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Un poeta en tránsito detenido

El lenguaje es la patria de cualquier poeta. Quizá por eso Juan Carlos de la Fuente Umetsu (Lima, 1963) tiene tanto qué decir cuando escribe y conversa. Sus apellidos de por sí guardan un sentido y una historia que caben en sus versos y diálogo, que de inmediato remiten a los misterios de su escritura y a un hombre encantador por su sabia sencillez.

Empezó a escribir muy joven (a los ocho años) y aún repite que la poesía es para él una necesidad, aunque no sepa si le gusta más escribir o leer. Ambos lados de la moneda salen a relucir en su biografía oficial: estudió Derecho en la Universidad Mayor de San Marcos, aunque se la pasaba en la facultad de Letras; fue periodista, editó revistas de poesía y ha ganado y sido finalista en varios concursos con sus versos.

Pero Juan Carlos sostiene que el poeta está al margen de premios, modas y corrientes. Mientras se edita su cuarto poemario, el cual verá la luz este año, el actual jefe de Relacionamiento y Comunicación Digital de la empresa Telefónica del Perú, y que acaba de ser incluido en la muestra Escritores Nikkei Peruanos: Perfiles literarios e ilustraciones sobre nueve autores nikkei, incluida en el Tercer Festival Cultural Nikkei del Centro Cultural Peruano Japonés, vuelve sobre sus recuerdos y palabras.

De la Fuente Umetsu fue incluido en la muestra Escritores Nikkei Peruanos exhibida en el Centro Cultural Peruano Japonés. Crédito: Javier García Wong Kit.


Origen japonés

“Quizás lo más literario de mi vida sea mi apellido japonés. Quizá por este motivo soy escritor y más precisamente poeta”. Con motivo de la exposición antes mencionada, Juan Carlos ha escrito un texto sobre su abuelo Makiso Umetsu, ese hombre misterioso que se hizo llamar Vicente en el Perú, que trabajó con el empresario japonés Seguma Kitsutani en Lima, y que fue deportado por la Segunda Guerra Mundial.

Makiso Umetsu, abuelo del autor y quien ha sido importante influencia en su identidad nikkei. Crédito: Archivo personal del autor.

Umetsu, dice el escritor, significa ‘puerto de ciruelos’, ‘puerto del templo rodeado por ciruelos’ o ‘el hombre que vivía cerca del mar y cultivaba ciruelos’. A su abuelo le ha escrito el poema Apología del héroe (hoy extraviado) y de esa herencia oriental que, dice, “se manifiesta de manera inconsciente” y que está presente en su vida y obra, es de la que no se puede desligar. “Mi abuela Amalia Lostaunau, nacida en Piscobamba, Ancash, me enseñó a leer la hora en un reloj que al mediodía tocaba el himno de Japón”.

“De hecho, yo me empecé a interesar más por lo japonés por un libro del poeta peruano Javier Sologuren”. Aquel libro es la antología “El rumor del origen”, una muestra de lo más significativo de la literatura japonesa en todos sus géneros y épocas, que introdujo a De la Fuente en el haiku y en otras formas poéticas japonesas. La brevedad y lo aforístico son influjos orientales que van a tener sus poemas, por donde transita de manera detenida un espíritu reflexivo y contemplativo.


Tiempo de poesía

Aunque en 1981, con menos de 20 años, ya se había dado a conocer cuando fue premiado en el concurso de poesía de la Municipalidad de Lima (y en 1985 al ganar el concurso Manuel González Prada y obtener un reconocimiento en El Poeta Joven del Perú), su primer poemario se editó recién en 1999. De Declaración de ausencia (Asalto al Cielo Editores) seguro que hay mucho qué decir pero hay algo que le viene a la mente al escritor: su timidez y ese sentido de aislamiento que tuvo hasta que se adentró en el mundo del periodismo.

Fue primero en El Observador y luego en el suplemento El Cultural, del diario El Peruano, a inicios de los noventa, donde compartió redacción con grandes periodistas como Willy Pinto Gamboa, Fernando Obregón y Paul Nakamurakare. “Recuerdo que le pagábamos a los poetas a los que incluíamos en las antologías, fue algo que nunca se ha hecho”, cuenta quien también editara la revista literaria Fin de Siglo y colaborara con otros diarios del país.

De aquellos años, y de su paso por la universidad, Juan Carlos guarda amistades, tertulias y muchas lecturas que fueron formando su bagaje literario, ese por donde transitan Matsuo Bashō pero también Garcilaso de la Vega y Constantino Cavafis. Lo japonés, nuevamente, se revela con Las barcas que se despiden del sol (The Latino Press/Tranvías Editores, 2008), un libro-objeto numerado en cuya cubierta aparece una de las 33 vistas del Monte Fuji de Katsushika Hokusai, y cuyo preludio reza:

La nave viaja en sí misma, el viento seduce los caminos, los héroes yacen en la playa de un sueño, suave como una espada abandonada en el cielo. tránsfugas celestes que callan la primera palabra. el hombre en su bajío, siente. reman sus ideas con la luz de un río. la piedra canta, el ave despierta y cruza la noche con su mirada. no hacen falta atajos. el hombre está de pie, junto a tu puerta y grita eternamente que le abras.

hay peces sujetando los colores del agua


La margen oriental

“Un gran aporte de la cultura oriental es la opción del vacío”, dice Juan Carlos. Mientras en occidente el vacío es carencia, pérdida y depresión, en la visión asiática el vacío es plenitud, encuentro e iluminación. “La función del arte es curar”, dice con sosiego antes de proponer que se desmitifique la poesía nikkei, la cual en el Perú hace referencia inmediata al gran José Watanabe pero que también debería conducir a otros nombres.

Jorge Eduardo Eielson, Alberto Hildago y el propio Sologuren han hecho mucho también por la poesía japonesa y nikkei del Perú, opina, haciendo una lista que bien podría tener su nombre hacia el final. Su tercer poemario, La belleza no es un lugar (Carpe Diem Editora, 2010) llegó a imprenta tras haber sido elegido entre las menciones honrosas del prestigioso Premio Copé de Poesía en 2007; un reconocimiento que ya había obtenido en 1991 y que se acaba de adjudicar nuevamente en 2015, por un libro aún inédito. 

Portada de los poemarios del autor: Las barcas que se despiden del sol (izquierda) y La belleza no es un lugar (derecha).

“Desde hace más de 20 años, Juan Carlos de la Fuente transita por este mundo con la poesía, como una forma particular de vivir, de sentir, de respirar”, señala la contraportada de su último libro, “un armonioso conjunto de versos que estructura una poesía reflexiva, de bellísimas imágenes y signos lingüísticos y visuales que desarrolla al interior de la insularidad metafísica”. Uno de los poemas de esta publicación, dedicada a su hijo Mario Sebastián, se llama “Extravíos” y tiene el aire del haiku:

Caminé hacia ti

Con la certeza

De una lágrima


La lágrima se secó


No sé como encontrarte.


El lugar del poeta

El poeta en tránsito abre su maletín y saca un par de libros del filósofo coreano Byung-Chul Han, quien es considerado el próximo Jürgen Habermas, y me habla del presente, que no lo ha alejado del periodismo, aunque ahora se encuentre en una posición más institucional en la que no deja de hallar un espacio para la reflexión. “El futuro de cualquier empresa está en tener una mirada humanista”, afirma con convicción.

Hacer propuestas que no sean solo de consumo, sino también para realizarnos como seres humanos es el mensaje que deberían dar, dice Juan Carlos de la Fuente Umetsu, quien también está convencido de que las nuevas tecnologías de la información y comunicación son la herramienta para lograrlo. De hecho, añade, tiene un blog (Noticias del interior) en el que presenta a poetas de distintas partes del mundo, compra muchos libros por internet y ha escrito su último libro con la aplicación de notas de su smartphone.

¿Hay lugar para poetas y filósofos en las grandes compañías? Él está de acuerdo en que sí por el aporte distinto que pueden dar. En un mundo cada vez más horizontal, donde todos quieren ser únicos y terminan siendo iguales, el intelectual trae esa voz discordante, de la misma manera en que un libro como Las barcas que se despiden del sol, de tapas de cartón prensado y atado con una cuerda, es una pieza singular en el mercado editorial que pronto tendrá nuevas noticias de este poeta que viaja por distintas lecturas para detenerse a escribir.

 

© 2016 Javier Garcia Wong-Kit

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