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Experiencias de un cautiverio

Yuriko Mishima de Tanaka tenía 12 años cuando fue llevada, junto con su familia, al campo de concentración de Crystal City, en Estados Unidos. Han transcurrido más de 60 años y el recuerdo de aquella etapa sigue vivo.

¿Cómo fueron los momentos previos a que sucediera la deportación?

A nosotros nos deportaron en el penúltimo viaje. Mi papá fue capturado y embarcado a Talara (en la costa norte del Perú), pero como estaba delicado de salud, le permitieron regresar a Lima. Pensamos que se había salvado, pero ya estaba en la lista negra.

Mi papá era gerente general de tres tiendas de la Casa Suetomi. Un día, después de tres meses de la primera captura, vinieron detectives y tuvo que irse con ellos. Lo llevaron al Sexto (antigua prisión en Lima) y nos avisaron que iba a salir un barco con la familia. Allí había señoras con sus hijos que iban a viajar a encontrarse con sus esposos, llevados previamente. Con ese grupo, de más de 300 personas, viajamos nosotros. 

Nos avisaron que teníamos que alistarnos porque llevarían como prisioneros. Decíamos ¡Por qué, si no hemos hecho nada malo! Pero era la guerra, era orden de los americanos, nos dijeron. Pero era también culpa del Presidente Manuel Prado, que cumplió esas órdenes.

Así es que el 1 de marzo de 1944 partimos del Callao, vía Panamá, a Texas. Primero fuimos al puerto de New Orleáns; ahí nos separamos con el grupo de solteros hombres que fueron a Kennedy, también campo de concentración, pero sólo para hombres e hijos mayores jóvenes. Nosotros fuimos a Crystal City, que está casi en la frontera con México.

¿Usted qué edad tenía cuando fue deportada su familia?

Yo fui con mi papá, mi mamá y mi hermana menor que tenía nueve. Yo tenía once, pero ya iba cumplir doce en mes y medio. Fue bien triste. Nosotros decíamos ‘¿A dónde nos llevarán, a una montaña?’

¿Cómo fue el viaje?

Nos llevaron a la fuerza. En el barco, que se llamaba Cuba, a los hombres los tenían abajo, y las mujeres con los hijos estaban arriba. Dos veces al día subían a los hombres para que tomen aire y puedan conversar con la familia. A las mujeres y los niños los trataron bien. Duró tres semanas para llegar a New Orleáns y de ahí en tren nos llevaron a San Antonio, después en ómnibus a Crystal City.

Cuando llegamos nos emocionó bastante que los que ya estaban allí nos recibieran con canciones japonesas para darnos valor. Nos decían que estaban bien, que no nos iba a pasar nada.

Cuéntenos de Crystal City

Era un campo de concentración grande, cercado con alambre de púas, cada 50 metros tenía su torre de vigilancia, las 24 horas estaba vigilado. Pero dentro del campo todo era libre, solamente no podíamos salir. Éramos libres de aprender cualquier cosa y estudiar.

Había que organizarse bien para no caer en depresiones, todos se ayudaban mutuamente. Los hombres trabajan y les daban 10 centavos, porque dentro del campo también se necesitaba trabajar; los internos tenían que organizarse para la comida, para la venta, para vivir. Mi papá trabajó en jardinería, porque decía que ya no quería saber nada de negocios, que también existían dentro del campo.

Allí había japoneses de Hawai, del mismo EE.UU. y de Perú. Los de Hawai y Perú estudiábamos japonés, que hemos sabido aprovechar hasta hoy. También participábamos en los grupos de boy scouts y girl scouts como parte de nuestra formación. Los americanos tenían profesores de fuera del campo que venían a enseñarles. Las mamás sí se quedaban en la casa para cuidar a los hijos y cocinar. Se reunían y enseñaban entre ellas repostería, ikebana, en la tienda se vendían semillas.

Los que sufrían eran los padres, porque aparentemente estaban bien, pero decían ‘¿Cómo será si nos matarán o nos llevarán a otro sitio?’ Era una vida en tensión, pero siempre nos aconsejaban que teníamos que estar unidos.   

Se organizaban muy bien, teníamos director de cada cosa y se hacían reuniones. Como éramos libres de actuar dentro del campo, se hacía teatro, conciertos. La directiva pedía cualquier cosa que necesitábamos al jefe americano. Necesitábamos por ejemplo oshoyu u omiso y se traía de Hawai. A los niños le daban un litro de leche diario, todo el resto había, estaba a nuestra mano.

Me cuenta que había negocios. ¿Qué tipo de transacciones se realizaban, no había dinero común y corriente?

Había tres clases de moneda, que estaban hechas de cartón prensado duro. Eran de tres colores: plomo, marrón y rojo y tenían formas diferentes. Una era para la comida, otra para ropa y otra era propina. Había una tiendecita que vendía de todo: libretitas, lápices, tela, botones, gaseosas. Como los papás trabajaban, daban propina a sus hijos para que puedan ir a comprar ahí. ¡Mi hermana siempre comparaba caramelos!

La comida era racionada pero había de todo. Una vez a la semana había pescado, carne, huevos, verduras, pero todo racionado por cada familia. Ropa también, había zapatos, todos vestíamos más o menos parecido, de algodón, sencillo, pero todo gratis. Cuando había rumores de que había llegado un lote de ropa, las mamás iban temprano a hacer cola.

¿No había restricciones respecto del idioma, de las costumbres?

No, nada de eso. Nosotros los niños estábamos felices porque estudiábamos y después jugábamos, y lo principal es que estábamos con papá y mamá juntos. Crystal City era un campo de concentración de familia y nos trataron muy bien.

Hay una anécdota. Los que venían de afuera para traer cosas al campo se quejaban diciendo que vivíamos mejor que ellos. Pero algunos decían que hay que tratar bien a los prisioneros para que sepan que están bien atendidos y así en Japón también traten bien a los prisioneros americanos.

¿Ustedes solían enviar correspondencia al Perú?, ¿cómo era el sistema?

Sí. Todo era censurado, abierto, y cuando había casos que decían cómo era el campo lo cortaban, porque había coreanos que traducían todo. Había cartas que estaban llenas de huequitos, pero mi papá siempre escribía al Perú. Yo aún tengo esas cartas.

¿Estaban atentos a las noticias de cómo transcurría la guerra?

Había un coreano contratado por los americanos y todos los días a las seis de la tarde había una reunión en un sitio abierto donde nos daban las noticias. Decían que Japón estaba perdiendo, pero la mayoría no lo creía. Decían ‘eso es falso, los americanos lo dicen para que estemos tranquilos’. También circulaban boletines, había bastantes kachigumi. Yo no sabía distinguirlos, ya que no hablaban abiertamente.

¿Y cuando llegó la noticia del término de la guerra, de que Japón había perdido, cuál fue la sensación?

Los papás lloraban. Nosotros los niños no éramos muy conscientes de lo que estaba pasando, pero los kachigumi hacían bulla, decían que era mentira, que nos estaban diciendo las cosas al revés, que había ganado Japón. Ese día sonó la alarma para que nos reunamos rápido. Nos dijeron que Japón se había rendido por el bien de los japoneses, para que no vaya a pasar lo peor. Ya había pasado lo de la bomba. Muchos lloraron.

¿Cuánto tiempo estuvieron allí?

Dos años y medio. Cuando terminó la guerra nos dijeron que podíamos irnos. Primero se fueron los de Hawai y los de EE. UU. El campo se cerró el año 47. Fue el último en cerrarse, porque hubo problemas con los japoneses del Perú.  Como 900 regresaron a Japón porque el Perú ya no quiso recibir a los japoneses y EE. UU. decía que éramos ilegales. Al final, el gobierno americano le dijo al gobierno peruano que dejen regresar a los que tienen nacionalidad peruana, y así regresaron como cien personas Otras 300 se quedaron en EE.UU como ilegales y lucharon casi 10 años para obtener su nacionalidad americana.

Nosotros nos quedamos un poco más porque mis padres son japoneses y no podíamos regresar, pero acá hicieron gestiones para después de año y medio venir al Perú. Fuimos a Seabrook, en New Jersey, era como la continuación del campo. Era una fábrica de conservas, de verduras congeladas. Sólo teníamos que trabajar para vivir, porque en el campo todo era gratis. Ahí hemos estado año y medio.

Usted que ha sido una víctima directa de esta guerra, ¿Qué sentimiento tiene ahora? Ya no tengo rencor.Es algo que pasó, es una cosa injusta, llevados a la fuerza, perder todo, la mayoría perdió todo, se llevaron lo que tenían puesto, tenían que empezar de nuevo. Todos los que regresaron también han sufrido, pero acá teníamos a quién acudir, a la familia o amigos que nos ayudaron a levantarnos.

Hay también lo de la indemnización. Capturaron a muchos americanos japoneses, pero ellos salieron y regresaron a donde estaban; pero los que llevaron del Perú, sin documentos y todo y  que nos den la cuarta parte de lo que le dieron, era injusto. El gobierno de Clinton nos envió una carta de disculpas, pero muchos dicen que es una carta sencilla, no como deber ser. Al final sabemos que fueron cosas de la guerra, pero el gobierno peruano no debió permitir que nos lleven.

¿Con qué recuerdo se queda de esta etapa?

Con laamistad. Cada dos años nos reunimos los peruanos que estamos en Japón, Estados Unidos y Perú. La última vez (2008) fue en Hiroshima. Los amigos que hice en el campo de concentración los conservo hasta hoy.

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Adaptación del artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 41.

© 2009 Asociación Peruano Japonesa y Harumi Nako Fuentes; © 2009 Fotos: Asociación Peruano Japonesa y Yuriko Mishima (fotos Cristal City)

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