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Recuerdos de un matador

El mar siempre ha sido importante en la vida de Mitsuya Higa. Desde chico, cuando iba al distrito de La Punta, en el Callao, a nadar o ver el océano. A sus 83 años ya no nada, pero va con regularidad a La Punta a llenarse de paz porque, dice, ver el mar lo inunda de paz.

Cuando vivía en Madrid, adonde viajó en la década de 1960 para cumplir su sueño de convertirse en torero, extrañaba el mar. “Necesitaba mi ración de mar, ver un montón de agua junta”, dice.

Cuando lo voy a visitar, siempre le pregunto: “Tío, ¿vamos a La Punta?”. “Vamos”, responde. Casi siempre hablamos del pasado. De sus recuerdos, sobre todo de su infancia en el Callao y su vida en España.

Es imposible disociar su infancia de la Segunda Guerra Mundial. Tenía siete años cuando empezó. Los japoneses y sus descendientes eran blanco de actos hostiles. Ser niño no lo ponía a salvo. Mitsuya caminaba por las calles siempre alerta, con el radar a tope para no cruzarse con abusivos.

“Como los perros callejeros, caminaba por la pared, siempre estaba así (mirando con miedo y desconfianza hacia todos lados), porque iba caminando y ¡poc!, sentía un cocacho, una patada, alguien te pegaba, o te jalaban el pelo; señoras, ah, que tú ni conocías. Por eso digo que siempre tenía que caminar en guardia como los perros callejeros que están buscando por dónde caminar”.

Ni siquiera encontraba amparo en la oscuridad de las salas de cine. Una vez, un grupo de chicos que estaba dos o tres filas detrás de su asiento orinó sobre él.

Las películas influyeron mucho en su niñez y adolescencia. Películas de guerra de Hollywood, donde los japoneses eran los villanos. Películas que lo hacían aborrecer a los japoneses.

“Fíjate, yo siempre digo, cómo es la alienación. Yo mismo miraba las películas y decía ‘japoneses conchesumadres’. No quería ser japonés”.

Pese a todos los ataques que sufrió, no guarda rencor porque entiende que la gente actuaba influida por el clima de la época, la campaña antijaponesa de la prensa y la maquinaria hollywoodense. Mitsuya dice que si a él, siendo nikkei, las películas lo hacían odiar a los japoneses, con mayor razón a quienes no lo eran.


ESPAÑA, UN SUEÑO POR CUMPLIR

Archivo personal de Mitsuya Higa

Era un niño cuando descubrió la pasión de su vida: la tauromaquia. Entre los clientes de la lechería de sus padres había un grupo de trabajadores del muelle aficionados a los toros. Mitsuya prestaba oídos a las discusiones de estos hombres sobre el toreo. No entendía nada, pero quizá el ímpetu que ponían en sus palabras lo atraía.

Los trabajadores intercambiaban revistas extranjeras sobre toros que dejaban en manos de Mitsuya para que las guardara. Esas publicaciones eran para él como los cómics de superhéroes para los niños. Se sumergía en ellas como en un mar que en el fondo esconde un tesoro. Había nacido un futuro matador.

Si su viaje en barco a España en 1962 fue el más importante de su vida, el segundo es el que hizo a caballo durante tres horas entre el Callao y la Plaza de toros de Acho, donde vio por primera vez una corrida de toros.

Fue un viaje planeado por un vecino y cliente del negocio de sus padres. Era novillero. Enterado de que al pequeño Mitsuya le gustaban los toros, le preguntó si quería ver una corrida. El hombre tenía un caballo y Mitsuya recuerda que un día salieron del barrio a las 8 de la mañana. Sus padres no sabían nada.

Ya en Acho, el novillero le pidió a un acomodador que cuidara al “chinito” mientras iba a faenar. Terminó la corrida y retornaron al barrio a caballo. Otras tres horas de viaje. Mitsuya llegó a su casa a las nueve de la noche. “Mis papás me estaban esperando y me sacaron la mierda. Yo no avisé nada, sino no me daban permiso”.

A su mamá le preocupaba su inclinación por los toros, así que decidió actuar deshaciéndose de las revistas taurinas. Mitsuya contraatacó.

“Una vez mi mamá vendió las revistas a esos tipos que compran revistas y periódicos viejos. Yo no dije nada, pero me fui a una calle donde vendían publicaciones viejas. Ahí estaban todas mis revistas. Como yo ayudaba en la lechería, ‘cajoneé1’ y volví a comprarlas. Cuando se enteró, mi mamá no dijo nada, pero una noche, regresando a mi casa, vi una pira en la calle: mi mamá estaba quemando todas mis revistas. Nunca nos dijimos nada, siempre calladitos los dos”.

Cuando me contó este episodio hace varios años me llamó la atención la batalla sorda entre su mamá y él, esa manera de decirse todo sin gritos, sin reproches, sin cruzar ni una sola palabra. Hasta hoy me sorprende. ¿Así eran las familias japonesas de antes? ¿Las palabras sobraban porque todo se decía con hechos?

Pese a la oposición de su mamá, Mitsuya no capituló. Una película reafirmó su pasión por los toros: Sangre y arena, en la que Tyrone Power interpretaba a un torero. En realidad, hizo algo más: tras verla decidió que sería torero.

Cuando terminó el colegio se puso a estudiar periodismo para contentar a su madre. Llegó a ejercerlo, pero como estaba decidido a ser torero lo dejó para lanzarse literalmente al ruedo. Como periodista tenía su vida encarrilada, pero no podía quedarse con la espina clavada y se matriculó en la escuela de un torero español.

La primera vez que Mitsuya toreó fue posible gracias a un amigo nisei que con el dinero de un tanomoshi organizó una corrida que tuvo hasta geishas. Puro marketing para promocionar al primer torero de origen japonés de la historia.

Archivo personal de Mitsuya Higa

Aunque ya toreaba, Mitsuya sentía que no había cumplido su sueño. Pensaba que nunca sería un torero con mayúsculas si no se forjaba una carrera en España, así que en 1962 abandonó todo para viajar a un país en el que no conocía a nadie.

Se llevó consigo varias cartas de contacto o recomendación. Ninguna funcionó, excepto una, de la que nada esperaba, escrita por una madre colombiana que catequizaba japoneses. Gracias a ella conoció a Manuel Mejías, un extorero conocido como el Papa Negro, que fue su mentor hasta su muerte en 1964.

A Mitsuya le negaban oportunidades para torear porque nadie creía que un “japonés” pudiera ser torero, hasta que la influencia del Papa Negro hizo posible que debutara en Málaga el 12 de julio de 1964. No sé si mi tío aún recuerde cuánto tuvo que esperar para torear, pero hace varios años me dijo con precisión que fueron “dos años, dos meses y 21 días después de mi llegada a España”.

Fue un día para la historia. “Debuté bien, corté una oreja y las mujeres me arrojaron claveles y los hombres puros, según costumbres de la época. La gente se acercaba a felicitarme y me daba abanicos para que se los firmase”.

Sin embargo, hubo otra fecha más importante aún: el 28 de agosto de 1970. Ese día se hizo matador en Alicante, coronando ocho años de luchas y sacrificios. Cortó cuatro orejas. Con él torearon Palomo Linares y Julián García. Mi tío siempre dice que ese día es más importante que el de su cumpleaños.

Antes de tomar la alternativa fue a ver el mar. Necesitaba reencontrarse con su viejo compañero de infancia para que lo sosegara antes de llegar a la cumbre con la que había soñado casi toda su vida. Nunca se lo he preguntado, pero imagino que mientras miraba el mar pensaba en El viejo y el mar, su novela favorita. Me ha hablado un montón de veces de ella. Lo hace con tanta pasión, que te hace sentir no que la ha leído, sino que la ha vivido, como si fuera el pescador, el viejo Santiago, y no un mero lector. Leer El viejo y el mar te puede ayudar a entender el insondable carácter de Mitsuya.

Solo una vez lo vi torear. Fue en Lima y él tenía casi 70 años. Parecía una locura que alguien de su edad se enfrentara a un toro, pero abandonar una vida estable para viajar a España casi a los 30 años, sin conocer a nadie, para hacerse matador, también parecía una locura. Así se hacen realidad los sueños.

No recuerdo si yo también llegué a pensar que mi tío estaba un poco loco. Ya era un anciano y estaba tan decidido que no parecía consciente del peligro que correría. ¿Hay que estar un poco loco para no tener miedo delante de un toro? La respuesta la encontré varios años después en un artículo que Mitsuya había escrito en 1981 para una revista llamada Puente.

En realidad, la pregunta estaba mal planteada. Mi tío decía que él, como todo torero, tenía miedo. El asunto de fondo no es ese. Así lo explicaba:

“Para los toreros, valor es: sentir miedo y saber dominar ese miedo, por lo cual se puede expresar la paradoja de que el que no tiene miedo no tiene valor. Y mientras más miedo se tiene, más valiente se es, porque es mayor el miedo que tiene que vencer”.


EL CINE, SU SALVACIÓN

Archivo personal de Mitsuya Higa

Mi tío me ha hablado mucho sobre su vida en España. La verdad, como a mí no me gustan los toros, me cuesta prestarle atención cuando se refiere a ellos, pero soy todo oídos cuando me cuenta sobre su trabajo de extra en varias películas.

Sin la protección del Papa Negro, Mitsuya tuvo que luchar por sobrevivir. Mi tío tenía un grupo de amigos peruanos que estudiaban en España y dependían de las remesas de sus padres. Como ni sus amigos ni él tenían dinero, a veces comían una sola vez al día. Este era su método: aguantaban el hambre hasta pasada la hora del almuerzo para comer casi al filo del ocaso y tener el estómago lleno para lo que restaba del día. Vivía en una pensión y llegó a atrasarse casi un año en el pago.

El cine fue su salvavidas. Gracias a sus trabajos de extra pudo salir adelante. Para ser más preciso, lo que salvó a mi tío fueron sus ojos rasgados. En aquella época había pocas personas de facciones asiáticas en España, motivo por el cual si un filme necesitaba a extras que representaran, por ejemplo, a soldados vietnamitas, ahí estaba él.

En ese entonces se rodaban muchas películas hollywoodenses en España. Mitsuya debutó como extra en 55 días en Pekín, filme dirigido por Nicholas Ray y protagonizado por Charlton Heston y Ava Gardner.

Digo que me llama mucho la atención su faceta de actor o extra por sus anécdotas con las estrellas de cine. Una de las películas en las que trabajó fue Érase una vez en el oeste, dirigida por Sergio Leone y con un elenco integrado por Henry Fonda, Claudia Cardinale y Charles Bronson.

¿Qué papel hizo? Interpretó a un obrero chino que trabajaba en una obra ferroviaria. Cuando hace varios años vi el filme pensé con extrañeza que uno de esos trabajadores “chinos” era mi tío.

De Henry Fonda solo recuerda que apenas se dejaba ver porque se recluía en su “búnker”. De Claudia Cardinale tiene un gran recuerdo por su bonhomía. Su encuentro con ella me lo ha contado varias veces, así que me lo sé de memoria, pero mejor es reproducir sus propias palabras, que grabé hace varios años:

“Claudia era buena gente, simpatiquísima, no tenía ninguna pose de diva. Almería, donde se filmó la película, es una zona desértica, un terreno eriazo donde no crece nada. Ahí se ‘hicieron’ pueblos del (Viejo) Oeste y solo los actores principales tenían coche camerinos o cabañas. Como hacía mucho calor y los extras no sabíamos dónde meternos, nos fuimos a la cabaña de Claudia Cardinale. Ella nos recibió muy bien, nos preparó refrescos y trataba de conversarnos; era una mujer muy simpática, muy agradable”.

Su anécdota con Charles Bronson es aún mejor:

“Él estaba boleando solo, con su guante y su pelota de béisbol. Como yo sabía jugar, por señas le pregunté si podía jugar con él. Entonces entró a su coche camerino, sacó otro guante, me lo dio y nos pusimos a bolear”.  

Ah, pero hay otra que la supera: su encuentro con Orson Welles en la Plaza de Toros de Vistalegre en Madrid. Se lo presentó el extorero Pepe Dominguín. Mitsuya le dijo al mítico cineasta:

–Maestro, usted debe hacer una película sobre toros.

–Tú la escribes y yo la hago –le contestó Welles, sonriendo y en español.

Yo, la verdad, al principio creía que mi tío faroleaba un poco, pero una foto lo avala: un joven Mitsuya sonríe mientras Orson Welles posa una mano sobre su hombro en un gesto de complicidad. Esa foto fue vista por miles de personas en el Perú cuando un diario la publicó como parte de un reportaje dedicado al matador.

Mitsuya también encarnó a un soldado vietnamita en la serie Yo soy espía, que protagonizaban Robert Culp y Bill Cosby, y se puso en la piel de un espía chino en una comedia española.

En una película de guerra española que Mitsuya nunca llegó a ver, hizo hasta de soldado estadounidense. Fue una experiencia increíble.

“Éramos 8 ó 9 orientales. Para que pareciera que éramos un montón, dábamos vueltas y vueltas alrededor de la cámara y aparentábamos ser 50 soldados. Hacíamos de soldados de Vietnam del Sur, de Vietnam del Norte, también de campesinos. Nos cambiábamos de uniforme y éramos soldados de otro país, y nos mataban por todos lados. Nunca me han matado tanto en mi vida (risas). Al final, hasta hicimos de norteamericanos; claro, nos pusieron lejos, al fondo, para que no nos vieran los ojos”.

Mientras escribo esto, recuerdo vagamente haberlo visto a principios de la década de 1980 en una miniserie peruana llamada Morenas matadoras, producida en homenaje a la selección femenina de vóley del Perú. Todo lo que recuerdo es que mi tío estaba en un billar hablando en japonés.

Busco “Ricardo Higa” en IMDb. Nada. Escribo “Mitsuya Higa”. Tampoco. Recuerdo entonces que la película en la que actuó como espía chino se llamaba Operación cabaretera, y ahí lo encuentro como “Ricardo Mitsuya”. Según IMDb, Mitsuya también participó en otra película española, ¡Dame un poco de amor…!, una comedia musical que, por lo que dice la sinopsis, era una rocambolesca historia de músicos secuestrados y chinos que ambicionan dominar el mundo. Que yo recuerde mi tío nunca me ha hablado de esta película. La próxima vez que vayamos a La Punta a ver el mar le preguntaré por ella. Y también si conoció a Ava Gardner. Sospecho que no, sino ya me hubiera contado lo hermosa que era.

Nota: 

1. Cajonear: sacar dinero.

 

© 2016 Enrique Higa Sakuda

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