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Promoción 89. De dekasegi a residentes: 30 años - Parte 1

Celebración de Fiestas Patrias en Japón. Una de las primeras reuniones de peruanos en la ciudad de Kawasaki. (Foto @Eduardo Azato)

Treinta años son media vida. Es lo que tiene de transcurrida la historia de los peruanos que un día decidieron ir a Japón, sin mucho más que sus ganas de trabajar y esperanza en un futuro cercano mejor. Algunos de estos senpai (personas con más experiencia) de la comunidad recuerdan esos primeros días. 

Nadie hubiera imaginado que una estadía temporal para ganar dinero acabaría por prolongarse y hacerlos echar raíces. Algunos salieron del Perú solteros y hoy son abuelos; muchos iniciaron su juventud al momento de abordar el avión y hoy peinan canas. Treinta años después, hay hasta cuatro generaciones de peruanos en Japón.

“Nos sorprendió que llegaran de repente y en gran número. ‘¿Qué está pasando?’, nos preguntábamos en el trabajo. Eso quería decir que las cosas allá (en el Perú) estaban peor que de costumbre”, rememora don Luis Oshiro, un jovial peruano que ya sobrepasó la edad de jubilación, pero cuyo vigor y entusiasmo le permiten seguir siendo uno de los funcionarios de mayor experiencia en la fábrica de vidrios donde trabaja desde 1983.

Un extenso informe aparecido en una edición especial de Prensa Nikkei, en 1988 dio cuenta del éxodo masivo que se avecinaría. En el 2008, un número cercano a los 60 mil peruanos vivían en Japón.

Es anterior al llamado “Fenómeno Dekasegi(término que se refiere a un trabajo temporal fuera del lugar de origen). Llegó en 1980 a Okinawa y desde allá se enroló en trabajos en Fukui y Shizuoka, para recalar en Kanagawa, en la ciudad de Kawasaki, donde vive. Pero no lo hizo grupalmente, como ocurriría una década después. Llegó por su cuenta, a probar suerte, y se quedó.

Oshiro y otros peruanos “veteranos” instruyeron a los primeros dekasegi –como entonces fueron bautizados– en las tareas a realizar en aquella subsidiaria de Asahi Garasu y en la rutina de vida en Japón.  

Febrero de 1989 es indicado como la fecha en la que se habría iniciado el éxodo masivo de latinoamericanos a Japón. Esto quiere decir, en grupos numerosos, organizados y previamente aceptados por empresas contratistas japonesas.

Viajaban a través de agencias de turismo, muchas de las cuales vendían los pasajes con financiamiento. Días en que el Perú batía el récord mundial de inflación y el terrorismo parecía ganar la batalla en muchos lugares del país. Suficiente como para buscarse el futuro fuera de sus fronteras, convirtiéndose en “exiliados económicos”.

A mediados de los 80 los peruanos en todo el Japón no llegaban al millar. 1989 terminaría con una cantidad mayor a los 4 mil, casi todos llegados en los últimos meses para trabajar. Con visas de visita familiar, aquellos que tenían contacto con sus parientes japoneses. Los que no, con visas de “entrenamiento técnico” que el gobierno se inventó para cubrir las miles de vacantes existentes en la maquinaria productiva japonesa. Había aún trabajo, pero el término de la bonanza de la época de la “burbuja económica” estaba a la vuelta de la esquina.

TOCHIGI Y KANAGAWA: EL INICIO

Mooka en Tochigi, y Kawasaki en Kanagawa, fueron, probablemente, las ciudades en las que muchos de esos “pioneros” pasaron su primera noche en Japón. Eran las próximas paradas luego de aterrizar en el aeropuerto de Narita.

En la primera se situaba la sede principal de la agencia Naruse o Narukawa, que se constituyó, a fines de los 80 y gran parte de los 90, en la más grande de las contratistas que llevó latinoamericanos. Allí, solo en la planta de Kinugawa Gomu (que provee de autopartes a Nissan), llegó a ubicar a unos 300 de sus trabajadores, fuera de otras fábricas que integran los complejos industriales de esta pequeña localidad.

Llegaban a los alojamientos de la contratista varias veces por semana, y desde allí eran enviados a diferentes prefecturas. Antes de la llegada de los latinoamericanos, en 1988, en Mooka solo vivían 134 extranjeros.

En Kawasaki, Kanagawa, fábricas relacionadas con Asahi Garasu, Isuzu, Furukawa o Press Kogyo, entre otras, colmaban las expectativas salariales de otros miles. A cambio de ello, largas horas manipulando por primera vez máquinas en condiciones y temperaturas extremas, en muchos casos. Fue en esta ciudad donde se reunían muchos, dado que allí se situaban las empresas que enviaban remesas, los restaurantes peruanos y varias contratistas. Sería, también, cuna de la formación de algunas asociaciones peruanas.

EXTRANJEROS AQUÍ Y ALLÁ

Marcos Kanashiro llegó a los 20 años, en marzo de 1989. Fue uno de los cinco primos a los que un tío llamó para trabajar en la fábrica de camiones Hino, en la ciudad de Hamura (Tokio). Fue primero a Okinawa, desde donde, vía Hello Work –la agencia nacional de búsqueda de empleo– le extendieron un contrato por seis meses, a cuyo término debía retornar.

Oficios como la soldadura fueron algunos de los trabajos iniciales para los que fueron contratados los peruanos que llegaron a Japón. (Foto @Eduardo Azato)

“Al comienzo hubo muchos choques: lo del cambio de horario de día a noche, la comida, el poco conocimiento del idioma. Mi trabajo era soldar durante varias horas, lo que terminó por perjudicarme la vista. Para poder dormir tenía que ponerme una toalla fría en la frente. Trabajé un año y me mudé a Kanagawa, ingresando a la Press Kogyo de Fujisawa, también para soldar partes de camiones que llegaban a mi sector cada tres minutos, en línea de producción”, recuerda.

La mayoría de los trabajadores tenía ascendencia japonesa y esta particularidad les favoreció tras un cambio en las leyes migratorias en la primavera de 1990, permitiendo actividades laborales sin restricción a extranjeros de origen nipón hasta la tercera generación (sansei) por periodos prolongados. No había que renovar la visa cada seis meses.

Pero ser nikkei en Japón no siempre representa lo mismo que serlo en Perú. En la experiencia de muchos, esto no acrecentó ningún plus, no daba “extra bonus”. Para el japonés común, podrían tener antepasados, apellidos y hasta apariencia similar, lo que podría despertar algún tipo de simpatía, pero seguían siendo extranjeros. Ello tuvo consecuencias para algunos, que llegaron a plantearse cuál era su verdadera identidad.

“En realidad no fue un choque, pero uno llegó a pensar a veces: ‘Pucha, en Perú me tratan de japonés, y aquí soy extranjero’. Creo que lo han sentido todos. Pero no me molestaba porque el japonés te valora por tu rendimiento laboral. Una vez que aprendías, el trato era distinto, cambiaba completamente. Claro que nunca falta alguno al que no le gustan los extranjeros. Pero comparado a hace 30 años, puedo decir que los japoneses ya se están acostumbrando”, comenta Kanashiro.

Mary Arakaki, con tres décadas en Japón también, pensó que por ser nikkei el trato de los japoneses podría ser diferente. “Fue desilusionante al principio. Allá nos hacían sentir extranjeros y aquí también. Siempre trato de explicárselo a los japoneses. Al comienzo fue difícil, uno notaba que por ser extranjero el trato era rudo. Ahora son otros tiempos, ya se vienen adaptando a los cambios”.

EL IDIOMA, TAREA PENDIENTE

“Recuerdo que cuando llegué no entendía nada, pese a que había estudiado algo de nihongo (idioma japonés) en Lima. De modo que para explicarme el trabajo que debía hacer o adonde ir, la japonesa a cargo me jalaba de la ropa. Era algo que me molestaba mucho y varias veces salí llorando, queriendo renunciar. Pero a medida que uno aprende el idioma, las cosas se tornan más fáciles. Ya entendía lo que me decían y el trato era diferente, con respeto. No era que querían hacerme ijime (acoso o bullying), sino que, al no entender, impotentes, se veían en la necesidad de tirarme del mandil para comunicarme lo que debía hacer. Creo que antes teníamos más interés de estudiar el idioma. Tuve que hacerlo desde que mis hijos entraron al colegio porque no entendía lo que me decían en la guardería ni en el hospital. Hubo que aprender a la fuerza con una profesora particular”, dice Gloria Zukeran, que llegó en diciembre del 89, llamada por su esposo, que la había antecedido por unos meses.

Trabajar junto a un jefe que solo profiere insultos para señalar los errores es una experiencia que todos tienen. Ello, añadido a la soledad y el shock cultural, puede resultar un cóctel peligroso.

“Entre aguantar los gritos y no poder dar explicaciones por no saber el idioma, uno llega a estresarse. No todos tienen la paciencia para tomarlo a la ligera, olvidarse y seguir adelante. A muchos les afectó gravemente. Pero en la mayoría de los casos son malentendidos o impotencia, motivados por falta de conocimiento del idioma. Por esos días, el japonés tampoco estaba acostumbrado a relacionarse con extranjeros”, recuerda Marcos Kanashiro.

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* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en Kyodai Magazine, adaptado para la revista Kaikan Nº 119 y para Discover Nikkei.

 

© 2019 Texto y fotos: Eduardo Azato

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