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Cosplayers peruanas interpretan a sus mejores personajes: Chicas anime - Parte 2

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THALÍA, LA ONEECHAN

Thalía Quispe estudia geografía y medio ambiente en la Universidad Católica y trabaja en una pastelería que en ocasiones especiales funciona como maid café (restaurante temático, originario de Japón, en el que las meseras visten como mucamas y tratan a los clientes como amos).

Thalía Quispe

¿Qué es exactamente una maid? Thalía lo explica: “La maid es un personaje de anime que tiene un amo al que sirve, lo atiende, hace todo lo posible para que esté bien, para que se sienta cómodo y contento. Lo mira cuando se siente solo y triste, es como una hermana, como una oneechan, siempre está con él y le es leal”.

Ella se siente identificada con el personaje: “Me parezco un poco porque me gusta preocuparme por la gente. A veces las cosas son difíciles y no tienes a nadie que esté cerca; a mí me gusta ser esa persona. Aparte, me gusta tratar con la gente, hacerla reír, es bonito”.

Cuando al local acuden otaku, Thalía los recibe con el saludo característico de los maid cafés: “Okaerinasai goshujin sama” (“Bienvenido a casa señor amo”). Conversa con ellos y se divierte.

No faltan clientes convencionales que al verla vestida como maid se ponen pesados, pero ella le resta importancia al asunto. “Hay de todo, gente que es más amable, menos amable, pero mientras pueda sacarle una sonrisa está bien”, afirma.

Thalía, la maid, es dulce y servicial, tiene una vocecilla y parece incapaz de molestarse. ¿Cuánto hay de ella verdaderamente y cuánto del personaje? Hay de ambas, asegura. Ha estudiado teatro y le gusta no solo vestirse como el personaje que interpreta, sino también meterse en su alma.

PAPÁS, CABALLERO NOMÁS

Los padres de los chicos y chicas otaku –o que se mueven en ese mundo– a veces no simpatizan con las aficiones de sus hijos.

Anita dice que sus papás ya aceptaron que sea una cosplayer. “Qué van a hacer”, manifiesta. Al comienzo tuvieron miedo, cuando ella se hizo conocida y se convirtió en caserita involuntaria de foros virtuales. Averiguaron su teléfono, la llamaron, pero el acoso cesó cuando el impacto de su debut como cosplayer se fue atenuando.

Eso sí, no les agrada que gaste en trajes. No obstante, Anita cuenta que como ella misma los confecciona, solo emplea dinero en las telas. Y en las pelucas, que normalmente le cuestan unos 35 soles (lo máximo que ha pagado ha sido 180).

Los papás de Thalía son muy estrictos, pero la aceptan. “Ellos me han enseñado que yo tengo que tener mi propia forma de pensar, mis propios gustos, y que tengo que defender lo que me gusta y en lo que yo creo. Por eso, se contradirían ellos mismos si me prohibieran hacer algo, sobre todo que no es algo malo, sino sano y divertido. Mi papá es el que tiene un poco más de problemas, pero mi mamá no. Si es algo bueno, si yo estoy feliz, y no me trae ningún problema, entonces está bien”, revela.

¿OTAKU O NO OTAKU?

Anita Quicaño

Cuando la gente se entera de que Anita es cosplayer, de inmediato cree que también es otaku. Ella aclara: “Yo no soy otaku, solo me gusta disfrazarme”.

Sin embargo, los de afuera meten a todos en el mismo saco y Anita debe enfrentar los prejuicios de los que son víctimas los fanáticos de los manga y anime: “Que los otaku son unos enfermitos, que solo ven anime, que se quieren ir a vivir sí o sí a Japón, que no salen de su infancia, que son niñitos grandotes”.

Por su parte, más que como otaku, Thalía prefiere definirse como “asiatic fan” (también le gusta, por ejemplo, el pop coreano). Y dispara un breve discurso a quienes los miran como frikis: “No deberían dejarse llevar por lo que dice la gente o por la primera impresión. Deberían entender el mensaje, porque detrás del anime hay una enseñanza. Creo que todas las personas deberían ser tolerantes, que se den el tiempo de conocer”.

Thalía extrae lecciones de los anime. “He aprendido muchas cosas sobre problemas que pueden tener las personas. De pronto me es más fácil darles consejo porque siento que muchas de esas situaciones ya las he visto, entonces sé más o menos qué es lo que puede pasar. Eso me sirve para poder aconsejar a mis amigos, o saber qué decirles cuando se sienten solos o tristes, o poder entender a las personas que no conozco mucho”, manifiesta.

Cuando era chiquita, Anita quería ir a Japón. Le llamaban la atención cómo vestían, cómo comían y los paisajes en los anime que veía. ¿Cómo se imagina Japón ahora? Su respuesta, concisa y directa como ella: “Mejor que nosotros, todo rápido, rascacielos, harta gente”.

A Thalía le gustan las bandas visual kei, y menciona a X Japan y Versailles, que hace poco tocó en Lima (“estuve en primera fila”, recuerda). También le gusta la música japonesa antigua. “Es muy bonita, no soy especialista, pero me gusta”, asegura.

La comida japonesa favorita de Thalía es el maki. El plato preferido de Anita es –no podía ser de otro modo– el onigiri con sabor a manga y anime. 

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 54, febrero 2011 y adaptado para Discover Nikkei. 

© 2011 Asociación Peruano Japonesa / © 2011 Fotos: Asociación Peruano Japonesa / Álvaro Uematsu

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