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Una mirada a la migración japonesa a Cuba: 1898-1958 - Parte 2

Presidio Modelo fue campo de concentración para los japoneses residentes en Cuba durante la segunda Guerra Mundial. Ellos ocuparon uno de los edificios rectangulares separados de los presos comunes que vivían en los circulares. (Foto tomada del artículo “Triunfo popular en Isla de Pinos” de la autoría de Diego Rodríguez aparecido en Victoria: Diario digital de la Isla de la Juventud, Cuba. [1 de enero de 2019])

Lea parte 1 >>

Desde épocas muy tempranas, los japoneses se organizaron en asociaciones1, en sentido general se asegura que sus fines eran de socorro y ayuda mutua, además de la recreación, el fomento de la inmigración y las relaciones amistosas entre Cuba y el Japón. Así aparece la Asociación de Productores Japoneses, en 1915, en Campo de Carmelina, en Cienfuegos. También la Sociedad Japonesa de Cuba en La Habana Vieja, ya en 1927; la importante Cooperativa agrícola de la Isla de Pinos, en 1933, y existieron, sin representación oficial, la de Tomehachi Kobayashi, en la Isla de Pinos y la Showakai Asociación Japonesa, con Keitaro Ohira como presidente, fundada en enero de 1927.

En otros lugares de Cuba se conoció la existencia de grupos importantes de inmigrantes, con sus descendientes agrupados en pequeñas colonias que tuvieron su organización interna y sus líderes naturales, pero nunca fueron reconocidos oficialmente, como por ejemplo la de la central Baraguá en Ciego de Ávila, colonia con cerca de 40 japoneses en 19392, la de Surgidero de Batabanó, conformada por un grupo dedicado a la pesca; también la de Jatibonico, la de Herradura, en Pinar del Río, y en la de Banes, en la zona más oriental de Cuba.

En 1929, durante el periodo presidencial de Gerardo Machado, se intercambian notas diplomáticas con el Japón, esto se toma como punto de partida en cuanto a relaciones diplomáticas; todo el tiempo anterior las mismas estuvieron regenteadas por los representantes japoneses acreditados en Washington, lo que hacía muy difícil la atención a los inmigrantes radicados aproximadamente en 46 sitios del archipiélago cubano.

Ellos sufrían, conjuntamente con los cubanos, las secuelas políticas, sociales y económicas de la sangrienta dictadura del entonces presidente de Cuba Gerardo Machado, la cual fue derrocada en 1933. El país se hunde en el caos y a ello se le suma la problemática internacional que antecedió a la Segunda Guerra Mundial.

En 1939 se inició la Segunda Guerra Mundial y el 1 de diciembre de 1941 se aprobó formalmente por Japón la guerra contra los Estados Unidos3. Ante el conflicto que encerraba las decisiones del gobierno japonés, un alarmado grupo de japoneses, solos o con sus familias, provenientes de diversos lugares de Cuba, decidieron regresar al Japón y viajaron a La Habana para tomar cualquier barco que los llevase a Panamá, para seguir viaje al país natal, pero nunca llegó este momento. Entonces, unos decidieron quedarse en lugares cercanos a La Habana, otros se trasladaron a la Isla de Pinos y a Pinar del Río, quizás con la esperanza de no ser encontrados en estos parajes4.

Testimonio de la conciencia del peligro inminente lo constituye la colección de cartas, atesoradas en el Archivo Nacional de Cuba, enviadas por varios japoneses residentes en el país y dirigidas al Ministro de Gobernación “para expresar su hondo sentir en cuanto a la entrada de su país natal a la guerra y afirmar su desacuerdo con tal actitud, en aras de demostrar su no beligerancia y de que se investigara a profundidad su actitud ciudadana con las autoridades en caso de decidirse una medida de seguridad contra los nacionales japoneses”5, pero todo resultó en vano.

La entrada de Estados Unidos a la contienda bélica en el marco de la Segunda Guerra Mundial provocó que los japoneses y sus descendientes fueran declarados “enemigos de guerra”. Inmediatamente, Cuba, el 9 de diciembre de 1941 declaró la guerra a Japón y todos los japoneses residentes en Cuba son considerados un peligro para la seguridad nacional, por considerarse “enemigos extranjeros”6.

Los japoneses residentes en Latinoamérica fueron deportados o enviados a campos de confinamiento en los Estados Unidos. Cuba y México fueron los únicos países que crearon sus propios campos de concentración y, de esta manera, mantuvieron a los nipones en sus territorios7. Comenzó en todo el país el cumplimiento de la orden de apresamiento, la cual tuvo diferentes interpretaciones en cuanto a su ejecución, según los testimonios de los familiares de los detenidos, pero todas fueron dolorosas y humillantes.

Así, desde el 16 de abril de 1942 hasta 1943 fueron ingresados en el Reclusorio Nacional para Varones, o Presidio Modelo, en la Isla de Pinos (hoy llamada Isla de la Juventud), distante aproximadamente cien kilómetros de la isla de Cuba, prácticamente inaccesible y declarado campo de concentración, trescientos cincuenta japoneses; incluso nueve de ellos descendientes, es decir, hijos mayores de edad que habían nacidos en el país. Allí, junto a italianos y alemanes, cumplieron con el confinamiento por ser “enemigos de guerra” del gobierno cubano.

Se creó el cargo de Interventor de la Propiedad Enemiga, que lo facultaba para “administrar” las pertenencias de los japoneses residentes en el país. Estas podían ser confiscadas y vendidas en subasta pública.

La legación de España, por encargo del Consulado Japonés, representó a los japoneses pues, a nivel gubernamental, las relaciones entre Cuba y Japón quedaron rotas entre 1942 y 1952.

Desprotegidos y perseguidos, los familiares fueron señalados como posibles colaboradores del “enemigo”. Muchos destruyeron o les destruyeron todo aquello que pudiese constituir o no indicio de sospecha: fotos, cartas, revistas, etc. Por tanto, testimonios de la memoria familiar desaparecieron, solo quedaron en las mentes de mujeres y niños las imágenes de las capturas de los hombres de la familia llevados hacia destinos desconocidos.

Cuando se analizan los múltiples testimonios de los descendientes japoneses recopilados en los últimos años por diferentes investigadores8 encontramos información muy valiosa sobre la vida de los reclusos en cuanto al régimen carcelario, la capacidad organizativa para sobrevivir, el dolor por los que murieron allí, la añoranza por sus seres queridos, la mayoría imposibilitados de acudir a las visitas y cómo se estrecharon los lazos de estos miembros de una comunidad hasta entonces desparramada por el archipiélago cubano. Los descendientes hoy cuentan que sus padres cerraron este capítulo de sus vidas y lo sellaron con el silencio. De la reclusión ninguno quiso hablar más.

Luego de la culminación de la Segunda Guerra Mundial en agosto de 1945 fueron los últimos “enemigos de guerra” en salir del presidio, primero los hombres con hijos y, por último, los solteros, arruinados, despojados completamente de sus bienes. Los casados solo encontraron lo que pudieron conservar las esposas. Muchas familias sobrevivieron gracias al coraje de las madres japonesas, la unión familiar y la solidaridad de aquellos cubanos que no se dejaron arrastrar por la propaganda anti japonesa propalada por el gobierno.

Comenzaron de cero, a experimentar un nuevo deambular, pero ahora expertos conocedores de la precariedad de su seguridad, unos volvieron a su lugar de origen, otros decidieron instalarse en nuevos territorios, en zonas cercanas a La Habana, otros en la Ciénaga de Zapata, en Isla de Pinos, un gran número se dirigió a la zona más occidental de la isla grande, Pinar del Río. Allí se constituye la última colonia japonesa en el archipiélago cubano, en Herradura, un municipio de Consolación del Sur y hasta allí llegó, reclamado por su familia, el último emigrante, un sobreviviente de Hiroshima9; para casi todos estuvo claro que debían permanecer en Cuba. El regreso a su país, devastado por la guerra y repleto de repatriados, se hacía cada vez más lejano.

Después del Tratado de Paz de San Francisco de 1951, que otorgó la independencia al Japón, se realizaron convenios especiales con gobiernos latinoamericanos para enviar emigrantes y abrir representaciones diplomáticas en ellos y en el Caribe, con la República Dominicana y Cuba.

Fulgencio Batista, que ocupaba la presidencia de Cuba tras un golpe de estado en 1952, intentó organizar sus relaciones internacionales en un país convulsionado por las protestas populares, y logró restablecer relaciones diplomáticas con Japón el 21 de noviembre de 1952 y con las representaciones diplomáticas en embajadas en 1957.

A pesar de que “las relaciones alcanzan su más alto grado de formalidad institucional tras la apertura de sendas embajadas en ambas capitales”10 no se conocen que existieran conversaciones para el establecimiento de colonos japoneses en el país y se detuvo el proceso migratorio.

Queda descartado el carácter dictatorial del gobierno cubano como obstáculo para el Japón en cuanto al envío de colonos, pues en la misma época habían logrado un acuerdo con el tirano Rafael Trujillo, presidente de República Dominicana, para ello. En 1957, Cuba sufrió una cruenta lucha insurreccional contra el régimen dictatorial imperante, por tanto no había ninguna voluntad política, ni condiciones en el país para ocuparse de migraciones japonesas.

Citas y Notas

1. Rafael Fernández Moya. “La emigración japonesa en La Habana Vieja”. La Habana, diciembre 2009. Álvarez. Op. Cit., pp. 181-183, y en Presencia japonesa en Cuba (2002), Fundación Fernando Ortiz, Ediciones GEO (plegable).

2. Mairyn Arteaga Díaz, La isla de los confinados, p. 131. Ver fotografía de colonia japonesa en la central Baraguá y en Álvarez, Rolando, Op. Cit. En Anexos.

3. Adolfo A. Laborde Carranco. “Japón una revisión histórica de su origen para comprender sus retos actuales en el contexto internacional”. En-claves del pensamiento, año V, núm. 9, enero-junio 2011, pp. 111-130.

4. Ver Rolando González (2009), La saga japonesa en el occidente cubano. Colección Sofía, Ensayos, Ediciones Loynaz, Pinar del Río, pp.28-32.

5. Yiliana Monpeller Vázquez, “Las relaciones de Cuba y Japón entre 1902 y 1957: Apuntes para una periodización” en Observatorio de la Economía y la sociedad del Japón, Vol. 6. No.20. (junio 2014). 

6. Álvarez y Guzmán. Op.Cit., pp. 147-169.

7. Dahil M. Melgar Tísoc,“Los japoneses en México y sus descendientes: Las contiendas por la identidad”, Pacarina del Sur, año 3, núm. 10, enero-marzo, 2012. 

8. Testimonios en La Isla de los confinados de Mairin Arteaga (2016), en La saga japonesa en el occidente cubano de Rolando González, en Shamisen de Benita Iha, que se refiere a los okinawenses, los que aparecen en la obra de Rolando Álvarez y Marta Guzmán, Japoneses en Cuba y los testimonios del concurso literario Del Japón llevo conmigo, por el 120 aniversario de la migración japonesa a Cuba 2018. Material impreso.

9. González: Op. Cit.

10. Monpeller. Op. Cit.

Bibliografía

Arteaga Díaz, Mairin (2016). La isla de los confinados. Ediciones Sed de Belleza, Santa Clara.

Álvarez, Rolando y Guzmán, Marta (2002). Japoneses en Cuba, no 17. La Fuente Viva, Editorial Fundación Fernando Ortiz, Ciudad de La Habana.

Azuma, Eiichiro. “Breve Sinopsis Histórica de la emigración japonesa, 1868-1998”. En Projecto Internacional de investigación Nikkei por JANM. 

Chailloux Laffita, Graciela (2015). El trabajo que cruza el mar. Una crónica sobre el trabajo barato en Cuba. CEDEM, Universidad de La Habana.

Fundación Fernando Ortiz (2002). La presencia japonesa en Cuba. Centenario del inicio de las relaciones entre Cuba y Japón. Ediciones GEO, La Habana (plegable).

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Sanmiguel, Inés (2006). “Japoneses en Colombia. Historia de inmigración, sus descendientes en Japón”, Revista de Estudios Sociales, 23 de abril, 2006, pp. 81-96.

Sarusky, Jaime (2010).  “Los japoneses, un viaje sin regresol” en Las dos caras del paraíso, Ediciones Unión, pp. 59-73.

Sarusky, Jaime (2010).  “La comunidad japonesa en la Isla de la Juventud” en Los fantasmas de Omaja, Ediciones Unión, La Habana, pp. 37-54.

El sol rojo en el poniente (2010) (documental). ARO Cine-Video en colaboración con Japan Fundation. Dirigido por Marina Ochoa.

 

© 2020 Lidia Antonia Sánchez Fujishiro

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