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Crónicas Nikkei #7 — Raíces Nikkei: Indagando en Nuestra Herencia Cultural

Compartiendo latidos

(Advertencia de contenido: abuso infantil y tendencias suicidas)

En la actualidad, hablo con mi abuela, con mis hermanos menores y un primo; pero eso es todo con relación a mi familia biológica.

He cortado lazos con mi padre caucásico dos veces. Él y mi madre están demasiado entrelazados como para separarlos.

Hace poco, me reuní con ella en un lugar para comer donuts y le dije en público: “no puedo confiar en ti; pero, te amo”.

Este es el momento en que el cansancio era demasiado en mí para seguir siendo condescendiente por la forma cómo ha sido nuestra relación. Siento el deseo de crecer y sanar. Pero, hablando sinceramente, nunca sé si lo estoy haciendo bien. Soy consciente de que esto es inusual y, pese a vivir dentro de mi propia experiencia, mi consciencia acerca de lo radical de esta decisión me saca de mi cuerpo.

Espero poder encontrar una forma de tener relaciones saludables con ambos, algún día.

En mi niñez, antes de que mi madre y padre se separaran por un corto tiempo, un asombroso kimono anaranjado y verde con un bordado brillante era exhibido en un muro de nuestro hogar en las afueras de la ciudad. Cerca de él, había un librero de 2 estantes de madera contrachapada con enormes geta de madera, así como dos teteras de cerámica con asas de bambú y una pequeña caja de pelucas para muñecas. Para mí, estas cosas eran cosas de adultos, zapatos literalmente demasiado grandes para que yo los usara, aun si yo los parara sobre nuestra extraña alfombra de los años 70 y me subiera a ellos haciendo equilibrio como si fueran grandes rocas que yo no quería que se desprendieran. Algún día, yo sería una persona adulta. El kimono era tan grande a la vista, que ocupaba toda la pared y mis ojos no podían abarcar la totalidad de sus tejidos, de modo que me quedaba perdido en los escenarios descritos en sus texturizados hilos.

Cuando visitábamos a la abuela Takae, ella nos levantaba a las seis y teníamos desayunos de avena, fruta y nueces, a nuestra manera. Luego nos hacía caminar unos 3.2 km con ella solo para regresar y pasar nuestros fines de semana ayudándola a regar, desherbar, cosechar, quemar pilas de secoya y otros restos orgánicos tres veces más altas que nosotros, llevar los restos de comida al compost y por la noche, desnudarnos para meternos en su tina caliente todas las noches. Por siempre mi agradecimiento, de que mi vida haya tenido esa experiencia.

Los recuerdos incómodos de la infancia, ahora que ya soy una persona adulta, quedan equilibrados con palabras de vocabulario y con mi propio permiso para usarlas. Me han dicho que no soy una persona japonesa, pero por lo general, me dicen algo como eso cuando estoy haciendo una pregunta seria, sobre la dinámica del poder o cuando alumbro con la linterna hacia algo feo. El tío Ory, que era el hermano menor del abuelo y el hombre que la abuela cuidó después del fallecimiento del abuelo, insultaba la comida quemada de la abuela o la llamaba “comida para gatos”, si era demasiado japonesa y no lo suficientemente estadounidense. Este es un ejemplo de un gran saco de recuerdos similares, situaciones que incluyen cuartos con adultos riéndose y mi incómodo silencio. Ahora, con toda seguridad, puedo señalarlo de racista y puedo conversar con sinceridad con la abuela sobre cuanto amo su cocina, sabiendo, al conversar con ella, que ella ha pasado por muchas experiencias en donde la hicieron sentir lo otro. Después del campo de internamiento, salió de Tule Lake, la abuela. Con 13 años de edad, vivía con una familia caucásica como su chica de la limpieza y niñera con alojamiento y comida mientras iba a la escuela. Su padre, Mitsumasa, solo podía cuidar de su hermana pequeña, mi tía Tsuk. El hecho de saber cómo el campo de internamiento ha moldeado a nuestra familia ofrece un contexto a la violencia, la manipulación gas lighting y el borrado (erasure) que moldeó mi infancia. Además, ofrece un contexto a sus logros que me permitieron luchar por mis sueños.

Actualmente, vivo con una amistad y su familia biológica. Somos siete en un departamento de tres dormitorios. Con nuestra familia, es seguro ser una persona crítica. Es seguro ser una persona tonta. Es seguro hacer comida quemada y adorarla. Es seguro ser una persona herida y expresarlo. Es seguro mirar anime y analizarlo micro y macroscópicamente. Ser una persona considerada, en donde se pone en práctica el enryo y se respeta y se considera el silencio y espacio, mientras que simultáneamente a eso, los estilos de expresión de los otros miembros de la familia son bromas despectivas y retumbantes en defensa propia de la locura que precipitó su costumbre anterior; o un denso absurdo, caliente como una estrella, quemándose con energía. Sin mi familia, yo sería una persona sobreviviente de una lesión cerebral traumática y del abuso infantil por familiares, transgénero, cuya mente ha sido manipulada psicológicamente (gas light) sin motivo y que se siente atrapada.Sin mi familia, aún me sentiría como si la única manera para la paz fuera no existir. ¿Puedo decir, aquí mismo y ahora, que las vidas negras importan? Ahora mismo lo estoy diciendo. Las personas de raza negra generan amor que con frecuencia pasa inadvertido y es subestimado, y en el caso de mi familia, personas de raza negra, mejicanos y filipinos, personas de raza negra salvaron mi vida.

No podía ser quien soy sin estas dos familias. ¿Les conté que hay más familias?

En nuestro patio trasero, hay un jardín. Por alguna razón, berenjena, kabocha, quimbombó, col rizada, chile serrano, melón, jade, hibisco, tomate, calabaza, frambuesa, la infame frutilla y otros misterios crecieron poco y exuberante a pesar de nuestros apretados horarios y conglomerado de suciedad del apartamento/vidrios rotos/clavos oxidados en el pequeño patio trasero. Una secoya crece con vista hacia nosotros. A todos, los abono con compost.

El servicio The lifeline, una red de voluntarios, queers (personas que no se identifican con un género específico) de forma que el género ha resultado ajeno a estas personas, como a mí. Cuando vivía con mi familia nuevamente, podía llamar a otra persona transgénero y hablar sobre mis planes que incluía no vivir más. Ya después de eso, podíamos hablar sobre otras cosas, y pensar sobre pensar juntos, y pensar sobre vivir así como pensar sobre morir, y luego pensar principalmente sobre vivir. En estos días, revelo por escrito asuntos mantenidos confidencialmente, pero soy una persona de aquellos extraños que responden llamadas, algunas veces. Llamo a la familia.

Cerca de mi corazón están las amistades, la familia que me alojó en mi vida antes de que el accidente automovilístico desmoronara mi ya inestable forma laberíntica. Amistades creativas y de confianza, a quienes deseo haber herido menos mientras comprendía y salía del borrado (erasure) de mi persona desde la infancia. Personas indígenas, cuyo arte y expresiones han cambiado la trama social del área en formas más saludables y más hermosas, reconocidas por muchos. La casa familiar Voltron.

Las primeras amistades adultas que hice como persona adulta legalmente; la primera oportunidad que tuve para hacer amistades con otros nikkei en nuestra área. Amistades alegres y solidarias, que han sido los más amables sempai para mí al ser generosos con respecto a la vida, expresiones honestas, fuertes y suaves, y al mantener el ritmo; nuestro grupo local de taiko me dejó tocar O-daiko en el pasado, cuando mi lesión cerebral aún no había ocurrido, y la práctica de eternos bucles de vibración revisten mi cabeza en un espacio de seguridad que nunca puede romperse. Ese eterno bucle es tan vívido para mí, siempre estará allí. Regresar a tocar taiko es un futuro innegable, pero solo cuando pueda ampliar más el amor que el dolor.

Hablar sobre raíces significa hablar sobre un punto de origen. Sin embargo, cuando pienso sobre cuándo siento más nikkei, no puedo pensar en nada en particular. Todo lo que escucho es doko, doko, doko-n.

 

* * * * *

Nuestro Comité Editorial seleccionó este artículo como una de sus historias favoritas de serie Raíces Nikkei, Indagando en Nuestra Herencia Cultural. Aquí está el comentario.

Comentario de Tamiko Nimura:

Entre los numerosos ensayos bien redactados en la serie, el ensayo de Mori Walts “Compartiendo latidos” resulta ser un convincente ensayo que muestra el importante y escabroso terreno para encontrar nuestras raíces nikkei. Con una sensibilidad lírica y un valiente arco narrativo, su ensayo se desplaza breve pero vívidamente a través de retratos de familias biológicas y familias elegidas. Su voz es sincera, clara y firme: hace eco aún mucho después de las últimas notas del odaiko, en la frase final del ensayo.

 

© 2018 Mori Walts

5 Estrellas

La Favorita de Nima-kai

Cada artículo enviado a esta serie estuvo disponible para ser elegido como los favoritos de nuestros lectores y de los Comités Editoriales. ¡Gracias a todos los que votaron!

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Sobre esta serie

Las historias en la serie Crónicas Nikkei han explorado las diversas maneras en que los nikkei expresan su cultura única, ya sea a través de la comida, el idioma, la familia o la tradición. En esta oportunidad, estamos ahondando más a fondo, ¡hasta llegar a nuestras raíces!

Les pedimos historias desde mayo hasta septiembre de 2018. Todas las 35 historias (22 en inglés, 1 en japonés, 8 en español y 4 en portugués) que recibimos desde Argentina, Brasil, Canadá, Cuba, Japón, México, Perú y los Estados Unidos. 

En esta serie, le pedimos a nuestros Nima-kai votar por sus historias favoritas y a nuestro Comité Editorial elegir sus favoritas. En total, cuatro historias favoritas fueron elegidas.

Aquí estás las historias favoritas elegidas.

  Editorial Committee’s Selections:

  La elegida por Nima-Kai:

Para saber más sobre este proyecto de escritura >>


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#1: ¡ITADAKIMASU! Sabores de la cultura nikkei 
#2: Nikkei+ ~ Historias de Lenguaje, Tradiciones, Generaciones y Raza Mixtos ~ 
#3: Nombres Nikkei: ¿Taro, John, Juan, João? 
#4: La Familia Nikkei: Memorias, Tradiciones, y Valoress 
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