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Reencuentro con mis raices

Es difícil para mí contar esto, no sé si esta escena se repetía en todos los hogares okinawenses, mi papá hablaba nihongo y también uchinaguchi (dialecto de Okinawa), mi mamá solo entendía algo, no pudo estudiar al quedar sin mamá de muy pequeña y sin papá años después. Para ella era un lujo el estudiar, además de que tenía hermanos menores. En casa nosotros escuchábamos hablar uchinaguchi a mi papá con mi obá o con mis tías, solo sabíamos unas pocas palabras; pero, al usarlas, mi mamá nos decía que no deberíamos decirlas en otros lugares o cuidáramos con quienes las usábamos.

De niño no lo comprendía, al ir creciendo entendí que nosotros proveníamos de Okinawa y había otros que venían de la isla grande, por así decirlo, que el uchinaguchi solo se hablaba en Okinawa y que había personas que se burlaban de esa forma de hablar y que incluso se referían a ellos como provincianos y ellos de la ciudad. Pero, también me di cuenta de que eso de lo que nos quería proteger mi mamá, ocurría con solo algunos, como en todo había toda clase de personas, porque conocí personas que me trataron de igual, nunca tuve problemas, pero sí escuchaba historias de discriminación.

Parece que en forma inconsciente fui bloqueando todo lo que eran mis orígenes, además que cuando estaba con otros nikkei, al no saber de donde provenían, siempre me cuidaba en decir las cosas. Dentro de la familia seguía todas las costumbres, tradiciones. En casa, mi papá era aficionado a la música Enka, recuerdo que al principio muy pocos tenían estos reproductores de video y unos tíos nuestros se lo habían traído de Japón con una colección de videos okinawenses con música, bailes y muchos programas que incluía los de naichi.

A veces mi papá era invitado, de tal forma que se quedaba hasta muy tarde trasnochando y haciendo trasnochar a los dueños de casa. Con el tiempo empezaron a vender estos equipos aquí, así que mi papá también se lo compró. Me acuerdo que tenía una colección de cintas en sistema beta, que con el tiempo se iban malogrando y veías solo rayas; pero, igual mi papá las usaba, comprándose algunas o intercambiando con algún familiar. Era extraño para mí ver a mi papá, que era una persona muy seria, al parecer muy dura, recta, severa; pero, al escuchar una canción Enka, se emocionaba hasta las lágrimas o sonreía por alguna ocurrencia en esos programas. Muchos me decían que les daba miedo mi papá por su seriedad. Pero, cuando lo conocían, se daban cuenta de que no era muy serio, sí un poco callado, pero podía reír hasta soltar carcajadas con las ocurrencias de otras personas, le gustaba escuchar, pero era de pocas palabras.

Mi papá, por gustarle la música enka, asistía a veces con mi mamá a los Koohaku Uta Gassen, versión que se hacía en Lima con los cantantes nikkei muy conocidos por nosotros: Yochan Azama (quien es empresario y participa como invitado en cualquier actividad nikkei), Beto Shiroma (reside en Okinawa, desarrollando su carrera como cantante), Augusto Tamashiro (fallecido hace muy poco en Japón), Charo Unten (se presentó en el Oishii Perú 2017, realizado en Tokio), José Onaga (actualmente tiene un grupo de Taiko en Lima), Lucy Nagamine ( muy conocida en Okinawa) y muchos artistas más.

Al casarme me fui a vivir a la casa de mis suegros, ellos son de la chacra, de la ex - Hacienda San Agustín, en el Callao. Ellos tenían una cultura más arraigada a lo okinawense, mi suegro tocaba sanshin que es un instrumento musical okinawense de tres cuerdas (hasta que sufrió de un derrame cerebral). Me cuentan que antes, con varios vecinos y familiares, se reunían para cantar y tocar instrumentos. Las mujeres bailaban “kachashi” (danza okinawense con música ejecutada por sanshin y taiko) en ocasiones especiales.

Baile okinawense.

La vida allí era muy especial, si bien es cierto que cada casa estaba alejada de la otra porque todo era tierra de cultivo, los vecinos se trataban como familia. Había mucha unión y camaradería, había una mayoría nikkei. Antes, había tal cooperación que se ayudaban mutuamente cuando se cosechaba, se sembraba o cuando se mataba chancho. Eso era integración, por eso había muchas celebraciones, donde se reunían y se lucía la vena artística de todos. Se celebraba el “Día de la Familia”, donde se combinaba el folklore peruano con el japonés, incluso venían cantantes nikkei, conocidos por la colectividad. Nuestra vida transcurría así.

Mi hija Mayumi Melissa Oshiro

Pero, al parecer, mi hija también bloqueaba todo lo “nikkei” porque estudiaba en un colegio donde no había descendientes de japoneses, no le gustaba ni la comida japonesa. Rechazaba quizás en forma inconsciente lo que yo le había transmitido, no mostrando interés en ello.

Una vez, unos vecinos nos dijeron que sería bueno que ella se relacionase con otros nikkei y que había una convocatoria de Ryukyukoku Matsuri Daiko - filial Perú para aprender “Eisa”, que es una danza folklórica, y a tocar el “Taiko”. Yo me preguntaba ¿qué era eso?, me explicaron que el Taiko era una especie de tambor y que se tocaba y se danzaba. Su origen era okinawense, de modo que mi hija se inscribió con dos vecinos más, quienes la habían animado; pero, creo que no muy convencida de ello empezó a asistir.

Tenía 16 años, empezó como principiante, pero; poco a poco se fue enamorando de esa danza. Se empezó a interesar en el idioma, música, hasta en la comida. Entonces todo lo sentía delicioso, se integró tanto al grupo que también empezó a mejorar cada día: Realizaba presentaciones con el grupo y eso la emocionaba y procuraba practicar más. Era algo que le gustaba, se esforzaba. Muchas veces yo tenía que recogerla de sus ensayos, que eran hasta muy tarde por la noche en el club AELU. Por eso yo también renegaba, pero solo decía: “todo por los hijos”. Lo llegué a comprender cuando por primera vez vi a mi hija en una presentación.

Era un tremendo tambor y ella es delgadita, no sé cómo hacía para cargarlo, moverse, tocar, cargar y danzar todo a la vez, y con una sonrisa angelical en todo momento. Se le veía muy bella, irradiaba energía, dulzura, gracia. Los chicos, cuando llegan a compenetrarse, se interesan por lo que cantan y bailan, por los orígenes, por la historia, por lo triste de la guerra y el papel de Okinawa, ella me hizo entender que yo también me había estado negando durante mucho tiempo.

Siempre con una sonrisa al bailar.

Pero, me interesaban mucho las costumbres, mis raíces, estaba completamente decidido a seguir con el “butsudan” de la familia, me gustaba la comida, los “sata andagui” que me recuerdan a mi madre. Cuando era joven, mientras a mis padres les gustaba los artistas Yashiro Aki, Ituski Hiroshi, Hosokawa Takashi, a mi Matsuda Seiko, Tahara Toshihiko, Machi, Naoko.

Hora me llama mucho la atención que en la nueva generación que tenemos, los chicos se preocupan mucho por lo relacionado con sus raíces, al igual que mi hija que cultiva el eisa, mi sobrina Andrea Sayuri también toca el sanshin, veo chicos interesados por las becas de estudio en Okinawa. Aunque algunos solo piensan que van a pasear, regresan con otra mentalidad, dicen que Okinawa es mágico y los cambia, vienen amando la cultura, la música, las danzas, a su gente.

Andrea Sayuri tocando sanshin, aprovechando una beca en Okinawa.

Por eso, estoy ahora tratando de recordar todas las cosas vividas con mis padres, tíos, abuelos; lástima que ya no están. Hace poco, un amigo me decía que admiraba mi amor hacia lo nikkei y lo okinawense. La verdad es que se me caía la cara de vergüenza, felizmente que estábamos en el chat. Tanto tiempo negándome a todo, por eso estoy ahora buscando por todos lados, escuchando a todo aquel que tiene algo que compartir, una “yuta” (espiritista o médium) me dijo una vez que yo andaba en una búsqueda desesperada de algo, busco pero no encuentro, que incluso yo no sabía qué es lo que buscaba. Ahora lo entiendo y por eso me tienen escribiendo todas mis experiencias y recuerdos, para hacer un reconocimiento a todas las personas que llenaron mi vida, revalorizar todo y reencontrarme con mis raíces.

 

© 2017 Roberto Oshiro Teruya

eisa family identity okinawa peru ryukyu matsuri daiko Uchināguchi