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Arte, memoria y paternidad. Haroldo Higa y Aldo Shiroma dialogan, reflexionan y comparten experiencias - Parte 2

Lea parte 1 >>

Te gusta cuando alguien tiene una lectura de tu obra distinta de la que habías previsto, ¿no?

Haroldo Higa (HH): Sí, el arte tiene eso. Tú creas algo y quieres que tenga cierto impacto en la gente, pero lo más interesante es cuando tiene varias interpretaciones. Eso enriquece las cosas. Por eso se vuelve muy enriquecedor con la gente que ve tu obra porque empieza a describir elementos que tú no tenías previsto. Eso es chévere. Ahora, lo que estoy buscando es no tener un lenguaje propio, estoy tratando de escaparme de eso. Estoy tratando de desarraigarme rápidamente de las cosas que hago para volver a plantearme cosas.

Aldo Shiroma (AS): Qué difícil (ríe).

HH: Así como cuando hay un ejercicio de identificación con el trabajo de uno, creo que también es posible el ejercicio de darle la espalda a lo que uno ha hecho.

Los artistas, Haroldo Higa (izquierda) y Aldo Shroma (derecha), presentaron en Lima, en setiembre y octubre de 2013, muestras individuales que tenían como denominador común su infancia, pero con una mirada propia de aquellos personajes de sus recuerdos del pasado.

No ser reconocible.

HH: Exacto. Es como buscar las cosas a la inversa.

AS: Cuando en el 2008 me fui a España a hacer una maestría, junto con Karen, mi esposa, el hecho de estar fuera y tener circunstancias completamente diferentes a las que tenemos aquí me sirvió para replantear mi obra desde un punto de vista completamente diferente. Al cambiar las circunstancias también te permitía zafarte de lo que todo el mundo reconocía como tuyo y de hacer cosas diferentes. Eso es superdifícil. Al final, no fue iniciativa mía, fue el resultado de cómo se habían dado las situaciones. Pero me cuesta mucho el desapego a la forma en que hago las cosas.

HH: En mi caso ya no cuesta tanto. Lo que pasa es que ya son más o menos diez años los que vengo planteándome romper con el trabajo que hacía.

¿Cómo nació ese propósito de romper?

HH: Sentía que ya había explotado al máximo lo que hacía, no encontraba ningún tipo de motivación. Y ese fue un momento difícil para mí, tenía miedo, felizmente me di cuenta de que el arte no era el problema, el problema era qué es lo que estaba haciendo. Cuando yo hago un análisis de lo que he hecho, encuentro mucha similitud en todo. Hay una línea conductora que quizá no es visible, pero yo sí encuentro que hay como un encadenamiento. Lo que pasa es que el aspecto formal cambia mucho, pero el feeling es el mismo.

AS: Alguien que sigue tu obra –yo la sigo desde la universidad– logra ver como que hay una tela por detrás que va uniendo una trama. Es bonito eso.

Aldo, casi todos tus héroes son japoneses.

AS: Sí, excepto uno. Lo que pasa es que yo los evocaba de los dibujos que daban en canal 7, que eran mis recuerdos más antiguos, y la mayoría eran anime o series japonesas: Goldar, Ultrasiete, Ultraman. Ahí se coló uno que no es del universo japonés, que es Shazam. Cuando he comenzado a analizar a todos los personajes, me di cuenta de que todos pertenecían al imaginario japonés, excepto este personaje.

HH: En mi caso los personajes son más bien norteamericanos, menos el Maneki Neko, que es un personaje criollo en realidad, está instaurado en el imaginario limeño, peruano. Lo que yo quería hacer era invertir la mirada, tratar de que nosotros seamos pequeños frente a los juguetes, que ya no lo son, que son personajes grandes, que nos pueden mirar, nos pueden observar, analizar. Un cambio de escala que produce esa resonancia psicológica…

AS: De quién juega con quién.

HH: De quién es el juguete, quién el dominador. Por eso trato de lograr dos cosas con la escultura: una empatía, que te atrae, pero también algo que de alguna manera te sacuda, te interpele.

Los artistas observan una pieza de la exposición “Nostalgia de héroes” de Aldo Shiroma.

MENOS CALLE, PERO MÁS AFECTO

Ambos tienen hijos pequeños. ¿Creen que el mundo en el que crecieron es mejor que el de ellos?

AS: Cuando era muy pequeño, vivíamos en Breña, en una calle donde los autos casi no podían pasar porque los ambulantes habían tomado toda la pista, pero hacía que tú pudieras jugar con niños más o menos de tu edad, eso fue hasta que tuve cinco años. Yo tuve más vida de calle hasta los cinco años que después. Nos mudamos a Pueblo Libre, a una casa con dos rejas para poder ir a la calle. Ya no me dejaban salir. Yo siempre pensaba que cuando fuera padre iba a dejar que (mis hijos) salieran, y hoy día ¿tú crees que yo dejo que mi hija se acerque a la puerta? Me da un poco de pena porque todo ese mundo que descubres cuando eres niño yo creo que se ha perdido. Trato de dárselo a mi hija desde otro punto, jugar más con ella para que construya cosas, que sepa crear su mundo, no aceptarlo porque ya viene listo del envase. ¿Tú cómo haces con mellizos? (risas).

HH: Difícil. Nosotros hemos vivido en otra época. Yo paraba en la calle, mi viejo salía a buscarme para que entre a la casa. Ahora no se puede. Lo que no tienen los chicos ahora es calle, están sumamente sobreprotegidos, pero lo interesante es que tienen una relación con sus padres como no la teníamos nosotros.

¿Más cercana?

HH: Más cercana, más afectiva. Tienen una mayor relación amical, fraternal. Eso es bacán.

AS: Claro, no es tan vertical como en nuestra época.

HH: Eso está bueno. Y otra cosa chévere, Érica y yo cuidamos a nuestros hijos, no tenemos a nadie que nos ayude, y eso hace que las cosas sean más intensas, más complejas.

AS: Y con dos además, al mismo tiempo. Yo tengo una y te juro que en los momentos de cansancio en la madrugada digo cómo has hecho (risas).

H: Sí, es más difícil. Pero bueno, si uno puede con uno, va a poder con dos. Yo te digo esto porque no sé qué es cuidar a uno, yo sé lo que es cuidar a dos. Mejor no te cuento todo lo que he pasado, pero pucha… Felizmente ya tienen cinco (años), pero después se viene lo peor, dicen, ¿no? Cada vez que van creciendo tienen rollos diferentes.

AS: Pero eso no es justo (risas). Cuando tenía uno (te decían) “no te preocupes, a partir de los dos (años) se tranquiliza”. Ahora que está por cumplir dos me dicen “no, era mentira, ahora comienza lo bueno”.

HH: Es increíble.

AS: Sí. Te nutre de otra manera.

HH: Uno no piensa que la vida es tan increíble. Cuando nacen los hijos te das cuenta de que recién empieza todo.

AS: En mi época la relación con los padres era más vertical, no había una conexión afectiva tan fuerte. Yo puedo estar destruido de cansancio, arrastrando los pies del taller, y viene mi hijita, me sonríe, me abraza, y de pronto como que te olvidas de todo tu cansancio en ese momento. Te tiras al suelo, juegas, como que te recargan las baterías.

Aldo y Haroldo en la exposición “Irreversible”, que presentó este último.

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 81, y adaptado para Discover Nikkei.

 

© 2014 Texto: Asociación Peruano Japonesa; © Fotos: Asociación Peruano Japonesa / Oscar Chambi

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