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El niño que creía que la deportación era una aventura

Entre 1942 y 1945, 1.771 japoneses y sus descendientes en el Perú fueron deportados a Estados Unidos. El gobierno peruano, aliado con el estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, autorizó la captura de “enemigos potencialmente peligrosos” –japoneses, alemanes e italianos– para que fueran confinados en campos de concentración de EE. UU.

Ricardo Higa, “Mitsuya”

Uno de los deportados iba a ser Mitsuya Higa. Tenía 12 o 13 años cuando su tío Rensuke, propietario de una fábrica de chicha, decidió entregarse. Estaba escondido en una choza rodeada de platanales en un terreno que pertenecía a una familia japonesa, cerca del cementerio Baquíjano y Carrillo, en la ciudad del Callao, contigua a Lima. El lugar estaba custodiado por perros. El riesgo de que fuera descubierto era mínimo.

Sin embargo, la policía, que lo andaba buscando, le hizo llegar a través de su familia una propuesta que lo impulsó a abandonar su reclusión: si se entregaba, le permitirían ser deportado junto con su esposa e hijos.

¿Por qué aceptó? Quizá porque estaba harto de vivir en la clandestinidad, como si fuera un delincuente (¿o haber prosperado en el Perú era un delito?), apartado de su familia, y pensó que aunque serían encerrados en Estados Unidos al menos estarían juntos.

Rensuke fue “afortunado” si se compara su caso con el de los japoneses que ni siquiera tuvieron la oportunidad de avisar a sus familias de que iban a ser expulsados del país.

Los papás de Mitsuya tenían una tienda en una calle por la que circulaban camiones que llevaban japoneses capturados al puerto del Callao, punto de partida para Estados Unidos. Cuando pasaban por el negocio, algunos japoneses le arrojaban papelitos a un sorprendido Mitsuya. “¡Otosan! ¡Otosan!”, le gritaban. Él los recogía y se metía corriendo en la tienda para entregárselos a sus padres. ¿Qué contenían esos papelitos? Nombres y direcciones de las esposas de esos hombres transportados como ganado. Tan pronto como leían los mensajes, los papás de Mitsuya iban a informar a las mujeres de que sus maridos habían sido atrapados.

A la tienda llegaban a veces japonesas desesperadas con fotos de sus esposos, desaparecidos súbitamente, para preguntar si los habían visto pasar en los camiones.

Volviendo a Rensuke, lo que él no sabía (¿cómo iba a saberlo?) cuando decidió salir de su escondite era –recuerda Mitsuya– que zarparía en el último barco que llevó deportados. El último. Así juega el azar (o el destino).

Rensuke tenía un hijo, Rentoku. Mitsuya y él eran muy unidos, compañeros de juegos y correrías.

Cuando Rensuke se entregó, la familia inició los preparativos para embarcarse. Su primo Rentoku le propuso a Mitsuya que viajara con ellos. “Vamos a ver a los cowboys”, le dijo.

A Mitsuya la “invitación” lo sedujo. Texas, donde estaba el campo de concentración al que irían los Higa, era para él la tierra de los vaqueros, a quienes admiraba por las películas norteamericanas que disfrutaba ver.

Uno de sus héroes era el actor Tom Tyler, que trabajó en westerns del director John Ford como “La diligencia”. ¡Iba a conocer a Tom Tyler y a otros vaqueros! “Estaba contento, emocionado. Para mí era una aventura”, evoca hoy, casi 70 años después.

Rensuke habló con su hermano menor Renzo, papá de Mitsuya, para que autorizara su viaje. Obtuvo su venia y de inmediato comenzaron a prepararlo para la larga travesía a Texas.

Sus papás le mandaron a confeccionar un traje especial y le compraron unos escarpines. Acomodaron sus pertenencias en una maleta. Todo estaba listo para que iniciara una nueva vida en la tierra de Tom Tyler.

El día de la partida Rensuke fue a recogerlo, pero Mitsuya no pudo acompañarlo. Su mamá se lo impidió. Cuando Mitsuya se estaba despidiendo, ella lo rodeó con sus brazos y lo estrechó con fuerza, como si quisiera fundirse con su hijo. “Okasan me abrazaba, llorando, y no me soltaba”, recuerda. Y se quedó en el Perú para siempre.

Mitsuya sonríe al recordar cuán ingenuo era. Ya de grande comprendió la tragedia que tuvo que enfrentar su tío, extirpado del país en el que habían nacido sus hijos y construido una nueva vida, el inmigrante que perdió todo lo que había amasado en varias décadas de trabajo y que, al culminar la guerra, retornó con su familia a una empobrecida y destruida Okinawa, donde lo único que sobraba eran bocas para alimentar. 

¿Qué fue de la vida de Rensuke? Mitsuya no lo recuerda. O quizá prefiere no hacerlo porque ha elegido quedarse con la imagen de su altivo tío montado sobre un caballo de paso, el hombre que lo llevó por primera vez a la Plaza de Acho, el coso taurino más antiguo de América, sin saber que muchos años después su sobrino se convertiría en el primer torero de origen japonés de la historia.

Mitsuya en la Plaza de toros de Acho, Lima - Perú

 

© 2014 Enrique Higa

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