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Estudiar durante la guerra

Estudiantes de José Gálvez en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial (archivo de Manuel Tsuneo Higa)

Como todos los años, este 2018 el colegio José Gálvez Egúsquiza, el más antiguo de la comunidad peruano japonesa, celebró su tradicional undokai. El de este año, sin embargo, tuvo un significado especial debido a que en paralelo se realizó una pequeña ceremonia en la que se develaron las fotografías de los inmigrantes japoneses que ejercieron la presidencia de la asociación de padres de familia de la escuela durante la Segunda Guerra Mundial.

José Gálvez nació en 1926 como Callao Nihonjin Shogakko y fue fundado por inmigrantes japoneses para educar a sus hijos. La Sociedad Japonesa del Callao era la promotora de la escuela. En aquel entonces había una gran colonia japonesa en la provincia del Callao.

Durante la guerra, el gobierno de Perú, aliado de Estados Unidos, confiscó propiedades y ordenó la clausura de instituciones y colegios de la colonia japonesa.

El Callao Nihonjin Shogakko, sin embargo, se salvó del cierre al pasar de manos japonesas a peruanas. También modificó su nombre y adoptó el de José Gálvez Egúsquiza, un héroe de guerra peruano.

No solo cambiaron los dueños y el nombre, también el sistema de enseñanza. Los alumnos de la escuela ya no podían recibir clases en japonés. En 1942, el Ministerio de Educación del Perú expidió una resolución en la que establecía que estaba “terminantemente prohibida toda enseñanza extranjera” y que el profesorado tenía que ser “exclusivamente peruano”.

En aquellos difíciles tiempos, de despojos y persecuciones de japoneses, con la Sociedad Japonesa del Callao desactivada, la asociación de padres de familia de José Gálvez desempeñó un rol importante como entidad dirigencial de la colonia.

Manuel Tsuneo Higa, director del diario Prensa Nikkei, presidente de la Asociación Peruano Japonesa del Callao y exalumno del colegio, destaca la labor de sus presidentes como meritoria y arriesgada considerando el contexto de guerra en el que tuvieron que ejercer sus cargos.

Dos exalumnos de José Gálvez, hoy octogenarios, comparten sus experiencias en el colegio durante la guerra. Sus testimonios no solo aportan valiosa información sobre la escuela en aquellos tiempos, sino también sobre el conjunto de la colonia japonesa.

DEMASIADO CHICO PARA ENTENDER, PERO...

César Tsuneshige, médico de profesión, estudió en José Gálvez entre 1942 y 1948. Aunque era demasiado pequeño para ser consciente de la gravedad de las cosas, se daba cuenta de que había situaciones extrañas. Por ejemplo, que funcionarios del gobierno peruano o policías llegaran al colegio a inspeccionar y cerciorarse de que no hubiera libros en idioma japonés para que los alumnos no recibieran “educación extranjera”.  

O que pese a la prohibición se continuara enseñando en japonés de manera clandestina. Los estudiantes habían sido instruidos para esconder sus libros en japonés cuando se realizara una inspección y poner sobre sus carpetas sus textos en español. Así fue al principio. Ya después, la enseñanza fue únicamente en español.

El médico recuerda que para ir a José Gálvez, ruta que hacía a pie desde su casa, tenía que pasar por otro colegio, uno dirigido por religiosos estadounidenses. En aquella época era habitual que a los niños nisei los agredieran o insultaran otros niños.

Su papá le aconsejaba que intentara evitar a los alumnos del otro colegio y que no respondiera a sus ataques. “Yo era bajito, flaco, los otros eran más grandes. Yo pasaba y trataba de evitarlos, pero a veces te golpeaban. Lo que llaman actualmente bullyng. Te jalaban el pelo, te pateaban”.

Hubo un incidente que lo marcó para toda la vida. El responsable no fue otro niño, sino un adulto. Para más señas, un sacerdote estadounidense, el director del colegio por el que tenía que cruzar en su camino hacia José Gálvez.

Había un coche estacionado frente al colegio. Tenía los neumáticos desinflados y el niño nisei justo pasó por ahí. “Sale el director y me ve a mí. Me metió un patadón. Yo no sabía... Me quedé mirando asustado y me fui. No conté nada. No raciocinaba por qué. Uno no entendía por qué”.

El sacerdote creyó que él había pinchado las llantas del carro. Quizá vio en el niño al “enemigo japonés” y lo agredió cobardemente.

César Tsuneshige evoca el ataque sin resentimiento (han transcurrido más de 70 años desde entonces). Sin embargo, dejó una huella indeleble en él.

También recuerda que en su casa, la única con radio, se reunía un grupo de issei con su padre para escuchar noticias de Japón. Los escuchaba comentar sobre la guerra, pero él no entendía el significado de la situación.

Su papá evitaba hablarle sobre la guerra. Eso no impedía, sin embargo, que él sí lo hiciera. Una vez vio una película bélica estadounidense llamada Guadalcanal sobre las batallas en el Pacífico entre Estados Unidos y Japón. El filme lo entusiasmó y con la candidez propia de un niño le habló de él a su padre:

“Yo le contaba a papá: ‘Vienen los americanos y tatatatata matan a un montón de japoneses’. Yo, inconsciente, sabiendo que era japonés mi papá. Mi papá decía ‘eso es película’. ‘No, papá, pero bonito...’. Uno lo veía como ficción, pero era propaganda americana. Uno mayor ya raciocina”.

Japón perdió la guerra, pero algunos inmigrantes no creían en la derrota. César Tsuneshige recuerda a un grupo de amigos japoneses de su padre gritando “¡Nihon banzai!”. Intrigado, le preguntó a su papá por el significado de la arenga y este le explicó que ellos pensaban que Japón había ganado la guerra. “Pero en el diario sale que Japón ha perdido”, dijo el hijo. “Pero ellos no creen en eso”, replicó el padre.

César Tsuneshige salió de José Gálvez y se matriculó en un colegio peruano. Le chocó pasar de un ambiente íntegramente japonés a otro en el que, aparte de él, solo había otro estudiante nisei.

Sin embargo, se ganó a la gente porque destacaba en los estudios (la base de José Gálvez fue buena, sobre todo en matemáticas) y por su carácter afable. “Nunca me trataron mal. Me ganaba el respeto. Practicaba todos los deportes, no era bueno, pero estaba metido en todo”, dice.

Eso sí, tuvo que dejar las clases de japonés que seguía con un profesor particular para concentrarse exclusivamente en sus estudios en español.

Así como él, hubo otros exestudiantes de Gálvez que gracias a los fundamentos adquiridos en la escuela sobresalieron posteriormente en otros colegios.

Mucho tiempo después, siendo ya adulto, César Tsuneshige comprobó que la vida da unos giros insospechados. Una vez, por azar y en otra provincia, lejos del Callao, donde se crio y aún reside, conoció el sepulcro donde descansan los restos del sacerdote estadounidense que lo atacó cuando era un niño. “Cómo es la vida, ¿no? ‘Ud. fue la persona que sin haber cometido yo ningún delito me metió una patada. Y ahora yo estoy acá rezando por usted’. La vida te da, yo no digo revanchas, sino oportunidades”.

LOS ACTOS DE GENEROSIDAD QUE NUNCA SE OLVIDAN

Keyko Higa, profesora retirada, también estudió en el colegio José Gálvez durante la guerra. Ella es hija de Renzo Higa, uno de los issei que ocuparon la presidencia de la asociación de padres de familia de la escuela en aquella época.

Como César Tsuneshige, tampoco tenía conciencia de la guerra. En casa era un tema proscrito. Más preocupados estaban por la situación económica de la familia, que se sostenía con un negocio en el que vendían sándwiches y bebidas.

Cuando ella estudiaba en José Gálvez solo había clases en español (el nihongo lo aprendió en casa con su mamá). Recuerda que la base de matemáticas le sirvió mucho cuando estudió después en otra escuela. “Sabíamos un montón, hasta raíz cuadrada aprendíamos (en primaria)”.

Aunque era muy chica, recuerda con nitidez el terremoto que en mayo de 1940 sacudió a Lima. Apenas once días antes, en un marcado clima antijaponés, una muchedumbre de vándalos había saqueado negocios de issei. Hubo gente, revela la profesora, que decía que Dios había mandado el terremoto como castigo por los ataques a los japoneses.

A diferencia de otros niños nisei, ella no recuerda haber sufrido maltratos. Quizá, conjetura, por ser mujer. Pero sí se acuerda de que a los niños, para fastidiarlos, les gritaban en la calle “¡Mamurito!”, en alusión a Mamoru Shimizu, el inmigrante japonés que fue condenado por el asesinato de siete personas (entre ellas su hermano, la esposa de este y sus tres hijos) en 1944, un múltiple crimen que conmocionó a la sociedad peruana.

Antes de ser matriculada en José Gálvez, Keyko Higa estudió dos años en Lima Nikko, la primera escuela japonesa reconocida de manera oficial en América Latina (clausurada durante la guerra).

Lo único que recuerda de aquella etapa —aparte de que “era bien llorona”— tiene como protagonista a Elena Yoshida de Kohatsu, la única mujer que ha ocupado la presidencia de la Asociación Peruano Japonesa, una persona muy cercana a su familia.

“Ella estaba en cuarto o quinto (grado). Yo tenía que ir a almorzar al shokudo y alguien se agarraba mi sitio, entonces me quedaba llorando. Por eso, Elena pasaba todos los días por el shokudo para verme. Si yo estaba llorando, me llevaba a su casa a comer”.

Casi 80 años después, aún se acuerda de ese gesto de generosidad con gratitud, así como otros en tiempos en los cuales los lazos en la colonia japonesa eran muy fuertes. Recuerda, por ejemplo, que después del terremoto en 1940 sus padres tuvieron que abandonar la tienda que tenían en Lima y volver al Callao, donde un primo de su mamá les dio una mano traspasándoles su lechería, o a Kintaro Ichiki, también presidente de la asociación de padres de familia de José Gálvez durante la guerra, que ayudó mucho a su papá. Esas cosas jamás se olvidan.

 

© 2018 Enrique Higa

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