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Adiós, amigo Mitsuya

Mitsuya Higa

Año 1956. Fue el año en que me atreví a enviar un poema de mi inspiración al diario Perú Asahi Shimbun. Cuál sería mi sorpresa que la composición mía salió publicada en las páginas del diario. Aquel mismo año envié otro poema al diario Perú Shimpo, que también aceptó publicarlo. Tiempo después, la revista NIKKO publicaba mis composiciones y ya en Lima, en los años sesenta, la revista Superación me dio espacio en sus páginas. En las publicaciones escribía con distinto seudónimo. Por aquellos años, Perú Shimpo tenía, los domingos, una página especial para los colaboradores tanto de poesía como de prosa y cuentos.

Para 1958, las fiestas navideñas marcaron un singular atractivo en mi vida en la ciudad de Jauja, pequeña y pintoresca, que recorría a diario y a todo pedal en mi bicicleta Hércules. Los dos periódicos de la colectividad los repartía yo y aquellas pascuas tuve la sorpresa de mi vida. El jefe de redacción del diario Perú Asahi Shimbun tuvo la gentileza de enviarme por correo una bonita y recordada postal de Navidad. Lo firmaba el señor Ricardo Mitsuya Higa. Aún conservo aquel bonito recuerdo como parte de un homenaje modesto y sincero. Por los más de sesenta años de mi amistad con Mitsuya.

En las tantas tardes que compartimos al tenis en el AELU, por los años de 1995, Mitsuya me daba clases de sus ‘cortes’. De él aprendí a manejar con la muñeca la raqueta, que aprendió en sus tardes en España, cuando practicaba el toreo y se daba tiempo de ser extra en las grandes películas que se rodaban por entonces. Trotamundos como él solo, Ricardo Mitsuya Higa tenía una columna en el diario Perú Shimpo, sus escritos eran esperados cada catorce días. Los jueves alternaba con don Chihito Saito, ambos eran los redactores principales en la sección castellana del diario.

‘Tres Flechas’ era el seudónimo de Mitsuya y su estilo era de una narrativa precisa, simple y llena de emociones que envolvían a sus lectores. Don Chihito Saito tenía el seudónimo de ‘Don Jueves’. En las veces que yo visitaba Perú Shimpo, Mitsuya me hacía pasar a la sala de redacción y de ahí a tomar un café en un lugar de las cercanías. Siempre me demostraba un interés por mis escritos y seriamente me recomendaba ciertos aspectos en mi redacción. Él sabía que yo no había estudiado periodismo ni nada por el estilo, por lo tanto, me tenía un cariño especial. Me recomendaba ciertos consejos y me decía muy seriamente: “Tu inspiración es lo que vale”.

Dejé buen tiempo mi afición por escribir, pero siempre tenía en mente lo aprendido con Mitsuya. Cuando la editorial Perú Shimpo pasó al Callao, ya los años nos habían distanciado de todos los adelantos que hoy relucen en cada redacción. Al llevarme Mitsuya siete años por delante (tendría 87 años cumplidos este año) era de esperar que el ingreso a la tercera edad nos distanciara en el camino de la sobrevivencia. El tiempo no pasaba en vano. Y en un encuentro en su Callao querido, buscamos como siempre, la tertulia y el café que nos fuera a acompañar.

Nunca una queja, tal vez la soledad de los años lo supo comprender. Una tarde, mientras yo terminaba de repartir mi mercadería, lo llegué a divisar por las cercanías del Canal 4.

“¡Hola, Mitsuya! ¿A qué vienes por estos lugares?”. “Vivo cerca de aquí y me voy a casa”.

“Te llevo”. Paré la camioneta y él subió.

Nuestra próxima parada fue una cafetería. Fueron dos horas de tertulia, de recuerdos, de aproximarnos a lo que fueron los días en el Jirón Puno, cuando el diario Perú Shimpo tenía el esplendor de su amplio local, y donde a finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta el Diario auspiciaba y organizaba los campeonatos de ping pong con infinidad de mesas en el amplio espacio de su segundo piso. Los clubes de entonces, San José, Zamudio y el Tres Estrellas, de Huacho, entre muchos otros, nos hicieron vibrar con el deporte del tenis de mesa. Fue un estupendo semillero dentro de la colectividad japonesa que jamás en los años venideros se ha vuelto a desarrollar.

Lo otro era el auditorio del diario. regular y acogedor. Le conté a Mitsuya que una vez usamos el local para una tarde de espectáculo musical con artistas de la colonia. Samuel Matsuda y yo, entre otros, hicimos posible la tarea de recaudar fondos para el Hogar Clínica San Juan de Dios. Nos fue bien gracias a la colaboración desinteresada de los artistas nisei de entonces.

Y fue con Samuel Matsuda mi primera visita a Mitsuya en el asilo de Las Hermanitas de los Ancianos Desamparados del Callao. Llegamos como a las dos de la tarde e invitamos a Mitsuya a dar un paseo por el puerto y La Punta. Mientras se alistaba dimos un recorrido por el interior del asilo. Una capilla hermosa y sencilla nos llamó la atención. Aquello dividía la parte de las damas y caballeros. Amplios y ventilados sus salones, lo mismo que sus dormitorios. La casa de retiro era de una estructura sólida y noble, llena de luz. Al rato salió Mitsuya con una gorrita clásica y los tres nos embarcamos en mi auto. El puerto y el mar del Callao se veían de compromiso para turistas. Un sol tibio y lleno de reflejos militaba las aguas del litoral de La Punta. Almorzamos en una cebichería y terminamos de saborear un café con dulces en una inmensa cafetería. Al llegar las cinco de la tarde, y ya de vuelta, Mitsuya solo inclinó su gorra, amplió una sonrisa, nos miró como si fuéramos tres muchachos en los años de nuestra juventud y cerró tras de sí la puerta del asilo.

Luis Iguchi, MItsuya Higa y Samuel Matsuda.

En mi segunda visita me acompañó Carlitos Yamanija. “Luchito”, me dijo, “¿cuándo visitamos al Torero?”. “Cuando quieras, Carlitos”, le contesté. “Entonces vamos mañana y te recojo a la una de la tarde”. Como ya conocía el camino y el lugar exacto llegamos en poco tiempo. Entrar al asilo se nos hizo un poco difícil. El portero y una religiosa no querían que sacáramos a Mitsuya. Ese día se sentía un poco mal y temían una recaída. Luego de convencerlos de que solo era por dos horas accedieron.

Encontramos a Mitsuya en una de las bancas descansando con su clásica gorrita. Al costado suyo los periódicos del día. Él tenía permiso de salir y cada mañana llegaba hasta el puesto de diarios y revistas. Al vernos, una pálida sonrisa iluminó su rostro. Ahí noté que los años ya le pasaban factura. Salimos los tres en mi carro y vuelta al puerto y el litoral de La Punta. Al pasar por el Club Regatas Unión Carlitos Yamanija recordó que había visitado un buen restaurante en la zona. Al entrar a un pequeño muelle, y luego al comedor de “La Rana Verde”, nos sorprendió un maravilloso espectáculo del Mar de Grau. Barcos, barcazas, chalanas, botes y todo vehículo marino descansaban en sus tranquilas aguas aquel día de un sol esplendoroso. El recuerdo estaba asegurado. Las fotos tuvieron la gentileza de estampar momentos agradables y la comida estuvo magníficamente bien. De ahí pasamos a visitar La Punta en todo su recorrido y como último el infaltable café.

Carlos Yamanija, Mitsuya Higa y Luis Iguchi

La tertulia estuvo centrada en los años que Mitsuya jugaba tenis en el AELU. Carlitos Yamanija le seguía la historia por ser uno de los más antiguos tenistas y conocer a la mayoría de iseis que jugaban en ese entonces. Una época muy bonita y agradable, nos contó. Ya tarde, al regresar, la despedida fue un apretón de manos y le hice recordar que su columna de ‘Tres Flechas’ fue lo mejor que he leído en las páginas de Perú Shimpo. Me apretó la mano y en pocas palabras me dijo que ese seudónimo tenía un significado importante en su vida.

Mitsuya Higa con parte de su vestimenta de torero.

Tres meses atrás, en los primeros días de enero, cuando estábamos en las instalaciones del Tenis AELU, Julio ‘Pancho’ Gushiken me sugirió visitar a Mitsuya. De él tengo gratos recuerdos, me comentó Pancho, y uno de ellos fue conocer la Plaza de Toros de Acho. Fue en una corrida de toros en homenaje al Señor de Los Milagros. Quién mejor que Mitsuya para enseñarme los secretos, las costumbres, los premios, el ganado, las cuadrillas, los capotes, las banderillas, el picador en su noble caballo, el tiempo de toque al paso del toro a la muerte. Toda una ceremonia con una plaza repleta de aficionados, y que a grito abierto dejaban escuchar los famosos ¡oles! Quedé impresionado por el fervor y la cultura de una tradición que vive y vibra en muchas Plazas de Toros diseminadas por el país y el mundo.

Le acepté la propuesta y le dije que llamaría a Carlos Tadao Saito. Él también me comunicó que tenía deseos de visitar a Mitsuya. “¡Encantado!”, me contestó Pancho. Mientras seamos más, se sentirá más contento Mitsuya. Carlitos Saito en una reunión de hacía poco se explayó sobre Mitsuya y recordó su paso por el Banco de la Reserva. Eran gratos y emotivos los recuerdos de su amistad con Mitsuya.

Y a mediados de enero de este año, en el carro de Pancho Gushiken, le dimos la sorpresa a Mitsuya. Seguimos la misma ruta de las anteriores visitas. El mar era la costumbre obligada de tenerlo presente. ¿Qué chalaco no ama el mar? ¿Y qué nikkei no tiene ese apego a la brisa marina? Los cuatro nos sentamos de vuelta a la tertulia en “La Rana Verde”. El mar calmo, la brisa atenuante, las aves marinas inquietaban los lugares cercanos al restaurante. La quietud del lugar nos contagió una tertulia de recuerdos con otras generaciones. Pancho, el más joven, y Mitsuya, el de más edad. Al verlo, después de las visitas con Samuel Matsuda y con Carlos Yamanija, me inquietó su estado de salud, de ser poco de hablar a casi nada; y de saborear los platos con sabores de mar a tener poco apetito. Taciturno en casi todo el camino, era en lo poco que hablaba, una figura que se alejaba más de la realidad. No hubo café simplemente porque ya no lo quería. Al regresar a su casa de reposo nos dio las gracias, reverenció el saludo y se perdió tras cerrar la puerta. Le comenté a Pancho y a Carlos: “Lo he visto a Mitsuya extraño”. O tal vez extraño sea, que los años van ganando la carrera a los almanaques.

Hoy, después de la noticia por el WhatsApp de mi amigo Manuel Nakanishi sobre el deceso de Ricardo Mitsuya Higa, y en plena cuarentena por el coronavirus, me acerqué a mi balcón a contemplar el AELU. Sentí la quietud de sesenta y dos años de amistad en una opaca y descolorida tarjeta navideña. Tenía su milagro al final del camino y sobre las tranquilas aguas del Callao.

Agradecí a Mitsuya sobre mis primeros versos, el corregirme sobre un papel de despacho y simplemente aconsejarme. “Tu inspiración es lo que vale”.

 

© 2020 Luis Iguchi Iguchi

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