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La honradez emocional de Katzuo Nakamatsu

“La iluminación de Katzuo Nakamatsu1” de Augusto Higa es una novela muy bien escrita. Llama la atención la gran pulcritud en el estilo. No en vano el autor empleó dos años en escribir esta novela corta que, en cada página, revela sentimientos y emociones profundas.

Esta reseña no se hace desde una perspectiva literaria, sino desde el análisis integral del fenómeno migratorio y del complejo proceso de asimilación de los hijos de inmigrantes al lugar de adopción.  Ellos viven parte del proceso pluri - generacional de asimilación de los inmigrantes, que es de transformación traumática desde la perspectiva individual. Un trauma ocultado las más de las veces, pero no por ello menos ausente. El mérito de esta novela es que dice cosas que muchos callan, quizás por necesidad de un olvido o porque el recuerdo – como en un proceso sanatorio - supone volver a vivir hechos traumáticos. Esto último, cosa necesaria para sanar heridas del pasado  y  para ello se requiere “honradez emocional”.

La novela trata de las peripecias de Katzuo Nakamatsu, hijo de inmigrantes japoneses (un nisei), ambientadas en la Lima contemporánea, en los barrios de La Victoria y de El Cercado,  a donde llegaron los migrantes luego de huir del campo, para el que inicialmente habían sido contratados para trabajar en la escala social más baja de la sociedad local.

Katzuo atraviesa una grave crisis personal, desencadenada por su injusto despido de la Universidad de San Marcos, donde trabajaba como docente de Literatura. Pero esa crisis no era solo consecuencia del injusto despido, sino también de sus tribulaciones internas, producto de un hecho fundamental: el desagarro producido por la migración de su familia. Katzuo era hijo de un inmigrante japonés, llegado a inicios del siglo XX para trabajar en haciendas de la costa peruana. Como otros migrantes, sufrió múltiples agresiones, incomprensiones e intolerancia étnica por parte del ambiente criollo costeño; era un extranjero no deseado. Las agresiones e intolerancias que enfrentó esa generación de inmigrantes japoneses eran expresión de un sentimiento xenofóbico que se dio en el Perú en las década del 1930 y 1940. Hecho poco reconocido, pero bastante real, poco tratado en la literatura peruana y en estudios de historia contemporánea. Es una suerte de “hueco negro” en la historia del Perú,  un acontecimiento histórico y sociológico difícil de tratar. Como suele suceder, ese tipo de realidades conflictivas se expresan mejor a través de novelas que a través de estudios. Desde este punto de vista, la novela de Augusto Higa puede ser considerada  también como un documento histórico.

Si bien la novela es una ficción, refleja casos concretos. Los acontecimientos que narra son reales.  Se podría decir que las tribulaciones personales de Katzuo Nakamatsu son consecuencia de las heridas de sus padres inmigrantes. Esas heridas no se restañan en una generación, siguen doliendo en la segunda generación, aunque, muchos de los de segunda generación ya integrados y asimilados a la sociedad peruana no las expresan, o las ocultan inconcientemente.  Aquí entra en juego un elemento personal y psicológico: la sensibilidad y la personalidad susceptible del personaje. Katzuo Nakamatsu es un viudo infeliz, intransigente consigo mismo, le aburrían los negocios, se dedicó a la literatura y a la investigación (estudió las familias de inmigrantes, de ahí que estaba compenetrado con sus sentimientos y desventuras). En cierto modo, Katzuo cumplió un papel importante: el de procesar sentimientos que otros ocultaban por pudor o por temor al recuerdo. Sus parientes ricos, empresarios exitosos, vivían en otros barrios, no en la Victoria ni en los Barrios Altos de Lima, lugares donde habían nacido y desde donde migraron a barrios de clase media ascendente (San Borja). Este es un proceso seguido por casi todas las colonias de inmigrantes, al cabo de una generación ascienden, suben en la escala social y económica. Se dedican a los negocios, sublimando así las desventuras del desgarro migratorio sufridas por sus padres. En cambio, Katzuo no las sublimó, las siguió viviendo y sobre todo las escribió. Este es un rol que en todos los grupos inmigrantes cumplen algunos elementos aislados (outsiders de las colonias), son personas sensibles y con la suficiente habilidad y capacidad para procesar lo que otros callan o sufren en silencio.  Estos elementos sensibles viven en carne propia los efectos del desgarro sufrido por la generación anterior. Se resisten a ponerle tierra encima a las fracturas del pasado. No por masoquismo, sino por honradez intelectual y emocional.  Si cabe el término de “honradez emocional”, se puede aplicar claramente a Katzuo.  Creo que con este término se puede definir el valor de procesar emociones de antepasados que viven en las generaciones siguientes.  No es que quienes no lo hacen sean “deshonestos”, sino que simplemente no tienen la sensibilidad y capacidad para hacerlo.  No es casual que los sensibles son intelectuales adversos a los negocios. Es que hacer negocios es justamente una forma de sublimar fracturas del pasado, de ahí que la mayoría de descendientes de inmigrantes han ascendido tanto en la sociedad peruana, esa es mi interpretación del “boom” económico de los descendientes de inmigrantes en Perú.

El otro aspecto importante que me interesa resaltar de esta novela, es la mención que en ella se hace del caso de Etsuko Untén, un nisei amigo del padre de Katzuo.  Él también llegó en la década de 1920 para trabajar en el campo, fue vejado por la gente y durante los años de la guerra mundial enfrentó no sólo el escarnio sino la xenofobia irracional que se desató en Lima y en otras ciudades de la costa.  Los japoneses fueron censados y perseguidos por la policía; la población los delataba y llegado el caso saquearon sus negocios. El gobierno deportó a muchos de ellos, bajo la presión del gobierno norteamericano que quería contrarrestar la influencia japonesa en el Pacífico (se temía una invasión japonesa).  En realidad, han sido acontecimientos muy duros, donde se vio claramente que los migrantes eran atrapados por las manipulaciones de nacionalismos exacerbados. Muchos japoneses debieron esconderse, algunos huyeron a la sierra y a la selva, internándose en lugares apartados para huir de la persecución y evitar ser deportados a campos de concentración en Estados Unidos. 

Etsuko Untén expresa un caso límite y casi caricaturesco: se paseaba por la dársena del puerto del Callao a la espera de la flota japonesa que viniera a rescatar a los migrantes abandonados en Perú.  Es un caso límite que quiere expresar un sentimiento sin duda existente y que expresa la inevitable sujeción de los individuos a un colectivo, cosa que les fue inculcada en la infancia y de la cual no podían desprenderse.

Los fenómenos migratorios son contradictorios y ambivalentes: se da un proceso de integración y de asimilación que, sin embargo,  no es automático y demora un cierto tiempo. Un grupo inmigrantes requiere por lo menos de dos generaciones para asimilarse. Los japoneses llegados en las décadas de 1910 y 1920 no tuvieron tiempo suficiente para asimilarse e integrarse; había además condiciones peculiares: una moral rígida y sentimientos nacionalistas muy fuertes que fueron alimentados a su vez por la intolerancia étnica que enfrentaron. Eso marca la diferencia que hubo con otros grupos de inmigrantes, como los italianos, que ya estaban integrados a la sociedad peruana desde generaciones anteriores (llegaron desde  mediados del siglo XIX). No eran tan numerosos, llegaron de a pocos en un flujo reducido pero continuo a lo largo de más de un siglo, mientras que los japoneses llegaron en corto tiempo y en mayor número. De ahí que los italianos sufrieron en mucho menor medida la intolerancia que se dio frente a los japoneses.  Estaban asimilados y emparentados con familias locales, además de haberse integrado a la naciente burguesía local. El mismo Presidente Prado, que permitió la persecución de japonenses, era socio de italianos y los protegió o por lo menos evitó que fuesen deportados. Los italianos fascistas no fueron deportados; sólo a uno de sus dirigentes  se le retuvo encerrado en su domicilio (del cual sin embargo podía salir subrepticiamente, gracias a la venia de sus amigos).

Los individuos migrantes sufren en carne propia una doble fractura: la fractura personal y la fractura nacionalista. Además de sufrir los efectos del desagarro personal y familiar, son también víctimas de nacionalismos en contraste, se encuentran en una situación débil: formados en un nacionalismo naciente, son abandonados al mismo tiempo que agredidos por el nacionalismo del lugar de recepción.  Eso sucedió en la década de 1930, no sólo en Perú sino en muchos otros países. Entonces no existía eso de los derechos de las minorías. Fue una generación colgada en el aire: se encontraron sin patria y no tuvieron tiempo suficiente para adoptar otra patria. Individuos abandonados como consecuencia de una cruel conflagración mundial. Combatientes civiles de nacionalismos encontrados. No lucharon en las trincheras de batalla, sino en las “trincheras  emocionales”, si cabe el término. Pero, luchadores al fin y al cabo, dispuestos a morir.  Quizás de ahí el impulso suicida de Katzuo Nakamatsu, heredado de sus padres. De ahí que Katzuo sufrió trastornos mentales y debió ser internado en un manicomio, donde pudo finalmente sanar sus heridas emocionales.

El hecho migratorio genera traumas en todas las épocas.  Pero, los traumas generados en época de guerra son aún mayores. Son pocos los que los reconocen, de  ahí que la hermosa novela de Augusto Higa es expresión de lo que me atrevo a llamar “honradez emocional”: el reconocer el sentimiento de antepasados que vive en los descendientes. Recordar esos sentimientos no es expresión de encono ni de resentimiento, sino es expresión de sanación. Sentir de nuevo no es sinónimo de resentir (hay que subrayar la partícula “ re” antes del verbo sentir).  Recordar es sanar. Gracias Augusto Higa, por recordarnos cosas que han pasado y que necesitamos curar.  Al fin y al cabo el Perú está lleno de descendientes de migrantes (externos e internos), que tienen algo que decir.  Lima,  junio 2014

Nota:

1. Reseña de la novela de Augusto Higa Oshiro: “La iluminación de Katzuo Nakamatsu”. Ed. San Marcos, Lima, 2008. 

 

© 2014 Giovanni Bonfiglio

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