 2019 Milagros Tsukayama Shinzato

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