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Una mirada a la migración japonesa a Cuba: 1898-1958 - Parte 1

Introducción 

Panteón para los japoneses en la necrópolis “Cristóbal Colón” en la ciudad de la Habana. Cuba. (Foto por la autora)

Estudiar las características del proceso migratorio japonés a Cuba en los primeros cincuenta años del siglo XX, desde una perspectiva holística y articulada con los flujos migratorios que llegaron a Cuba en la misma época, es una deuda y un desafío para los investigadores. Múltiples causas entorpecen tal propósito: la ausencia de fuentes documentales, la distancia en el tiempo, la falta de interés de los descendientes japoneses y el difícil acceso a la información en el idioma del país emisor.

Escribir este somero trabajo basado en la recopilación y análisis de datos derivados de investigaciones anteriores es un intento por mostrar algunos apuntes sobre la historia de la migración japonesa a Cuba en la primera mitad del Siglo XX, uno de los procesos migratorios menos abordado en la historiografía regional y caribeña. También es una invitación a los investigadores para ahondar en la experiencia histórica de Cuba como país receptor, desde su descubrimiento en 1492, de diferentes grupos humanos, entre ellos los japoneses, que han conformado su perfil étnico, su identidad y su cultura.

Escultura del samurái Hasekura Tsunenaga quien en julio de 1614 al frente de una comitiva compuesta por 150 japoneses, visita la Habana durante un mes en tránsito hacia Europa, ellos fueron los primeros hijos del país del Sol Naciente que pisaron tierras cubanas.
Este monumento fue donado por la Escuela Sendai Ikue Guken e inaugurado el 26 de abril de 2001. La escultura está situada junto al canal de entrada de la bahía de la ciudad de la Habana. (Foto por la autora)


Apuntes para una historia de la migración japonesa a Cuba (1898- 1958)

El año de 1868 fue trascendental en las historias de Japón y Cuba1. Para el primero fue el inicio de la llamada Renovación Meiji (1868-1912), con innovaciones significativas en lo social, lo económico y lo político, encaminadas a la modernización. Para el segundo fue el inicio de un largo periodo bélico que duró treinta años en aras de lograr la abolición del sistema esclavista y la independencia del colonialismo español.

Cuba, desde su descubrimiento, se caracterizó por acoger personas o grupos poblacionales provenientes de diversos lugares del mundo, lo que determinó la conformación de su identidad nacional y su desarrollo cultural. En sentido inverso, Japón, cerrado durante siglos al contacto con otros países y a la movilidad al exterior de sus ciudadanos, llegó al siglo XIX con una homogeneidad étnica que tipifica su identidad y su cultura.

El proceso de modernización japonés implicó la apertura al mundo occidental. Para ello, su política se basó en el quinto artículo de la Carta de juramento de 1868 que planteaba: “El conocimiento será buscado a través del mundo para consolidar los conocimientos de la regla imperial”2. Por eso se propició el asesoramiento de expertos extranjeros y el envío de estudiantes japoneses, especialmente a Europa y América del Norte.

El conjunto de transformaciones trajo como consecuencia un amplio proceso migratorio desde las zonas rurales hacia los núcleos urbanos que podía ocasionar graves fricciones sociales y el gobierno japonés decidió, como estrategia, el envío de sus excedentes poblacionales al exterior, a través de la emigración libre o de acuerdos gubernamentales al continente asiático, a las islas del Pacífico, a Estados Unidos y Canadá; en 1897 a México, en 1899 al Perú y en 1908 a Brasil.

La presencia japonesa en sentido general no fue bien recibida por las poblaciones nativas, por lo que se prohibió su recepción desde 1924 a Estados Unidos, luego a Canadá y Australia. El gobierno japonés se vio obligado a redireccionar sus planes migratorios a Latinoamérica durante los años veinte y treinta3. El Caribe y, en especial, Cuba, pudo ser objeto de su atención, pues era conocido el envío de chinos desde épocas tempranas del siglo XIX a ella.

El desarrollo de la guerra contra España, más la intervención de los Estados Unidos en el conflicto bélico en 18984 convertía a Cuba en enclave poco propicio para su plan de migración poblacional, mucho más cuando la derrota del colonialismo español concluyó con la ocupación militar norteamericana de la isla a partir del 1 de enero de 1899.

En los momentos en que se discutía el rumbo del objetivo nacional-liberador de los cubanos con las negociaciones entre España y Estados Unidos, llegaba a La Habana, el 9 de septiembre de 1898, con intenciones de asentamiento, el japonés Pablo Osuna5 en un barco procedente de México, todo parece indicar que de manera libre y por su propia decisión. Su arribo se ha tomado como punto de partida de la migración japonesa a Cuba. Ya en 1899 se registran ocho japoneses viviendo en Cuba, siete hombres y una mujer.

La república que nació el 20 de mayo de 1902 en Cuba está fuertemente atada a los Estados Unidos por los lazos del neocolonialismo. Si bien Japón6 reconoce al gobierno cubano recién creado, el complejo panorama económico, resultado de treinta años de guerra, unido a la inestable situación política y social, así como a la potestad interventora de las autoridades estadounidenses en el país, entorpecían el establecimiento de un entendimiento entre ambos.

Fascímil de la carta enviada por el Meiji (emperador) japonés al presidente Tomás Estrada Palma con motivo de la proclamación de la República de Cuba el 20 de Mayo de 1902. (Foto tomada de La presencia japonesa en Cuba.)

Gracias a las peculiaridades del estatus neocolonial de la República de Cuba se propicia un poderoso proceso inversionista estadounidense, especialmente en el sector azucarero, que la convierte en un lugar de privilegio en el campo económico caribeño y, de forma increíble, su atracción como fuente de progreso llega hasta lugares recónditos del país del Sol Naciente, impresionando favorablemente a aquellos que ambicionaban el enriquecimiento fácil para el rápido regreso a la tierra natal.

Desde épocas tempranas del siglo XX en Cuba tenemos agentes contratistas de braceros japoneses7 cuyos pasajes en su inmensa mayoría eran sufragados, total o parcialmente, por el gobierno japonés o por las compañías azucareras norteamericanas radicadas en Cuba. Por ejemplo, Keitaro Ohira, asentado en La Habana desde 1905, agente de la compañía Oversea, viajaba frecuentemente a Japón en busca de campesinos japoneses para trabajar como macheteros en los centrales de Las Villas y Camagüey; también tenemos a Tomishiro Ogawa, quien lo hace a partir de 1916 para el central Constanza en Cienfuegos.

En Japón historias fabulosas se contaron sobre Cuba8, ya fuese por aquellos primeros japoneses que estuvieron en ella y regresaron a su país, o por cartas de los que se habían establecidos aquí y reclamaban por sus familiares y amigos para que los acompañaran en su prometedor futuro. En Cuba, se decía, había riquezas por el alza del precio del azúcar debido a la Primera Guerra Mundial y ausencia de sentimientos hostiles hacia los foráneos, en contraste con las expresiones de histeria nativista encontrados en otros países contra los asiáticos, que sufrían la discriminación social y legal en los países receptores.

A pesar de las fuertes restricciones establecidas por el gobierno norteamericano con respecto a la migración japonesa en estos primeros años del siglo XX y la estrecha relación del gobierno cubano con los Estados Unidos, llegaron ciudadanos japoneses, generalmente peones rurales asalariados, para trabajar en la industria azucarera desde diferentes regiones del Japón, desde Okinawa hasta Hokaido9, incluso de los Estados Unidos y de Latinoamérica.

Prefecturas con mayor cantidad de emigrantes.  (Foto tomada de La presencia japonesa en Cuba.)

La década del veinte, del siglo XX, fue el escenario de la más grande oleada inmigratoria de los japoneses a Cuba10. Los principales puertos de entrada fueron el de La Habana, el de Santiago de Cuba y el de Cienfuegos. Respaldados por la problemática económica y los requerimientos de la inmigración laboral en el país, que conllevaba a la promulgación de leyes migratorias favorables a la importación de fuerza de trabajo, arribaron los hijos del Sol Naciente dentro del conjunto de antillanos, europeos y asiáticos que conformaron el mercado de trabajo barato de la época.

Entraron legal, o a veces ilegalmente, como braceros deseables o indeseables y bajo diferentes tipos: los pioneros, que viajaron por cuenta propia costeando sus gastos y que en su mayoría no llegaron directamente desde Japón; los que viajaron por la subvención del gobierno japonés, por el llamado de parientes y amigos; o por contratistas relacionados con empresas azucareras cubanas o norteamericanas.

Más tarde se incorporaría la inmigración por cartas de invitación o bajo la figura de reunificación familiar; también se facilitó la entrada de “novias y novios de carta” o por “catálogo”, por intermediación de sus familias o de compañías que se dedicaban a este propósito.

La gran masa de inmigrantes japoneses se ubicó, casi siempre, en las centrales azucareras de la región central del país. Allí debían permanecer durante tres meses y luego se fomentarían las colonias agrícolas, pero no fue así, nunca les fueron entregadas las tierras, solo fueron asignados a los cortes de caña como macheteros y rápidamente se encontraron cubiertos de deudas.

(Foto tomada de La presencia japonesa en Cuba. Centenario del inicio de las relaciones entre Cuba y Japón.)

En poco tiempo se produjo entre ellos un proceso de deserción ante las difíciles condiciones de trabajo, el intenso calor y los problemas con el abono de los salarios. Muchos comienzan a explorar nuevos horizontes en otros lugares del país, lo que provocó el deambular por casi toda Cuba11, en un movimiento de abanico cuyo epicentro fue el centro–sur de la isla, que abarcó desde Matahambre en Pinar del Río hasta Guantánamo. Se estima que hubo representación de migrantes japoneses en las seis antiguas provincias del país y ya a principio de la década del treinta se plantea que habían alrededor de 1,091 japoneses originarios12.  

Fragmento de tabla que aparece en Japoneses en Cuba en pág. 26, la misma puede complementarse con la tabla confeccionada por el Sr. Goro Naito historiador de la inmigración japonesa a Cuba que incluye el tipo de ocupación y oficios y mas detalles sobre los lugares de procedencia. La misma puede consultarse en La presencia japonesa en Cuba.

La lucha por la subsistencia fue intensa y traumática en un país que sufría las consecuencias de la gran depresión económica de 1929, con el precio de la libra de azúcar en el mercado mundial a menos de dos centavos la libra. Pero nada los detuvo y permanecieron durante años solos o arrastrando a sus familias, transitando lo mismo en espacios rurales como urbanos, desempeñando los más disímiles oficios, con una dinámica poco común, comparada con la de otros grupos de inmigrantes existentes en el país, pero también discriminados por pobres y además por asiáticos.

Continuará...>>


Citas y Notas:

1. Cristóbal Colón cuando toca tierras cubanas en su primer viaje descubridor del mundo americano cree haber llegado al Japón (Zipango) en 1492.

2. Bonifazi, M. (2009). “Japón: Revolución, occidentalización y milagro económico”, Observatorio de la Economía y la Sociedad de Japón. Vol 1, No.5 (mayo 2009).

3. Inés Sanmiguel (2006). “Japoneses en Colombia. Historia de inmigración, sus descendientes en Japón”, Revista de Estudios Sociales, 23 de abril, 2006, pp. 81-96.

4. En 1898 explota el Maine, buque de guerra norteamericano en la bahía de La Habana, mueren cinco jóvenes japoneses que formaban parte de la tripulación que adquirían conocimientos sobre la marina para luego aplicarlos en su país. Este acontecimiento se toma como pretexto por los Estados Unidos para declarar la guerra a España. Datos ofrecidos por Mercedes Crespo, investigadora cubana sobre temas asiáticos, 2017.

5. Rolando Álvarez y Marta Guzmán (2002). Japoneses en Cuba. La Fuente Viva, Fundación Fernando Ortiz, La Habana, p. 13.

6. En 1906 no se aceptan las cartas de representación y en 1907 no se recibe al cónsul cubano Enrique Ramsden. La actitud negativa del Japón se explica porque no reconocía representantes de un país ocupado. En 1908, el representante del segundo gobierno interventor norteamericano en Cuba cierra el consulado en Yokohama.

7. Álvarez y Guzmán. Japoneses en Cuba, pp. 15 y 55. Ver La presencia japonesa en Cuba: Centenario del inicio de las relaciones entre Cuba y Japón, 2002, Fundación Fernando Ortiz, Ediciones GEO, La Habana (plegable).

8. Jaime Sarusky (2010). “Los japoneses, un viaje sin regresol” en Las dos caras del paraíso, Ediciones Unión, p. 89.

9. R. Álvarez. Op. Cit., pp. 25, 26, 32 y 33.

10. Ver tablas en Álvarez y Guzmán, Japoneses en Cuba, pp. 25 y 26.

11. Jaime Sarusky (2010). “La comunidad japonesa en la Isla de la Juventud” en Los fantasmas de Omaja, Ediciones Unión, La Habana, p. 38.

12. Álvarez y Guzmán. Japoneses en Cuba, pp. 24 y 26. Nota de la autora: Desde la Isla de Cuba se dividía en seis provincias y la Isla de Pinos como parte del archipiélago. Ya en 1976 se produce una nueva división política administrativa que la constituyó en catorce provincias y un municipio especial en la antigua Isla de Pinos, ahora denominada Isla de la Juventud.

 

© 2020 Lidia Antonia Sánchez Fujishiro

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