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El tazón del arroz

A los diez años, el mundo giraba dentro de mi hogar…

Siempre imaginé que todo lo que acontecía en mi vida, era lo que ocurría en todas las casas del planeta. Estaba convencida de que la gente reía en iguales ocasiones, le agradaba la misma música, se entristecía en similares circunstancias y hasta consumía alimentos idénticos a los que había en nuestra mesa…

Aún considerando lo singular de mi hogar, vivíamos en un pueblo de Argentina, mi papá era un japonés budista y mi madre una occidental católica…

Recuerdo que la comida más importante de mi casa era la cena, pues era un momento del día en el que nos reuníamos todos. Mis padres, mis hermanos juntos y relajados, creaban un ambiente mágico pues siempre tenían alguna anécdota o un hecho interesante, para recordar. Pero no puedo rememorar esas veladas hogareñas sin traer a mi memoria una fragancia muy especial, la del cálido y apacible aroma del arroz, cocinándose sobre la hornalla e impregnando el ambiente con la inconfundible señal de que la hora de la cena se avecinaba. Llegado ese momento, mi mamá lo servía en tazones que algunos compartíamos con el comensal más cercano como en mi caso, pues yo lo hacía con una de mis hermanas.

En esa época yo tenía un compañero de colegio que se llamaba Ramón, que además era vecino de mi barrio. Mi amigo deambulaba en el mundo de las matemáticas con una dificultad notable, en cambio yo, que aunque me gustaban las letras también era una eximia estudiante de matemáticas, acudía todas las tardes en su ayuda y juntos hacíamos los deberes.

Agradeciendo mi paciencia y constancia,  un día su madre me invitó a cenar en su casa. Contrariamente a mis hermanos, he sido una persona sociable y me encantó este ofrecimiento, yo no había comido jamás en ninguna casa que no fuera la mía o la de algún pariente. Así fue que con mucho entusiasmo me acicalé y me dirigí a compartir la mesa de Ramón, que constaba  solamente de cinco personas, su abuela, sus padres y su hermano mayor.  Recuerdo que me ubicaron al lado de mi amigo, mientras yo observaba como su mamá al igual que la mía, controlaba que nada faltase en la mesa.

Finalmente apareció, trayendo una gran fuente con un delicioso pollo con papas doradas. A continuación se dedicó a servir los platos con esmero y cuando hubo terminado, todos comenzaron a comer con un apetito digno de soldados en sus momentos de tregua. Sin embargo yo no probé ni un bocado, pues seguía aguardando ansiosa mi indispensable tazón de arroz…

Supuse que solo se trataba de un simple descuido, que en cuestión de instantes alguien se percataría del inaceptable olvido y correría a la cocina trayéndolos. Pero esto no ocurrió jamás, de pronto la madre de Ramón observó que yo no había probado bocado y me preguntó solícita si me faltaba algo, a lo que por respeto contesté con una negativa. Luego, imaginando cuán terrible situación económica se cernía sobre esta familia, decidí empezar a comer sin mi porción de arroz…

Cuando volví a mi casa, mi madre me aguardaba para que le contase cómo había sido esta primera experiencia de mi vida social. Relaté de inmediato y con verdadera preocupación lo sucedido con el arroz, pero ella sonrió y luego de pensar por unos instantes, me respondió:

- Bueno, esa es una costumbre que tenemos en esta casa y no todos la comparten…

Esa noche me costó bastante dormirme, resulta demasiado extraño para un niño considerar sus diferencias y aceptarlas. Pero fue así como descubrí que mi mundo, ese en el que yo había vivido en armonía hasta ese momento, no era el reflejo del resto del universo.

Había seres humanos muy cercanos a mi domicilio, que hasta eran capaces de comer sin su tazón de arroz…

 

© 2016 Marta Marenco

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