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Miyuki Arakaki, sentimiento uchinanchu

Miyuki tocando el sanshin con Kijimuna. (Fotos: archivo personal)

El silencio le chocó. Nunca antes había vivido nada semejante. Habituada al bullicio de Lima, Okinawa parecía una realidad paralela a la que le habían quitado el volumen. Miyuki Arakaki sentía que algo le faltaba. Extrañaba la bulla.

Si en cierto sentido Okinawa era otro mundo, silencioso e imperturbable, en otro era como su hogar, la tierra de sus abuelos, de la obaachan que le cantaba canciones en uchinaguchi cuando era una niña, de la música que interpretaba desde los 15 años en el grupo Haisai Uchina con otros nikkei de origen okinawense como ella, de su inseparable sanshin que convirtió en una extensión de su cuerpo.

Miyuki Arakaki durante una actuación en Okinawa. (Fotos: archivo personal)

Miyuki llegó a Okinawa en 2012 gracias a una beca de la prefectura para estudiar música clásica okinawense, con especialidad en sanshin, en la Universidad de Artes de la Prefectura de Okinawa. Fue una experiencia de un año que transformó su vida y la acercó a sus raíces.

Al principio fue difícil. Estaba por primera vez en Japón, no conocía a nadie y su nihongo no era muy fluido. Tenía que arreglárselas sola. Un año después ya era completamente independiente y su nihongo había mejorado mucho.

Tuvo suerte. Sus profesores fueron pacientes con ella y sus compañeros de estudios la recibieron con los brazos abiertos. Si no entendía algo, la ayudaban. Una brasileña, también becada, y ella eran las únicas extranjeras en una promoción de 20 alumnos. Curiosamente, aunque se presentaba como Miyuki, sus compañeros preferían llamarla Jesica, atraídos por las exóticas resonancias de su nombre extranjero.

Si bien Miyuki estaba familiarizada con el sanshin y las canciones populares okinawenses, en Okinawa se zambulló en otro tipo de música, el koten, propio de la nobleza en tiempos antiguos, cuando la prefectura era un reino independiente.

Para ella fue un gran reto amoldarse al koten. La música popular –explica– puedes interpretarla de oído, “como el corazón te dice”, introducir arreglos, en suma, acomodarla a ti. En cambio, el koten tiene una partitura para la música y la voz, un marco rígido del que no te puedes salir.

Miyuki no solo aprendió música. Cada canción encerraba un relato, dichas o desventuras amorosas, y remitía a una época, a una manera de vivir, a una idiosincrasia. Su sensei le enseñaba el contenido de cada pieza musical y su contexto.

Que una chica llegada desde el otro lado del mundo estudiara su música llamaba la atención de la gente en Okinawa, e incluso incentivaba a algunos jóvenes okinawenses, poco apegados a su cultura, a interesarse más en ella.

Miyuki también aprendió historia. Visitó el Museo de la Paz de Himeyuri, donde profundizó su conocimiento sobre el sufrimiento de Okinawa durante la II Guerra Mundial y escuchó de primera mano testimonios de supervivientes. Fue una experiencia chocante, pero necesaria para conocer la verdad.

Vivir en Okinawa le permitió también empaparse de un tema que no conocía bien: la controversia por la presencia de las bases militares estadounidenses en la prefectura. Allá tomó conciencia de la importancia del problema y hasta hoy se mantiene informada sobre todo lo que ocurre.

Antes de viajar a Okinawa, esta era en esencia la tierra de sus antepasados. Ahora también es su tierra. Lo que afecta a Okinawa, también la afecta a ella.


LECCIONES DE UCHINA 

El silencio que sorprendió a Miyuki cuando recién llegó a Okinawa se condice con el estilo de vida que ella descubrió en Uchina y que aprendió a disfrutar. Pese a que vivía en Naha, la capital, la vida era plácida.

Recuerda que la ciudad era tranquilísima, el monorriel iba casi vacío y encontraba poquísimas personas en la calle. La gente era amable, despreocupada, relajada y sonreía de manera permanente, como si tuviera la sonrisa tatuada en el rostro. “Te sientes como en casa, no es difícil adaptarse a Okinawa”.

En Okinawa, impregnada por el espíritu de sus habitantes, Miyuki andaba despreocupada. “Estaba segura de que iba a cruzar la calle y no me iban a atropellar”, recuerda. Salía a correr en la madrugada sabiendo que retornaría a su apato ilesa. Nada que ver con Lima, donde tienes que andar siempre alerta, extremando las precauciones, no solo por la delincuencia, sino también por el desquiciante tráfico.

Aunque Miyuki conocía la cultura de Okinawa desde pequeña por sus padres y abuelos, y más adelante por su experiencia en Haisai Uchina, estar en Okinawa, vivirlo todo in situ, fue como ingresar a otra dimensión. “Hace que te enamores más de la cultura y por eso quieras promoverla”.

Okinawa le dejó varias lecciones. Acostumbrada a procrastinar en el Perú, allá aprendió a cazar todas las oportunidades que se le presentaban, a hacer todo hoy, no mañana. Consciente de que solo tenía un año de beca, sabía que si no hacía las cosas ya, tal vez no tendría una segunda oportunidad.

Además, vivir en el extranjero, conocer a personas de distintos continentes, expandió su visión del mundo, le enseñó a ser tolerante. “Okinawa te forma bastante como persona. Te hace madurar, pero también es divertido”, dice. “Fue una experiencia muy enriquecedora, siempre les recomiendo (a los jóvenes) que vayan. Crece el amor por la tierra de tus ojiis y obaas”. 


GRACIAS A PAPÁ

El sanshin llegó a la vida de Miyuki por imposición paterna. A instancias de su padre, un tío que reside en Japón le llevó un sanshin al Perú. Hasta entonces ella nunca había tocado uno. Para que aprendiera, su papá la animó a que se sumara al grupo de música okinawense Haisai Uchina y tomara lecciones en sus ensayos.

Al principio, reconoce, le gustaba más el grupo por los amigos que comenzaba a hacer, por el ambiente de camaradería, que por la música. Poco a poco, sin embargo, fue dejándose seducir por la música y reconociendo en las canciones que interpretaban los temas que le cantaba su obaachan. Descubrió, además, su significado y la historia que las rodeaba.

Cuando Miyuki saltó de los ensayos a los escenarios para actuar con el grupo en eventos de la colectividad nikkei, descubrió algo fascinante: la conexión con la gente. La mayoría de su público eran ojiichan y obaachan.

“Lo chévere era que coreaban (las canciones) con nosotros, se emocionaban. Era algo que yo nunca había experimentado. Me pareció un sentimiento bien chévere”, dice. Recuerda que siempre le decían: “Cuando cantes tienes que mirarles a los ojos, tienes que transmitirles la canción, no solo memorizar y cantar”. Enseñanza que hasta hoy recuerda y aplica.

La experiencia en Haisai Uchina y la comunión con los issei la estimularon a postular a la beca.


NUEVO GRUPO, NUEVO DESAFÍO

La música sigue ocupando gran parte de la vida de Miyuki. Con 27 años recién cumplidos, continúa en Haisai Uchina (aunque la banda no se mantiene tan activa como antes debido a las múltiples ocupaciones de sus integrantes), y hace poco formó con dos amigas, Lucy Tobaru y Kaori Matzumura, un nuevo grupo, Kijimuna, que también toca música okinawense. Además, integra una banda de rock.

Con Kijimuna enfrenta un desafío mayor. Antes, el público al que se dirigía pertenecía a la colectividad nikkei. Ahora, aunque actúa en un restaurante de comida japonesa, su público es más amplio, no necesariamente versado en música okinawense, motivo por el cual sus compañeras y ella tienen que redoblar esfuerzos para atrapar su interés. Al público de la colectividad ya lo tienen ganado, al otro tienen que ganárselo.

La tarea de las chicas de Kijimuna no es solo musical, sino también didáctica, de promoción cultural. Además de cantar, explican el significado de las canciones que interpretan e ilustran al público sobre las costumbres y la cultura okinawenses. También interactúan con los clientes, hacen trivias e incluso los hacen bailar. Con música y baile, meten a Okinawa en sus corazones.

Kijimuna, su nueva banda. (Fotos: archivo personal)

 

© 2016 Enrique Higa

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