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El haiku que habita entre los peruanos

La relación entre Perú y Japón, histórica, cultural y de fraternidad, está llena de casos ejemplares en los que se da el intercambio y la modificación de prácticas tradicionales que se terminan practicando, adoptando y reinventando en el otro lado del mundo. Es el caso del haiku y de escritores, estudiosos y artistas peruanos que han sido cautivados por este género poético inspirado en lo efímero y en la contemplación de la naturaleza.

Quizá los más célebres cultores del haiku en el Perú hayan sido Javier Sologuren, poeta miembro de la Generación del 50, y Alfonso Cisneros Cox. En el caso de Sologuren, fue un estudioso de las letras niponas (autor de “El rumor del origen, antología general de la literatura japonesa”, PUCP, 1993), mientras que Cisneros Cox ha sido un asiduo practicante del mismo, desde su primer poemario, de 1978, hasta el último de 20101.

El haiku también ha atraído la atención de poetas como el arequipeño Alberto Guillén, Arturo Corcuera, Blanca Varela y Ricardo Silva-Santisteban, y en la actualidad sigue siendo un sendero recorrido por otros intelectuales interesados por esta forma poética de tres versos sin rima, de 5, 7 y 5 sílabas, que esbozan una filosofía oriental, con una influencia del budismo zen. El poeta japonés Matsuo Basho (1644-1694) lo definió así:

“Haiku es, simplemente, lo que está sucediendo en este lugar, en este momento”.

Y escribió el siguiente haiku:

El ruiseñor
sueña que se convierte
en grácil sauce.


Siguiendo a Basho

“El haiku japonés, desde siempre, ha fascinado a Occidente por su naturaleza concisa y su belleza explosiva”, dice el poeta peruano Diego Alonso Sánchez (Lima, 1981), quien se ha inspirado en ellos para escribir algunos poemas. “No considero que escriba haiku. Sí he tenido ejercicios de composición muy cercanos, y he adoptado algunos criterios de su génesis poética, pero no he logrado la maestría del hai-jin (escritor de haiku)”.

La reverencia con que Diego trata al haiku se debe a que conoce mucho de él. “Nací en una casa llena de libros. Mi padre es poeta y cuando salí del colegio le manifesté mis ganas de estudiar literatura. Me recomendó mis primeros libros de poesía y recuerdo con especial emoción la primera vez que él me leyó el poema “Franscesca”, de Ezra Pound. Ahí tuve un punto de quiebre: supe que quería dedicarme a la escritura en serio”.

A los 17 años Diego ya escribía poesía pero el haiku le parecía enigmático, hasta que leyó a José Watanabe y luego Sendas de oku, de Matsuo Basho, en una traducción de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya. “Para entonces ya tenía un verdadero deseo de leer poesía de Japón, pero, la verdad, no tenía ni la menor preparación para asumir el reto”. Volvió a una antología de haiku clásico editado por Plaza & Janés, y entonces pudo sentir el poder de la naturaleza dentro de estos poemas tan breves.

Afiche del "Taller de escritura de haiku" de Diego Alonso Sánchez. Crédito: Biblioteca Elena Kohatsu - APJ.

“Ese fue, ya para mis 19 años, mi primer encuentro real con la poesía y la estética de Japón”. Después, Diego Alonso Sánchez ha escrito poemarios que muestran un claro homenaje a Basho y a la poesía japonesa, como “Por el pequeño sendero interior de Matsuo Basho” (2009), “Se inicia un camino sin saberlo2” (2014) y “Pasos silenciosos entre flores de fuji” (2016); además de dictar talleres para compartir su interés por el haiku en la Asociación Peruano Japonesa y el Centro de Estudiantes de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Allí, entre otros, compartió haikus de Yosa Buson (1716-1784) como este:

Un guerrero agazapado
en el cuello de su armadura…
¡se detiene una mariposa!


El haiku y la academia

Afiche del taller de creación de haiku de Alonso Belaunde en el Centro de Estudios Orientales de la PUCP. Crédito: PUCP.

Es difícil llevar el espíritu del haiku a una clase, parece una especie literaria que crece mejor de forma silvestre, en esas lecturas íntimas que son autodescubrimiento y placer. Alonso Belaunde Degregori (Lima, 1991) se ha atrevido a ello y este año realizó un taller de creación de haiku, en solo seis sesiones, en el Centro de Estudios Orientales de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP).

Usando un método colectivo y experimental, Belaunde, que se tituló en esta misma universidad con una tesis sobre el haiku en la poesía de Sologuren y Cisneros Cox, cree que aprendiendo esta técnica se pueden aprender otras cosas de la vida y de la relación que podemos tener con la naturaleza. “Eso es lo que me parece más valioso”, explica Alonso, quien comparte su fascinación con otros cultores del haiku, intruso en la poética peruana y latinoamericana3.

Entre estos últimos se encuentra el Círculo de Estudios Japoneses Tenjin y el grupo de Satori Talleres, de investigación y difusión de la cultura japonesa en Perú, formado por intelectuales, artistas, autodidactas, académicos, especialistas y estudiantes, quienes se reúnen para compartir sus experiencias y aprendizajes. Alonso destaca iniciativas como la de Carlos Zúñiga Segura y Santiago Risso, creadores de “Bambú”, pliego peruano de haiku.

Belaunde hereda una tradición por la que transitó, con leves y profundos pasos, José Watanabe (Laredo, 1946), quien en 2005 dictara, en Madrid, un taller sobre el haiku, luego de haber escrito versos como este inspirado en Basho:

En la cima del risco
retozan el cabrío y su cabra.
Abajo, el abismo.


Leer, entender, traducir

Rubén Silva (Lima, 1975) es un escritor, traductor y lingüista peruano que desde muy joven se interesó por la poesía. “Creo que empezó con el interés por el lenguaje: mis padres son migrantes quechuahablantes, entonces me llamó la atención enfrentarme a otra lengua que se hablaba a escondidas. Los cantos fueron mis primeros contactos con la poesía, luego en la escuela la poesía que venía en las antologías y textos escolares. Más tarde sería Vallejo y la poesía japonesa ya en la universidad”.

“Tuve la suerte de conocer al profesor Ricardo Silva Santisteban que, aunque no leía japonés, era un gran conocedor de la literatura y poesía japonesa. De esta poesía me llamaron la atención la sugerencia, en lo que no dice está su mayor significado; la sencillez, una trabajada sencillez, la aversión al lujo fácil o evidente, que es también propia de la comida japonesa; y, por último, el amor por lo efímero, el paso de las estaciones, la belleza de las flores de cerezo”.

Aunque se ha dedicado más a la edición y la escritura de libros para niños4, Rubén ha escrito el poemario El mar es un olvido (Paracaídas, 2014), y ha traducido muchos poemas sueltos, además de una antología de la poeta Akiko Yosano, autora de tankas. “Traducir del japonés por las particularidades de la lengua y de la escritura demanda una gran audacia y trabajo que a veces resulta en que dos traducciones de un mismo poema son muy diferentes entre sí”.

Uno de sus haikus favoritos es de Masaoka Shiki (1867 – 1902):

Frío que muerde,
ladra un perro del pueblo,
tras una loca.

Además de poeta y traductor, Rubén Silva es autor de libros para niños. En ocasiones emplea el kamishibai para sus relatos orales. Crédito: Archivo personal.


Haiku y otras formas

Amanda del Carpio (Lima, 1966) es una fotógrafa cuyos intereses artísticos la acercaron a la poesía y a este género lírico. “Conocí el haiku en 2010, cuando comencé a estudiar japonés, entonces dentro del proceso al crear proyectos no solo me inspiro o hago uso de una sola línea de arte sino de varias de ellas”, cuenta Amanda, quien se sintió atraída por la frescura de Issa Kobayashi, simple y espontánea, “como los niños y la consciencia de ellos”, entre otros autores como el pintor Yosa Buson.

Afiche de la exposición fotográfica Shinikawaru, de Amanda del Carpio, dedicada al haiku. Crédito: APJ.

“El que mayor impacto ha tenido en mí es Matsuo Basho, sus poemas me inspiraron a crear “Shinikawaru”, pues sus haikus no solo te crean una imagen sino una historia en tu mente al leerlos”. Basho fue el punto de partida, traducir sus haikus de un lenguaje escrito a uno netamente visual, la fotografía. Su exposición se compuso de collages, a manera de haikus visuales, con imágenes de la naturaleza que, en conjunto, buscan transmitir la visión oriental de la vida y la muerte.

Su intención fue mostrar al público occidental el punto de vista oriental en el cual la muerte no es el final de la vida sino una oportunidad de una nueva. “Y el haiku, sobre todo los de Basho, tienen a la naturaleza, las estaciones, la vida en sí para componerlos como aspectos claves”. Posteriormente, realizó un taller para compartir este método de forma experimental y libre. “Algunos decidieron hacer haikus a partir de los collages que crearon. Unos eran literales, otros más figurativos, otros escribieron sobre sus memorias”.

De Issa ‎Kobayashi (1763-1827) no puede omitirse un haiku:

El mundo en una gota de rocío,
en un mundo de rocío
y sin embargo. 


Momento haiku

El haiku parece despertar inquietudes, reflexiones y miradas discrepantes. Diego Alonso Sánchez advierte sobre aquellos autores que disfrazan aforismos, metáforas y juegos retóricos de apariencia enigmática con el haiku. “Creo que no hay todavía en nuestra lengua una verdadera tradición del haiku. Quizá la voluntad más firme de hacerla es la del traductor español Vicente Haya Segovia”, sostiene.

Diego Alonso Sánchez es uno de los principales impulsores del haiku en el Perú. Crédito: Biblioteca Elena Kohatsu - APJ.

Aunque no existe una fórmula, parece ser más una cosmovisión que una práctica artística. “Escribir un haiku es observar y atrapar un instante que nos ilumina”, añade Rubén Silva, quien comenta que en Europa y Estados Unidos, la gente escribe haikus y hay talleres para incentivarlo entre los niños. “Su relación con la filosofía zen hace que algunos piensen que no solo se trata de poesía, sino de un camino espiritual, a mí por lo menos me ha ayudado a detenerme y mirar”.

Lo mínimo, lo cotidiano y la conmiseración son parte del universo temático del haiku que, para Alonso Belaunde, también es lucidez y humildad; permitiendo que “vivamos una vida más armónica con la sociedad, ya que muchos de los problemas surgen del egoísmo, de creer que la propia existencia vale más que la del resto”5. Para Amanda del Carpio, la forma de escribir el haiku sigue evolucionando, “separándose de la forma en que Basho la revolucionó. Mientras mantenga su esencia de decir mucho con escuetas palabras, creo que estará bien”.

Notas:

1. El libro se llamó “Instantes” y tiene una versión digital aquí.  

2. Con este libro ganó el Concurso Nacional de Poesía de la Asociación Peruano Japonesa 2013, Premio José Watanabe Varas.

3. Sara M. Saz, “El haiku en la poesía latinoamericana” (Centro Virtual Cervantes)

4. “Rubén Silva: letras sin inocencia” (Andina: Agencia Peruana de Noticias, 21 de setiembre del 2017) 

5. Solange Avila, “Haiku: la expresión de una forma de vida” (PUCP, 2 de junio del 2017) 

 

© 2018 Javier García Wong-Kit

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