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La gran novela de los Nishisaka. Origen, pasado y reencuentro de una familia japonesa y nikkei

No hay persona que no tenga historias, anécdotas y recuerdos familiares que atesora en la memoria y que podrían servir para escribir cientos de páginas de un libro. Lucero Nisizaka Figueroa no está escribiendo un libro ni una novela histórica, pero desde hace unos años viene recopilando información sobre sus ancestros japoneses de apellido Nisizaka (o Nishisaka, como se escribe originalmente).

Esa investigación de entrecasa la ha llevado a conocer tíos en tierras lejanas, a encontrar parientes perdidos, a recopilar fotografías antiguas y a comprender mejor el origen de una familia que tiene miembros en Tokio (Japón), Madre de Dios, Motupe (Perú) y Wolfsberg (Austria), donde ella reside y se dedica a dar clases de economía. Rastrear a los parientes Nishisaka es toda una aventura.

Los familiares de Eiran Nishisaka , que llegaron de Japón, Austria, Huaral y Madre de Dios, fueron invitados por el Museo de la Inmigración Japonesa al Perú “Carlos Chiyoteru Hiraoka” a una reunión en homenaje al pionero japonés.

Ella y su papá, José Vicente, un curtido periodista norteño y compositor de marineras, son los cultores de las ramificadas historias del árbol genealógico de una familia cuyas raíces están en Fukushima, en un templo budista zen; pero también en la histórica Nagasaki, de donde provendría su apellido, y muy posiblemente en las leyendas samuráis.

En agosto de 2012, Lucero y José Vicente convocaron en Lima a todos los familiares conocidos para partir a Motupe (costa norte del Perú), donde realizaron una romería hacia el camposanto Nuestra Señora del Carmen. Allí visitaron la tumba de Eiran, el abuelo, un empresario transportista que es el eje de esta familia y del gran libro sin escribir de los Nishisaka. Esta crónica es solo un boceto en capítulos con algunos de sus recuerdos.

Eiran fue un pionero del transporte en el norte del Perú. Un inmigrante japonés que llegó al país en 1913, con apenas 18 años, buscando nuevos horizontes. Eran tiempos en que la mayoría de los japoneses se dedicaban a la agricultura en la costa norte.

Capítulo uno: El abuelo Eiran

Eiran fue un pionero del transporte en el norte del Perú. Un inmigrante japonés que llegó al país en 1913, con apenas 18 años, buscando nuevos horizontes. Eran tiempos en que la mayoría de los japoneses se dedicaban a la agricultura, al cultivo de la caña de azúcar, en la costa norte.

No fue su caso, aunque sí llegó al norte, al distrito lambayecano de Motupe, pero para ser el guía espiritual de la comunidad japonesa que se afincó en esta región. Ser el hijo de un sacerdote budista le fue de mucha ayuda, pero en tierras donde el progreso aún no llegaba, el joven Eiran necesitó algo más para salir adelante.

Para hacerle camino al progreso, Eiran aprovechó el aprecio de José Paz, un empresario de cierta edad de Chiclayo, quien lo acogió y apoyó en sus sueños de grandeza. Gracias a él, y al magnate nipón Seguma Kitsutani, abrió una tienda de abarrotes, un negocio de telas, una barbería, una lavandería, una pulpería y la primera empresa de transporte de carga y pasajeros de Motupe antes de cumplir los cuarenta.

Eiran Nishisaka con Seguma Kitsutani, magnate japonés que lo ayudó en sus negocios.

Capítulo dos: El transportista pionero

La empresa llevaba su nombre y fue la primera en realizar viajes de Motupe a Chiclayo en bus por caminos sin pavimento. Eran grandes terrales que se atravesaban en un cuarto de día a la parsimoniosa velocidad de 10 kilómetros por hora. Los choferes recogían a los pasajeros en sus propios domicilios y usaban tablones de madera para desatascar las llantas de los buses.

Además, llevaban carga pesada, cacao y café para el consumo interno y la exportación. Si no fuera por la Compañía de Transportes Eiran Nishisaka, el progreso seguiría buscando por zonas baldías el camino hacia Motupe, un distrito que conoció el desarrollo económico en tiempos en que el gobierno manejaba deficientemente el sistema de transporte del país.

Años después, se construyeron pistas y carreteras que la motocicleta de Eirán, compañera de andanzas, nunca pudo recorrer. Cuando Eiran falleció, el 17 de junio de 1937, un chofer de la empresa compró uno de sus cuatro buses para continuar con el servicio. Los otros pasaron a manos de Jacobo Raman, quien amplió la ruta hasta Olmos y Pimentel. El camino a Motupe estaba hecho.

Nishisaka fundó una empresa de transportes pionera.

Capítulo tres: Los hijos de Eirán

En su juventud, Eiran regresó a Japón, a contraer nupcias con Kio, una dama proveniente de Morioka, norte de Japón. Como era usual en la época y en la cultura japonesa, su padre, el sacerdote budista Jakue Nishisaka, ya había arreglado el matrimonio con la familia de Kio, con quien Eirán regresó al Perú para cuidar de sus negocios.

José Vicente conoció a su hermano Juan Jakue, sacerdote budista, en su visita a Kawamata-Fukushima, 1992.

Tuvieron siete hijos, todos bautizados con nombres peruanos y japoneses. Los hombres se llamaron Eishun Goyo, Jakue Juan y un tercero de nombre desconocido. A las mujeres les pusieron Lidia, Akie Isabel, Masae Angélica y Yukie Narcisa. Como era tradición, cuando los hijos varones alcanzaron edad para estudiar la secundaria, Kio volvió a Japón con ellos.

Años después, el protector de Eiran, el señor José Paz, falleció, y él decidió ayudar a su viuda, María Vicenta Mejía, y a sus dos huérfanos. Pronto se enamoraron y tuvieron dos hijos, Antonio y José Vicente, quien casi no conoció a su padre porque este murió cuando él apenas tenía cuatro años. Al terminar el colegio, José Vicente dejó Motupe para, igual que su padre, aventurarse en una ciudad lejana: la gran Lima.

Capítulo cuatro: El hijo periodista

José Vicente llegó a la capital a los 17 años y empezó como ayudante de contador. Luego trabajó en una imprenta y fue cajero, al tiempo que estudiaba periodismo por las noches en la Universidad Católica. Cada vez que podía, José Vicente viajaba a Chiclayo, donde fundó la revista Huerequeque , en 1954, entre otras publicaciones. Paralelamente se dedicó a su otra afición: la música.

Compuso la primera marinera de protesta en la historia, “Tinajones”, que reclamaba la necesidad de una represa para la agricultura, y que interpretaron Los Mochicas. Además, los reportajes del joven Nisizaka fueron muy influyentes en el norte y, con los años, se ganó el respeto del gremio, hasta ser nombrado presidente del Club de Periodistas del Perú, agregado de prensa de la Organización Mundial de Turismo para las Américas, entre otros importantes cargos.

El periodismo y las relaciones públicas lo llevaron a recorrer el mundo. Estuvo en Japón, la India, Estados Unidos, Alemania, Holanda, Italia, el Vaticano y varios países de América Latina, además de casi todo el Perú. Pero fue en Lima, la ciudad de sus primeras aventuras, donde este reportero que ahora bordea los ochenta años tuvo una de sus experiencias más emocionantes.

Capítulo cinco: Los Nishisaka de Japón

José Vicente Nisizaka en el cementerio de Kawamata, Fukushima, Japón, 1992.

Ocurrió en 1989, cuando los hermanos Nishisaka de Japón descubrieron, con ayuda de agencias de viaje y de la embajada japonesa en el Perú, que tenían un hermano de padre llamado José Vicente. Akie Isabel, Angélica Masae y Goyo Eishun decidieron viajar a Lima para encontrarse con él y con su madre, María Vicenta. En el aeropuerto, una pancarta con el apellido Nishisaka les dio el recibimiento.

Fue un momento incomparable que merecía repetirse. Tres años después, José Vicente devolvió la visita viajando a Japón. Así fue que conoció el cementerio de Kawamata, en Fukushima, que está al cuidado de la familia Nishisaka, y el templo budista de su abuelo Jakuei, que estuvo al cuidado de su hermano Juan Jakue.

Con casi 60 años, don José Vicente recorrió la tierra de sus ancestros, visitó a muchos familiares con su apellido (que significa “cuesta hacia el oeste”) y se hospedó en aquella casa-templo, situada sobre una colina, donde había crecido Eiran. Su hija Lucero, cronista de estas y otras de sus vivencias, acompaña sus aventuras por el pasado de una familia de raíces legendarias.

Capítulo seis: Antepasados Nishisaka

Protagonistas. Lucero Nisizaka Figueroa y su padre José Vicente Nisizaka Mejía.

José Vicente sabía que su abuelo tenía ancestros nobles, lo que no sabía era que se trataba de samuráis, guerreros del antiguo Japón.

Lucero habló con varios familiares, revisó viejas fotografías y estuvo también en Nagasaki, donde su apellido le da nombre a una colina en la que se crucificaron a muchos cristianos en el siglo XVI. Ahora, sobre la cumbre se ha erigido un monumento para recordar este sacrificio, convirtiéndolo en un lugar de peregrinación.

La espiritualidad del bisabuelo sacerdote Jakuei, el ánimo emprendedor del abuelo Eirán, el aprendizaje autodidacta de su padre José Vicente y hasta el corazón aventurero del tío Goyo (quien recorrió el Japón con su esposa a bordo de una motocicleta) influyeron mucho en Lucero, quien también vio reflejados en sus parientes el deseo por estrechar los lazos familiares entre los Nishisaka japoneses y los Nisizaka peruanos.

Capítulo siete: El reencuentro

Eirán, quien falleció hace 75 años, los espera en el camposanto de Motupe. Hasta allí llegaron José Vicente y su extensa familia. Con él viajaron Lucero y su esposo; su prima Julia (que vino de Huaral); su sobrina Flora con su sobrino nieto Arturo (llegados de Madre de Dios); y su hermano Goyo, con su hijo Yoshinori (y su esposa Kyoko), y su sobrino nieto Shousaku, desde Japón.

Le llevaron flores amarillas, como hiciera José Vicente la última vez que estuvo con su hija en su ciudad natal, y más parientes que saludaron por primera vez la morada de uno de los hijos ilustres de la cada vez más próspera ciudad de Motupe.

Ahora mismo, mientras descansa de los viajes que hace con su padre, Lucero debe estar anotando en su libreta los nombres, parentescos, ciudades de residencia y profesiones de los Nishisaka y Nisizaka con las nuevas anécdotas que seguirán añadiéndole páginas al infinito libro familiar.

Agosto de 2012, romería en Motupe.

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 69, y adaptado para Discover Nikkei.

© 2013 Asociación Peruano Japonesa; © Fotos: Archivo familiar de Lucero Nisizaka

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