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Óscar Chambi y sus puentes hacia los nikkei

Óscar Chambi lleva toda una vida dedicada a la fotografía, arte que heredó de sus ancestros. (Foto: archivo personal)

En la vida del fotógrafo y sociólogo Óscar Chambi no parece haber espacio para el azar o los hechos aislados. Todo parece interconectado y enrumbado para que sus diversos caminos converjan en un mismo destino: la comunidad nikkei. 

Para rastrear los orígenes de esta conexión hay que retroceder a su infancia y viajar hasta Cusco. Su padre, el cineasta Martín Chambi, fue su primer puente hacia los nikkei. Óscar recuerda que su papá le enseñó a contar en japonés de uno a diez. ¿Cómo aprendió él? A través de unos amigos nisei de apellido Kawamura. La relación fue tan estrecha que llegaron a ser compadres.

El primer contacto de Óscar con la cultura japonesa también llegó por su padre. Ya en Lima, gracias a él vio películas de Akira Kurosawa (en televisor o mediante un proyector), de las que recuerda en particular tres: Rashomon, Los siete samuráis y Barbarroja. La primera fue la que más impacto causó en él por la diversidad de perspectivas con que está contada la historia. Ahí nació su admiración por la cultura japonesa.

Óscar recuerda a su papá como una persona muy abierta a las diversas culturas que forman la historia humana. Eso lo heredó de él. En la universidad, cuando estudiaba sociología, su interés se centró en la comunidad afroperuana. Viajó a Zaña, un pueblo ubicado en el norte del Perú de gran presencia afro, y descubrió una gran diversidad étnica —negros, andinos, chinos, japoneses— y mucho mestizaje.

¿Qué procesos migratorios hicieron posible esa pluralidad y mestizaje? ¿De dónde venimos? Estas preguntas lo impulsaron a averiguar más sobre las corrientes culturales que componen el Perú, en especial la japonesa.

En Zaña conoció a un peluquero de apellido Hamada y a un locutor, Miyakawa, que transmitía las noticias del pueblo. ¿Cómo llegaron los Hamada y los Miyakawa desde el otro lado del océano hasta el Perú? Y una vez en el país, ¿cómo se asentaron en un pueblo tan lejano de la capital y del principal puerto del Perú?

Gracias a sus trabajos con la comunidad afro, Óscar conoció al sociólogo Luis Rocca, especialista y autor de varias obras sobre el tema que fue clave en su acercamiento a la comunidad nikkei. Por él llegó hasta Alejandro y Enrique Tamashiro, entrañables hermanos nisei que publicaron la mítica revista Puente, un valioso esfuerzo periodístico por estudiar la inmigración japonesa al Perú y entender la realidad e identidad de los nisei.

Los Tamashiro fueron sus amigos y maestros en toda la extensión de la palabra. Con ellos aprendió mucho sobre la inmigración japonesa y desde cómo usar hashi hasta los fundamentos del código Bushido. También fueron un ejemplo con su vida, su sobriedad, su nobleza.

Luis Rocca es autor del libro Japoneses bajo el sol de Lambayeque, una obra sobre los inmigrantes japoneses que echaron raíces en el norte del Perú y sus descendientes. Óscar colaboró con él haciendo fotos y recogiendo testimonios de familias nikkei. De aquella experiencia recuerda a una familia que conservaba una daga del padre, que la guardaba por si alguna vez tenía que hacerse el seppuku.


APRENDIZAJE CULTURAL

“Uno no se propone los afectos”, dice Óscar para referirse a los imprevisibles caminos que lo emparejaron con Angie, una diseñadora sansei. Se casaron y tuvieron un hijo, Akira.

A través de ella conoció más profundamente a las familias nikkei tradicionales. Sus ancestros, por la rama materna, eran okinawenses que se establecieron en la hacienda San Agustín, destino de muchos inmigrantes japoneses.

“Empecé a aprender palabras en okinawense, sus manifestaciones culturales: la música, la danza, las comidas. Para mí eso fue muy enriquecedor para el alma y también para el aprendizaje cultural”, recuerda.

En paralelo con el desarrollo de los lazos afectivos (su familia, su amistad con los hermanos Tamashiro), Óscar continuaba afianzando su relación académica y laboral con la comunidad. Conoció a la investigadora Amelia Morimoto y gracias a ella tuvo la oportunidad de participar —como uno de los autores— en la elaboración de un libro por el centenario de la inmigración japonesa al Perú, La memoria del ojo, en 1999.

En aquella época, él enseñaba en un instituto de diseño gráfico. En un curso de historia de la fotografía, les pidió a sus alumnos que llevaran fotos antiguas de sus familias como una manera de rescatar y preservar la historia familiar a través de imágenes.

Uno de sus estudiantes, un joven de ascendencia italiana, llevó un álbum conservado en magníficas condiciones que narraba, a través de fotos, la historia de la familia desde los abuelos italianos que migraron al Perú hasta los nietos peruanos. Óscar quedó impresionado: a través de un álbum familiar logró aprehender la historia de la migración italiana al Perú.

Con sus alumnos de la Universidad de San Martín de Porres. (Foto: archivo personal)

¿Por qué no hacer algo parecido con el libro del centenario: contar la historia de la inmigración japonesa al Perú a través de fotografías de muchas familias nikkei?

Óscar le propuso la idea a Amelia Morimoto, la artífice del proyecto, y le gustó. A ambos se sumó el poeta José Watanabe. Como parte de su trabajo, viajaron por el Perú para recoger testimonios gráficos y orales.

De aquella enriquecedora experiencia, recuerda la lección que extrajo de la historia de una issei que se casó por fotografía y que al arribar al Perú se desilusionó con su esposo porque el hombre real empalidecía al lado del hombre de la foto. Sin embargo, su esposo era una persona respetuosa y de bien que poco a poco se fue ganando su corazón. Por experiencia propia, la issei decía que el amor occidental era como una olla de agua hirviendo que poco a poco se va enfriando y, el amor oriental, como una olla de agua fría que poco a poco se va calentando.

JAPÓN, UN PREMIO

En Japón, donde fue dekasegi. (Foto: archivo personal)

En 2001, Óscar Chambi viajó a Japón. Trabajó como dekasegi durante casi dos años. Fue su primer viaje a Japón, la gran oportunidad de aprender y comprobar in situ cuánto se parecía el país real al que se había formado en su cabeza a partir de estudios, testimonios y películas. “Yo amaba la cultura japonesa, entonces para mí era un premio ir a Japón”, dice. Y si el aprendizaje cultural era complementado con ingresos económicos, mejor.

Óscar califica su experiencia dekasegi como “muy buena”. Cayó en el lugar justo: el puerto de Yaizu, situado en la prefectura de Shizuoka, un sitio donde armonizaban las construcciones modernas y el campo, “una convivencia superorganizada” entre lo rural y lo urbano, un edificio al lado de un arrozal. Nada que ver con “el ostento de una gran metrópolis de neones”. Quizá su valoración hoy sería distinta si hubiera vivido en una megaciudad como Tokio.

Su centro de trabajo era una fábrica de pescado. Paralelamente, gracias a la ayuda de un amigo, el periodista japonés Hirohito Ota (exjefe de redacción japonesa de Perú Shimpo), hacía fotos para diversas publicaciones en Japón.

Ota —que actuó de cupido porque gracias a él conoció a su actual esposa Chikako, una periodista japonesa— le hizo un reportaje para una revista japonesa presentándolo como un peruano dekasegi que —además— era fotógrafo y sociólogo. La nota le abrió varias puertas en Japón.

Hacer fotos en Japón y que se las publicaran y le pagaran por ellas fue para él como un sueño cumplido; encima, en Japón, “el paraíso de la fotografía”, donde los fotógrafos son muy bien considerados.

Las lecciones de sus maestros, los Tamashiro, lo ayudaron a tender puentes con los japoneses. Los hermanos nisei le enseñaron, por ejemplo, que el arroz nunca se deja y así lo hizo en Japón: sus veteranos compañeros de trabajo en la fábrica apreciaban ese gesto de respeto por la comida que a veces hasta los mismos jóvenes japoneses pasaban por alto.

EVOLUCIÓN NIKKEI: DE LA BURBUJA A LA VISIÓN GLOBAL 

Óscar Chambi no duda en nombrar lo que para él ha sido el cambio más importante que ha experimentado la colectividad nikkei en los últimos 30 años: “Lo que más destaco es el mestizaje. Los nikkei empiezan a abrirse más, los sansei o yonsei tienen otra mirada, creo que son más cosmopolitas, más internacionales, más globales. La tercera o cuarta generación está pensando en EEUU, Europa, tanto en negocios como en estudios”.

Antaño, había nikkei que “vivían como en un Japón en el Perú”: su círculo se restringía a la colectividad. “Eso ya casi no existe, en las décadas de 1980 y 1990 esas burbujas eran mucho más fuertes”, añade. A su juicio, el mestizaje ha influido en la apertura.

La memoria del ojo, el libro del centenario de la inmigración japonesa al Perú, cerraba con fotos de niños nikkei, muchos de ellos mestizos, avizorando un siglo XXI de mayor fusión étnica.

Uno de esos niños era su hijo Akira, hoy un joven universitario yonsei. ¿Cómo ha evolucionado su identidad nikkei?

“De niño, como a todos les pasa, te estigmatizan, te dicen ‘chino’ y tú no quieres serlo. O te vas a Bembos1, Kentucky2, lo que sea, te dicen ‘cuál es tu nombre’, tú les dices ‘Akira’ y no te entienden nada; te dicen ‘Shakira’, lo que sea. Obviamente te choca y entonces dices ‘me llamo Alejandro’, no quieres llamarte Akira. Quizá estos choques que tuvo de niño hicieron que mirara con reparos (sus orígenes japoneses)”, relata.

“Después empezó a asimilarlo. Además, hay una buena aceptación del nikkei en el país. Eso de alguna manera él también lo vive y es consciente de ello. Se interesó más ya de adolescente por sus orígenes, por la cultura nikkei, empezó a estudiar, a saber de sus bisabuelos, cómo vinieron”, detalla.

Reconocerse como parte de una cultura no significa encerrarse en ella. Por el contrario, es una oportunidad para ensanchar los horizontes y abrirse más al mundo. Es el caso de Akira.

“Como muchos nikkei, ya es un peruano universal, habla perfecto inglés, está conectado con el mundo. Lo nikkei es un buen referente, una identidad que lo tiene bien marcada, tanto como la parte andina, pero es un ciudadano del mundo, va por ese camino en el que muchos nikkei jóvenes confluyen”.

Notas:

1. Cadena de comida rápida

2. KFC

 

© 2019 Enrique Higa Sakuda

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