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NOVELA: Evodio el suertudo - 10 de 16

Parte 9 >>

Nuestro arribo a la tierra de la esperanza

- No estoy seguro cuántos días han pasado desde que estuvimos en Acapulco; la misma hora, el mismo panorama. A lo lejos divisamos una luz muy tenue; es la luz del Faro del Puerto de San Benito, Chiapas, nos informa el jefe de la tripulación. A un cuarto de  milla mar adentro el barco queda anclado y los oficiales preparan varias lanchas para transportarnos a tierra firme

- Es una mañana  de mayo de 1897. Los rayos del sol son brillantes y quemantes, el cielo sin nubes es intensamente azul y el verdor de la vegetación no tiene igual. A la izquierda vemos el enorme casco blanco de un  barco con la bandera americana y no tengo la menor duda que va para San Francisco. Unas cuantas casas con techos de palmeras, sin paredes, se divisan a lo lejos; es todo la que hay en el Puerto de San Benito. Al llegar ninguna autoridad nos recibe y mi temor de ser descubierto como el migrante Kumataro Kaneko se disipa.

Los oficiales del barco que hablan castellano ofrecen dinero a los lugareños para que nos den de comer pero que no sean cosas del mar y que no le pongan sal ni chile. In situ, matan varias gallinas y un cerdo. En poco tiempo estamos comiendo caldo de gallina y cochito, comida diferente, deliciosa. De tomar nos sirven enormes jícaras con agua de cocoteros o pozol, bebidas del lugar. Tres japoneses, los de mayor edad, acuerdan no comer gallinas ni cerdo; compran una tortuga grande, viva, la matan, la destazan, la cuecen en un perol, pero antes beben la sangre caliente del quelonio pues dicen que es para ganar fortaleza…

El compromiso de los oficiales de la Armada Japonesa ha terminado; regresan al barco, prácticamente nos abandonan a nuestra suerte. Antes nos entregan un mapa de la región para que podamos llegar a nuestro destino. En muchos se refleja la preocupación en sus caras. En lo personal, a pesar de mi cortedad, soy optimista, porque tengo objetivos claros, un compromiso con mi país y una relación de contactos que me dan seguridad.

Una persona del lugar, sin aceptar pago alguno, se ofrece a guiarnos al pueblo de Tapachula. Emprendemos la caminata por atajos para acortar distancias, pasamos potreros cargando nuestras cosas. Yo soy el que menos cosas trae. Con el paso de las horas la carga pesa como piedra, el calor es insoportable, la ropa está empapada y una nube de moscos envuelve nuestras cabezas. Cerca de la media noche divisamos luces amarillas, es el pueblo de Tapachula. ¡Qué alivio! Descansaremos varios días para continuar nuestro viaje hacia Escuintla.

De los idiomas extranjeros que he estudiado, el castellano es el que menos comprendo porque es el que menos he practicado. Admiro a los oficiales que lo comprenden bastante. En nuestro grupo, las tres personas que comieron tortuga comprenden varias palabras del castellano y ahora ellos son nuestros guías. Al llegar al pueblo, todas las casas están cerradas; unos serenos en carruajes se ofrecen para llevarnos con sus jefes, según comprendo. Somos tratados con amabilidad. Esa noche la pasamos, según supe después, en las instalaciones de la Policía.  Sobre petates, en el vil piso, fuera del barco, sin el bamboleo del mar, pasé una de las noches más descansadas e inolvidables de mi vida.

Mi deseo de descansar más tiempo se esfuma; me cambia el carácter cuando el responsable del grupo ordena continuar la caminata a nuestro destino final. Hasta ahora, quizás por mi juventud, no he pensado en mi familia, en Akemi, que sin despedirme se quedó en la casa de mis padres; en mis amigos de Fuji. Esta aventura de viajar a América, la larga travesía por el mar, la lejanía, me tiene embotado el cerebro, en blanco, me siento pasmado, en la incertidumbre, sin poder pensar, no recuerdo ¿Por qué estoy en este lugar? …

Caminamos en fila. Los policías amablemente transportan nuestras cosas en carruajes; en la Estación del Ferrocarril las documentan para recogerlas en Acapetahua y con ademanes indican el rumbo que debemos tomar para llegar en una semana a Escuintla. Yo tenía la esperanza que abordaríamos el tren pero no es así, caminaremos. Es un alivio estar liberados de las pesadas cosas. Con pasos veloces caminamos al lado de la vía para conocer los pueblos, la gente, su modus vivendi. Muy cerca escuchamos el silbato del tren, el rechinido del frenado, el traqueteo de la ruedas de acero sobre las vías; vemos como el cielo se oscurece por las nubes de humo que echan las locomotoras de vapor.

El aire es caliente; caminamos despacio, no paramos de sudar; nadie protesta, por el contrario, los compañeros que son mayores de edad, platican y sonríen; tal parece que el calor les ha alegrado la vida. Comentan que los terrenos son planos, de buena calidad para el cultivo de hortalizas. El agua es abundante; a cada momento pasamos sobre ríos grandes y arroyos. Yo también siento los efectos del calor. Aunque molesto por la caminata, mi cerebro ha empezado a trabajar y repaso la lista de tareas; me emociona la principal: espiar la coexistencia de mexicanos y americanos en la antigua Paso del Norte.

Caminamos al lado derecho de la vía con dirección al norte. Nuestro aspecto de extranjeros llama la atención de la gente que vive cerca de las vías; hablan con nuestros guías, nos ofrecen comida, frutas, lugar para descansar, posada; son en extremos atentos y generosos. A ratos nuestro grupo es más numeroso porque se agregan personas que desean enseñarnos el camino y prevenirnos de los matagentes, de animales que constantemente nos acechan. Salen al paso, zorrillos que sin temor paran la cola para lanzarnos sus apestosos orines, culebras ponzoñosas, pequeñas, enormes, ariscas unas, perezosas otras, que no se mueven porque están apareándose con garrobos; no se quitan del camino por más bulla que hacemos.

Tortugas de todos colores y tamaños, algunas tienen cabezas de lagarto; venados que nos espían, mueven las orejas y huyen despavoridos; partidas de monos y monas con sus críos en la espalda que chillan al vernos y saltando por las ramas de los árboles nos persiguen por buen rato. Nos asustan las comadrejas que aparecen y desaparecen como el rayo y grupos de cuatetes gigantes que trepan los árboles con facilidad asombrosa. Algo que nos sorprende es que en los ríos al igual que en el medio rural de Japón, sin prejuicios hombres y mujeres desnudos se bañan juntos.

La gente nos abandona, regresan a sus casas. Caminamos jornadas sin encontrar casas o poblados; la comida se nos acaba y comemos frutas silvestres y tomamos agua de los arroyos. Algunas noches las dormimos bajo la sombra de enormes árboles que nos guarecen de las lluvias. A pesar de los estridentes gritos de la diversidad de animales nocturnos, el cansancio nos vence y dormimos hasta diez horas de corrido.

Después de caminar varios días, tengo los pies adoloridos, llenos de ampollas, la piel quemada por el sol y ronchas por los piquetes de moscos. Divisamos muchas palmeras, un caserío con tejas de barro; según me indican los guías hemos llegado a la estación del tren de Acapetahua.

¿Puede entregarnos nuestras cosas que embarcamos  en Tapachula? El encargado dormita en una banca, aunque es mediodía; se limpia los ojos con las manos, sorprendido por nuestra pregunta y presencia, “Señores aún no han  llegado”. Ahora los sorprendidos somos nosotros, “tienen que caminar  media legua para llegar a Escuintla; yo les avisare en cuanto lleguen sus cosas”. Escuintla es el destino final para mis compañeros, no para mí que aun debo recorrer todo este enorme país llamado México para llegar a la Frontera del Norte. 

Parte 11 >>

Nota de editora: Ésta es una obra de ficción. No está patrocinada ni afiliada de manera alguna por ninguna institución, instalación o familia. La historia está basada en lugares, personas y hechos históricos, pero está escrito enteramente desde el punto de vista del autor.

Referencia:
Evodio el suertudo - Modismos >>

 

© 2013 Florentino de Mazariegos

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