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El mar de las ilusiones

En el balneario de Pucusana, Peru. De pie: Daniel Kuriyama. De izquierda a derecha: Luis Iguchi, Teruo Okuma, y Alberto Nakaya. 

Noviembre es el mes de pesca de los tramboyos, de aquellos cabezones color mango maduro que se esconden entre la arenilla, las piedras y las rocas. Y como lo decía Pedrito Luna: “Luchito, Luchito, en Pasamayito salen los mejores tramboyos”. Aquellos bichos que le gustan a los japoneses en salsa de soya, sancochados y el arroz caliente y de blanco pergamino. Y me contaba mi esposa Susana que en los años cincuenta su papá Shigueto cargaba con sus tres hijos y, en la plazuela Santa Catalina, tomaba el ómnibus a Pucusana. Ellos viajaban hasta el kilómetro 43 a comprar la carnada a cargo de los chicos y el padre seguía un kilómetro más con la movilidad. La playa era la ilusión de aquellos tres chiquillos quienes, con la carnada en mano, bajaban la pendiente en busca del padre que ya dormía su siesta sobre la arena caliente y el sinfín de las olas que morían a metros de él.

Las ilusiones del mar son cálidas promesas que irrumpen en el tiempo y están hechas de las más variadas olas, que mueren en las rocas y sumergen de los riscos, afloran en los acantilados o simplemente terminan en la arena, en su frágil intento de querer avanzar. Ahí los escurridizos “muy muy” (crustáceo que se usa de carnada) son encontrados en blandas carnadas y encantan a los viejos pescadores, al insertarlos en el anzuelo, sujetarlos con hilo rojo y lanzarlos lo más lejos, y que sea el pez con su astucia que muerda y jale, coma y se enganche, que luche y se desespere; que invisible entre las aguas quiera llegar a su refugio donde las piedras y las rocas vuelven a ser una salvación del poderoso jalón del pescador.

Luis Iguchi en pesca en bote. Balnerio de Pucusana. 

Dicen los experimentados pescadores que el pescar un lenguado es la verdadera pesca. Caminar, encontrar la poza, tirar el cordel y enrollarlo para que la carnada flote, sentir la “muestra” batirse entre las olas, o simplemente ver naufragar el pequeño plomo, el anzuelo decaído, la magia enterrada y, enseguida, volverlo a lanzar. Aquello es, una y otra vez, al paso de las horas, los kilómetros andados, el manso entorno de un lugar solo conocido por quien pesca, el augurio de buscar otro lugar donde el lenguado repose su tamaño y longevidad, y pecar de sabio cuando el pez en su carrera de libertad busque, afanoso, soltarse del anzuelo, hundirse sobre el fondo o simplemente pelear con lealtad.

Lo vimos en la playa “El Chuncho”, de Pisco. Una mañana donde la claridad era una especie de brillo apagado. Julio Tawata tomó su cordel y, enseguida, lo lanzó sobre la cresta de una ola, ya estaba comenzando la “seca” y las piedras se veían al final de los riscos, cuando dio un grito de asombro y alegría al enganchar un pez a tan temprana hora y ni bien llegado al lugar. Todos pusimos los ojos sobre la lucha del pescador ante su presa. Un lenguado de cuatro kilos se asomaba entre la bruma y el manso oleaje, no había de donde ayudar al retiro de las aguas y entre las sobresalientes piedras el hermoso lenguado luchaba por su vida. Se soltó y toda su figura se movía de emoción, buscaba el líquido de su hábitat y saltaba entre las piedras esperando una próxima ola que lo pueda salvar. Armando Uema le gritó a Julio: “Siéntate sobre el lenguado, que no se te vaya y no esperes la siguiente ola”. Julio obedeció y se sentó sobre el aturdido pez, se mojó de la cintura para abajo, soltó el cigarro que fumaba, tembló de emoción unos instantes y atrapó su famoso lenguado. No teníamos entonces celulares, sino la foto sería en estos momentos una muestra de cómo pescar un lenguado y, de paso, tomarse un baño sentado y con ropa.

En la década de los ochenta la pesca fue para nosotros una aventura llena de amistad. Los días eran interminables en la búsqueda de nuestros aparejos de pesca y en formar el grupo para ir en busca de una noche de invierno en el balneario Santa María. Éramos una especie de socios en invierno, cuando llegábamos al Club Náutico Esmeralda. Pasada las cinco de la tarde, el guardián nos hacía pasar a sus instalaciones. Nosotros solo buscábamos los lugares de pesca, las peñas y los acantilados, el puente y la isla, en el lugar opuesto, tras la residencia de la familia Fernandini.

Trepábamos las escaleras, bordeábamos el cerro y bajábamos al encuentro de un pequeño puente de madera. Al otro lado, una diminuta isla frente al ancho mar, su piso pavimentado y una forma de gruta nos invitaba a pescar toda la noche, como si estuviéramos en el patio de nuestras casas. Al borde final de su entorno, un baño en abandono nos mostraba el techo de concreto, levantado de su lugar por un fuerte oleaje de los que con frecuencia se viven en las costas marinas. Se llevaba un primus (hornillo portátil) con olla, cucharón y platos y, al comenzar la noche, todo pescado que salía en los cordeles, llegaba directamente a su destino. El sudado más exquisito y sabroso de todo el invierno. Iba acompañado con gambas sacadas del muelle, anguilas de la playa chica y caracoles del surtido de sus peñas. Si algo faltaba, los muy muy blandos serían los acompañantes del delicioso sudado; el pisco y el ron no dejaban de faltar, y una lámpara Coleman de camiseta nos facilitaba una vista preciosa en una noche oscura de pesca.

A lo lejos, divisábamos el alumbrado titilante del balneario de Pucusana. Años estuvimos en la ruta del invierno. Para el verano, los verdaderos socios hacían de las suyas. Fiestas en el club, yates en paseos, sombrillas en la playa chica y nosotros pasábamos de largo Santa María, con destino a Pasamayito o a las playas de Pisco. El guardián nos invitaba a que fuéramos en invierno, él se sentía acompañado y en las noches con fogata y todo. Nos decía: “Yo estuve en la guerra con Chile”, y el trago corto nos quemaba la garganta de emoción.

Alberto Nakaya. "Zurdo" Pescando en bote. Balneario pucusana. 

Un año atrás, la pesca ya no era en las playas, las peñas, los riscos y la emoción de la mar brava, sino en bote y en las calmadas aguas de Pucusana. Miguel Hosaka, Teruo Okuma, Daniel Kuriyama, ‘El zurdo’ Nakaya y yo. Fingíamos estar en altamar y tener cómo pescar robalos, pericos, cojinovitas o peces de dos kilos para arriba. Vano intento y calmada incertidumbre. Nuestra “pesca” eran muestras de pescaditos para llaveros. El jalón apenas era una sensación de cosquilla y la caña profesional de Danielito Kuriyama era una muestra de cómo los peces grandes eran la historia de los veranos que pasaron. Solo la brisa de una mar en calma nos invitaba a comernos un cebichito de pejerreyes en los muchos lugares de comida rápida y sabrosa.

El puerto de Pucusana ya no era el mismo de los años sesenta. Limpio, ordenado y con botes que invitaban a sentir el jalón de jureles, caballas, cabinzas y tramboyos. Hoy, la panadería “La Espiga” es una más de las tantas tiendas acumuladas, y solo recordé que frente a la plazuela en un edificio de alquiler Pepe Cipolla, el gran cantante de la Nueva ola de los años 60 y 70, en compañía de sus padres, prestaba los baños a mi hermana Juana y a mi prima Lili. Ellos eran clientes de la granja Bolívar en los días que funcionaba en el perímetro de la Clínica Stella Maris de Pueblo Libre.

A comienzos de los años 70, y en la nueva tienda de Vivanco, una tarde ya casi al cerrar se presentó un amigo pescador y me dijo: “Lucho, regálame tripa de pollo antes que lo botes”. “¿Tripa de pollo? ¿Y para qué la quieres?”. “Para pescar, usándolo de carnada en Conchán, están cayendo pejerreyes con la tripa de pollo”. Al irse el amigo con su tripa, mi hermana se me acercó y me dijo: “¿Y si cerrando vamos nosotros a Conchán a pescar?”.

Hora y media después estábamos en la playa de Conchán lanzando los cordeles. Mi hermana no tenía experiencia de lanzar el cordel con sus cuatro anzuelos, plomo y carnadas y, en una de esas, se le trabó el sedal y de lleno se dio con el plomo en la frente. La herida le sangraba, pero ella no tenía tiempo de limpiarse, ya había pescado varios pejerreyes y la emoción no la perdía por una simple herida. Una hora después, la herida seguía sangrando, envolví mi sedal y me puse serio. “Juana, vamos a la posta médica, la herida te sigue sangrando”. De mala gana, dejó la pesca y salimos rumbo a la posta.

Las ilusiones se graban en la memoria como uno las quiera recordar. El mar siempre tendrá una forma de regalarnos vivencias. Y el castillo, que de viejos y cansados construimos con nuestros recuerdos, serán los momentos de vivir en paz con uno mismo y en completa soledad. El mar será la envidia de nuestras ilusiones.

 

© 2020 Luis Iguchi Iguchi

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