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La pieza del rompecabezas

“¡Mucho gusto! Mi nombre es Narumi Akita”

“¿Cómo?” 

“Na – ru – mi” 

“Aaah, ¿y de dónde es tu nombre?”

“Es japonés”. 

“¿Y hablas japonés?”

“No, lastimosamente”.

“¿Y ya fuiste a Japón?”

“No, tampoco”. 

*Breve silencio, seguido de una sonrisa incómoda*

* * * * *

Fueron años de responder de la misma manera cada vez que conocía a alguien por primera vez. Hasta llegué a la conclusión de que mi destino era ser puro nombre. Es que no es fácil tener un nombre oriental, ojos rasgados y no “hacerles justicia”. 

Un poco de antecedentes

Para quienes no me conocen, nací en Asunción; mi papá es japonés, mi mamá es paraguaya. Su matrimonio duró poco. Se separaron cuando yo cumplí 2 años. Me crié con mi familia materna. Debido al difícil contexto que envolvió la separación de mis padres, no pude compartir con mi familia japonesa como lo hubiese deseado. 

Mi abuelo Kaoru falleció cuando yo tenía 4 años. Y si bien mi abuela Yuuki vivió hasta los 95 sólo tuve la oportunidad de verla en contadas ocasiones. Aún así el amor de mi Obaachan me cautivó profundamente el corazón.

Mi abuela con su familia cuando ella era adolescente

Dadas estas circunstancias, crecí sin una gran pieza en el rompecabezas de mi identidad; con muchas preguntas sin respuesta; con curiosidad por la historia de mi familia; con mucho amor acumulado y sin entregar; con vergüenza y timidez de involucrarme en la comunidad de descendientes japoneses; y extrañando algo que nunca tuve.

Pese a mi interés y añoranza por Japón, la vida me llevó por otro camino, donde me tocó mirar “desde la distancia”, sin conocer incluso los detalles básicos de cómo y por qué fue que décadas atrás mis abuelos, junto a mi papá y mi tío, cruzaron océanos en barco desde la Prefectura de Kochi hasta llegar a Paraguay. 

Así crecí, criada y amada por mi familia paraguaya, con un anhelo silencioso por mi lado Akita-Yamawaki. Hasta que dos acontecimientos lo cambiaron todo: una visita y una frase. 

La visita

Era el 2016 y habían pasado 15 años desde que yo no veía a mi abuela japonesa. Sentí una intranquilidad mi corazón que me decía: 

“Es tiempo,Naru. Tienes que visitar a tu abuela. Ármate de valor, pasa por encima de toda incomodidad y llega hasta ella para decirle cuánto la extrañaste todo este tiempo y que la amas. Esta puede ser tu última oportunidad”. 

Fue así que la visité en su casa en Paraguay. Si bien ya estaba muy anciana, su sonrisa y sus ojos de amor eran los mismos que recordaba. Sus primeras palabras fueron en japonés en medio de sollozos, y yo no las entendí pero sé que significaron algo especial.

Compartimos una tarde que atesoraré por siempre y que efectivamente fue mi última oportunidad.

La frase

En noviembre de 2017 una amiga me invitó a cenar a su casa. Intercambié una conversación con su padre, la cual inició previsiblemente:

“¿Y hablas japonés?”

“No, lastimosamente”.

“¿Y ya fuiste a Japón?”

“No, tampoco”.

Y allí el Sr. Chihan me respondió de una forma sorprendente:

Cuando llegue el momento en el que bajes del avión y pongas un pie en Japón… tu sangre lo va a saber”. 

Él -como descendiente sirio- tenía una experiencia personal que le daba la suficiente credibilidad para expresar con convicción esas palabras. Esa frase me persiguió por meses.

Empecé una reflexión interna con pensamientos como estos:

“Tu sangre nunca te abandonó; tu sangre tiene memoria, te da las credenciales. No existe tal cosa como ‘puro nombre’, esa es una invención de tu mente para alejarte de algo que hace años te está llamando. Por tus venas no sólo corre un líquido color rojo, corre un legado familiar. No naciste de casualidad siendo mestiza. No niegues tu sangre sólo porque te duele el pasado y te genera incertidumbre hacia el futuro. Una tierra ancestral te está esperando. No será fácil. Esta inquietud nunca se irá hasta que te animes a cruzar esos 18.000 kilómetros de distancia y descubrir qué tiene Japón por revelarte”. 

Y me determiné…

Mi primer paso fue empezar a estudiar japonés de forma particular con una maestra japonesa. Además del idioma, las clases también incluyeron facetas de la cultura. Y se fue despertando algo en mí que lo tenía anestesiado por años. Cada clase me revitalizaba más y me sentía desafiada. Hasta me puse de meta ir a las Olimpiadas de Tokyo 2020, con una determinación de fierro para ahorrar. 

Entonces…

Un mes después de iniciadas las clases, me avisan sobre la apertura de postulación de una beca para nikkeis latinoamericanos por parte del Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón -a través de la Embajada de Japón en Paraguay- para un viaje de 10 días. El objetivo era conocer lo máximo posible sobre Japón para que a la vuelta a su país, cada nikkei difunda la cultura y los aprendizajes, a través de sus habilidades comunicacionales. Soy comunicadora de profesión y nissei, así que reunía los requisitos fundamentales. Me animé y postulé.

En medio de la ansiosa espera de saber si me elegían o no, a fines de agosto de 2018 recibí la noticia de que mi Obaachan se nos fue. Con tristeza fui a su funeral un día lunes. Y allí se dio algo que no esperaba: mi papá me presentó a su primo -el sobrino de mi abuela- quien había venido de Japón por una semana. Su nombre: Toshifumi Yamawaki (el apellido de soltera de mi abuela). Conversamos y le comenté que de quedar seleccionada semanas después viajaría a Tokyo becada. 

Como si fuese una montaña rusa de emociones, dos días despuésme llamaron desde el Consulado de la Embajada de Japón: “Hola Narumi. Tengo buenas noticias que darte…” decía la voz al otro lado del teléfono. Me habían seleccionado. A mí, ¡la puro nombre!

De esa manera me uniría a otros 14 nikkeis de Latinoamérica. No podía creerlo. Las puertas se estaban abriendo.

Grupo de 15 nikkeis latinoamericanos becados

El domingo de esa misma semana fui a despedir al tío Toshifumi al aeropuerto y acordamos que me quedaría 5 días más en Japón al terminar el programa, de modo a conocer más mis raíces familiares. Este hecho marcó la diferencia en mi viaje. Sentí que mi abuela me hizo un último regalo de amor, porque fue en su partida que conocí al tío.

Mi Sensei esbozó una gran sonrisa al enterarse. “¿Por qué ahora sale todo junto?”, le pregunté. Y me respondió:Porque hay un propósito, Narumi-san”.

Los pies en Japón

Cuando el avión estaba descendiendo para aterrizar en el aeropuerto de Narita las piernas me temblaban.“Esto es real. Está sucediendo”, me decía a mí misma.

Y mis pies pisaron Japón. Fueron 15 días transformadores.

Un rompecabezas uno no lo arma mentalmente, sino que acerca las piezas para que se toquen, de modo a comprobar si encastran. Yo no conocí realmente al pueblo japonés hasta que hice contacto con ellos. 

Fue sólo estando allí que hablé su lenguaje, tan fascinante y difícil. Me regí por sus horarios. Degusté sus deliciosas comidas. Vi la delicadez, belleza y orden en su presentación. Comí platillos finos en restaurantes hasta obento de los supermercados. 

Me moví con su impecable y complejo transporte público, incluido su Shinkansen atravesando prefecturas a 320km/h. 

Me divertí con su mundo mágico en Tokyo Disney Sea y sus innovadoras atracciones. Vi cómo ríen los japoneses y lo eufóricos que pueden ponerse. 

En Tokyo Disney Sea

Me informé con sus noticieros. Tomé ocha, sake y umeshu. Y no pude evitar gastar todas mis monedas en la máquina expendedora por una Calpis más. 

Me sorprendí por su estilo de diseño gráfico; por lo explícitos que son en los mangas y animés, y lo tímidos que pueden llegar a ser en persona. 

Ingresé a sus templos y santuarios. Vi escritos allí sus deseos. Los observé elevar una oración. Me dormí y desperté en sus alojamientos. Caminé sus calles y recovecos con mi sombrilla transparente bajo la tenue lluvia de setiembre.  

Compartí con sus familias, sus trabajadores y sus gobernantes. Vi la jerarquía con la que se manejan y los códigos en sus interacciones.  

Visité el Palacio Imperial y compartí con la familia del Emperador. Tuve reuniones con miembros del Gabinete del entonces Ministro Shinzo Abe y con líderes del cuerpo diplomático. Aprendí que ni un detalle lo dejan al azar.

Con Kotaro Nogami - Subsecretario del Gabinete de Japón en la Residencia Oficial del Ministro Shinzo Abe

Experimenté su clima húmedo y hasta un tifón. Vi el gran despliegue de tecnología e inteligencia artificial.   

Un torii que marca el inicio de un lugar sagrado - en la zona de Hiraizumi

Viví el contraste de caminar por el frenético cruce de Shibuya, y la paz de hacerlo por los frescos bosques antiguos de Hiraizumi en Iwate. 

Compré en sus konbini store y en sus súper-tiendas. Vi la belleza de su paisaje montañoso; contemplé su fascinante arte; respeté sus protocolos y reglas. 

Entré al metro en hora pico y sobreviví para contarlo. Vi campos de arroz, rascacielos y pandas. Conocí lo que es un onsen y el océano Pacífico desde el lado asiático. 

Estuve en zonas devastadas por el tsunami de 2011 y observé los vestigios de edificios y escuelas. Escuché relatos conmovedores sobre aquel día. Contemplé las ofrendas florales y los homenajes que todavía yacen en los lugares afectados.

(de izquierda a derecha) Ofrendas por las víctimas de la escuela afectada por el tsunami en la prefectura de Miyagi; Ofrendas en memoria de las víctimas del tsunami en la prefectura de Miyagi 

Conversé con alguien en un café en la estación de Tokyo sobre cómo la depresión y la soledad son un gran problema en la población. 

Vi a sus trabajadores estar en sus oficinas hasta tarde en la noche, y a varios de ellos regresar en tren a la noche exhaustos y durmiendo de pie o sentados.

Conocí mis raíces, accedí a mi árbol genealógico y al Koseki, visité el cementerio familiar, escuché numerosas historias sobre mi ascendencia y me emocioné con ellas.

(de izquierda a derecha) Árbol genealógico y documentos antiguos con historia familiar; Visitando el cementerio donde están mis parientes Yamawaki; Mi tío explicando la historia del hermano de mi abuela que fue piloto kamikaze

Todo eso en 15 días.

Al abordar el vuelo de retorno recuerdo que sentí que una parte de mi corazón se estaba quedando. Y las lágrimas empezaron a caer por mis cachetes sin poder contenerlas. Ya no me sentí puro nombre, ya no me sentí una intrusa, ya no me sentí descalificada. Me sentí completa. Me sentí hallada. Me sentí familia.

El propósito

Pasaron ocho meses desde que regresé de Japón. Había algo más que debía lograr.

Llegué 10 minutos antes de la hora indicada. Me senté en la última fila. Miré a mi alrededor. Todos parecían conocerse por la forma en la que charlaban. Sentía las manos frías. Miré la carpeta que me entregaron al llegar, la cual tenía el título “Primer Simposio Nikkei – Paraguay 2019”.

En eso escuché que alguien me dijo: 

– ¿Akita-san?

– Hai – alcancé a responderle. 

– Aderante. Purimera fira – me dijo con un español japonizado y me indicó que le siguiese.

Tragué saliva. Al llegar, me indicó dónde debía sentarme y me hizo una leve reverencia. “Arigatou gozaimasu”, le dije con una sonrisa nerviosa. Y me senté. Estaba en la fila de los que iban a disertar. 

Una hora después yo subía al escenario a compartir mi historia a un auditorio que incluía al entonces Embajador del Japón en Paraguay Naohiro Ishida, líderes de las diferentes asociaciones y jóvenes nikkeis.

Agarré el micrófono. Respiré profundo. Empecé mi charla diciendo:

“Si hace un año atrás me decían que iba a hablar en un Simposio Nikkei, no les hubiese creído. Es más, hace un año atrás ni siquiera sabía escribir mi nombre en japonés. Cuando llegué me senté en la última fila y para mí es tan representativo que de allí me hayan invitado a pasar a los primeros lugares. Yo solía ser esa nikkei que sólo miraba de lejos. Pero hoy estoy aquí parada frente a ustedes para decirles que cuando alguien decide ser un puente de conexión el impacto que eso puede tener en los demás es increíble”.

Es que tras mi retorno de Japón me ocurrieron varias cosas realmente sorprendentes, considerando que era una absoluta outsider un año atrás: entrevistas en medios de comunicación, incluida una tapa de revista con otras mujeres nikkei destacadas; que una de las sensei referentes en Japón en el arte de vestir kimono (kitsuke) me haya enseñado y puesto mi primer kimono; ser secretaria de la Asociación de Ex Becarios Nikkei de Gaimusho; estrechar la mano del Ministro Abe tras su visita por primera vez al Paraguay; ser invitada a eventos de la Embajada; ser maestra de ceremonia del Kimono Show en presencia de un auditorio repleto, entre otros detalles.

Definitivamente más de un nikkei en la comunidad habrá dicho: “¿Quién es esta chica y de dónde salió?”. Sí, puedo comprender eso. Fue una exposición meteórica. Siempre estuve atrás, modo ninja. Oculta. Pero cuando retorné de Japón comprendí que, al igual que yo, también habían varios nikkeis que podían relacionarse con mi historia, así que me animé a exponerme.

Mi propósito es animar a otros a buscar también la pieza de su rompecabezas; a mostrar que Japón tiene mucho por revelar. A derribar muros y construir puentes para que otros también puedan cruzar. 

Lo que me mueve es que hay otra Naru ahí afuera que quiero ayudar.

 

© 2021 Narumi Akita

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