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Takashi - Parte 1

Oscar Takashi Oshiro y Gaby en Necochea.

La noche del 21 de abril de 1977, catorce hombres armados vestidos de civil invadieron el estudio de abogacía de mi padre Oscar Takashi Oshiro y de su socio Enrique Gastón Courtade. Los obligaron a subirse a un Ford Falcon y arrancaron para un rumbo desconocido y sin retorno.

Aquella misma noche mi mamá, Beba, como todos la llamaban, mi hermano Leonardo y quién escribe estas líneas estábamos en el octavo piso de un departamento ubicado de la Avenida Acoyte 222, en el barrio porteño de Caballito. Algo estaba hirviendo en la cocina; la mesa estaba lista para la cena pero al final quedó intacta, con los platos de porcelana blanca y el mantel de algodón naranja y blanco floreado. Había algo extraño en el aire ese día, mi madre estaba muy agitada y no hablaba mucho. Era extraño porque ella acostumbraba a conversar mucho. Yo estaba sentada en el frío sofá de cuero negro, abrigada con una frazada de lana que me picaba al contacto con la piel. Trataba de concentrarme en algún programa de televisión. Con mis apenas cinco años de edad, yo sabía que estábamos esperando a mi papá que volvería de trabajar.

No tenía noción de la hora pero sí de la cotidianidad: el sol bajaba, mi mamá terminaba su trabajo en la empresa textil de su padre Juan en el barrio de Boedo. Subíamos a la camioneta con mi abuela materna Teresa, mi abuelo al volante, nos llevaban hasta el departamento, unas veinte cuadras de distancia que pasaban muy rápido mientras cantábamos canciones tradicionales folklóricas. En casa mi madre comenzaba a preparar la cena y momentos más tarde se escuchaban ruidos de llaves: la puerta se abría mientras yo corría a abrazar a mi papá para entregarlehistorias y dibujos que había creado para él. Los domingos íbamos a almorzar al barrio de Pompeya, a la casa de mis abuelos paternos; Ikuko y Katsu Oshiro. Así pasaban mis días sin demasiados acontecimientos y se confundían todos con algunas excepciones, como aquel día de abril que estaba contando.

Aquella noche mi madre continuaba mirando el reloj en la pared y yo fijaba la mirada en la puerta blanca de la entrada, esperando escuchar el sonido de la llave dando vueltas en la cerradura. De pronto escuchamos el sonido del ascensor pararse en nuestro piso y el chillido de la puerta de metal mientras se abría. Corrimos como en una carrera hacia la entrada, mi mamá abrió la puerta y desilusionadas saludamos al vecino del departamento octavo “18” que caminaba hacia su hogar. Mi mamá cerró la puerta y otra vez volvimos a lo mismo, pero esta vez, sentada en el sillón mis ojos se cerraban sin que yo pudiera evitarlo. Mi madre me mandó a dormir a mi habitación, donde mi hermanito hacía ya bastante que descansaba. Me dormí, hasta que mi mamá me despertó apurada, a mí y a mi hermano. Nos fuimos a casa de mis abuelos maternos. Las veinte cuadras que pocas horas antes estaban llenas de alegría esta vez eran interminables y las canciones de mi abuela se habían reemplazado por un silencio insoportable. No me atrevía a preguntar y podía sentir la tensión de mi madre.

Sabía que estábamos por llegar a la casa de mis abuelos apenas vi la cancha de San Lorenzo de Almagro que quedaba justo en frente. Solíamos ir allí con mi papá a ver los partidos de fútbol de Huracán-San Lorenzo, dos clásicos rivales del fútbol local. Era un paseo “secreto”, a los efectos de que mi madre no se preocupara. Aquella noche que fuimos a Boedo, los lindos recuerdos y los lugares que visitamos con mi viejo tenían ya otro sabor. Mi hermano tenía entonces dos años y yo apenas cinco. Yo sabía que algo malo había pasado: fue la primera vez que vi a mi mamá llorar, mientras mi abuelo Juan trataba de calmarla. Ambos decidieron ir al Estudio de mi papá en el barrio de Avellaneda con la esperanza de encontrarlo.

Cuando Beba y Juan llegaron el Citroën rojo de Takashi estaba con todas las puertas abiertas, el estudio estaba en un desorden total pero no había rastros de Gastón o de mi padre, por suerte Juan y Beba llegaron mucho mas tarde que el grupo de tareas que había vuelto una segunda vez para robar, romper, quemar documentos y llevarse el Ford Falcon de Gastón. El auto de mi viejo tenia un dispositivo escondido que cortaba la electricidad al alternador e impedía que arrancara.

Después de un rato largo Beba y Juan volvieron sin mi padre. Nos mudamos a la casa de Teresa y Juan, mis abuelos maternos. Mi mamá empezó el interminable camino en busca de Oscar Takashi Oshiro.

La Argentina de esos años

Durante el tormentoso siglo XX, Argentina sufrió seis golpes de Estado. El último golpe de Estado ocurrió el 24 de marzo de 1976 y es recordado como el peor de todos por las masivas y sistemáticas violaciones a los derechos humanos. Durante la última dictadura militar argentina (1976-1983) los ciudadanos no sabían muy bien lo que sucedía, existían campos de concentración y de exterminio, como en la Alemania nazi, que se denominaban “centros de detención clandestinos”. Los ciudadanos opositores al gobierno militar eran secuestrados en el sigilo más absoluto y eran enviados a los centros de detención. Raramente volvían a aparecer. Los "desaparecidos" eran obreros, estudiantes, militantes políticos y sindicales, profesionales, artistas e intelectuales. Todos ellos podían haber ocupado puestos de importancia en un futuro no muy lejano. La dictadura militar destruyó a todo aquel potencial humano, mediante secuestros, torturas y ejecuciones ilegales. Los militares robaron a los bebés de aquellas mujeres embarazadas que eran detenidas. Los cuerpos de las víctimas nunca aparecían, los militares torturaban para obtener información y luego mataban para luego sepultar los cuerpos en fosas comunes, sin nombres ni marcas.  Otros detenidos eran lanzados al vacío desde aviones en el Río de la Plata.

Yo no llego todavía a entender como algunos seres humanos pueden matar a otros con semejante crueldad y sin algún cargo de conciencia. He escuchado a los pocos militares que se encuentran presos y ninguno se arrepintió por las gravísimas violaciones de los derechos humanos. La mayoría de ellos piensan y expresan cuando pueden que sus terribles acciones fueron justificadas y justificables. Ellos se ven a sí mismos como héroes y patriotas.

Además de la represión mortal, los trabajadores perdieron sus derechos, sus representantes gremiales fueron perseguidos, encarcelados y eliminados, se cerraron muchas fábricas ya que se importaba indiscriminadamente desde el exterior debido a las políticas de apertura comercial impuestas por el gobierno militar. Se eliminaron los  beneficios para promover el crecimiento industrial interno, lo que causó la destrucción de la industria argentina, o por lo menos de su fracción menos concentrada.

La dictadura militar argentina usó la palabra "desaparecido" para designar a los opositores asesinados. No solo se intentaba esconder las matanzas y los cuerpos, sino también se pretendió borrar la identidad y la historia de miles de personas.

Justamente esto le sucedió a mi familia. Oscar Takashi Oshiro era mi padre. Difícilmente el lector reconozca ese nombre, pero para mi familia y para mí, él era el centro de nuestro mundo. Mi padre tenía 36 años cuando lo secuestraron ese 21 de abril de 1977. Estaba casado con mi mamá Edvige "Beba" Bresolin. Tuvieron dos hijos, Leonardo y Gabriela, quien escribe estas líneas.

Oscar Takashi Oshiro usando la camiseta de futbol de Huracán.

Eramos una familia como tantas otras, rodeadas por familiares y amigos. Disfrutábamos de las vacaciones en la playa. Teníamos sueños para realizar. Mi familia era una familia “intercultural”, de parte de mi papá mis familiares eran japoneses de la isla de Okinawa y por parte de mi mamá, descendíamos de italianos. En aquella época, no era muy común que los descendientes de japoneses se casaran con personas de otras colectividades. Mi padre era bien distinto, al igual que los otros dieciséis desaparecidos Nikkei, no era el típico “japo”, si bien mi padre conocía la historia de Japón, el idioma y estaba familiarizado con sus tradiciones. Abrazó la cultura argentina, se “argentinizó” completamente: jugaba al fútbol en segunda división para el club Atlético Huracán y le encantaba el tango y el folklore.

No sé sinceramente como son las otras colectividades japonesas esparcidas por el resto del mundo y cuáles fueron las características de la migración nipona hacia el exterior de Japón, pero en la primera parte del siglo XX en Argentina, los japoneses llegaron atraídos por las oportunidades económicas que ofrecía el país sudamericano. La idea central de muchos emigrantes era la de ganar lo suficiente como para luego volver a Japón. Luego de la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la mayoría decidió quedarse y adoptar el país como su nueva casa, tratando de mantener las raíces culturales lo más intactas posibles.

Nikkei en Argentina

Los japoneses en Argentina formaron una colectividad unida y cerrada. Mi papá junto con su hermana menor Yoko, cursaron estudios de idioma japonés en la escuela Nichia Gakuin, que en ese entonces quedaba en la calle Finochietto, en el barrio de Barrancas. Competían en atletismo en el undokai, que eran competencias deportivas de los clubes japoneses. Mi padre practicaba karate inspirado en mi abuelo Katsu que había estudiado en la escuela secundaria de Shuri en Naha, Okinawa, en donde enseñaban karate como educación física.

Los japoneses con sus familias se consideraban “huéspedes” del país, lo que significaba que se mantenían al margen de la sociedad local, esto es que se casaban  entre ellos, y no participaban en la política local, sino que seguían con su propia vida sin demasiadas vinculaciones con los argentinos. Muchos años más tarde, mi abuela Ikuko me contó que mis padres tardaron varios años en casarse porque no querían aceptar a mi madre, ya que era de origen italiana. Mi madre les agradaba como persona pero al mismo tiempo ellos seguían las costumbres al pie de la letra, sin preguntarse si eran justas o no. En el período de noviazgo, mis padres llevaban a mi abuelo Katsu o (“Antonio” como lo apodaban) a ver boxeo y al teatro. Mi abuelo disfrutaba realmente de la compañía de la parejita.

Mi padre quería cambiar el status quo, desafió la tradición de mis abuelos y finalmente se casó con quien quería. Tenía esa mentalidad, ese rasgo de quienes dejan huellas en el mundo. Todo lo que hizo mi padre, lo hizo con mucha pasión. Durante muchos años no pude comprender la pasión de mi padre por la política, su tendencia a ayudar a los obreros, a los más necesitados. Ahora luego de mucho tiempo de reflexión, entiendo que ese sentimiento de mi padre era similar a lo que yo siento hacia la música y el arte. Nunca había entendido antes el motivo por el cual, para mi padre, la política era tan importante. Probablemente porque de alguna manera inconscientemente yo culpaba a la política por considerarla responsable de su desaparición.

Mi papá era un “híbrido” de dos culturas diferentes que él amaba por igual. Cuando lo recuerdo, lo veo con un libro en la mano, con la cabeza metida en el mismo, gesto que denotaba su sed por el saber. Tomó clases de lectura rápida para poder devorar más y más libros. Hablaba japonés, castellano, italiano y estaba aprendiendo francés en la Alianza Francesa cuando desapareció.

No era el tipo de persona que hacía las cosas a medias. Mi padre convertía en hechos las palabras. Estudiaba derecho y una de sus obsesiones era la defensa de los derechos de los trabajadores. Cuando mi padre cursaba el segundo año de la carrera de abogacía en la Universidad de Buenos Aires, decidió abandonar la facultad y buscó trabajo en la fábrica metalúrgica BTB de Avellaneda para poder entender mejor los problemas y las necesidades de los obreros. Se convirtió en un delegado sindical, si bien más tarde fue despedido durante una huelga en la fábrica en 1972.

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© 2017 Gaby Oshiro

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