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Historias que se van

Mitsuya Higa (de pie, a la izquierda), con sus padres y tres de sus hermanos.

“Si quieres saber algo de la familia, pregúntame. Aprovecha”, me dijo mi tío, el torero y periodista Mitsuya Higa (1932-2020), hace varios años. Lo hizo riéndose, consciente de que estaba en el último tramo de su vida, con la cabeza aún llena de recuerdos e historias de 60, 70 años atrás, y de que —siendo el mayor de todos— era el único de la familia que los poseía.

Me acordé de su invitación a bucear en la historia de la familia ahora que acaba de irse. Con él se ha ido la memoria familiar y, además, un habitante de una época que cada vez conocemos más por los libros que por testimonio directo: la preguerra.

Toda familia —o la mayoría— tiene un miembro al que el resto acude para consultar sobre el árbol genealógico o detalles sobre los parientes. En el caso de las familias nikkei, ausentes los issei, personas como Mitsuya —nisei nacidos antes de la guerra— son el principal nexo con el pasado y la historia de la inmigración japonesa al Perú.

La ventaja de tener a un testigo directo de una época es que te puede contar cosas que los libros no recogen. Por ejemplo, los textos de historia documentan ampliamente las deportaciones de casi 1.800 japoneses y sus descendientes en el Perú a Estados Unidos, pero no —al menos que yo sepa— cómo hacían algunos inmigrantes después de ser capturados para avisar a sus familias de su inminente deportación.

Los camiones que transportaban a los japoneses al puerto de Callao para ser embarcados con destino a EE. UU. pasaban por la tienda de los papás de Mitsuya, circunstancia que algunos aprovechaban para arrojar papelitos.

Mi tío, entonces un niño, recogía los papeles del suelo y se los entregaba a sus padres. ¿Qué contenían? Los datos de los deportados y sus esposas. Atrapados y camino al barco, sin posibilidad de avisar a sus familias, esperaban que mi tío los ayudara. Al horror de la expulsión del país, del despojo de todo lo que habían logrado construir en el Perú, se sumaba la angustia de no poder contactarse con sus seres queridos para despedirse.

Después de recibir los papelitos, los papás de Mitsuya se comunicaban con las esposas de los capturados para avisarles de su deportación.

Hubo otros que pudieron ir a EE. UU. con sus familias. Uno de ellos fue el tío de Mitsuya, hermano mayor de su papá. Fue deportado con su esposa e hijos, salvo la mayor, que ya estaba casada. Uno de sus hijos era un adolescente, muy unido a Mitsuya. Este primo lo convenció de viajar con ellos a EE. UU., la tierra de los cowboys que Mitsuya admiraba gracias a las películas de Hollywood. Para mi tío, la deportación era como una aventura al Viejo Oeste.

Los papás de Mitsuya le dieron permiso para viajar a EE. UU., pero el día de la partida, con su maleta y su ropa de viaje listos, su mamá reculó e impidió que se fuera. Lloró y opuso resistencia física. Finalmente, mi tío se quedó en el Perú y sin aventura.

Las películas de donde salían sus héroes de infancia provenían de una industria que también producía filmes bélicos en los cuales los japoneses eran los enemigos. Mi tío me solía contar cómo después de ver esas películas acaba detestándolos, pensando en lo malvados que eran. Más adelante, otros nisei me dijeron que habían sentido lo mismo. Ellos, como mi tío, eran menores aún. Ya de grandes fueron conscientes de cuán eficaz había sido la industria cinematográfica para predisponerlos contra el país de sus antepasados.

Mitsuya también contaba que cuando era niño caminaba por las calles en estado de alerta permanente, pegándose a las paredes, por miedo a la gente con la que se cruzaba y que de la nada le daba un golpe, una patada o un coscorrón por tener cara de japonés.

Las agresiones provenían incluso de “señoras respetables”. Mi tío nunca pudo olvidar a una clienta de la tienda de abarrotes que sus padres tenían en un distrito de clase media alta (antes del terremoto de 1940 que sacudió a Lima). La mujer le acarició la cabeza, en un gesto aparentemente cariñoso, pero antes de retirar la mano tiró con fuerza de su pelo. Sus papás no vieron el maltrato y él no les dijo nada. Para Mitsuya, esa señora blanca era racista.

La inmigración japonesa al Perú está llena de pequeñas historias como las que acabo de reseñar y que desaparecen cuando no se comparten, cuando sus protagonistas van muriendo y con ellos sus relatos, cuando solo nos enfocamos en la Historia (esa llena de fechas, nombres, listados de hechos, etc.).

Las pequeñas historias también son importantes porque nos permiten conocer mejor a las personas (las de carne y hueso, no las que son parte intercambiable de la masa o la estadística), su mundo interior, la esfera privada de comunidades como la peruano japonesa.

Por eso, cuando parten personas como mi tío Mitsuya, más allá de la pérdida familiar, siento que perdemos un pedazo de la memoria de nuestra comunidad. He podido rescatar algunas de sus historias, pero hay otras que me relató y que ya no recuerdo —o que él no me contó— y que se han perdido para siempre.

Mitsuya Higa, la memoria familiar (foto Enrique Higa)  

Si bien publicó muchos artículos en los que compartía sus historias, nunca escribió sus memorias. Recuerdo que varias le sugerí que escribiera un libro sobre su vida y que siempre me decía “ya”. Nunca lo hizo. Mi error —ahora me doy cuenta— fue no haber tomado la iniciativa para hacerle entrevistas extensas y grabarlas con el fin de transformarlas en un libro. Ahora solo quedan retazos, entrevistas desperdigadas, textos perdidos a lo largo de varias décadas que habrá que buscar.

Sería ideal que las familias nikkei recogieran las historias de sus Mitsuyas, los depositarios de la memoria familiar. Quizá algunos piensen que por pequeñas son intrascendentes, que las vivencias de una familia solo revisten interés para su círculo, pero yo creo que todas las historias, grandes o chicas, importan.

Detrás de la Historia y sus grandes protagonistas, hay personas anónimas que también han contribuido a construirla. Los cimientos de la comunidad nikkei fueron obra de miles de inmigrantes japoneses cuyos nombres no conocemos. Su silencioso trabajo —en haciendas, bazares, restaurantes, peluquerías, etc.— forjó el colectivo que hoy somos.

Ellos ya no están, pero sus hijos sí, y son el enlace a nuestros orígenes. Por eso, hay que escuchar sus historias, registrarlas y transmitirlas. Que no se pierdan, porque cada vez que uno de ellos se va —como Mitsuya—, desaparecen para siempre.

LUCHADOR DE PELÍCULA 

El primer torero de origen japonés.

Solo una vez vi torear a mi tío. No recuerdo cuántos años tenía él exactamente —creo que 68—, pero en todo caso estaba cerca de los 70. ¿Cómo un cuasi septuagenario se atrevía a salir al ruedo y enfrentarse a un toro? Era una temeridad, por decir lo menos.

Sin embargo, si algo le sobraba era determinación. Nadie pudo disuadirlo. Quizá también había cierta inconsciencia, no lo sé. Si tenía miedo, lo disimulaba muy bien (recuerdo haber leído un artículo que escribió hace varias décadas en el que decía algo asi como que el valor no consistía en no tener miedo, sino en tenerlo y sobreponerte a él).

Una vez fuimos al cine a ver El luchador, la historia de un luchador (Mickey Rourke) en el ocaso de su carrera, un hombre que se resiste a abandonar los cuadriláteros y no encuentra su lugar en el mundo fuera de ellos. Yo ya había visto la película. Me había gustado mucho, pensé en mi tío y supuse que también la disfrutaría, así que lo llevé a verla. Creo que no le gustó.

Creí que se sentiría reflejado en ese luchador que solo parece encontrarle sentido a su vida en un ring, que lo arriesga todo por seguir peleando, pero no fue así.

Quien sí le gustaba era la boxeadora que interpreta Hillary Swank en Million Dollar Baby. Le encantaba esa película y siempre he pensado que se veía reflejado en esa luchadora tenaz que vence el escepticismo y los prejuicios de su entrenador (Clint Eastwood) —que se negaba a entrenarla por ser mujer—, y que a punta de esfuerzo y una feroz convicción se abre paso en el mundo del box. Mitsuya, por su parte, tuvo que superar el escepticismo y los prejuicios de quienes no creían que un “japonés” pudiera ser torero.

Otra semejanza: cuando él viajó a España para convertirse en matador tenía 30 años (o casi). La boxeadora de la película de Clint Eastwood tenía más de 30 cuando comenzó a entrenar en el gimnasio de él. A pesar de ser “viejos”, ninguno se rindió. Luchadores indoblegables, ambos hicieron realidad sus sueños. Ella murió joven, pero mi tío felizmente vivió lo suficiente para contarlo.

 

© 2020 Enrique Higa

Familiy matador Mitsuya Higa