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“Dojin”, nunca más

Equipo de fútbol infantil en la Asociación Okinawense del Perú en la década de 1980, tiempos de burbuja en la comunidad nikkei. Foto: Perú Shimpo

Hace poco, un sansei me estaba hablando de problemas que había tenido en el trabajo cuando, de pronto, utilizó la palabra “dojin”. Me sentí teletransportado a la década de 1980, cuando era un término de uso cotidiano en mi familia y mi entorno. Entonces no sabía exactamente qué significaba (lo averigüé mucho después), pero sí tenía claro a quiénes se refería: a “ellos”, a los peruanos que no tenían ascendencia japonesa.

Sin conocer su significado real, me daba cuenta de que la palabra, a menudo, era utilizada de manera peyorativa. Es decir, no solo se empleaba para aludir a quienes eran “diferentes”, sino también para expresar cierto desdén, que se acentuaba cuando se trataba de personas de origen andino o afro.

En aquellos tiempos creo que nadie reparaba en eso. Me refiero a que “dojin” era de uso tan habitual como “gohan”, por ejemplo, para referirse a la comida. Era algo natural en el ambiente, casi como el aire que respirábamos. Después crecimos y nos dimos cuenta de que estaba mal, tanto así que su uso está hoy prácticamente proscrito, salvo por excepciones como la reseñada.

Había otra palabra que escuchaba con menos frecuencia, pero que tenía una demoledora connotación despectiva: “inaka”, para referirse a personas de la Sierra peruana. Si con “dojin” no siempre estaba seguro de que era usada para aludir a alguien de manera negativa, con “inaka” no había ninguna duda.

Recuerdo que después de que un amigo nisei de mi papá se casó con una “dojin”, una parienta, preocupada e incrédula, se preguntó “¿pero qué le pasó?”, como si hubiera perdido la razón o cometido un fallo moral. En estos tiempos, eso sería impensable.

Cuando era chico no se utilizaba el vocablo “nikkei” (al menos yo no conocía a nadie que lo empleara) y si uno se refería a un miembro de la colectividad decía “nihonjin”, algo que nadie hace hoy.

En estos más de 30 años ha habido una evolución positiva en el uso del lenguaje que refleja un cambio de actitud, de mentalidad. A estas alturas, creo que la gran mayoría es consciente de que hay términos ofensivos que no se deben emplear.

UNA FRONTERA QUE SE DILUYE

El uso de “nihonjin” y “dojin” establecía una frontera: nosotros y ellos. Me parece que esa línea divisoria, si bien ya no es tan patente como antes, aún persiste en algunos nikkei. Para mí existía cuando era niño y adolescente, antes de irme a Japón, pero desapareció allá. O, para ser más preciso, diría que se mantuvo pero cambiaron los roles: nosostros éramos los peruanos (nikkei o no, eso era lo de menos) y ellos, los japoneses.

En todo caso, esa línea divisoria que marcó mi infancia y adolescencia se ha borrado por completo. Trátese de peruanos, japoneses, malasios o rusos, ya no creo en ningún nosotros ni ellos (salvo en los partidos de fútbol, cuando por lo general me alineo), porque en vez de concebirnos como tribus, de pensarnos como grupos étnicos monolíticos, prefiero vernos como individuos, con características únicas e irrepetibles.

Dividir a la gente entre nosotros y ellos también acarrea el riesgo de que creas que tu grupo es mejor que los otros. Sí, puedes querer y valorar la tierra donde naciste, la comunidad a la que perteneces, pero eso no te hace superior a los demás.

¿Por qué digo esto? Porque recuerdo que cuando era chico ser nikkei te hacía automáticamente honrado, como si la honradez la hubiesen inventado los japoneses y la hubiésemos heredado sus descendientes. Y los “dojin”, bueno, no eran tan honrados. Después creces y averiguas que la honradez no tiene nacionalidad ni color de piel.

Eso no significa desconocer que los inmigrantes japoneses en el Perú destacaron por encarnar valores como la honradez. En absoluto. Lo que quiero decir es que el hecho de ser nikkei no te hace necesariamente honrado. Puede ser, como también no. Como en cualquier grupo humano. 

ABRIR LOS OJOS

Mi experiencia en Japón fue fundamental para entender la nikkeidad desde una perspectiva más amplia. En Japón descubrí que el mundo nikkei en el que yo había estado viviendo en el Perú —donde si no conocías a todos, conocías a un primo, tío o amigo de alguien, con lo cual resultaba que en la práctica todos eran conocidos— era en realidad una burbuja.

Primero, porque Lima no es el Perú y en Japón conocí a muchos nikkei de provincias. Y segundo, porque la mayoría de nikkei que conocí allá no había tenido en el Perú ningún contacto con la comunidad peruano japonesa; es decir, no había jugado nunca fútbol o ido a la piscina en AELU, no decía “obenyo” en vez de “baño”, no se dirigía a una señora como “nesan”, etc. No encajaban en lo que yo creía que era el canon nikkei. Para mí ser nikkei, cuando era niño, significaba preguntarle a un amigo o conocido “¿cuál es tu ‘sonjin’?”, y responder “Nago” cuando te lo preguntaban, como si todos tuvieran orígenes okinawenses.

Eso fue bueno —me refiero a la experiencia en Japón— porque me abrió los ojos a un mundo más diverso, rico y complejo del que había imaginado. En ese recién descubierto mundo, términos como “dojin” no tenían cabida.

Sin embargo, no critico al sansei con el que comencé el artículo y que usó la palabra mientras comentaba sus problemas laborales, porque ella formó parte de nuestro vocabulario desde chiquitos, y a veces puede ser difícil despegarse de hábitos de la niñez.

Ahora bien, más allá de que quizá la palabra se le escapó, el hecho de que la utilizara quiere decir que para él aún hay un “nosotros” y un “ellos”. Por lo que entendí del relato de sus problemas laborales, “nosotros” somos puntuales y cumplidos; “ellos”, impuntuales e incumplidos. Yo conozco “nosotros” impuntuales y “ellos” puntuales, así que no se puede generalizar.

En fin, crecer también significa desaprender. Le agregas cosas a tu vida, pero también le quitas otras. Como la palabra “dojin”.

 

© 2019 Enrique Higa

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