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Takashi - Parte 3

Beba y Gaby en Necochea, Argentina.

Lea parte 2 >> 

Beba Bresolin 

Mi familia pasó por un momento muy difícil cuando se lo llevaron a mi papá. Mi madre nunca se sintió derrotada, cada día era otro día, otra oportunidad para poder encontrar a su marido. Se iba temprano y volvía tarde, mientras yo me quedaba con mi abuela Teresa, esperando su regreso. Mi abuela entraba a mi habitación que la dejábamos a oscuras: mirábamos impacientemente a través de las persianas, con la luz de la calle que se filtraba y dibujaba líneas en la pared. Apenas escuchábamos el ruido del motor del auto, corríamos hacia el garaje para abrir la puerta pesada. Esos días eran interminables porque yo vivía en el terror de que mi mamá fuera a ser la próxima en desaparecer. No sería la primera ni la última niña a quien le faltaran ambos padres. Mi mamá no le tenía miedo a nadie, hablaba abiertamente como si en Argentina hubiera democracia y un estado de derecho.

En la desgracia tuvo la suerte de conocer a la hermana de otro desaparecido Nikkei, Juan Carlos Higa. Higa era un periodista que trabajaba en los periódicos Akoku Nippo y La Plata Hochi, ambas publicaciones de la comunidad japonesa en Argentina. También era estudiante de literatura y poeta. Muchas de sus poesías se encuentran disponibles on-line en la actualidad. Su hermana Mary Higa era catequista y vivía en Pompeya, el mismo barrio en donde mi mamá tenía la juguetería-librería y en donde vivían mis abuelos paternos. Casi todos los días antes de ir a abrir el negocio, pasábamos por la tintorería de Mary y de su hermana Carmen. Era costumbre que Beba hablara con Mary mientras mi hermano Leo y yo jugábamos con el perro salchicha “Blackie” o en el patio de la casa.

Mary Higa se convirtió en una parte de nuestras vidas. Esa presencia me dejaba más tranquila. Mi madre ya no estaba sola en su búsqueda. Mi mamá Beba y Mary Higa decidieron unir sus fuerzas para buscar a otros desaparecidos Nikkei. Juntas fundaron lo que hoy es la Agrupación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos de la Colectividad Japonesa en la Argentina. Se trata de un colectivo que después de cuarenta años todavía buscan Verdad, Memoria y Justicia. Los familiares de las víctimas queremos saber el paradero de nuestros seres queridos. Elsa Oshiro, hermana de Jorge Oshiro, quién desapareció el 10 de noviembre de 1976 a los 18 años, es quien ocupó el lugar de Mary Higa y Beba. Mary Higa también falleció pocos años después de Beba. Yo no veía a Elsa tan seguido como a Mary Higa, pero ella estaba presente en nuestras vidas. Actualmente mi contacto con Elsa me genera una enorme tranquilidad. Con ella puedo preguntar y compartir cosas del pasado cuando mis recuerdos se ofuscan.

Cuando mi padre fue secuestrado, Beba decidió mandarme a la misma escuela que cursó Takashi, supongo que para que tenga contacto con gente de la colectividad que capaz lo conoció y tener algún tipo de conexión por donde había estado él.

Todos los sábados me levantaba temprano y me dejaba en la puerta de Nichia Gakuin para que aprendiera japonés, yo iba con pocas ganas hasta que por casualidad conocí a Marisa Uehara, su mamá Delia, su tía Beatriz eran compañeros de mi papá y de mi tía Yoko. Como vivían en Pompeya tomaban el tranvía todos juntos en los años cincuenta, y Delia decía que en esa época Takashi iba corriendo detrás del tranvía y se colgaba por la puerta de atrás para colarse. Me causa gracia saber que mi padre de chico hacía travesuras como cualquier otro chico.

Después de treinta años, casualidad quiso que Marisa y yo también fuésemos compañeras de clase, vivíamos a pocas cuadras, ésta vez en Boedo. No tomábamos tranvía pero si el colectivo juntas. Más tarde descubrimos que nuestros abuelos habían viajado en el mismo barco llamado Rio de Janeiro Maru desde Japón.

Mi madre ayudando cuando había algún evento escolar en la escuela japonesa se hizo amiga de Delia, de su esposo Julio Uehara y de Sumiko Matayoshi, cuya hija Gabriela Matayoshi era siempre muy compinche. Como conocían nuestra historia familiar tenia siempre a alguien con quien contar, con los cuales no había necesidad de esconder que mi viejo estaba desaparecido, no necesitaba cuidarme de qué decir o no decir.  Delia y Julio me retaban como si fuese otra hija, con ellos pude entender esa parte de ser unidos, de estar conectados por las mismas raíces de Okinawa y de poder llamar familia a gente que no comparte el mismo ADN.

Kintsugi, Instalación de Arte

Retrato de Takashi de la serie Kintsugi, Parte 2.

Cuando escribí mi primer artículo sobre mi padre (solo en inglés) para la publicación Discover Nikkei tenía en mente pintar retratos de los 17 desaparecidos Nikkei. Quería mirar a mi padre a los ojos por lo menos en una tela y esperaba compartir la experiencia con otros familiares de desaparecidos. Mientras pintaba los retratos necesitaba diseñar una obra en tres dimensiones para sostener los cuadros. Le pedí ayuda a Germano Dalla Pola, uno de mis amigos del liceo artístico de Italia que estaba trabajando en un Estudio de arquitectura en la ciudad de Denver, lo que nos dio la posibilidad de pensar la instalación. Pudimos exponer la obra en el Espacio Cultural de la Biblioteca de la Nación de Buenos Aires, en septiembre-octubre de 2016.

A la muestra la llamé Kintsugi, que es el arte de reconocer la belleza en la imperfección, uniendo los pedazos rotos con oro, lo que se crea es un nuevo objeto mucho más bello porque estuvo quebrado. Me pareció adecuado usar la palabra Kintsugi para reconocer el coraje de los familiares de desaparecidos para enfrentar el dolor, de recordar a quienes han perdido a los suyos y de tratar de curar las heridas con oro-arte Kintsugi, caminando en el presente demostrando resiliencia y llevando adelante el testamento de quienes ya no están con nosotros físicamente.

Fue para mí una experiencia inolvidable conocer a otros familiares de muchos de los desaparecidos que pinté durante un año. Se trató de un trabajo intenso y difícil que tuvo sus frutos. Logré aprender y reconocer que detrás de cada desaparecido hay una familia, hijos, parejas, padres que sufrieron en el momento de la desaparición y, que sufren actualmente por no saber que pasó y donde están sus restos. Es una herida que siempre quedará abierta porque no hay un cierre posible. Ignorar la cuestión, intentar olvidar o negar los hechos no sirve absolutamente para nada: yo lo sé por experiencia propia.

Pasaron 40 años y recién en los últimos dos años de mi vida pude empezar a procesar lo que me pasó a mí y a mi familia. Pintar, escribir, hablar con mi familia y con otros familiares de desaparecidos es lo que me ayuda a mirar hacia el futuro y de a poco poder cerrar la herida que dañó a varias generaciones. Creo que podré respirar libremente cuando algún día encuentre los restos de mi padre. Mientras tanto, seguiré de la manera que pueda, mediante pinturas o palabras, recordando a los desaparecidos Nikkei para confirmar que todavía hay una causa por la cual luchar.

Japón

El gobierno japonés de Masayoshi Ohira (diciembre 1978 - junio 1980) al igual que sus  sucesores Masayoshi Ito (quién gobernó solo por un mes), Zenkō Suzuki (julio 1980 - noviembre 1982) quisieron estrechar vínculos con la Argentina, probablemente por los intereses económicos que tenían en común ambos países.

Una mañana de primavera del año 1980 falté al colegio. Fue uno de esos acontecimientos que recuerdo claramente, era algo que nunca sucedía porque cada año terminaba con asistencia perfecta. Me vestí con mi mejor vestido, mientras escuchaba a Mary y Beba hablar de la reunión con el Cónsul japonés. Habían esperado muchos años por esa entrevista y finamente nos iban a recibir. Teníamos muchas esperanzas de que algo iba a cambiar; si las palabras de Mary no tenían el efecto deseado, mi tarea era de recordarle al Cónsul que nuestros familiares desaparecidos tenían hijas como yo, seres queridos que necesitaban encontrarlos y que ellos con el cargo que ocupaban, tenían la posibilidad de ayudarnos si es que tenían la voluntad y el deseo de hacer algún gesto.

Cuando llegó ese día mi mamá tuvo que trabajar y me mandó en su lugar junto con mi abuela Ikuko y Mary Higa a la reunión. Llegamos y nos sentamos en unos sillones de cuero alrededor del cónsul japonés, quien no dejaba de sonreír y se tomaba las manos nerviosamente. Mary Higa tomó la palabra, pero no logramos convencer al cónsul a que intercediera por nuestros familiares desaparecidos. Antes de llegar a la entrevista yo me sentía como el arma secreta de nuestra misión imposible para hacerle de algún modo tocar su humanidad, pero nuestro intento falló irremediablemente. Ante cada desilusión, sentía que mi padre se alejaba cada vez más de nuestras vidas. La cotidianidad a la que tratábamos  de volver ya no iba a ser posible.

El cónsul italiano Enrico Calamai

Mi madre tenía la ciudadanía italiana y había vivido varios años en la provincia de Vicenza entre los años 1960 y 1964. Según la legislación italiana mi padre había adquirido la ciudadanía italiana mediante su casamiento. El tenía su propio legajo en el Consulado como cualquier ciudadano italiano.

El cónsul italiano en Buenos Aires era Enrico Calamai. El funcionario tramitó el pasaporte italiano de mi madre, para poder salir del país si aparecía mi padre. Calamai tocó muchas vidas, salvó a muchos que eran perseguidos en Argentina. Siento que también nos cambió la vida a mi madre, mi hermano y a mí, quienes pudimos conocer otro mundo y tener la experiencia de vivir en Italia.

Por muchos años pensé que el gobierno italiano era merecedor del crédito por el increíble trabajo de Enrico Calamai al haber salvado a tantos. Sin embargo, la realidad era distinta: dicho gobierno no quería dar asilo político porque ya habían vivido una experiencia anterior con el golpe de Estado en Chile, en septiembre de 1973, en donde 412 personas pidieron asilo político en la Embajada italiana. El mérito correspondía a Calamai y no al gobierno que representaba.

Parte 4 >>

 

© 2017 Gaby Oshiro

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