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Música y baile en la inmigración japonesa. Investigadora brasileña Elza Hatsumi Tsuzuki indaga en territorios inexplorados

Durante tres años, la musicóloga brasileña Elza Hatsumi Tsuzuki ha buceado en archivos periodísticos y entrevistado a mucha gente para adentrarse en la vertiente artística de la historia de la inmigración japonesa al Perú. Una labor que hasta entonces nadie había emprendido. 

Perfil. Elza Hatsumi Tsuzuki egresó de la Universidad de Sao Paulo, Brasil. Estudió musicología y música tradicional japonesa en la Universidad Nacional de Bellas Artes y Música de Tokio. Es investigadora asociada del Instituto Francés de Estudios Andinos.

Tuvo que empezar de cero. No la sorprendió el vacío, pues en su país ocurría lo mismo. Todo el mundo ha historiado los grandes hechos, pero nadie parece haber buscado responder preguntas como: ¿Qué bailaban los inmigrantes japoneses? ¿Cómo eran sus espectáculos musicales? ¿Qué piezas teatrales representaban?

Cuando Hatsumi arribó al Perú, junto con su esposo, un diplomático francés, de inmediato buscó ponerse en contacto con la cultura japonesa. Llegó al Centro Cultural Peruano Japonés, donde inició su investigación.

Su principal insumo impreso fueron los diarios. Gracias a Andes Jiho, fundado en 1913, pudo rastrear en los primeros tiempos de la inmigración. A través de Perú Shimpo, se enteró de las numerosas veladas artísticas que se organizaban durante la posguerra.

Solo encontró un libro, de 1954, que conmemoraba cinco años de la fundación de Okinawa Ongaku Kiokai, un espacio musical para los inmigrantes okinawenses.

Ante la escasez y dispersión de la información escrita, los testimonios orales constituyeron el nervio de su investigación. Varias personas, en especial nisei, tuvieron que remontarse a su niñez o juventud para describirle a Hatsumi los shows artísticos de aquellos tiempos. 

Foto: Museo de la Inmigración Japonesa al Perú

TAN NATURAL COMO RESPIRAR

La primera actuación artística de la que tiene registro la musicóloga brasileña se realizó en 1915. Un año después, el teatro Buenos Aires congregó a cerca de 500 personas para disfrutar de un espectáculo organizado por la colonia japonesa. Un navío de la marina de Japón había anclado en el Perú y sus miembros escenificaron una obra teatral.

A Hatsumi le llamó la atención la magnitud del evento a solo 17 años del comienzo de la inmigración japonesa al Perú, dato que indica, a su juicio, que los inmigrantes prosperaron rápidamente, pues solo una comunidad unida y con solidez económica podía montar una velada para medio millar de espectadores.

Ella no sabe si en el primer barco que llegó al Perú con inmigrantes japoneses, en 1899, alguno trajo instrumentos musicales de su país. Sin embargo, descubrió que en el segundo viaje, en 1903, en la fiesta que se hacía en el barco al cruzar la línea ecuatorial hubo pasajeros que tocaron instrumentos japoneses. 

La mayor parte de la información que consiguió recopilar provino de la inmigración okinawense. Los hermanos Ryojin y Ryotoku Taira cumplieron un rol destacado en el desarrollo de la música y la danza de Okinawa en el Perú. En la década de 1920 ya existía una agrupación de danza formada por inmigrantes de la sureña prefectura japonesa.

Hatsumi resalta que para los okinawenses bailar o cantar era tan natural como respirar, un componente de su identidad tan valioso como su idioma. El sanshin parecía un miembro más de su cuerpo.

Después llegó la guerra.

Las décadas de 1950 y 1960 fueron muy activas en materia de espectáculos en la colonia japonesa. En ninguna otra época encontró tanta información periodística. En los cincuenta la colonia organizaba actividades para recaudar fondos que luego destinaba a apoyar la reconstrucción en Japón (sobre todo en Okinawa), devastado por la guerra. 

Hatsumi ha tenido que acortar su estadía en el Perú. Su nuevo destino es Francia. Sin embargo, no va a desvincularse de su investigación. Rubén Sugano, fundador del grupo Okinawa Chanpuru, continuará la senda de su trabajo en el ámbito musical. Lamentablemente, falta gente que la releve (o coopere con ella) en sus indagaciones sobre la danza y el teatro de los inmigrantes japoneses.

La principal barrera para seguir investigando es el idioma. Casi toda la información impresa que halló está escrita en japonés. Por eso, opina que el libro de Okinawa Ongaku Kiokai, al ser el único de su naturaleza, debe ser traducido al español. 

Hatsumi está convencida de que hay familias nikkei que tienen, entre sus recuerdos, quizá en un baúl o una caja, material que sería muy útil para su investigación. Pide que se contacten con la Asociación Peruano Japonesa si logran encontrar algo. 

La historia de la música, la danza y el teatro de los inmigrantes japoneses en el Perú aún está por escribirse. La musicóloga brasileña ha avanzado un gran trecho, pero necesita que la apoyen. La colectividad nikkei tiene una tarea pendiente.

* * *

CIUDADANA DEL MUNDO

Durante tres años, la musicóloga brasileña Elza Hatsumi Tsuzuki se adentró en la vertiente artística de la historia de la inmigración japonesa al Perú

Hatsumi dejó Brasil siendo una veinteañera para estudiar en Japón, donde residió doce años. Desde entonces ha viajado mucho. Habla cinco idiomas  (portugués, japonés, inglés, francés y español) y se considera una ciudadana global. 

No extraña Brasil, solo a su familia (“mi familia era como si fuera Japón dentro de casa”, recuerda), y siempre logra sentirse cómoda a donde vaya. Le ocurrió en el Perú. El primer año fue difícil, tuvo que adaptarse, pero luego todo fue sobre seda.

“Me encanta el Perú”, dice con una amplia sonrisa. “Yo podría vivir acá el resto de mi vida. Estoy muy triste de partir del Perú. Las personas me encantan, la gastronomía me encanta bastante”, agrega. Además, tiene una singular preferencia: le fascina el desierto peruano. ¿Música? Todo lo que tenga charango o zampoña. ¿Baile? Marinera.

Su experiencia con los nikkei también ha sido positiva. “Son muy unidos, hay una solidaridad increíble, y las ganas de hacer cosas”, manifiesta. También destaca a los jóvenes, su ímpetu, su ánimo, que se hacen tangibles en las bandas musicales que forman como una manera de conservar el legado de sus ancestros.

A pesar de su amplia experiencia profesional, Hatsumi tiene mucho cuidado con autodenominarse especialista. En Japón aprendió que uno nunca termina de aprender. “Esa actitud nos falta a los descendientes (de japoneses)”, advierte. No existe un nivel máximo, siempre se puede llegar más lejos. Por eso, subraya, no basta con estudiar unos cuantos meses o un año en Japón para considerarse especialista. El aprendizaje dura lo que dure la vida.

 

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 70, y adaptado para Discover Nikkei.

© 2012 Texto y fotos: Asociación Peruano Japonesa

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