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Limeño de nacimiento, okinawense y cusqueño de corazón

Carlos Higa en Machu Picchu, su centro de trabajo desde hace siete años. Foto: archivo personal.

Sin Machu Picchu, probablemente mucha gente alrededor del mundo desconocería la existencia del Perú. Visitar la ciudadela inca es un acontecimiento extraordinario que moviliza a millones de personas de todos los rincones del planeta. Sin embargo, para Carlos Higa Machu Picchu es como su “oficina de trabajo”. Viajar a uno de los principales destinos turísticos del mundo es parte de su rutina desde hace siete años, cuando comenzó a trabajar como guía de turistas japoneses.

Para rastrear los orígenes de esta historia, hay que remontarse a principios de los años 2000, cuando Carlos era un dekasegi veinteañero que llevaba aproximadamente una década trabajando en Japón y había llegado a un punto de su vida en el que tenía que perfilar su futuro. Ante él se abrían dos caminos: echar raíces en Japón o volver al Perú.

No resolvió su dilema, pero tomó una decisión: estudiar japonés. Cualquiera que fuera la ruta a tomar, el idioma le resultaría útil. Si se quedaba en Japón, dominar el nihongo le permitiría conseguir mejores empleos y abandonar definitivamente el trabajo en fábrica. Si retornaba al Perú, podría ser profesor de japonés o guía turístico. Si las cosas no funcionaban en el Perú, siempre quedaba la opción de volver a Japón. En cualquier caso, aprender japonés no tenía pierde.

Había otra razón para estudiarlo: independizarse, ser capaz de valerse por sí mismo en Japón, no depender de un traductor para hacer trámites, ir al médico, etc. Que lo necesites cuando recién llegas a Japón, okey; pero después de diez años, “ya mucho”, dice.

Una vez adoptada la decisión de estudiar nihongo, tomó otra que cambió su vida: mudarse a Okinawa. ¿Por qué Okinawa? Porque quería estar en un lugar en el que no hubiera muchos peruanos. Vivía en la prefectura de Kanagawa, en un entorno peruano que hacía casi innecesario el uso del japonés. Si quería aprender nihongo en serio, no a medias, tenía que sumergirse en el idioma, estudiarlo y practicarlo a todas horas. En lo posible, tenía que prescindir del español.

Además, Okinawa, con la calidez de sus habitantes y su clima, con sus playas de cine, con su apacible estilo de vida, era un poderoso imán.

 

OKINAWA: EL LLAMADO DE LA SANGRE... Y EL SOL

Carlos vivió tres años en Okinawa. Escribir que fueron de ensueño podría parecer exagerado, pero la emoción con que los recuerda, y que delatan sus palabras, su entonación, sus suspiros, dice que no, que no hay exageración.

En Okinawa aprendió un montón de japonés. La inmersión en el idioma fue total. En la escuela, en los trabajos a tiempo parcial que realizaba para costearse sus estudios, en las salidas con amigos, etc.

Compartía clases, apato y farras con otros extranjeros (de Estados Unidos, Polonia, Suiza, Australia, etc.) que también se habían instalado en Okinawa para estudiar y con los que sí o sí tenía que hablar nihongo. Incluso cuando interactuaba con otros estudiantes peruanos trataba de no utilizar el español para practicar su japonés.

Paradójicamente, su lengua materna le sirvió temporalmente como medio de sustento cuando durante un breve periodo trabajó como profesor de español en un colegio japonés.

Sus tres años en Okinawa no fueron consecutivos. Al final del segundo, decidió volver a Kanagawa para hacer dinero y ahorrar. Nunca le costó tanto despegarse de un lugar como de Okinawa. Creyendo que ya no volvería a la tierra de sus abuelos, el llanto pudo con él, algo que jamás le había ocurrido al despedirse de un sitio. Sin embargo, tiempo después se fabricó una nueva oportunidad para volver a Okinawa, donde vivió otro año idílico.

“Okinawa es muy diferente del resto de Japón. La gente es más relajada, no es tanto trabajo, trabajo, trabajo”, dice. Los okinawenses son más abiertos y agarran confianza rápido (“Vente a mi casa, vamos a tomar”).

No se trata solo de las personas, claro. “Me encanta el clima, me gusta el verano, el sol. Está el mar, está la música, está el relajo”.

La gente, el paisaje, el clima y el ambiente generaron un sentido de pertenencia que no sintió en el resto de Japón. “Me llegué a sentir okinawense. En Japón me trataban como un extranjero, en Okinawa te tratan como si fueras okinawense”.

Hoy, a más de una década de esa etapa de su vida, dice que de vez en cuando escucha música okinawense. La nostalgia lo noquea.

CUSCO: DE LA AVENTURA AL HOGAR

Después de unos 15 años en Japón, Carlos volvió al Perú para establecerse. Enseñó japonés durante un tiempo en un colegio nikkei, retornó por unos meses a Japón para una beca de JICA y de vuelta en Lima comenzó a trabajar en turismo.

Con su esposa y su hija. Foto: archivo personal.

Lima, la ciudad donde nació y pasó los primeros 17 años de su vida antes de emigrar a Japón, sería solo una parada para él. Inquieto, en busca de nuevos caminos, decidió probar suerte en Cusco. Ahí se quedó. Llegó casi como un aventurero y hoy tiene una vida hecha, con su esposa cusqueña Sdenca, y su hija, también cusqueña, Nae.

Cusco lo conquistó de arranque. “Las calles empredradas, las construcciones antiguas, el sol, las nubes tan cerquita, la historia, las casas coloniales”, enumera las cosas que lo atraen. Machu Picchu, obviamente, en primer lugar.

Sin embargo, admite que después de visitarlo cientos de veces como parte de su trabajo, ya no puede ver a Machu Picchu con el mismo embeleso de los comienzos. Es inevitable que el tiempo y la asiduidad erosionen parte de su encanto.

Por suerte, a veces la magia vuelve: el clima está nublado y Machu Picchu oculto, cuando de pronto las nubes se abren para que la ciudadela inca aparezca en todo su esplendor. El telón se levanta para que comience la función.

En ocasiones así, recupera la mirada hechizada del turista que fue cuando visitó Cusco por primera vez. Y si bien la costumbre ha convertido a Machu Picchu en su centro de trabajo —lo que sería una oficina para otros—, se da cuenta de que no trabaja en cualquier lugar, sino en una de las siete maravillas del mundo.

Con turistas japoneses. Foto: archivo personal.

El nihongo no fue lo único que Carlos aprendió en Japón. La disciplina, la puntualidad y la cultura de atención al cliente también lo han ayudado mucho en su trabajo como guía de turistas japoneses. Puede estar cansado o fastidiado, pero todo el malestar desaparece cuando tiene que trabajar. Eso lo aprendió en Japón. Puede andar de malas, pero llega al aeropuerto, aparecen los turistas a quienes va a guiar en Machu Picchu y le cambia el chip. Muestra su mejor cara. “Quiero que ellos se sientan cómodos conmigo”, dice.

Carlos cuenta que los turistas japoneses tienen muy buena fama en Cusco porque son tranquilos, respetuosos y siempre obedecen las indicaciones. Son limpios y puntuales. Si los citas a las 8 a. m., cinco o diez minutos antes ya están. No como los latinoamericanos, que pueden llegar veinte minutos tarde.

Eso sí, los latinoamericanos son más divertidos. Carlos no trabaja con ellos, pero cuando coinciden en el tren o camino a Machu Picchu la pasa superbién. “Al toque agarran confianza, te ríes, te hablan de su país, te preguntan de Lima, siempre hay tema de conversación”.

Entre latinoamericanos, el fútbol es apasionante materia de conversación. Hasta le hablan de Odebrecht, la empresa brasileña tristemente célebre en la región por millonarios casos de corrupción. En fin, siempre hay de qué charlar. Los japoneses, en cambio, mantienen cierta distancia y es difícil que se abran como los latinoamericanos.

Un caso particular son los okinawenses. Una vez, un amigo guía que estaba trabajando con turistas de Okinawa le contó, sorprendido, que los había citado a las 8 y que estos habían aparecido a las 8:05. “Qué raro, los japoneses no son así”, pensó. No le entraba en la cabeza que un japonés pudiera ser impuntual. Carlos tuvo que explicarle que los okinawenses son especiales.

 

© 2019 Enrique Higa

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