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Takashi - Part 5

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El  retorno

En el año de 1992 mi mamá de repente tomó la decisión de volver a la Argentina. En febrero mandó a mi hermano a Buenos Aires porque se aproximaba la fecha del comienzo de clases y no quería que Leo se atrasara un año de la escuela secundaria. En ese momento no me hice preguntas, solo le dije que si quería volver para que estemos los cinco juntos, es decir mis abuelos maternos y nosotros tres, estaba de acuerdo. Teníamos que vender el laboratorio, mandar un contenedor por barco con nuestros efectos personales y el auto. Tuvimos que tramitar todos los documentos necesarios para la mudanza internacional si queríamos volver lo más pronto posible. Los motivos reales del retorno a la Argentina eran otros. Descubrí que mi mamá estaba muy enferma cuando ya no había nada por hacer. Irnos de Italia después de siete años de ausencia era una medida prudente de seguridad para no dejarnos solos a mi hermano Leo y a mí en Europa.

En Buenos Aires, en el año de 1993, en vez de iniciar un tratamiento para curarse, mi madre se contactó nuevamente con Mary Higa y otra vez retomó su lucha como si no hubiese pasado ni un solo día. Quería encontrar respuestas, quería saber que había pasado con mi papá.

Nuestro retorno coincidió con la llegada de los jueces italianos a la Argentina para recoger testimonios y pruebas sobre ciudadanos italianos desaparecidos. Esa vez mi mamá  habló con los jueces italianos pero se fue sin lograr nada ya que el único testigo que vio a mi papá en el Centro Clandestino de Detención “El Vesubio” se había exiliado y nunca nos dijo hacia donde partía. 

El 28 de febrero de 1995, mi mamá, Edvige “Beba” Bresolin falleció en Buenos Aires rodeada de familiares y amigos, entre ellos Mary Higa. Mi madre recordó a mi padre hasta el final llamándolo por su nombre en momentos intermitentes de entresueño. Rodeada de amor y gratitud por todo lo que sacrificó por nosotros, por todo lo que nos donó, cuidó, enseñó, amó, pienso que lo mismo se merecía mi viejo cuando llegó su hora.

Cuando mi madre falleció el clima de la casa de mis abuelos maternos que era a donde habíamos vuelto a vivir era insoportable. Mi abuelo se había enfermado unos años antes con demencia senil, pero nadie nos había avisado hasta que lo vimos y no recordaba quienes éramos. Una verdadera tragedia porque era una de las personas más inteligentes, más amables que conocí, sabía de todo, el también como Takashi, siempre con un libro en la mano, pasábamos horas hablando en italiano sobre historias de cuando era chico y de la Primera Guerra Mundial, pero también me hacía reír cuando me cantaba canciones poniéndome como protagonista en las letras. Takashi y Mario lo querían mucho. Me contaba de cuando Takashi y él iban a la confitería del Molino que quedaba en frente al Congreso, a discutir de política, pero mi padre lo hacía en italiano, les causaba risa las caras de la gente al ver que un “japo” hablaba en italiano.

Mi madre se dió cuenta que quizás volver a la Argentina no había sido una de las mejores ideas y que nosotros íbamos a estar mejor en Italia. Beba le dijo a mi abuela Teresa que cuando ella no estuviera, Leonardo y yo, volveríamos a nuestro ambiente ideal. También habló con los padres de Marisa, Delia y Julio Uehara para que se aseguraran que estemos bien. Descubrí esas conversaciones que tuvo mi madre muchos años después de que falleció.

Por mucho tiempo vivimos con un pie en Buenos Aires y el otro pie en Italia, en realidad Leo no, el primer día que llegó a Treviso dijo que se sentía finalmente en casa.

La familia que quedaba de parte de mi madre estaba más interesada en repartir la herencia que ser una familia unida. Aunque si ellos siempre lo pusieron a mi padre en un pedestal, a mi madre y a Leo y a mí nos tenían celos de como Teresa y Juan nos trataban y de cuán unidos éramos los cinco, yo no veía la diferencia pero todo ese rencor salió a la luz cuando mi mamá dejó de existir.La mente y el carácter de mi abuelo Juan tampoco estaba visto que estaba enfermo. Allí me dí cuenta que no quería quedarme en la Argentina. Todos esos lugares que visitaba con mis padres, la casa en donde crecí me hacía ver sus ausencias, había vuelto a Buenos Aires después de la secundaria y estaba cursando en la Universidad de Palermo. Otra vez me tenia que cuidar con quien hablaba, mi vieja me decía; “Te acostumbraste a Italia que podías decir lo que querías”. Esta vez era ella la que temía por mi. Algunos de mis compañeros habían cambiado de actitud después de que les decía que mi padre era un desaparecido.

En enero de 1997 Leo y yo nos mudamos de vuelta a Italia.Lo único que me dolía dejar era a mis amigos de la infancia, a mis dos abuelas y a mi tía Yoko. Pero ellas apoyaron nuestra decisión de dejar Buenos Aires otra vez. A mi obaachan (como llamábamos a mi abuela Ikuko) la veíamos todos los veranos en Italia, vivir en Treviso otra vez, era exhalar un suspiro de alivio.

Mi sentido

Oscar y Gaby en el Parque Rivadavia, Buenos Aires, Argentina.

¿Qué le pasó a mi padre? ¿Cómo sucedió? ¿En qué o en quién pensaba? ¿Cuál fue su último pensamiento? ¿Dónde está enterrado? Mi viejo era tan perseverante y optimista que estoy segura de que nunca se dio por vencido, que esperaba el día que iba a poder abrazar a mi madre otra vez. Quizás entendió que hay gente con la que no se razona. El amaba el arte de crear, usar palabras, encadenarlas en grupos y comunicarse con el prójimo.

¿Alguna vez tendré esas respuestas sin necesitad de conjeturar? Espero sinceramente que sí, mientras tanto he visto que el mundo exterior no me las aporta, tomé el camino introspectivo. Aquello que logro procesar internamente lo expreso a través de mis cuadros. Pintar los retratos de mi padre me confirma que no lo imaginé, que él estaba aquí, que era real, de carne y hueso. Me permite recordar que nuestras salidas al Parque Rivadavia o al jardín zoológico de Buenos Aires sobre sus hombros ocurrieron realmente. Me permite volver a verlo caminar sobre sus manos con mi mamá riéndose cerca de la orilla del mar. No fue un sueño.

El retrato sobre lienzo de mi viejo se transforma en el testigo: lo puedo mirar a los ojos por unos momentos como un flashback, no es solo esa foto gastada en blanco y negro  que se pasea en la bandera en las marchas de los Desaparecidos de la Colectividad Japonesa sino un ser humano que luchaba por un mundo mejor. Con el solo hecho de crear una nueva imagen de la nada, puedo dar una respuesta a la acción de sus asesinos que trataron de borrar su identidad, que lo encapucharon y le intercambiaron su nombre con un número al igual que a los demás 30 mil desaparecidos.

Oscar Takashi Oshiro, mi padre, no era N.N. (nomen nescio), tampoco era un número. Los desaparecidos fueron asesinados por sus ideas, sus valores, sus convicciones, sus proyectos, sobretodo por su humanidad, algo que los genocidas no podían ni pueden comprender. Las torturas sádicas, sus métodos para matar, las condiciones de los detenidos en los centros clandestinos de detención, el robo de bebés recién nacidos y todas las demás atrocidades cometidas son la prueba que no tenían humanidad ni conciencia alguna. Eran personas clasificadas tales solo por el material genético, pero carecen de todas esas cualidades que hacen a una persona un ser humano: compasión, empatía, la habilidad de reconocer el bien del mal, ellos no se desarrollaron mucho mentalmente, conocían solo la violencia.

El hecho de que aquellos que están en la cárcel pidan ser indultados o liberados, o se consideren “presos políticos”, demuestra que no tienen remordimiento alguno y aun continúan justificando sus acciones aberrantes. 

Dos años atrás mi estudio se había llenado de fotos en blanco y negro, como aquellas que se ven en la bandera de la Asociación de Desaparecidos de la Colectividad Japonesa en la Argentina, sketches, retratos con distintos materiales. Mis hijos venían al estudio y me preguntaban quiénes eran esas personas. Les conté un poco de cada uno de ellos y de lo que hacían y también lógicamente les hablé de su abuelo.

Mi hijo mayor Dylan, tiene 12 años, es el que más se parece físicamente a mi padre. Le conté de la historia de mi padre y de su familia en Okinawa, de cuánto trabajaron para tener una vida mejor, de la lucha de mi padre para defender a los obreros, del amor, la lealtad y el compromiso que mi madre tuvo hacia mi padre. Dylan se sintió orgulloso de ser nieto de Oscar Oshiro y Beba Bresolin. Logan con sus 10 años, no quería que lo dejara por 20 días mientras iba a Buenos Aires: le expliqué que era algo que hacía por su abuelo y me dejó ir. Mi hijo menor, Drake, cumplió cinco años hace poco tiempo. Estuvo presente en la Biblioteca del Congreso y por una semana ayudó pasando tornillos a Juan, el señor que armó la instalación de la exposición de mis cuadros. Drake me preguntaba muy interesado que haríamos con todos los retratos mientras saltaba alrededor de la muestra jugando con globos que le habían regalado.

Por un año entero observé las caras de los desaparecidos y me imaginaba como eran en realidad. Algunas fotografías estaban tan borrosas que me tenía que imaginar los rasgos, como la de Jorge Nakamura, desaparecido el 6 de mayo de 1978 a los 21 años. Cuando terminé su retrato después de muchas pruebas, lo colgué en la pared y ese cuadro me daba fuerzas para intentar expresar la personalidad de cada uno. Los 17 desaparecidos Nikkei no eran más individuos anónimos. Cuando tuve que dejar los cuadros en la exposición porque tenía que volver a los Estados Unidos, donde vivo actualmente, fue como tener que despedirme de mis nuevos amigos. Mi trabajo en la actualidad, o bien nuestro trabajo, que es colectivo, es recordar a cada uno de ellos, de ser pruebas vivientes de que ellos existieron, y siempre estarán en nuestra memoria.

 

© 2017 Gaby Oshiro

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