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Japón, ya no tan cerca

Tokio, Japón (Foto Benjamin Wong)

Me alegré cuando supe que Chile había goleado 4-0 a Japón en la última Copa América. Ojalá que Uruguay y Ecuador, sus próximos rivales, también le ganen, pensé. Que Japón se vaya de Sudamérica con cero puntos. Me indignaba que los japoneses minimizaran la Copa América haciendo jugar a un equipo de suplentes, como si no valiera la pena llevar a sus mejores futbolistas. Claro, Sudamérica no justificaba el esfuerzo. Japón jamás mandaría a un equipo B a una Eurocopa.

A muchos los partidos de fútbol entre selecciones nos ayudan a situarnos en temas de identidad, de proximidad o lejanía con determinado país. Que quisiera que golearan a Japón, ¿significaba que me sentía más sudamericano que nikkei? No lo sé, pero me hizo pensar en cómo cambia tu percepción de Japón cuando has sido dekasegi.

En Japón ser nikkei no tiene relevancia y en su reemplazo aparece un término que antes no existía en tu vocabulario: latino. No eres solo peruano, sino también latino, un rótulo que abarca a los brasileños, argentinos, paraguayos, dominicanos, bolivianos, etc., que trabajan allá.

¿Qué era Japón para los nikkei antes de ser dekasegi? Creo que la mirada de un nisei difería de la de un sansei. Para el primero, imagino que era el país forjado por la nostalgia y los recuerdos de sus padres japoneses, mientras que para el segundo era, grosso modo, el país del que provenían las costumbres en casa, cierta manera de comportarse y ver el mundo, un lugar donde todo funcionaba a la perfección y una especie de edén de la tecnología.

En ambos casos, un Japón idealizado, más imaginario que real. Cuando conoces Japón descubres que ese país que muchos nikkei poníamos en un pedestal, si bien tiene cosas admirables, también tiene cosas feas. El problema, sin embargo, no era tanto de Japón (¿qué país no tiene cosas feas?) como de quienes lo habíamos mitificado.

Recuerdo que una de las cosas absurdas que pensaba era que en Japón no existían las ofertas. ¿Cómo puede haber rebajas en un país donde todos tienen plata y consumen productos y servicios sin preocuparse por el precio?, decía ingenuamente.

Después de la experiencia dekasegi, ya fuera de Japón, ¿cómo se mira al país de los ancestros? Me parece que en muchos hay gratitud porque Japón les dio la oportunidad de trabajar, de construir una nueva vida, de reinventarse.

Sin embargo, también noto cierto resentimiento hacia un país que los trató como extranjeros, como si los orígenes japoneses no tuvieran valor (salvo en Okinawa).

En líneas generales, creo que hay una especie de desapego, una distancia afectiva, incluso entre quienes se sienten agradecidos, pues lo que hubo, a fin de cuentas, fue una mera transacción: uno trabajó, el otro pagó. Digamos: “Gracias, Japón, por la oportunidad que me diste de trabajar, pero cada yen que me pagaste me lo gané trabajando”. Nadie regaló nada. Y está bien, Japón no tiene por qué ser una beneficencia.

Me pregunto si siento afecto por Japón. No creo. Sí sé que resentimiento o animadversión no tengo. Siempre me trataron bien allá, fueron correctos y amables conmigo. En todo caso, si algún reproche tuviera que hacer sería a mí mismo por no intentar integrarme a su sociedad o aprender su idioma.

Ser tratado como extranjero no me afectó porque nunca me sentí japonés. Lo que sí me pasó —y creo que nos pasó a todos los nikkei peruanos— es que el hecho de ser descendiente de japoneses, que era muy importante para mí antes de viajar a Japón, dejó de serlo allá. Más importante era ser un peruano, a secas, o un latino.

DE NIHON A SIMPLEMENTE JAPÓN

Ahora que recuerdo, hinché por Japón cuando jugó contra Bélgica en el Mundial de Rusia y me apenó que perdiera. Eso significa algo, ¿no? También recuerdo que un amigo nikkei, que nunca ha estado en Japón, alentó a los japoneses, y que mi hermano, que vivió durante 14 o 15 años en Japón, hinchó por Bélgica.

La diferencia, creo, se explica por lo dicho antes: el primero tiene en la mente un Japón de fábula y el segundo recuerda el Japón real.

Reducir a una palabra lo que sentimos por un país puede resultar injusto, porque borra los matices, obvia la complejidad. Sin embargo, si mi hermano tuviera que expresar en una palabra lo que se siente por Japón la más precisa sería indiferencia.

Esa indiferencia es la respuesta a la frialdad que sintió en Japón. No lo maltrataron, pero fue como si lo metieran en una congeladora. Y eso puede ser peor que el maltrato, porque la frialdad equivale a decir no me importas, no me interesas, casi como si no existieras.

Ahora bien, si le hablas de Okinawa es como si le mencionaras la felicidad, porque allí lo hicieron sentir como un okinawense más. Él establece una diferencia tajante entre Okinawa y el resto de Japón. Es más, si hubiera una selección de fútbol de Okinawa y jugara contra la de Perú no me sorprendería que hinchara por la primera.

La experiencia fue más dura para un amigo que trabajó menos de dos años en Japón; no mucho tiempo, pero suficiente para desengañarse. “Japón me defraudó en todos los sentidos. Yo pensé que mi condición de nikkei me iba a ayudar en algo en el proceso de adaptación, pero me estrellé con un muro. Me trataban igual que a cualquier extranjero”, dice.

Mi amigo no coincide con aquellos que subrayan que Japón ofreció a los nikkei la oportunidad de ganar plata. “El dinero se lo ha ganado cada uno con el sudor de su frente, con su sacrificio, con su tristeza y el dolor de haber dejado hijos, mujer, marido”, apunta.

Ahora me doy cuenta de que el cambio en la manera en que muchos exdekasegi (¿la mayoría?) percibimos a Japón también se manifiesta en el lenguaje. Cuando éramos niños y adolescentes, Japón era Nihon. Nunca decíamos Japón. Nuestros padres, tíos y primos también decían Nihon.

Después de haber vivido en Japón, ya no decimos Nihon. Japón es simplemente Japón, como le dice todo el mundo. Se ha perdido la carga afectiva que desprendía el nombre original. De la familiaridad hemos pasado a una especie de neutralidad.

Antes del fenómeno dekasegi, en los hogares nikkei, si bien no se hablaba el idioma japonés, se utilizaban palabras de uso cotidiano (gohan, por ejemplo) y se practicaban muchas costumbres japonesas. Era casi como tener un pedazo de Japón en tu casa. Sin embargo, en Japón era a la inversa. Japón estaba afuera, en la calle, en el trabajo, pero entre las cuatro paredes de tu vivienda había un pequeño Perú: la comida, la lengua, las costumbres, la música. Todo al revés.

Recuerdo también que en Japón incorporamos a nuestro vocabulario una palabra que jamás habíamos utilizado antes: ponja, un término de raigambre popular en el Perú para referirse al japonés. Creo que era una manera de establecer una línea divisoria: nosotros, los latinos; ellos, los ponjas.

Ahora bien, creo que más allá de los sentimientos con respecto a Japón, positivos o no, en algo coincidimos aquellos que nos fuimos muy jóvenes, en muchos casos antes de llegar a la veintena: sin la tutela económica y emocional de tus padres, Japón te enseña a sobrevivir, a salir adelante por ti mismo, a lidiar con el mundo real. Y a ser puntual y botar la basura donde corresponde, jamás en la calle. En ese aspecto, Japón fue una gran escuela de vida.

En fin, el asunto es complejo. Yo, al menos, tengo pocas certezas. Sé que indiferencia no es la palabra que definiría cómo me siento con respecto a Japón (si me resultara indiferente ni siquiera escribiría esto); tampoco animadversión, como dije. Sin embargo, también sé que un término como cariño no calzaría. Creo que si Japón fuera un pariente, definitivamente no sería un hermano o padre. Quizá sería ese primo con el que jugabas de niño y al que ahora solo ves en velorios o matrimonios.

 

© 2019 Enrique Higa Sakuda

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