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Takashi - Parte 4

Lea parte 3 >> 

Las Madres de Plaza de Mayo 

Beba, mi madre, se metía siempre por todos lados, sin temerle a nadie, hacía preguntas inconvenientes, peligrosas para los tiempos que corrían. Yo sentía miedo por ella. Como necesitaba saber que hacía en esas horas que me quedaba en compañía de mi abuela, le rogaba que me llevara con ella. En una de esas veces fuimos a marchar con las Madres de Plaza de Mayo. Se trataba de caminar en silencio alrededor de la Pirámide de Mayo, frente a la misma Casa Rosada. Recuerdo que ese día alguien había llevado masitas dulces. Yo que era golosa disfruté con voracidad esas masitas. Mi mamá me decía: "No te creas que nos traen siempre masitas". Pero para mí era una forma de encontrar algo positivo para seguir adelante. Mi vida estaba alimentada de pequeñas cosas. Reunirse en casas con muchas personas estaba prohibido, pero eso no impedía que se hicieran reuniones secretas. Un día mi mamá y yo entramos a una de esas casas coloniales, rodeadas por habitaciones con un patio interno. La gente se movía como hormigas con papeles en la mano, otras hablaban entre ellas. Mi mamá me llevó de la mano y me dijo que tenía que conocer a alguien: allí sentado en una silla me presentó a quien sería el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel. Yo era chica con mis 8 ó 9 años, pero Beba siempre me trataba como alguien mayor con quien hablar y me contaba las cosas como eran, sin endulzarlas. Siempre me presentaba gente que ayudaba a buscar a mi padre. 

La misión

Oscar y Beba de Luna de Miel.

Mi madre tenía una misión en su vida, encontrar a Takashi, mi viejo. Así fue nuestra vida durante 10 años. Sin perder el ánimo mi madre buscó a mi padre junto con Mary Higa quien buscaba a su hermano Juan Carlos Higa. Al mismo tiempo mi madre abrió una librería - juguetería al lado de la tintorería de mis abuelos en el barrio de Pompeya,  frente a la plaza donde mi padre jugaba al fútbol y tocaba la guitarra. Gracias a los ingresos de aquel negocio mi madre consiguió mantenernos económicamente.

En su búsqueda mi mamá encontró un testigo que dijo que había visto a mi padre en un centro clandestino de detención en la provincia de Buenos Aires. Beba nos subió en el auto junto con Teresa, mi abuela materna, y nos fuimos en el Renault 12 por la ruta  que llevaba al aeropuerto con la esperanza de que aquel día íbamos a reunirnos con mi papá. Estacionamos el auto y mi mamá me dijo que nos quedáramos esperando mientras ella caminaba hacia un edificio rodeado de paredes altas grises. Tardó un rato largo. Esperábamos nerviosamente mirando hacia la dirección que caminó Beba, pero volvió con las manos vacías. Nos dijo que alguien que salió de la zona le dijo que no volviera a preguntar. Ese día no murió la esperanza, cada vez que sonaba el timbre corríamos hacia la puerta esperando ver a mi padre.
 

El fin de la dictadura

En 1983, Raúl Alfonsín se convirtió en el nuevo presidente de Argentina elegido democráticamente. La dictadura militar había terminado después de siete años y medio de terror. Durante su campaña electoral el líder radical prometió al pueblo que no habría impunidad por los crímenes cometidos por los genocidas. Algunas familias pensaban que los desaparecidos iban a ser liberados de los centros clandestinos de detención. Recuerdo que mi mamá me llamó a su pieza y con esperanza me dijo que  íbamos a reencontrarnos con mi padre. Creo que en realidad se estaba auto-convenciendo a ella misma.

En 1985 el gobierno del presidente Raúl Alfonsín inició el juicio contra las tres primeras Juntas de la dictadura; fue el famoso “Juicio a las Juntas” por las violaciones de los derechos humanos que tuvieron lugar entre el período 1976-1983. Los genocidas Videla, Massera y otros responsables fueron condenados a reclusión perpetua.

En 1987, luego de la primera revuelta “carapintada” en Semana Santa, el presidente Alfonsín firmó la Ley de Obediencia Debida que establecía límites a los efectos de enjuiciar a los responsables de delitos de lesa humanidad, torturas y homicidios. Luego de otros tres levantamientos de los militares entre 1987 y 1990, el presidente Carlos Saúl Menem procedió a indultar a los militares genocidas. La impunidad fue una cachetada en la cara de mi mamá, al igual que los demás familiares de los desaparecidos. Si bien la justicia argentina indultaba a los criminales, otros países  en cambio procedieron a juzgarlos. En el año 2003 durante la presidencia de Néstor Kirchner el Congreso Nacional anuló los indultos y las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Mi mamá no tuvo la oportunidad de ver aquel día. Solo puedo decir que sufrió mucho por la falta de justicia y vio a los asesinos caminar libres en las calles entre nosotros.

Cuando mi madre tomó conciencia de que mi padre no iba a volver, me preguntó si quería irme a vivir a otro país. Dicho proyecto implicaba resolver una serie de problemas prácticos: para salir de Argentina necesitábamos pasaportes y la firma de autorización de mi padre, ya que mi hermano tenía 11 años y yo 14. Como mi padre estaba “desaparecido”, ante la ley argentina era considerado como vivo.

Hacia Italia

Logramos obtener un permiso de un juez para salir solo de vacaciones, que se convirtieron en permanentes hasta cumplir los dieciocho años de edad. No podíamos regresar a la Argentina hasta llegar a la mayoría de edad. Nos fuimos entonces a Italia. Vivir en Ia patria de mi abuelo Juan o Giovanni (que era su nombre de nacimiento) fue un nuevo comienzo para todos nosotros. Escuchábamos siempre sus historias de cuando era chico, sus relatos de ciudades amuralladas. Lo escuchábamos hablar en dialecto veneciano. Finalmente podía ver todo con mis propios ojos. Nunca olvidamos a mi padre, pero tampoco hablábamos de él. Lo extrañábamos en silencio. Mi mamá nunca volvió a casarse; el día que recibió el certificado de defunción me dijo que mi papá era el amor de su vida. Para ella reemplazarlo con otra persona no tenía sentido alguno, porque nadie se comparaba con él.

Gaby, Leonardo y la abuela Ikuko Yamazato de Oshiro

Mi mamá compró un laboratorio fotográfico industrial en la ciudad italiana de Treviso. Tenía varios empleados que revelaban rollos e imprimían fotos para los negocios, casamientos y otros y eventos.

Beba que había viajado a Italia unos meses antes para preparar el arribo de mi hermano y el mío, sin avisarme sobre las distintas escuelas disponibles, me inscribió en un liceo científico y tuve que cursar por un año horas interminables de matemática y latín que me resultaban francamente insoportables. Recuerdo que Carlotta, mi compañera de banco, tenía la lista de nombres de la clase, cada vez que daban las notas de los exámenes en voz alta, Carlotta sacaba su cuaderno y anotaba metódicamente los resultados de cada estudiante para constatar que ella fuese la mejor alumna. A mí no me interesaba ese ambiente y no veía la hora de que terminaran las clases para irme a mi casa a leer o dibujar.

Cuando supe que había una escuela de arte le pedí a mi mamá que me dejara cambiar de escuela. Mi  madre me contestó que iba a informarse de qué escuela se trataba. Me acuerdo que habló con un pintor famoso de la región que iba al laboratorio a sacar reproducciones de sus cuadros y también con Dalma Bresolin, su prima segunda, que también era una pintora reconocida. Quería asegurarse que la escuela no fuera una pérdida de tiempo, sino un lugar en donde aprender.

Después de prepararme durante todo el verano para los exámenes de admisión, rendí   y finalmente pude ingresar en el Liceo Artístico de Treviso. Ese periodo fue un renacer para mí, ya que finalmente podía expresarme sin temor a quien tuviera enfrente. Logré forjar amistades que todavía tengo hasta el día de hoy.

Cuando vivía en Argentina, no podía decirle a cualquiera que mi papá estaba desaparecido. A los extraños les mentía diciéndoles que mi padre estaba trabajando si es que preguntaban algo de él. Con tantos espías o informantes, no se podía decir cualquier cosa. Vivíamos en alerta, siempre mirando a nuestros alrededores, o atentos  por si nos seguían. En cambio cuando caminaba por las calles de Treviso en Italia me sentía realmente segura. Podía ser solo otra niña sin otras preocupaciones que pasar los exámenes o hacer los dibujos para las clases de figura. En Treviso durante los años 80 y 90 no existía ninguna comunidad Nikkei, ni tampoco habían muchos extranjeros que vivieran permanentemente. Los únicos japoneses que se veían eran turistas. Mis profesores se acordaban de mi nombre la primera semana de clases. Siempre me destacaba, lo quisiera o no. A mí no me importaba, me causaba cierta gracia. Mis compañeros estaban tan curiosos de saber sobre mí, como yo de ellos. Era un especie de “bicho raro”, una argentina con rasgos orientales, pero me aceptaron enseguida. No había pasado lo mismo en el Liceo Científico, pero en la escuela de arte en donde todos los chicos eran peculiares en los ojos de los demás estudiantes de otras escuelas, yo era solo una más. Encajaba completamente sin problemas.

Pasé los exámenes de “maturità” que duraban una semana, ese año en la lotería de materias habían salido arquitectura y matemáticas e italiano. No fue muy buena noticia porque en la escuela de arte las matemáticas era una de las materias que menos apreciábamos. En la clase de italiano había que escribir alguna composición. La vida está llena de pruebas y me alegra que esa experiencia se haya quedado en el pasado.

Continuará...>>

 

© 2017 Gaby Oshiro

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