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El crupier de historias

A Rubén Sugano le encanta hablar con gente mayor. Issei o nisei. Escuchar sus historias. Nutrirse de ellas. Es un “vicio”, dice. Una adicción a relatos que suelen remontarse a la guerra, a infancias duras, a golpes que moldean personalidades fuertes que se sobreponen a la adversidad.

El vicio nació durante su niñez. En Huaral, provincia de Lima donde el músico e investigador de 38 años se crio, sus amigos eran los amigos de su papá. Su interés por la historia de la inmigración japonesa al Perú creció en forma paralela.

En su casa curioseaba entre los objetos de su abuelo nacido en Fukushima. Aunque su ojiichan murió cuando Rubén tenía apenas siete años y conserva difusos recuerdos de él, sus pertenencias han sido una valiosa herencia. Cuando era chico abría los libros en japonés de su abuelo sin entender nada, pero fascinado por los misterios que encerraban sus páginas.

Hisahi Sugano, el abuelo de Rubén. El cuarto de pie desde la izquierda.
(Fotos: Archivo personal de Rubén Sugano)

Donde Rubén vivía, hubo alguna vez un colegio japonés que fue demolido. Algunos objetos de la escuela acabaron en su casa (no sabe exactamente por qué, quizá su abuelo ocupó un cargo directivo): muebles, documentos, una pizarra, un reloj, etc. Reliquias que también llamaban su atención y de cuyo valor histórico poco a poco fue tomando conciencia.

Escuchar a Rubén es como ver en acción a un crupier: reparte historias como quien reparte cartas. “Me interesa todo lo que estuvo antes de nosotros”, dice.

De sus conversaciones con los mayores rescata, por ejemplo, los relatos sobre cómo eran los colegios japoneses a los que acudían los nisei. Su papá le contó que a la escuela donde estudiaba los niños iban sin zapatos, y que solo los utilizaban cuando recibían visitas.

Cuando su papá era niño y andaba por la calle, tenía que arreglárselas para encontrar rutas que le impidieran cruzarse con chicos que lo hostilizaban por ser hijo de japoneses. Si se topaba con ellos, la siguiente vez buscaba un nuevo camino. Era como si en su barrio hubiera zonas minadas.

Había mucha pobreza. A un nisei de Huaral le preguntó por qué no tenía fotos de su niñez. “Mi papá era tan pobre que ni fotos nos podía tomar”, le contestó.

También ha recogido recuerdos de la II Guerra Mundial. Un ojiichan que vivió la guerra en Okinawa le contó que se escondía de los soldados estadounidenses en un pozo. Como era niño, podía empequeñecerse hasta el punto de evitar que los enemigos lo descubrieran cuando se asomaban al pozo. En las noches salía a buscar comida. Un día, sin embargo, lo capturaron. No fue una desgracia. Todo lo contrario. Lo recuerda como un día feliz porque pudo tomar leche y comer bien.

En alianza con un grupo de amigos, Rubén tiene planeado difundir estas historias a través de conversatorios, sobre todo entre la gente joven para que conozca lo que vivieron sus abuelos o bisabuelos. “Los chicos de ahora piensan que todo es fácil: vino el ojiichan, trabajó, hizo fortuna, que fácil fue. No saben todo lo que pasaron”.

Un consejo que un día recibió de una persona mayor lo hizo pensar en lo privilegiado que es por haber tenido la oportunidad de estudiar, a diferencia de los inmigrantes que vinieron como peones o de muchos nisei que tuvieron que abandonar los estudios para ponerse a trabajar y contribuir al sostenimiento de la familia: “No trabajes como burro, usa la cabeza. Para ustedes es más fácil, tienen estudios. Nosotros no teníamos estudios”.


20 AÑOS CON EL SANSHIN

Cuando Rubén terminó la secundaria, su padre lo envió a Lima para que siguiera estudios superiores. Un año después, en 1996, vio por primera vez un instrumento que jamás sospechó que se convertiría en parte fundamental de su vida: el sanshin. Ni siquiera conocía su existencia. Le pareció raro y el asunto no llegó a más, pero tres años después, a través de amigos, comenzó a tocarlo.

Habituado desde chico a ver detrás de cada persona u objeto una historia, su interés por este instrumento originario de Okinawa se extendió más allá de lo musical. No le alcanzaba con tocarlo, también quería saber cómo llegó al Perú, cuán importante fue para los inmigrantes. Tuvo un sensei, Julio Heshiki, que lo guio por el mundo del sanshin.

Para Ruben, el sanshin no solo tiene historia, sino también vida. Desde 2003 se dedica a su reparación y cada vez que lo hace siente que lo ha resucitado. Cuando alguien le lleva uno para que lo repare él piensa: “Este sanshin tiene una historia, una trayectoria, hay que volver a darle vida”.

Rubén Sugano repara sanshin desde hace 13 años.

Ha fabricado sanshin, pero prefiere repararlos. Es más emocionante. Cuando recibe uno y averigua que perteneció a un gran maestro, se le eriza la piel. Piensa en cuánta historia alberga y siente una gran responsabilidad. Lo trata como si fuera un objeto sacro. Con sumo respeto.

Una vez reparó un sanshin que, se enteró después a través de unos especialistas, tenía 120 años de antigüedad. Se quedó frío. “Si hubiera sabido no lo tocaba”, bromea.

Comenzó por necesidad y de manera empírica: cuando se estropeaba alguna parte de su sanshin, buscaba la manera de arreglarlo. Aprendió metiendo la pata.

“Al comienzo me traían un sanshin y me decían ‘píntalo’, y yo lo pintaba. Después me di cuenta de la burrada que había hecho, maté la historia. Cambias la pintura del sanshin y le quitas el valor histórico”. Ahora recibe un sanshin con una rajadura y la deja intacta. También es historia.

Rubén aprendió mucho de un amigo que gracias a una beca en Okinawa se capacitó en la reparación de sanshin.

Ahora bien, faltaba un paso más en su historia personal: la enseñanza.

Cuando se dio cuenta de que había mucha desinformación sobre el sanshin en el Perú, decidió hacer un video instructivo. Sin embargo, lo convencieron de elaborar algo más ambicioso: un documental. El propósito ya no era solo didáctico, sino también histórico. Además, representaba una gran oportunidad para recordar y homenajear a los maestros y promotores del sanshin. El documental fue lanzado en 2012.

¿Cuándo llegó el primer sanshin al Perú? ¿En qué circunstancias?

Los primeros inmigrantes okinaweneses arribaron al Perú en 1906. El primer sanshin habría llegado al Perú a mediados de la siguiente década, de acuerdo con un libro sobre música okinawense que consultó. ¿Cómo “aguantaron” sin música durante tantos años?, se pregunta Rubén (subraya: donde hay un okinawense, siempre hay música y un sanshin). Él cree que los inmigrantes se las ingeniaron para construir sanshin con los materiales que tenían disponible en el Perú antes de que el instrumento llegara de Okinawa. Incluso en una hacienda se encontró uno hecho con lata y palo de escoba. Así de grande era la necesidad de música.

Aunque Rubén ha integrado diversas bandas, se ha alejado de los escenarios para centrarse en su labor como reparador y difusor del sanshin (y su trabajo como administrador de empresas).

Sin duda, la suya es una voz autorizada en el Perú para hablar sobre este histórico instrumento okinawense. Sin embargo, él prefiere ir con cautela: “Para decir que sé bastante me falta un montón”.


AHORA TOCA FUKUSHIMA

Rubén tiene fuertes lazos con la comunidad de origen okinawense en el Perú, donde lo acogieron con los brazos abiertos. En 2011 viajó a Okinawa para participar en el Uchinanchu Taikai. “Me volví loco. Como me gustan la música y el arte, me pareció un paraíso. En Okinawa el arte es un derecho, no un lujo”.

La importancia que en Okinawa tienen las manifestaciones artísticas ha hecho posible que en el Perú sus descendientes mantengan una estrecha relación con la tierra de sus ancestros. No hay pegamento social más fuerte que la música y la danza. Nada integra más.

Rubén sostiene que las becas que Okinawa ofrece a los jóvenes descendientes de okinawenses son fundamentales para mantener el cordón umbilical, pues esos chicos retornan al Perú con enseñanzas (sanshin, odori, etc.) que comparten con otros jóvenes.

Ahora tiene previsto un nuevo viaje a Okinawa para asistir al Uchinanchu Taikai. Esta vez, sin embargo, quiere aprovechar la oportunidad para conocer el pueblo de Fukushima donde vivió su abuelo. También piensa visitar Yokohama, de donde partió el barco que lo llevó al Perú. El objetivo de Rubén es reconstruir el itinerario que su abuelo siguió hace 99 años para llegar al otro lado del Pacífico. Ya conoce las haciendas en el Perú en las que trabajó. Solo le falta Japón.

Los issei como su abuelo son una fuente de inspiración. Cuando le preguntas qué es lo que más destaca de los inmigrantes japoneses, sin titubear responde: perseverancia.

“Mi ojiichan, cuántas veces se cayó y cuántas veces se levantó”, dice. Si te caes, levanta la cabeza. Rubén recuerda que una vez sufrió un fuerte bajón anímico. Sin embargo, gracias a los testimonios de la gente mayor, que le contaban cómo se ponían de pie cada vez que sufrían un revés, sin rendirse nunca, se sintió impulsado para seguir adelante. Además, notó que su drama no era nada comparado con las cosas terribles que ellos vivieron, sobre todo en la época de la guerra.

Como parte de su labor de difusión de la historia de la comunidad nikkei, Rubén está preparando un documental sobre la historia del odori en el Perú, a través de cuatro sensei que narran cómo aprendieron a danzar y quiénes fueron sus profesores.

Rubén Sugano con las sensei de odori que protagonizarán su próximo documental.

En fin, hay mucha historia que contar sobre los inmigrantes japoneses y sus descendientes en el Perú. Eso sí, Rubén dice que hay que contar la historia sin censuras, sin importar el qué dirán, sin edulcorarla. La verdadera historia.

 

© 2016 Enrique Higa

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