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René Tanaka - Parte 2: el traslado de Ures a la ciudad de México

Lea parte 1 >>

Las autoridades mexicanas ordenaron a todas las familias de origen japonés trasladarse de manera inmediata a las ciudades de Guadalajara y México con el propósito de ser concentrados y vigilados de manera estrecha. Sin entender por qué tenía que dejar su casa, abandonar su escuela y alejarse de sus amigos, René se dirigió a Guadalajara en compañía de sus padres en los primeros días de enero de 1942.

La orden de concentración representó para René Tanaka no sólo un cambio de lugar de residencia. Los primeros meses de ese año en la ciudad de Guadalajara y posteriormente en la ciudad de México, donde hasta ahora radica, significaron en realidad una transformación total de la vida a la que estaba acostumbrado en el pueblo de Ures, etapa que recuerda como la más feliz de su existencia.

Uno de las cosas que René empezó a añorar fue la mascota en que se había convertido una de las gallinas que su madre criaba en el patio de su casa. La gallina era especial para René por el azul de su plumaje, color que resaltaba al contacto con los rayos del sol. Su padre Zenzo le había construido un pequeño carro de madera en el que paseaba a la “gallina azul” como sería conocida por todo el barrio.

René también echaba de menos el enorme patio de su casa donde, además del gallinero, una frondosa palmera de dátil no dejaba de producir el fruto con el que su madre le preparaba una deliciosa mermelada que ya no comería jamás. Bajo la sombra de la palmera, su padre había construido una especie de tina que asemejaba al furo o baño en tina en el que los japoneses acostumbran sumergirse para relajarse del trabajo diario. Utilizando un tanque de petróleo cortado longitudinalmente, Zenzo lo colocó sobre una base que contenía leña para calentar el agua. En el fondo del tanque, le había adaptado una rejilla de madera para que el cuerpo reposara plácidamente.

La cultura del pueblo de Ures y su entorno geográfico le brindaron a René elementos identitarios que marcaron para siempre la vida y los recuerdos de niño. Los paseos por la sierra que atraviesa a Sonora le permitieron conocer venados y pumas. Los paseos al río durante el caluroso verano hicieron que disfrutara el agua fresca y cristalina que baja de las montañas a la que se zabullía abrazado de una sandía que lo mantenía a flote.

Mapa de Sonora (Google map)

La gran diversidad de guisos y comidas que se preparaban en la región siguieron siendo parte de los recuerdos que lo acompañan hasta hoy en día. El llamado menudo o guiso realizado con la pancita, las patas y tripas de res, aderezada en un caldo con granos de maíz y el chile chiltepín de la región, se convirtieron en uno de los platos favoritos de la familia Tanaka. Pero además la madre de René aprendió a guisar los tamales de masa de maíz elaborados con carne y manteca de cerdo envueltos en hojas de elote que se convirtieron en el platillo favorita de René.

Tortillas de harina (Wikipedia)

Como es sabido las tortillas de harina son parte fundamental de la cultura culinaria del norte de México, en particular aquellas que llegan a tener un diámetro de hasta 50 centímetros y que acompañan la comida sonorense a la que los Tanaka y un grupo de inmigrantes que radicaban en Ures fueron introduciendo en su dieta diaria.

La familia Tanaka no sólo aprendió a valorar esta cultura como propia sino que la utilizó como medio para sobrevivir. Zenzo instaló un puesto de comida en la plaza principal de Ures donde vendía “lonches” como se había castellanizado la palabra lunch en inglés. Los burritos, como se les denomina a las tortillas de harina rellenas de frijol o de carne seca machaca, eran de los alimentos que más se vendían en el puesto de los Tanaka.

Otro de los productos que vendía Zenzo con gran éxito, eran los helados y raspados de hielo. En la preparación de los mismos participaba tanto René como su madre. Los helados de leche con sabor a nuez, vainilla, chocolate o fresa se preparaban en un balde de metal que se introducía en una batea de madera cubierta de hielo con sal. Para endurecer los líquidos de sabores era necesario dar vueltas al recipiente de manera ininterrumpida durante decenas de minutos hasta que tuviera la consistencia del helado. Ante la venta exitosa de los helados, Zenzo adaptó un pequeño motor para que la rotación del recipiente del helado no se hiciera manualmente.

La preparación de los raspados de hielo también requería la participación de todos los miembros de la familia Tanaka. Zenzo y René, se encargaba de ir a comprar los enormes trozos de hielo a la ciudad de Hermosillo en una camioneta que compró la familia. La transportación del hielo no era sencilla pues se le cubría de aserrín y se envolvía con mantas para evitar que se derritiera durante el traslado. En casa, Zenzo almacenaban los trozos en un cuarto especial donde los cortaría en el transcurso de la semana según los fuera requiriendo. En el puesto de la plaza del pueblo los raspados de hielo se endulzaban con mermeladas de fresa, tamarindo y grosella según el gusto del cliente. Es de destacar que la mermelada de durazno fue adquiriendo su toque japonés pues los clientes solicitaban sus raspados de momo refiriéndose a esa fruta con el nombre en japonés.

Otra golosina que empezó a elaborar la familia Tanaka fue el dulce de leche endulzada con azúcar a la que se le agregaba piñón o nuez. En grandes cacerolas de cobre la leche se calentaba y cuando hervía no se dejaba de mover hasta el momento en que se caramelizara. Este dulce que se conoce con el nombre de jamoncillo es muy popular hoy en día al formar parte de los dulces tradicionales de Sonora y de otros lugares.

La relación de esta familia con la población local en términos sociales, económicos y afectivos, es un ejemplo que muestra la inserción de las comunidades japonesas a un pueblo como el de Ures y la simbiosis compleja en la que se forjó una cultura japonesa en México que es conocida con el nombre genérico de nikkei, concepto que se necesitaría explicar con mayor detenimiento.

Al irrumpir la guerra, el rompimiento de los lazos estrechos de estas comunidades con su entorno a lo largo y ancho de México significó una época aciaga para los miles de inmigrantes que se encontraban plenamente integrados a los pueblos y ciudades donde radicaban. Para René en particular, el traslado a la ciudad de México en el barrio de Tlalpan constituyó una especie de emigración como la que habían experimentado sus padres. Al lado de otras ocho familias de japoneses que venían de distintos lugares de México y que habían sido forzadas a concentrarse, René tuvo la oportunidad de adentrarse de manera colectiva con la cultura japonesa de sus padres. En Tlalpan, los inmigrantes instalaron una escuela donde los niños aprendieron a hablar y a escribir el japonés de manera fluida. El maestro, que era pagado por los padres de familia, fue una de las piezas centrales para que los niños nacidos en México se educaran como lo hacían en Japón, incluso con los libros de texto que se utilizaban en ese país y en los cuales se destacaba como elemento central el respeto y adoctrinamiento a la figura del emperador, símbolo de la unidad del pueblo japonés.

Escuela de Tlalpan. René se ubica en la segunda fila de arriba hacia abajo en el extremo derecho (colección personal)

Las dificultades que enfrentaron los Tanaka en este nuevo proceso de inmigración eran compensadas por la solidaridad y la forma en que colectivamente los concentrados resolvían los problemas. En este sentido, la concentración de las comunidades dispersas potenciaron los lazos con el Japón lejano del que venían y que la guerra y el rompimiento de las comunicaciones hacía más distante y etéreo.

Pero si la guerra y la concentración les permitieron a las comunidades dispersas establecer lazos estrechos, el fin de la misma dividió de manera profunda a las familias que se había instalado en Tlalpan. Cuando se difundió la noticia de la rendición de Japón el 15 de agosto de 1945, las comunidades japonesas en todos los países de América enfrentaron un enorme dolor al desconocer la situación en que se encontraban sus padres o incluso sus hijos que radicaban allá como era el caso de la familia Tanaka.

La confusión que generó la derrota de Japón se reflejó en el hecho de que muchos inmigrantes consideraron que la información sobre la destrucción de Japón era totalmente falsa o parte de la propaganda norteamericana, mientras que otros aceptaron la triste realidad. Este fue el caso de los padres de familia de la escuela de Tlalpan que partió en dos a la comunidad: los que consideraron que Japón había ganado la guerra, kachigumi y los perdedores, makegumi. El grupo de los “ganadores” se mudó a otra parte de la ciudad por lo que los “perdedores” no pudieron sostener más los gastos de la escuela que tuvo que ser cerrada de manera definitiva en este barrio.

El fin de la guerra abrió una nueva etapa para las comunidades de inmigrantes que desecharon por completo regresar a su país o incluso ya no consideraron conveniente mudarse a los lugares donde habían radicado antes. Los Tanaka, como la gran mayoría de los concentrados en la ciudades de México y Guadalajara, aprovecharon las posibilidades que estas ciudades les ofrecían para educar a sus hijos. La formación de los niños se convirtió en la preocupación central de los concentrados. La gran mayoría de estos niños ingresó en las universidades públicas al correr del tiempo donde se formaron en distintas profesiones. René es uno de ellos, como dentista ha contribuido al prestigio que goza ese amplio gremio de profesionistas de origen japonés.

 

© 2021 Sergio Hernández Galindo

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