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Crónicas Nikkei #2 — Nikkei+ ~Historias de Lenguaje, Tradiciones, Generaciones y Raza Mixtos~

Sushi y Salsa, Cactus y Bambú

Durante la guerra, mi padre Daniel García (nacido el 7 de diciembre de 1925 en Pasadena,  California), armaba proyectiles a bordo de su barco para golpear las instalaciones japonesas. En Japón, mi madre Yoshiko Fuchigami (nacida el 2 de febrero de 1930, en Atsugi), estaba armando municiones para ser lanzadas a los invasores americanos. Indirectamente, ellos estaban haciendo todo lo posible para matarse mutuamente.  Habiendo fallado,  la guerra terminó,  se conocieron, se enamoraron y se casaron.

Su encuentro se dio a través de mi abuelo. Como miembro de la policía militar, mi padre llevó de regreso a su casa a mi abuelo, quien actuaba como intermediario entre la policía local y los militares. Durante el viaje, mi padre prendió la radio para aliviar la incomodidad de no compartir un lenguaje en común y encontró una estación que tocaba música japonesa.  Ellos debieron haber pasado un buen momento porque cuando ellos llegaron a la casa, mi padre fue invitado a entrar y vio a mi mamá por la primera vez.

La familia García en Japón: Louise, Dorothy y Bob con Yoshiko y Daniel. (Foto cortesía del autor)

Yo nací en Japón, la primera de los cuatro hijos de esa unión. Me llamaron Dorothy pese a que el sonido “th” es impronunciable para la mayoría de los nativos de habla japonesa.

Continuando en la misma vena, dos de mis hermanos fueron nombrados Louise (por mi abuelo Luis) y Rupert, ambos difíciles de pronunciar para las bocas japonesas, pero mi madre se las arregló para ponernos, a mi hermana y a mí, nombres medio japoneses. Bob (¡no Robert!) era lo fácil de pronunciar para mamá.

Yo crecí “diferente”, y eso era lo que se suponía que debía de ser, conforme a lo que mi madre me explicó después de que la única característica que la atrajo a mi padre era que ambos tendrían hijos que no “se verían iguales que todos los demás.”

En mi fotografía del kindergarten japonés, yo me distingo por mi redonda cara morena y mi “curioso” cabello. Mis compañeros de clase (al igual que mis hermanos) estaban convencidos de que yo era una huérfana.

Dorothy en el kindergarten japonés, segunda fila, tercera de la derecha

Yo fui criada por mis abuelos japoneses y mi tía que me adoraba, mientras mi madre terminaba sus estudios. Nosotros gozábamos de privilegios de comisionado en la cercana base naval, lo que nos permitía tener productos que no eran fácilmente asequibles para la mayoría de nuestros vecinos.

Yo he escuchado las historias de que uno de los modos con que mi obachan acallaba los rumores de mi ilegitimidad era asegurarse de que todos vieran mis pañales de paño ondeando y secándose los días de lavado. Aparentemente yo era la única bebé en el vecindario agraciada con este lujo y símbolo de rendición que mi oba lo convertía en prueba de que yo estaba bajo la protección de mi ausente padre marinero. A su regreso, se decía que mi papá traía dulces para todos los chiquillos y daba una barbacoa a todo dar de lo que debió haber sido una versión americana del yakitori.

Cuando yo tenía cinco años de edad mi familia vino a los Estados Unidos desde Japón. Volamos el 31 de octubre de 1960, mi madre y mi padre, y mis hermanos y yo, vistiendo ropas nuevas hechas por mamá. Desapercibido por todos, Rupert era llevado en el útero, el único de nosotros que podría llegar a ser un presidente estadounidense.

A bordo, nuestra primera experiencia de América fue usar los enormes sombreros puntiagudos y distribuir entre los pasajeros una generosa cantidad de golosinas, ¡de la clase que yo nunca había visto! Nosotros arrasamos con todas las sobras y vorazmente comimos tanto como pudimos digerir. Después de cruzar la línea internacional del tiempo y aterrizar en Hawai, el día 31 comenzaba otra vez y el segundo tramo del vuelo empezó exactamente como el primero, como si yo estuviera en la fábrica de Willy Wonka. ¿Dulces todos los días en los Estados Unidos? Yo supe que me iba a gustar ese sitio.

Caminando de un lado a otro durante nuestra parada temporal en Honolulu, mi hermana desapareció, provocando un pánico en el terminal entero. La partida fue detenida mientras mis padres trataban de decidir qué hacer. Y exactamente como en las películas, Louise apareció de la nada, completamente cubierta de leis (collares hawaianos).  No solamente pudimos tomar el avión, sino que pudimos regalar, a manos llenas, golosinas y leis a nuestra nueva familia de América.

Llegamos a Los Ángeles, a los amorosos brazos de Luis y Trinidad García, mis abuelos paternos. Debido a que el año escolar había comenzado mis padres sintieron la urgencia de tener que matricularme inmediatamente en South Pasadena. Esto fue a pesar de la inquietud de mi madre sobre las escuelas californianas y lo que había leído sobre el internamiento de los japoneses allí. (Muchos años después, cuando asistimos a una exhibición de la ordenanza ejecutiva 9066 en la Primera Iglesia Presbiteriana en Pasadena, nosotros vimos por primera vez  la mala situación de los americano-japoneses sobre la cual ella había leído años antes).  Luego mis padres prontamente partieron con mis hermanos a Alameda donde mi padre estaba asignado.

En la mañana del lunes antes del primer día de la escuela me senté para desayunar con mis abuelos de habla hispana y tuve lo que yo considero la comida más exótica que jamás había visto: ¡papas con chorizo y huevos!

© 2013 Dorothy Yumi Garcia

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La Favorita de Nima-kai

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Sobre esta serie

El ser nikkei es inherentemente una situación de tradiciones y culturas mezcladas. Para muchas de las comunidades y las familias nikkei alrededor del mundo no es inusual usar tanto palillos como tenedores, mezclar palabras japonesas con el español, o celebrar la cuenta regresiva de la víspera del Año Nuevo con champaña y el Oshogatsu con ozoni y otras tradiciones japonesas.

Discover Nikkei actualmente está acogiendo historias que exploran como los “nikkei” alrededor del mundo perciben y experimentan el ser multirraciales, multinacionales, multilingües, y multigeneracionales.

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