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Recuerdos de la Colonia Japonesa en Jauja, Perú

Hay quienes dicen que recordar es volver a vivir. Y en estos últimos años de vida que llevo mi vivir es a través de los recuerdos felices. La vida ha sido tan larga en cuestión de años y tan corta en la nostalgia que hoy vuelvo a sentir. La infancia y la juventud son dos etapas en la vida que se unen al final del camino. Encuentra el anhelo de vivir con solo recordarlas.  

Fue en una noche de lluvia torrencial de noviembre de 1948 que llegué a mi nuevo destino. De Lima, que vivía con la familia del señor Hirano Matsumura, desde 1944, a mi nuevo hogar con la familia Araki Miyada, en la ciudad de Jauja. Recuerdo un carro Chevrolet último modelo del señor Araki y a los señores Nishimura e Iwamoto, y la señora Máximina Miyada, en compañía de una jaula con canarios. Todos ellos y yo en un viaje de costa a sierra. Subir hasta los 4 200 metros sobre el nivel del mar y luego bajar hasta los 3 600 metros, que es donde Jauja se encuentra, en pleno Valle del Mantaro.

A la edad de ocho años no es fácil dejar una familia por otra, en Lima, en los Barrios Altos donde vivíamos, los recuerdos de los amigos y vecinos son frecuentes en noches de llanto y pena. Solo cuando los días se volvieron meses, y el refugio de nuevas amistades afloraban en cada nuevo amanecer, la tranquilidad de un nuevo hogar se reflejaba en cómo mi vida de palomilla se hacía más notoria y frecuente según pasaban los años.

Me gustaba la escuela mas no estudiar. En ella podía jugar con mis amigos en los recreos, y también en los días que uno faltaba a la escuela, e irnos con la pandilla a jugar fútbol, mientras que, en las clases, nuestros lugares solo eran carpetas vacías y un profesor que nos esperaba con un látigo en las manos.

Jauja era un pueblo tranquilo y siempre lo vi así. Hasta el día de hoy me parece que nada ha cambiado. Solo la remodelación de su Parque Principal y que hoy lo veo no tan agradable como en mis épocas de muchacho. Por lo demás, las tiendas son casi las mismas, solo sus dueños han cambiado. setenta años después. Hoy en la ciudad de Jauja ya no habita ningún miembro de la colonia japonesa. El último de mis amigos, José Kato, falleció hace dos años.

La ciudad de Jauja hasta 1960 era conocida por los enfermos de la tuberculosis. Su preciado clima ayudaba a que la terrible enfermedad no avanzara. Solo con la llegada de la penicilina fue que poco a poco los enfermos se curaban en sus ciudades y ya no tuvieran que refugiarse aquí. La estadística nos marca, con la ayuda de la municipalidad provincial, que los primeros enfermos japoneses que llegaron a la ciudad y fallecieron data de 1915. O sea, 16 años después de la llegada del Primer Barco Japonés de Inmigrantes que llegó al Perú (1899). Jauja fue el refugio de toda persona que se sintiera mal por la tuberculosis. Muchos llegaban con sus familiares y formaban pequeños negocios para hacer la vida más llevadera.

Era una pequeña colonia japonesa en donde todos nos conocíamos. Tomábamos el sol en el Parque Principal y nos encontrábamos con todos los amigos y conocidos. Veinticinco familias y diez jóvenes eran más o menos los que vivían en la ciudad, con negocios en distintos rubros. Encomenderías, restaurantes, bazares, estudios de fotografía, peluquerías. Los negocios más grandes eran el almacén de abarrotes del señor Máximo Umemoto y la embotelladora de Aguas Gaseosas de la familia Higuchi.

Cerca de 1953 se había formado el Club Los Andes, con miembros de la colonia japonesa y su sede en el jirón Grau. En su local se practicaba el ping pong y distintos juegos de salón. Un equipo de béisbol hacía las delicias de practicarlo todos los sábados y se jugaban partidos pactados con la Novena de La Asociación Nacional Nisei Huancayo.

Para los años de 1958 se formó el Club Nisei Jauja en base al fútbol, al segundo año ya estábamos en la Primera División, alternando con los mejores equipos de la ciudad: Deportivo Municipal, Once Estrellas, Hatun Xauxa, Sport Samaritana, Deportivo Olavegoya, Estudiantes Unidos, Huracán Andino, etc.

Equipo de Fútbol del Club Nisei Jauja. Con su bandera del Club. Año. 1958.

Me tocó la suerte de ser el primer presidente de esta nueva institución, mi periodo culminó con la formación de la Compañía de Bomberos Jauja N° 1. En toda esta campaña me ayudó mi amigo Víctor Aritomi de Huancayo, que en aquellos momentos presidía la Asociación Nacional Nisei Huancayo. Él también era miembro de la Compañía de Bomberos de Huancayo, en donde varios niseis huancaínos eran bomberos activos: Crisanto Shiraishi, Arnaldo Uchiyama, Pedro Aritomi, Alberto Okugawa, Carlos Yamaguchi y Víctor Aritomi, entre los años 1958 y 1960.

Directivos de las Compañías de Bomberos de Jauja y Huancayo. Año. 1959.

La colonia japonesa de la ciudad de Jauja era respetada y querida por toda la población. Tres de sus miembros llegaron a ocupar el cargo de alcalde de la ciudad. Ellos fueron Juan Higuchi, Pedro Onaka y José Yseki. Y, según me contaba mi amigo José Kato, la colonia japonesa donó los postes de alumbrado de la avenida Ricardo Palma, un terreno cercano al cementerio y realizó muchas obras en favor de la ciudad.

Al llegar la penicilina al país, mermó en gran parte los enfermos que sufría de tuberculosis y, poco a poco, la colonia japonesa fue dejando la ciudad. Hoy, como me contaba mi amigo José Kato, solo quedan los muertos que descansan en el Cementerio General. En estos 60 años que he dejado la ciudad de Jauja, cada cierto tiempo me acerco al Campo Santo a visitar mis viejas amistades. Cientos de nombres y apellidos japoneses adornan los mausoleos. Al estar tan lejos de sus familiares del Japón, los Iseis que llegaron como inmigrantes en barcos cargueros, hoy, gracias al noble pueblo de Jauja, duermen el sueño eterno en la tranquilidad más sencilla que un cuerpo pueda reposar.


Nota del autor:

Aún recuerdo los nombres y apellidos de muchos nikkei con solo transitar las calles de Jauja:

Los hermanos Genaro, Fortunato, Juan, Josefina y Benigna Higuchi; Máximo y José Umemoto; Luis, Roberto, Daniel, Julio y Yolanda Makino; Roberto Aymoto, Rricardo Watanabe, señora Ayko, José y Ricardo Otsuka, señor Nakachi, familia Nakamura, Hiroshi, Roberto, José y Rosa Kato; Olga y hermanos Kanashiro; Jose Yonemoto; Benito Araki y Maximina Miyada; señor Miki y familia; Javier Ishibashi y señora; Pedro Onaka, mamá, esposa e hijos Takaki, Chibi y Kimi; señor muruchan e hijo. familia yamashiro, señor onuma, julio y eduardo hijos. señor Kamita e hija; señor Saito y familia.

Familia Miyahira, Rosa, Tsuneo y hermanos; familia Tamakawa; José Fukushima, esposa Mercedes e hijas; Yolanda, Iris, Toya y hermana; Antonio Makino, esposa e hijo; Nobuo Taniguchi y señora; Enrique Higa, esposa Carmen Kiyan y sus hijos Ana, Margarita y Julián; Alberto Ishii, esposa e hijos. Joaquín Kanashiro, esposa e hijos; familia Yamamoto; Alfonso Chinen, mamá y hermana. Antonio Yseki, esposa e hijos; Fernando Nakasone, esposa e hijos; Jorge Tabuchi, esposa Anita Matsumoto e hijos; señores Ychikawa y familia; Takeuchi, Sakasaki, Furosan, Matsuda e hija; Luis Kawano, Felipe y Ernesto Miyamoto; Jorge y Constantino Higa; José Arakaki, Pedro Goya, Yuki Nakasone, Miguel Watanabe, Marcos Nakagawa, Jorge Honda y mamá.

Hoy en la ciudad de Jauja, la ausencia de la Colonia Japonesa se siente en todo el vecindario. Solo algunos descendientes tienen negocios y recuerdos de la colonia. Y ahí, en el hermoso cementerio de la ciudad, más de 300 nikkei descansan su sueño eterno y disfrutan el aliento y cariño de un pueblo de la sierra que bien los tuvo como sus hijos. El sufrimiento en vida tiene su recompensa. En tierra jaujina, un pueblo agradecido que los cuida como a sus propios hijos. Solo en el aire siento el olor a las retamas, eucaliptos, cipreses, tierra húmeda y virgen. Y ese cariño de un pueblo que sabe querer a sus visitantes. Gracias, Jauja.

 

© 2020 Luis Iguchi

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