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Un modo de ser nikkei

1999: Copa América de fútbol. Perú va a jugar contra Japón y el empleado de la panadería donde acabo de comprar una empanada, a una cuadra de la oficina donde trabajo, me pregunta: ¿Y a quién le vas? ¿Al Perú o a Japón? Al Perú obviamente, le contesto. Estoy perplejo. Si soy peruano, ¿por qué tiene que preguntarme si voy a hinchar1 por mi país o por Japón? ¿No es obvio?

No hubo malicia en su pregunta. Cuando me la hizo sonrió de una manera extraña, diría que con cierta pena, porque estoy seguro de que imaginaba que por dentro estaba desgarrado entre “mis dos patrias”, entre el suelo y la sangre, torturado por una dolorosa disyuntiva. Y como él, pensaba (o piensa) mucha gente. Pero en realidad no existe ningún conflicto. Quizá sí para los nisei.

Los encuentros deportivos pueden abrirnos los ojos sobre nuestra identidad o contribuir a definir de qué lado estamos. Un nisei, que no sabía si sentirse más peruano que japonés, o viceversa, o mita-mita2, me contó que viendo un partido de vóley entre Perú y Japón descubrió que su corazón latía más por la tierra donde nació.

Otro partido de vóley entre Perú y Japón (¿o habrá sido el mismo?) no tuvo el mismo efecto en una obachan3 (porque ella tenía claro que era japonesa), pero sí le dio la oportunidad de expresar su cariño al país al que emigró para construir una nueva vida. Mientras seguía el juego por televisión, alentaba al Perú porque como en ese entonces Japón casi siempre ganaba, quería que esta vez triunfara el equipo peruano.

Sentirse peruano es también sentirse latinoamericano. Si Brasil y Japón juegan un partido de fútbol, quiero que gane Brasil. Siempre. Pero si juega un país europeo, africano o asiático contra Japón, quiero que gane Japón (salvo que sea España, aunque esto no tiene nada que ver con un sentimiento hispano o algo afín, sino con una admiración estrictamente deportiva). Nunca veo concursos de belleza (como Miss Universo o Miss Mundo), pero si tengo que elegir una candidata, si no gana una latinoamericana quiero que gane una japonesa.

Si algo nos hiere o encoleriza, significa que nos involucra. El resto es indiferencia. “Herir a alguien es un acto de involuntaria intimidad”, afirma el narrador de Intimidad, la novela de Hanif Kureishi. No hiere lo que es ajeno. Si en Japón cae un ministro por un escándalo de corrupción, no siento nada. Si ocurre en el Perú, me indigna. Si un futbolista japonés triunfa en Europa, me da lo mismo. Si un delantero peruano anota un gol en Europa, lo celebro como propio. Lo malo y lo bueno, todo lo que tiene que ver con el Perú, siento que me concierne, me compromete, me alegra, me duele, en fin, me reafirma en mi peruanidad (lo que sea que eso quiera decir).

Conocer Japón también contribuye a situarse. Un nisei peruano que arrastraba un conflicto de identidad desde su niñez, jaloneado entre el hogar japonés y la calle peruana, tuvo la certeza en Japón de que su patria es el Perú. Lo descubrió después de sentir que en la tierra de sus padres era un gaijin4 más. Incluso se sintió más identificado con los paquistaníes o iraníes que con los japoneses, porque en Japón –según él – los extranjeros están marginados, sean del Perú, Pakistán o Irán.

Su caso no fue excepcional. Hubo nikkei –muchos o pocos, no sé – que aprendieron a sentirse peruanos en la patria de sus ancestros. Quizá creyeron que por tener apellidos japoneses serían recibidos como compatriotas o algo así. Si en el Perú no los consideraban totalmente peruanos, en Japón hallarían patria. El choque fue duro. Claro, es doloroso que te hagan sentir que no eres quien siempre imaginaste que eras (como si te dijeran: tú no eres de los nuestros). Pero ese encontronazo en Japón tuvo un efecto positivo, porque esos nikkei lograron descubrir que pertenecían al Perú.

Hubo otros nikkei que no tuvimos ese problema porque siempre fuimos conscientes, al viajar a Japón, de que estábamos yendo al extranjero a ser extranjeros. Obviamente para un descendiente de japonés Japón no es como Lituania, pero en el fondo son lo mismo: países extranjeros.

En el Perú hay nikkei encapsulados en su colectividad, para quienes no existe vida fuera de ella. Nikkeilandia o nada. El resto es territorio extranjero. En el otro extremo, están los descendientes de japoneses a quienes su condición de nikkei no les dice nada. Más aún, no se sienten nikkei. Quizá ni conozcan la palabra “nikkei”. Tienen un apellido japonés como podrían tener uno armenio o somalí, lo mismo les da. Son peruanos y punto. Lo demás es verso.

A los del primer grupo si se les pide una definición, seguramente dirán que son nikkei peruanos, resaltando primero su condición de nikkei. ¿Se sentirán ellos más identificados con un nikkei argentino, por ejemplo, que con un peruano sin antepasados japoneses? No lo sé. Creo que consideran que ser un nikkei peruano es especial, porque significaría algo así como ser mitad peruano y mitad japonés, nutrirse de dos culturas, heredar la riqueza de ambas.

Yo no me identifico con ninguno de los extremos. Más que un nikkei peruano, prefiero decir que soy peruano... y luego descendiente de japoneses, así como hay peruanos descendientes de europeos o africanos. En los extramuros de Nikkeilandia (que es sobre todo un espacio mental) hay un país que también es nuestro país. Eso sí, no podría decir que soy más peruano que el pisco o algo parecido, porque sería demagógico.

Por otro lado, no puedo sentir que descender de japoneses no valga nada. Sería absurdo. Me identifico con la historia de los issei (la travesía en barco hasta el Perú, su vida aquí, el trabajo en las haciendas, la discriminación, la guerra, la reconstrucción, el despegue, sus hijos, sus nietos, etc.), porque soy parte de ella.

Bueno, al final, cada uno sabe cómo se define o asume su identidad. Eso es algo personal e intransferible. Sería arrogante decirle a un descendiente de japoneses “tienes que ser así o asá”, como si hubiese solo un modo de ser nikkei. Hay tantos como personas. Cada uno es feliz – o intenta serlo – a su manera.

Notas
1. Apoyar a un equipo deportivo
2. Mitad peruano-mitad japonés
3. Abuelita en japonés.
4. Occidental en japonés.

* Este artículo se publica bajo el Convenio Fundación San Marcos para el Desarrollo de la Ciencia y la Cultura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos – Japanese American National Museum, Proyecto Discover Nikkei. 2009 – 2010.

© 2009 Enrique Higa

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