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San Agustín: el recuerdo prevalecerá

Existe un lugar donde varias generaciones de nikkei han nacido y crecido. Un lugar donde todavía se vive de la tierra aunque esté a pocos minutos de lo más moderno de la capital. Ese lugar se llama hacienda San Agustín y está a punto de desaparecer.

Cuando uno entra a la hacienda San Agustín cuesta creer que se está tan cerca del aeropuerto. Los largos caminos de tierra, el polvo impregnándose en la ropa, la vegetación que invade la vista, los campesinos que trabajan la tierra, todo eso contrasta con la torre de control que se erige intrusa desde el Jorge Chávez.

Los radares del aeropuerto pueden verse muy de cerca en medio de plantaciones de cebollita china. Las casas son viejas y sus habitantes también lo son en su mayoría. Cuenta la historia que los primeros japoneses llegaron a finales del siglo XIX vinieron a las tierras de la hacienda de la familia Prado para trabajar como campesinos, aunque a muchos les dieron trato de esclavos. A muchos no se les llamaba por su nombre sino por un número. Ciento quince, cuarentiocho, noventidós; así se les llamaba. 

Eduardo Higa tiene 90 años, es propietario de 9.3 hectáreas y ha vivido toda su vida en San Agustín. “Generación tras generación de mi familia ha vivido aquí. Más de treinta años he tributado con creces como yanacona” asegura, y hoy es propietario con título en la mano.

Sucedió que durante la Reforma Agraria de Velasco se decidió darles la posesión de las tierras a los que la trabajaban y por eso ahora los descendientes japoneses, cuyos antepasados fueron campesinos en la hacienda, son los dueños del lugar.

Todo se destruirá

En la hacienda San Agustín existen alrededor de 40 familias nikkei y todas ellas deberán vivir en otro lugar dentro de muy poco. La ubicación de las tierras, a espaldas del aeropuerto Jorge Chávez del Callao, ha hecho que el gobierno se decida por expropiarla para la ampliación del terminal aéreo.

La empresa privada LAP firmó un contrato con el Estado Peruano donde se estipula que se le otorgaría más espacio para poder ampliar el aeropuerto. Sin embargo, el gobierno ha venido retrasando la entrega debido a que no ha llegado a un acuerdo con los dueños del lugar. Si bien aún no ha habido una oferta oficial de parte del Estado, los agricultores señalaron que el equipo de tasación del gobierno que los visitó hace unas semanas les dijo que sus terrenos tenían un valor de 3 dólares por metro cuadrado.

Este precio ha sido rechazado desde el primer momento por los dueños de la hacienda San Agustín y por los representantes de la Sociedad Agrícola San Agustín, quienes velan por los intereses de los antiguos dueños, es decir, los descendientes de las familias a las que Velasco expropió sus tierras.

“El gobierno quiere pagar un precio irrisorio. Los precios en Huaral y Cañete son mucho más altos y están más alejados de la ciudad. Si el Estado quiere nuestra tierra debe pagarnos no solo su valor sino algo extra por su propia necesidad de adquirirlo”, indica Eduardo Higa.

Por su parte, Manuel Goya Teruya, otro dueño de las tierras de la hacienda, parece más resignado, pues sabe que deberá irse dentro de poco y entiende que en estos temas es difícil ganarle al gobierno.

“Qué se va a hacer, la ley es la ley. He vivido toda mi vida acá, le damos trabajo a varios provincianos para que cultiven las tierras, pero si nos dicen que nos tenemos que ir, tendremos que irnos. Aunque la verdad, todavía no sé a donde iré, mis hijos están en Japón”, se explica Goya Teruya.

Otro tema importante dentro de todo lo que significa la expropiación de la hacienda San Agustín es que los terrenos que quiere adquirir el Estado se usan para la producción agrícola y el abastecimiento de los mercados de Lima. Se teme que al desaparecer estos terrenos y con ellos la producción, los precios en los mercados suban aún más. Además, que esto significará la pérdida de trabajos de muchas personas.

La antropóloga Elizabeth Lino Cornejo, que es coautora del libro “Oía mentar la hacienda San Agustín” sostiene que este espacio alberga a personas que han vivido mucho tiempo trabajando la tierra y merecen un resarcimiento justo si finalmente se decide ampliar el aeropuerto.

“El tema de la ampliación se ha venido mencionando desde hace mucho tiempo, pero no existe una comunicación adecuada entre los pobladores y el gobierno. Todo se dice a la volada, por comentarios, pero no existe nada seguro. Además de las familias japonesas hay un asentamiento humano en medio de la hacienda con colegio y biblioteca, con familias que también se verán perjudicadas”, señala.

Agricultores japoneses en la Hacienda San Agustín (foto tomada del libro Okinawa shi Kyoyukai del Perú, Doris Moromisato. Fondo Editorial OKP, 1999).

Un lugar olvidado

El asentamiento humano el Ayllu cuenta con cerca de cien familias que son descendientes de los campesinos que trabajaban las tierras de la hacienda. Lamentablemente su falta de organización hizo que nunca se les diera títulos de propiedad y hasta la fecha no tienen ningún papel que diga que son dueños de las tierras donde han vivido durante años.

La imagen del asentamiento humano el Ayllu es impactante. Silos en medio de las pistas, uno tras otro, como si de una exhibición se tratara. Basura en las calles, aguas negras corriendo por las acequias. Mal olor en cada metro que se camine. Perros callejeros con evidentes enfermedades en la piel jugando junto a niños pequeños. Es un lugar olvidado.

Bessy Cabrera, pobladora de el Ayllu, dice que recibieron una carta de desalojo hace unos meses, pero nunca les dijeron si los reubicarían o no. “Hace tiempo vinieron entregando cartas pero no nos dijeron más. Los consejos directivos no han hecho nada por averiguar y ahorita no sabemos lo que va a pasar. Si por lo menos fuéramos como los japoneses que sí son organizados estaríamos menos preocupados, pero la verdad es que nadie en el Ayllu sabe a ciencia cierta a dónde iremos a vivir”.

En el Ayllu hay niños que ven cada día cómo aterrizan y se elevan los aviones del Jorge Chávez, los miran como si estuvieran muy lejos, aunque solo unos metros los separan. Han vivido tanto tiempo cerca de esas máquinas voladoras y tal vez nunca se subirán a una.

El Estado ha proyectado adquirir 650 hectáreas de lo que todavía es la hacienda San Agustín. El presupuesto que se ha estimado para la compra es de 100 millones de dólares. El primero que deberá irse es Juan Yara, porque su propiedad es la más cercana al aeropuerto.

“¿A dónde vamos a ir? ¿Y esa gente que no tiene nada y vive de la chacra? No quiero que llegue ese día. Ahora que estamos como los aviones a punto de despegar, se están preocupando más. Aún después del viaje se sigue sufriendo por la tierra, ella es todo y causa dolor. Éstas son nuestras raíces. Nos despertamos cuando sale el sol y nos acostamos ya entrada la noche, así espero que siga siendo”, dijo Juan Yara en una de las últimas entrevistas que le hicieron para “Oía mentar la hacienda San Agustín”. Hoy está hospitalizado y no sabe si vivirá para despedirse de su hogar.

La tierra siempre ha sido el motivo. La razón. Por ella llegaron los ancestros. Por ella se libraron guerras en el pasado y por ella se sigue preocupando la gente hoy. La hacienda San Agustín tiene los días contados y su gente lo sabe. La resignación es una respuesta incómoda ante una realidad que no se quiere vivir.

La entrega de la tierra

La empresa que tiene la concesión para operar el aeropuerto Jorge Chávez es Lima Airport Partners (LAP), quien llegó a un acuerdo con el Estado peruano para que se le otorguen los terrenos adyacentes al Terminal aéreo para construir una segunda pista de aterrizaje.

En ese sentido, es el Estado quien se ha encargado de determinar cuáles son los terrenos que se otorgarán a LAP. El último pronunciamiento del Ministerio de Transportes y Comunicaciones fue sobre una entrega parcial de los terrenos. Estos provendrían del ex Fundo Taboada, colindante con la Hacienda San Agustín.

Según ha estimado el ministro de la cartera de Transportes y Comunicaciones, Enrique Cornejo, la entrega de las tierras concluiría en el 2013. Y, según LAP, la nueva pista de aterrizaje tendrá 3 500 metros de largo y 45 de ancho.

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Informativo de la APJ, Nº 34.

Texto y foto: © 2009 Asociación Peruano Japonesa; Foto histórica: © 2009 Foto tomada del libro Okinawa shi Kyoyukai del Perú, Doris Moromisato. Fondo Editorial OKP, 1999.

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