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César Tsuneshige: Recuerdos y legados para perdurar

“Así debe sentirse un artista”, dice César Tsuneshige mientras es fotografiado. Es una experiencia nueva para él ser objeto de una sesión de fotos. Habituado como médico veterinario, dirigente de la colectividad nikkei y estudioso de la historia de la inmigración japonesa al Perú a dedicar su atención a los demás, que los focos ahora estén puestos en él lo descoloca un poco.

Durante su época de estudiante. Tsuneshige es médico veterinario. (Foto: © Archivo personal)

Sin embargo, también lo asume como un reconocimiento. Significa que ha dejado huella. Ha sido un largo camino recorrido.

Séptimo de ocho hijos de una familia de inmigrantes de la prefectura de Yamaguchi, la vocación de servicio la heredó de su padre Makoto, que era el médico de la colonia japonesa en el Callao, donde ha vivido siempre. En un testimonio escrito recuerda a su papá:

César Tsuneshige con sus padres y hermanos. Él está entre las piernas de su papá. (Foto: © Archivo personal)

“No tenía horario, ya que en su búsqueda urgente, muchas veces en la madrugada irrumpían en la casa. Y pese a que algunas veces estaba en el mejor de los sueños, nunca dejó de asistir al enfermo”.

Atendía en su casa, pero también donde lo necesitaran. “Auxiliar al enfermo en las haciendas era un trabajo mayor, (tenía que) desplazarse en camiones en la oscuridad de la noche, por un camino de tierra apisonada, camino de las bestias de carga, donde la polvareda y los montículos hacían saltar y golpear la humanidad, hasta llegar a la casa de adobe”.

De su papá también heredó el afán por la documentación. Archiva todo. Para dejar constancia, para no olvidar, para el futuro. Repasa sus álbumes de fotos, mira hacia el pasado, recuerda a sus padres y hermanos.

El Dr. César Tsuneshige revisa uno de sus numerosos álbumes familiares (Foto: © APJ / Raquel Baldarrago)

Recuerda, por ejemplo, que durante la guerra su mamá Sadako tuvo que vender su preciado koto, motivo de gran congoja familiar, por la difícil situación económica por la que atravesaban. Hay, sin embargo, un feliz recuerdo asociado a ella: cuando la acompañaba al cine. “Era un premio”, dice.

Recuerda con gratitud al segundo de sus hermanos, Roberto, porque lo ayudó mucho con sus estudios.

Recuerda que cuando tenía dos años, dos de sus hermanos fueron enviados a Japón a estudiar. Nadie podía imaginar que poco después se desataría una guerra que separaría a la familia para siempre. A uno jamás lo volvió a ver porque murió joven. Con el otro hermano se reencontró más de 50 años después.

Recuerda, sobre todo, a su padre. Conversaban mucho. Cuando salía de casa, encontraba a su regreso a su papá, esperándolo. Le contaba qué había hecho, con quién había estado. Le gustaba hablarle y cree que a su padre le gustaba escuchar el relato pormenorizado de sus andanzas.

Con los scouts (Foto: © Archivo personal)

No era usual en aquellos tiempos que hubiera ese tipo de comunicación entre issei austeros que preferían expresarse con acciones e hijos que obedecían sin posibilidad de réplica.

En sus años mozos. (Foto: © Archivo personal)

Se sabe afortunado por ese nivel de conexión con su padre. “Yo he tenido suerte, será porque soy el quinto (de los hombres), casi uno de los conchitos”. La confianza le permitía, por ejemplo, enrostrarle a su papá: “¿Por qué los otros tienen jidosha (carro) y nosotros no?”. “Uno no raciocina”, dice ahora, ya grande.

Sus recuerdos no se limitan a la familia. Cuando era chico, en el Callao había una numerosa colonia japonesa y César Tsuneshige tiene un mapa mental de la ciudad de aquel entonces, lleno de tiendas y casas de familias japonesas. Solo hay que mencionarle un apellido para que diga dónde vivía la familia y qué negocio tenía. Todo está archivado en su cabeza.

DESCUBRIENDO LA HISTORIA 

Ceñirse al formato tradicional de preguntas y respuestas en una entrevista a César Tsuneshige es como intentar almacenar un río en un vaso. Así, lo mejor es prescindir de cualquier recipiente y dejar que las aguas sigan su curso libremente.

Uno de sus recuerdos favoritos, al que siempre vuelve, es su gestión como presidente de la Asociación Estadio La Unión (AELU) a principios de la década de 1990, una época crítica para la colectividad nikkei.

En pleno auge del fenómeno dekasegi, en el estadio había gente muy chica y gente muy grande. Faltaban los del medio: los jóvenes y los de mediana edad. Estaban en Japón trabajando. Tan grave era la cosa que recuerda una competición deportiva en la que solo había una atleta en carrera, rivalizando consigo misma porque no tenía adversarias.

Fue en ese difícil contexto que César Tsuneshige, como presidente, gestionó la construcción del tanque de agua elevado, una obra que se decidió ante las quejas de los socios por los servicios higiénicos.

Tocó varias puertas. Una de ellas fue la de Inca Kola, que a pesar de la dura situación del país colaboró con una importante suma. La coyuntura le permitió conocer una historia poco difundida. Una vez, convocó a los jerarcas de AELU, entre ellos los fundadores, para contar que había recibido una propuesta de Coca-Cola para ingresar al estadio. Los mayores le informaron de que durante la guerra Inca Kola fue la única compañía que ayudó a los negocios japoneses, rechazando plegarse al sentimiento antijaponés de la época.

Así las cosas, por lealtad a Inca Kola se decidió no aceptar la propuesta de la entonces competencia. En señal de gratitud, César Tsuneshige siempre deja flores en la tumba de Isaac Lindley, hijo de los fundadores de la gaseosa peruana.

La Asociación Peruano Japonesa (APJ) también contribuyó a la construcción del tanque de agua. Elena Yoshida presidía la APJ y ella fue importante no solo porque gestó y concretó el apoyo financiero al proyecto. También fue una de las personas que estimularon el interés de César Tsuneshige por la historia de la inmigración japonesa al Perú.

Así como supo de la relación entre la colonia e Inca Kola durante la guerra gracias al relato de los mayores en AELU, en APJ poco a poco comenzó a conocer los orígenes de la colectividad nikkei a través de directivos como Elena Yoshida o Gerardo Maruy. Años después fue presidente de APJ.

HOMBRE CON SUERTE

En 1990, César Tsuneshige visitó por primera vez Japón. Más de medio siglo después, se reencontró con el hermano que su padre había enviado a Yamaguchi a estudiar. Tuvo una infancia dura, yendo de casa en casa, criado por tías. Sin embargo, había llegado a la tercera edad con una familia formada. Tenía una vida hecha y holgada.

Los padres de don César no pudieron volver a su país después de migrar al Perú. Nunca hubo reencuentro con los hijos que enviaron a Japón. Por eso, él se preocupó por hacerle saber a su hermano que sus papás siempre pensaban en él, que su mamá lloraba por el hijo que tenía lejos, que la guerra lo cambió todo.

Como su hermano en Japón, él también ya tenía una vida hecha, con su esposa Lucha y sus hijos César y Patricia.

Con su esposa Lucha, sus dos hijos y su nieto. (Foto: © Archivo personal)

Con su esposa logró superar tiempos díficiles, como cuando fue rehén, con cientos de personas, de un grupo terrorista que tomó la residencia del embajador de Japón en 1996. Estuvo cinco días encerrado. Los cimientos que le proporcionaron la crianza de sus padres y el movimiento scout que lo acogió cuando era niño le dieron “fuerza moral” para resistir.

De Luisa, con la que estuvo casado desde 1968 hasta 2011, cuando ella falleció, destaca “su empeño, su carácter, su fortaleza”.

“He tenido suerte de tener una buena familia”, dice. De su papá aprendió “el espíritu de servir” y resalta la bondad de su madre.

Una lección que le inculcó su padre y que siempre recuerda es que la puntualidad es innegociable. “Tú tienes que ser puntual, porque tú te respetas a ti mismo y respetas el horario de los demás”, decía él. “Pero papá, el otro llega tarde”, replicaba César. “No, tú cumple con llegar”.

Su principal capital son los lazos afectivos. De lo que más orgulloso se siente es de “haber tenido una buena familia, buenas amistades. De haber contribuido en algo, aunque sea con un granito de arena, a la colectividad (nikkei). De haber tenido buenos maestros en el escultismo, que dejaron bases en momento sumamente duros”.

El día más feliz de su vida fue el de su matrimonio.


UN GRANITO QUE DEJA HUELLA 

“No es cuestión de dinero, es cuestión de dejar algo. Lo mejor que uno puede dejar son libros. Dejar algo escrito y que perdure. Sin querer, uno trasciende en el tiempo”, dice César Tsuneshige (Foto ©APJ / Raquel Baldarrago)

El Dr. Tsuneshige está leyendo actualmente una obra sobre la vida de Fidel Castro que le obsequió el embajador de Cuba, a quien conoció durante la celebración de los 115 años de la inmigración kumamotana al Perú.

Nunca le falta la compañía de un libro. Un elemento indispensable en su vida. “No es cuestión de dinero, es cuestión de dejar algo. Lo mejor que uno puede dejar son libros. Dejar algo escrito y que perdure. Sin querer, uno trasciende en el tiempo. Sin que uno no sea más que un granito en este mundo, deja algún tipo de huella”, dice.

La vida es como una amplia red de conexiones que se va tejiendo a lo largo de toda una existencia. En su caso, ha visto cómo ese cadena de vínculos lo ha marcado. Una persona a la que en el pasado ayudó reaparece en su vida mucho tiempo después y le da una mano. Lo que va, vuelve. Por eso, siempre pone énfasis en la importancia de la gratitud y la reciprocidad.

Que trabajos suyos sean recogidos en publicaciones en el extranjero, que sea considerado un referente en la historia de la colectividad nikkei o que lo entrevisten en reconocimiento a su trayectoria “son satisfacciones —dice— que no se compran con dinero”.

Termina la sesión de fotos. Ahora ya sabe cómo se siente un artista. 

 

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 117, y adaptado para Discover Nikkei.

 

© 2018 Texto y fotos: Asociación Peruano Japonesa  

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