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Promoción 89. De dekasegi a residentes: 30 años - Parte 2

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MOOKA, SEGUNDO HOGAR

No todos estaban preparados para el choque cultural y el duro régimen laboral que encontraron en Japón, lo que motivó que muchos se derrumbasen anímicamente. La nostalgia por los suyos y el ambiente diferente causó estragos en quienes no estuvieron preparados. Hoy internet permite fluida comunicación con los parientes al otro lado del mundo y mucha información sobre cualquier tema en tiempo real. No fue así hace tres décadas.

“Recuerdo que la contratista se preocupó por estos temas de salud, corporal y mental, por lo que se creó un equipo de consejeros, integrado por médicos y psicólogos que trabajaban entonces como traductores, lo que les permitió tratar directamente cada uno de los casos. Algunos se vieron obligados a retornar a sus países porque su estado psicológico no les iba a permitir continuar trabajando”, recuerda Jaime Takahashi, que llegó al Japón por segunda vez en junio de 1989 junto a otras 35 personas, esta vez para trabajar en alguna fábrica. Años atrás lo había hecho con una beca de estudios.

Carlos Higa y Jaime Takahashi residen desde 1989 en la ciudad de Mooka, destino inicial de muchos trabajadores latinoamericanos. (Foto @Eduardo Azato)

Lo enviaron a Omiya, Saitama, y estaba aprendiendo a soldar cuando le ofrecieron un puesto en la oficina de la contratista en Mooka porque hablaba un poco de nihongo. Eran los días en que hasta traductores faltaban para orientar a los cientos de latinos que casi todos los días arribaban al Japón.

Como tantōsha de contratista (una función que combina ocupaciones de traductor, chofer y representante de los trabajadores de la agencia colocadora ante los jefes de la fábrica) durante 20 años, y residente en la ciudad desde que llegó, ha sido testigo de muchos episodios de la historia de los latinos en esa ciudad. Muchos de ellos tristes, sobre todo en los primeros años. “Fue difícil para todos, desde la convivencia. Vivir de un día para otro compartiendo un departamento pequeño con cuatro desconocidos con los que no hay nada en común originó algunos problemas”, recuerda.

Desde hace 10 años trabaja en la prefectura de la ciudad como funcionario de la Asociación Internacional de Mooka, desde donde coordina y apoya iniciativas educativas y culturales de interés para los extranjeros. En Facebook administra la página “Dekasegi Moka J Takahashi”, que rescata información sobre los primeros días de la presencia de los trabajadores latinoamericanos en Japón.

“Hace 30 años vinimos por una mejora económica. Creo que la mayoría ha conseguido ese cometido y pudo tener algo propio o educar a los hijos. Los tiempos han cambiado y trajimos a nuestras familias a vivir con nosotros. Lo que logren la segunda y tercera generación de peruanos aquí será también fruto de estos esfuerzos en tierras japonesas”, afirma.

CONOCIENDO EL IJIME

Probablemente Mary Arakaki haya sido la primera madre peruana en sentir el sufrimiento que causa el hostigamiento escolar en los hijos. Llegó a fines de 1988 con su hijo de 7 años para visitar a su abuelo que vivía en Kanagawa. Quería quedarse solo lo que le permitía su visa de turista, pero la convencieron de que Japón era el lugar más apropiado para protegerse de la grave crisis económica que agobiaba al Perú.

Ya con el resto de la familia en Japón, consiguió una vacante en la escuela para el mayor de los chicos y le sorprendió que le prohibieran acompañarlo al colegio. Debía ir solo con los demás niños del barrio y andando los 40 minutos que había hasta la escuela. Un día demoró más de lo habitual para regresar. Lo encontró llorando y golpeado: tres niños lo habían agredido y no pudo defenderse. Fue a quejarse al colegio y les dijo a los profesores que si ello volvía a repetirse no sabía cómo iría a reaccionar, lo que los asustó. Su hijo, en esa época, era el único extranjero en el colegio. Tras este penoso episodio las cosas cambiaron y paulatinamente el niño fue haciéndose de amistades y el vecindario acogió mejor a su familia.

Se trasladó luego a Mooka, Tochigi, donde trabajó en una planta de procesamiento de moyashi (brotes de soya), así como fábricas de tofu (queso de soya), y posteriormente como caddie en campos de golf. Sus tres hijos ya estaban estudiando.

“En Tochigi también tuvimos problemas de hostigamiento y agredían a mis hijos en la primaria, por ser nuevos. Tuve que estimularlos a liarse a golpes con quienes querían hacerles daño, porque no estaban acostumbrados a pelear. Las cosas empeoraron en la secundaria, donde había pandillas (bōsōzoku) que reclutaban a los alumnos de los primeros grados. Por entonces, ignorábamos que había este tipo de grupos en el colegio y la influencia negativa que tienen. Como son senpai los quieren convencer dándoles cosas y haciéndoles creer que forman parte del clan. Nuevamente mi hijo mayor acabó siendo víctima de ellos al negarse a integrar el grupo. Ello le costó primero amenazas y después agresiones graves que lo llevaron hasta el hospital. El ambiente estaba muy peligroso, por lo que opté por volver a Kanagawa, por seguridad. Fue terrible. Felizmente, luego de tantos años, todos están logrados y los dos mayores me han dado cuatro nietas preciosas. No me gustan muchas cosas de Japón, pero acabé adaptándome. Y aunque no todo fue grato, lo que hemos pasado juntos creo que ha valido la pena para hacernos más unidos”, dice Mary, que en más de 30 años no ha regresado al Perú.

JAPÓN, A LOS 18

Carlos Higa arribó a Japón en setiembre de 1989, junto a medio centenar de compatriotas. Evalúa de este modo sus tres décadas en Japón: “Siempre me pregunto si fue bueno o no venir a Japón. Lo digo por mí, no por los demás. Gané muy joven una cantidad de dinero que nunca tuve, pero esa ambición y tener la seguridad de tener dos o tres mil dólares todos los meses no me permitió pensar qué quería hacer con mi vida y así se fueron pasando los años. No reniego de haber venido, pero hoy mis amigos y familiares en el Perú están mejor en todo sentido: han estudiado una carrera, tienen un negocio propio, etc. Hubo una oportunidad en la que trabajé tres meses sin descansar un solo día, ni domingos. Era demasiado sacrificio. Perdí muchas cosas, no solo materiales. Aprendí que tan importante como ‘gambatear’ es planificar. Hoy estoy intentando independizarme, trabajando por mi cuenta, trazándome pequeñas metas”. Y entre las cosas que viene haciendo, ha creado una página en Facebook (“Mooka shi Mooka shi”) con información de interés para los residentes en la ciudad.

Higa tenía 18 años cuando comenzó a trabajar accionando tornos en una fábrica de autopartes, Mooka, ciudad en la que vive hasta ahora. “La juventud, las ganas y saber que estás ganando 100 dólares por día vencían a la fatiga de trabajar doce horas seis días por semana bajo presión, porque nos exigían mucho. Lo que me chocó mucho fue estar solo, puesto que al comienzo no teníamos nada en aquel departamento en el que vivíamos seis personas; ni radio ni televisión, y muchas veces nadie con quien hablar en casa por los horarios de trabajo diferentes. Repentinamente, estaba solo en un país extraño”, refiere.

GRATITUD A JAPÓN

Juan Yha tenía 23 años e iniciaba sus prácticas profesionales como ingeniero civil cuando resolvió venir a Japón en septiembre de 1989, alentado por lo que le decían algunos primos que ya conocían el “monstruo” por dentro.

“Era la oportunidad para ganar dinero, pero a la vez representaba un desafío, una aventura. Quería ahorrar para mi tesis, recuerdo. Con otros diez del grupo con el que llegué me ubicaron en la Yorozu de Yokohama y me tocó un trabajo pesado en el que duré poco. Nunca voy a olvidar ese primer día. Entramos sonrientes aquella mañana, y al mediodía nadie quería hablar. Era tal el cansancio que no queríamos ni comer… y faltaba aún la mitad del día, más las horas extras. Hoy da risa recordarlo”, rememora.

Saber algo de japonés e inglés le permitió buscar otras oportunidades. Estudió hotelería en un instituto mientras trabajaba como practicante en un hotel, y al mismo tiempo tenía un empleo por horas en la ciudad de Kawasaki como barman en un live-house y atendiendo en bares izakaya y host-club, a fin de equilibrar el presupuesto. Hasta que una agencia de empleos lo enroló dentro de su equipo como traductor, un trabajo que ha venido desempeñando desde 1990 en varias empresas.

“Antes de venir, uno se imagina muchas cosas sobre Japón, pero hay que estar aquí, vivir la experiencia. Y dentro de todo lo que dejan estos 30 años de mi vida aquí, prefiero enfocarme más en lo positivo. Inicialmente todos vinimos para juntar dinero y retornar al Perú. No creo que nadie, hace tres décadas, haya dicho que quería vivir aquí. La mentalidad ha cambiado y hoy son muchos los que han elegido este país para residir. En ese sentido, creo que hay que agradecer a Japón por habernos acogido y brindado oportunidades. Y al igual que lo que ocurrió en el Perú con los inmigrantes japoneses, aspiremos a que nuestros hijos se desarrollen en otros niveles. Sería bueno también reflexionar sobre qué podemos hacer, como colectivo, para mantener esta historia de los peruanos en Japón que ya llega a los 30 años y hacerla conocer a las nuevas generaciones”, reflexiona.

Juan Yha, en la estación de Kawasaki, ciudad que convocó inicialmente a miles de peruanos. Llegó para ahorrar dinero y poder hacer su tesis de ingeniería civil al retorno. Vive tres décadas en Kanagawa. (Foto @Eduardo Azato)

 

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en Kyodai Magazine, adaptado para la revista Kaikan Nº 119 y para Discover Nikkei.

 

© 2019 Texto y fotos: Eduardo Azato

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