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Precisando el concepto nikkei

El artículo “¿De quién se trata cuando dicen ‘nikkeijin’?” del profesor Shigeru Kojima me pareció necesario y esclarecedor por cuanto desarrolla el concepto “nikkei” y observa a sus componentes bajo el prisma de lo que fue y de lo que pudiera estar repercutiendo en el presente porque, en verdad, necesitamos con urgencia las aclaratorias puntuales que nos permitan, de una vez por todas, universalizar el concepto NIKKEI dentro de sus alcances fundamentales. De ahí que mi propósito es complementar lo ya señalado por el profesor Kojima con algunos pareceres que considero importantes, de ser pensados e implementados, si fueran aceptados por las grandes mayorías (los lectores nikkei deberían decidirlo opinando a favor o en contra. Por lo demás, solo estoy planteando lo que ya utilizo en mis quehaceres profesionales y relaciones).

Para empezar haciendo historia es bueno recordar que el concepto fue acuñado en Japón a fines del siglo XIX cuando las migraciones por trabajo sembraron a miles de japoneses en tierras ubicadas al otro lado del mundo (alejadas entre m/m 3.000 y 18.000 kilómetros: Asia y América). El factor distancia, más las muchas limitantes ambientales y sociales que encontraron en sus largas búsquedas, terminaron constituyéndose en causales contundentes para que estos viajantes, a pesar de sus enraizados propósitos de volver al seno de la familia, después de algunos años de sacrificio en tierras extrañas, no lograran materializar su anhelo. Sin embargo, con el correr del tiempo, estos mismos japoneses terminaron haciendo suyos el concepto de “segunda patria”. Se casaron (mayoritariamente con mujeres locales) y formaron sus familias de ultramar. Así, sin complicaciones retóricas, se concretó en el mundo el “nikkei”.

Sabemos que el nacionalismo japonés, cultivado a través de milenios, ha cuidado rigurosamente sus conceptualizaciones y, por tanto, al producirse el dekasegi o cualquier otra causal de fuerza mayor que justificara dejar atrás la patria y posteriormente quedar impedido de regresar; exige la aplicación correcta de toda denominación que se le relacione. Así, queda claro que aquel el ciudadano japonés que al migrar forma una familia en tierra extranjera y hace de cabeza bajo su condición de issei, hereda a sus hijos – por extensión del término – la calidad de “nikkei”. Por tanto, sus descendientes conforman una primera, segunda, tercera o cuarta generación pero, siempre ajenas a la categorización de nisei, sansei o yonsei que no corresponde usar por no tratarse de japoneses. La nacionalidad de estos la fija el país donde nacen… Me parece que hasta aquí estamos frente a definiciones rotundas que se hacen perfectamente válidas.

Sin embargo, el acto de migración a culturas de acogida puede contener variables donde lo dado por absoluto no lo es tanto y, en calidad de anécdota decidora, tenemos en Chile el caso de inmigrantes (siempre no oficiales a inicios del siglo XX y otros posteriores a la Segunda Guerra Mundial) que, después de formar sus familias en territorio chileno y de una veintena de años de permanencia ininterrumpida, deciden regresar a la patria para retomar el lugar que les corresponde en el seno de la familia. Sin embargo, sufren la desagradable sorpresa de encontrar un Japón extraño que no encaja con sus recuerdos ni condiciones de vida, además de pares que les dan tratos cuasi similares a los de un “forastero”. Conclusión, regresan a Chile y aquí, en paz y conformidad, terminan entregando sus huesos ya no tan japoneses al seno de la tierra chilena… 

De hecho, muchas situaciones de carácter particular han afectado y seguirán afectando a estos aventureros que salieron de la tierra natal (también a sus hijos). De ahí que considero como no válido cualquier intento de imponer a priori nominaciones que no hayan considerado: a) el factor distancia y geografía con relación a Japón, b) el tiempo transcurrido en forma obligada  fuera de la tierra originaria, c) el peso de aquella cultura local convertida en fina y persistente llovizna que puede calar hondo y d) las significativas repercusiones que pudieren pesar sobre cualquier “retornado” ante las inevitables y obligadas transformaciones culturales y sociales vividas por Japón al paso de las generaciones. 

Al mismo tiempo, a nivel nikkei, solo existen dos tajantes condiciones para serlo: 1) Tener a lo menos un padre japonés y 2) Haber nacido fuera de Japón. Todas aquellas otras intenciones de añadir al concepto componentes ajenos a estas exigencias solo deberían concretarse por criterio de “cortesía” o “por cercanía” (esposa del nikkei sin sangre japonesa, admiradores y colaboradores de la cultura japonesa, otros parientes, etc.). Al respecto están las sugerencias alcanzadas por la COPANI 2011 de Nueva York.

De ahí que, a mi modo de ver, dentro de estas condicionantes bases, el concepto nikkei debería ser aceptado sin mayores dilaciones: a) identificando a todo aquel japonés migrante que por desculturización pierde parte de su identidad originaria. Lo que lo lleva a convertirse en un particular “nikkei japonés” y b) todos sus descendientes directos de ultramar que por ser portadores de su herencia genética y cultural se convierten en nikkei chino, en nikkei norteamericano, en nikkei australiano, etc. 

Por último, digamos que cada nikkei —no importando dónde se ubique en el mapa— debe reconocerse como tal y buscar en plenitud su realización a partir de aquella casi misteriosa y milenaria genética japonesa heredada, convertida en un relevante plus para el desarrollo del “ser nikkei” y en el logro de sus reales metas de vida. En lo personal, me siento orgulloso y perfectamente identificado con la denominación “nikkei chileno” primera generación1.

Nota:

1. Por ser hijo de un padre issei, me corresponde ser primera generación dentro de la categorización generacional nikkei. Los hijos del nikkei pasan a ser de segunda generación, los nietos de tercera y así sucesivamente.

 

© 2018 Ariel Takeda

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