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110 años de budismo en el Perú: Doctrina religiosa llegó con el segundo grupo de inmigrantes japoneses.

Todo libro empieza con una letra. Todo concierto con una nota musical. Todo mar con una gota de agua. La historia de la comunidad budista en el Perú no es la excepción: se inició con un viaje y una idea.

La venerable Jisen Oshiro y monjes de la comunidad budista Sotoshu en ceremonia de Urabon en el Templo Jionji de Cañete (al sur de Lima).

En medio de una calle miraflorina, a media tarde, el monje Sengen Castilla abre la puerta del templo y su sonrisa es una señal de bienvenida. Una escalera larga lleva hacia el segundo piso, donde un mural de fotografías da testimonio de lo activa que es la comunidad budista. Encuentros, paseos, reuniones. 110 años han pasado desde que el venerable Taian Ueno llegó al Perú con la misión de difundir el budismo, y es imposible no imaginar que cuando arribó lo hizo con la misma sonrisa con la que hoy Sengen Castilla recibe a sus visitas.

Venerable Taian Ueno.

Fue en 1903, en la segunda embarcación con inmigrantes japoneses, que llegó al Perú. Allí estaban Taian Ueno, de la escuela Sotoshu, y Kakunen Matsumoto y Senryu Kinoshita, de la escuela Jodo Shinshu. Los tres comenzaron a trabajar como superintendentes en haciendas agrícolas y conocieron de cerca el mundo que enfrentaban los migrantes japoneses, aquella realidad de enfermedades sin medicinas, de explotaciones, de soledad, de injusticias. Un claro ejemplo fue lo que pasó en la Hacienda Casa Blanca, donde fueron prohibidos los entierros individuales. Eran tantas las muertes que se producían cada mes que los trabajadores pasaban más tiempo en los funerales que en el trabajo. Ese escenario terminó por convencer a Masumoto y Kinoshita de regresar al Japón. Sólo Ueno se quedó para cumplir con la misión que le habían encomendado.

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Aquel que nunca ha visitado un templo budista puede tener la sensación de encontrarse en un lugar donde el orden de las cosas no solo busca la organización, sino que rescata una labor mucho más profunda, un estilo de vida, una entrega. Sengen Castilla camina con pasos calmados, como si cada uno fuera parte de un ejercicio de respiración. Un templo es, en el fondo, un refugio. Por eso, allí dentro todo parece irradiar armonía; afuera en la calle, todo parece más caótico.

“La comunidad budista en el Perú mantiene relaciones con las de otros países y siempre estamos realizando actividades dentro y fuera del templo. Lo único que tienen hacer las personas que se interesan por el budismo y la meditación es venir y aprender”, explica Castilla mientras se sienta en el piso.

En setiembre de 2013 la comunidad budista Sotoshu donó a la Asociación Peruano Japonesa una campana de la amistad.

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El primer templo budista lo construyó Ueno. Gracias a la colaboración de los migrantes japoneses y las donaciones que pudo conseguir, se inauguró el templo Nanzenji, en la provincia de Cañete, en 1907. Solo un año después el venerable Taian Ueno fundó la primera escuela peruano-japonesa de Sudamérica que comenzó a funcionar con nueve alumnos. En 1908, el tempo Nanzenji pasó a nombrarse Taihezan Jionji, luego de ser reconocido como tal por Sotoshu desde Japón. Luego de haber trabajado en la Hacienda Tumán, Ueno se dedicó a sus labores en el templo, a recibir la visita de las familias japonesas que llegaban al Perú y a la enseñanza en la escuela.  

Oficio budista ofrecido por el venerable Taian Ueno por el fallecimiento de un niño (1910).

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Campana de la amistad.

Cuando toma el té, Sengen Castilla parece reverenciar el momento. No se trata de calmar la sed, sino de calmar el alma. El budismo enseña que para meditar hay que buscar el lugar y el momento adecuados, pero que incluso es posible hacerlo en medio del ruido de la calle que ingresa por la ventana. Así, Castilla es inmune a la alarma del auto que viene sonando hace más de cinco minutos y al sonido del claxon que se filtra entre las paredes. Tiene una mirada intensa, que dice lo mismo que sus palabras, comunica con todo su ser. “Hemos visto personas que vienen buscando tranquilidad, lo encuentran y luego se van. Pasa un tiempo y nuevamente vuelven. Eso pasa mucho”, explica. 

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En 1917, el venerable Taian Ueno entregó el templo a Senpo Saito y regresó a Japón donde murió en 1950. Saito continuó con el trabajo de Ueno, siguió cumpliendo con las tareas que demandaba el templo, celebraba las ceremonias para las familias y se dedicaba a la enseñanza. Lamentablemente, fue víctima de la influenza y falleció con tan solo 31 años. Tras él más personajes entrañables tomaron la batuta del budismo en el Perú, como Doya Oshio, quien se encargó de reubicar el templo a San Luis, en Cañete. Kenryu Sato, quien promovió la construcción de un monumento para preservar las cenizas de los inmigrantes pioneros. Shodo Nakao, quien fundó en el jirón Paruro el templo Nanbeizan-Chuoji. Jisaki Shinkai, quien restauró el monumento construido por Kenryu Sato. Ryoko Kiyohiro, quien trasladó el tempo de San Luis a San Vicente, siempre en la provincia de Cañete. 

En setiembre de 2013 la comunidad budista Sotoshu donó a la Asociación Peruano Japonesa una campana de la amistad.

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Cuando ya no quedó ningún monje de Sotoshu, la escuela Jodo Shinshu asumió el papel de organizar las ceremonias de obon y ohigan en el templo Jionji. Fue así que en el 2005 llegó al Perú la venerable Jisen Oshiro, desde Argentina, su país natal. Ella se formó en el templo Zuihoji en Japón y luego estuvo en los templos Busshinji y Zengenji, en Brasil.

Oshiro formó la Comunidad Budista Soto Zenshu del Perú en el 2005, que luego pasó a llamarse Comunidad Budista Sotoshu. Allí, en su local de Miraflores, se dictan clases de Ikebana, charlas de dharma y se realizan ceremonias funerales y de bodas. Las gestiones de Oshiro han ayudado a que en el 2010 se inaugure en el templo Jionji la Sala de Monjes Fundadores Kaisando. Su trabajo, encomiable, ha consistido en desarrollar las buenas relaciones con la comunidad nikkei y enfocarse en la integración del budismo a la sociedad peruana.

(izquierda) Romería al cementerio japonés de Casablanca, Cañete, durante el Urabon; Ceremonia de Urabon.

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La noche entra por la ventana del templo y Sengen Castilla explica con pausada voz la historia del budismo en el Perú. Resuelve preguntas como un profesor encantado con la enseñanza. “El corte de pelo es para alejar la vanidad. Cuando nos desprendemos de ella podemos alejarnos de esas distracciones”, afirma como si diera un testimonio de vida. Camina alrededor de varios butsudanes y reconoce cada uno. “Hemos visto cómo crece el número de familias peruanas que no son nikkei que practican el budismo. Cada vez son más”, detalla.

Templo Jionji de Cañete.

 

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 81, y adaptado para Discover Nikkei.

 

© 2013 Texto: Asociación Peruano Japonesa; © Fotos: Asociación Peruano Japonesa / Óscar Chambi

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