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Arte para reflexionar: Haroldo Higa y los contrarios que se complementan

Vida y muerte. Orden y caos. Amor y odio. Los conceptos antagónicos marcan la obra de Haroldo Higa. Su última muestra, Entropía, parte de la certeza de que todo principio tiene su final para exponer un conjunto de obras que están organizadas en torno a la dualidad. La pieza central es una pupila que representa la mirada de un mundo en descomposición por la intervención humana, pero también admite otra lectura: un universo en expansión. Por un lado, la inexorabilidad del fin, y por el otro, la promesa de algo que nace.

Haroldo Higa (Lima, 1969) estudió la especialidad de escultura en la Facultad de Arte de la Pontificia Universidad Católica del Perú, egresando en 1993 con el primer premio de su promoción. Gracias a una beca realizó una especialización en escultura en la Universidad Prefectural de Arte de Okinawa, Japón. En 2004 obtuvo el primer premio del 7.º Concurso Nacional de Artes Visuales “Pasaporte para un artista”. Sus obras se encuentran en colecciones públicas y privadas de diversos países.

Haroldo cumple el próximo año dos décadas de carrera artística. Cuando repasa su trayectoria, descubre que ha madurado mucho, sobre todo en los últimos diez años. En cada nueva obra intenta sorprenderse a sí mismo, no replicarse, sentirse libre para innovar. 

El estilo para él es una camisa de fuerza, un estigma que pesa sobre el artista, encasillándolo, recortando su libertad. “El estilo para algunos es como una marca registrada. A mí no me interesa tener una marca registrada, me interesa que mi estilo sea no tener uno. Evito repetir fórmulas. Mi taller es un laboratorio y no un centro de producción”, dice.

En todo caso, si tiene que definir lo que el estilo significa en su obra, explica: “El estilo no tiene que ver con una fórmula material. Para mí es una manera de pensar, de organizar las cosas”. 

Crear es arriesgar, abrir nuevos caminos. “El día en que la gente empiece a reconocer mi obra seguramente será el día en que me empiece a preocupar mucho de lo que estoy haciendo. Me gusta arriesgar. De repente no voy a conseguir nada, pero es como estar cabalgando, siempre en la lucha. Me gusta esa manera de crear. Me parece muy cómodo encontrar una fórmula y repetirla hasta el cansancio. Yo creo que el arte es precisamente todo lo contrario. El arte para mí es buscar lo que nunca has podido hacer”, manifiesta.

OBRAS QUE DIALOGAN

“El día en que la gente empiece a reconocer mi obra seguramente será el día en que me empiece a preocupar mucho de lo que estoy haciendo. Me gusta arriesgar”, señala Higa.

Haroldo es metódico en su trabajo. Elabora un proyecto, investiga con minuciosidad y se traza objetivos que va cumpliendo paso a paso. El arte no es un rayo inspirador que súbitamente ilumina su taller y lo empuja a crear poseído por un espíritu superior.

“El arte ha cambiado mucho. Se ha vuelto más académico. Cuando digo académico es que utiliza herramientas y metodologías de otras ciencias para desarrollar proyectos. Hoy en día se habla más de investigación y ya no tanto de inspiración. El artista desarrolla una especie de marco teórico y se plantea objetivos, quizá en algunos casos hipótesis, y luego las desarrolla. Desde esa perspectiva, el arte se ha vuelto más complejo”, detalla. 

¿Qué busca en el observador de su obra? Un doble impacto. Primero, emocional. Segundo, racional, que estimule el análisis. “Yo busco darle a mi trabajo un cierto carácter reflexivo. Quiero que el espectador se conmueva, pero también sacudirlo. No necesariamente que sea una cachetada, pero sí de alguna manera que lo haga reflexionar”, afirma.

Haroldo se entusiasma cuando alguien tiene una mirada distinta de la suya con respecto a sus piezas. Una que él no previó y que a veces se contradice con la que él tiene.

“A mí me encanta cuando la obra de arte tiene infinitas lecturas. Me parece que la obra se enriquece más, no se achata. Yo creo que esa es la mayor satisfacción, que la gente venga y dialogue con la obra. El arte es una actividad muy difícil, las satisfacciones de repente son muy pocas, y las más lindas son esas cosas tan sencillas, como cuando un espectador se acerca y te dice ‘yo capté esto de esta obra’, y yo no lo tenía calculado. Eso me parece maravilloso. Es algo nuevo, diferente. Es el regreso que te da el espectador”, comenta.

La finitud, la conciencia de que todo acaba, de que el ser humano empieza a morir desde que nace, marcan su obra y su pensamiento. Esa convicción no lo debilita, por el contrario, es un acicate para valorar más la vida y crear, siempre crear.

“Para algunos el amanecer es un día nuevo, para mí es un día menos. Desde esa perspectiva, al ser consciente de que existe un día menos en mi vida, soy consciente de que me falta lograr muchas cosas. Siempre estoy en busca de seguir creando, construyendo, pero cada vez tengo menos tiempo de hacerlo”, concluye. 

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EL FUEGO, UNA CONSTANTE 

Hay elementos recurrentes en los trabajos de Haroldo. El fuego, por ejemplo. En Línea Negra, una muestra que data de 2004, exhibía una serie de obras, hechas con palitos de chupete, que simbolizaban una ciudad carbonizada, víctima del fuego. En Entropía, cinco piezas están envueltas en fuego. Sin embargo, el fuego no solo es destrucción, sino también creación. Higa siempre juega con significados que se contradicen, pero que a la vez se complementan.

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NIKKEI, DOBLEMENTE RICOS Y DOBLEMENTE POBRES

La exposición Entropía se realizó en la galería Lucía de la Puente, en Lima, entre julio y agosto de 2012.

“Yo creo que los nikkei somos maravillosamente ricos, porque nos ha tocado vivir en nuestra cultura, la peruana, pero tenemos un pasado muy fuerte que es el pasado japonés. Venimos de familias muy tradicionales, que al llegar a un país nuevo, occidental, tuvieron que unirse más y ser más fuertes. Eso hace que la tradición y la cultura se arraiguen mucho en nuestro imaginario. Vivimos con la lucha de valorar nuestro pasado y nuestro presente. Desde esa perspectiva, creo que somos doblemente pobres y doblemente ricos, porque tenemos lo bueno y lo malo del japonés, y lo bueno y lo malo del peruano. Y ese es un sancochado que vamos a tener que llevar siempre. Es doblemente interesante y doblemente alocado. Yo tuve la oportunidad de ir a Okinawa, y con un año me basto para darme cuenta de que era doblemente feliz y doblemente infeliz, porque tenía esa lucha, esa dicotomía. Me gusta esa doble identidad, que me marca, me hace diferente, pero también me hace más consciente de quién soy yo. Me parece fascinante vivir con esa dualidad”.

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 69, agosto de 2012 y adaptado para Discover Nikkei.

© 2012 Asociación Peruano Japonesa; © 2012 Fotos: Asociación Peruano Japonesa / Álvaro Uematsu

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