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La Inca Kola de Isaac Lindley: un apoyo que nunca se olvida

Aviso publicado en el libro Kinenshi Souritsu Goshunen Zai Perú Okinawa Ongaku Kyoukai (Lima, 1954).

“Kola dorada”, “de sabor nacional” y que “con todo combina”, así es Inca Kola. Nació el 18 de enero de 1935, cuando Lima (Perú) celebraba su cuatricentenario y desde entonces cautiva a peruanos y extranjeros. La historia comienza con Joseph Robinson Lindley, inmigrante inglés que abrió en el Rímac su fábrica de aguas gaseosas “La Santa Rosa” en 1910. Para 1945, su hijo menor Isaac asume la gerencia y con él nace la amistad con la comunidad japonesa del Perú.

MEDIDAS ANTIJAPONESAS EN EL PERÚ

Con el sorpresivo ataque japonés a Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941), Estados Unidos entra en guerra con Japón y luego, con Alemania e Italia. Por solidaridad con Estados Unidos, se buscó el apoyo de los países americanos recomendándoles que rompieran relaciones diplomáticas con Japón, Alemania e Italia en la III Reunión de Consulta de Cancilleres (Brasil, 1942). El primer país que respondió al llamado fue el Perú, quien rompió todo vínculo diplomático y económico, declaró la guerra a Alemania y Japón en febrero de 1945 y desarrolló incluso una encarnizada política antijaponesa.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, en el Perú ya existía una campaña antijaponesa, alentada por ciertos políticos y prensa parcializada que veían con malos ojos la masiva inmigración japonesa. Como reflejo de la época, se dictaron leyes restrictivas que afectaron principalmente a los inmigrantes japoneses, sus familias y sus actividades económicas en el Perú, como el cierre de escuelas e instituciones, la confiscación de sus bienes y propiedades y, finalmente, las deportaciones.

En 1943, durante el gobierno de Manuel Prado, se ordenó la “expropiación de bienes y derechos de súbditos del Eje”, es decir, el traspaso forzoso de los negocios de japoneses, italianos y alemanes. Si un negocio era visitado por un interventor, esto significaba su fin: sería inventariado y, finalmente, subastado. El dueño ya no podía abastecerse de nueva mercadería y solo trabajaba con lo que tenía. Cuando vendía algo, podía conservar una parte de la ganancia para subsistir y el resto era retenido en un banco para futuros proyectos de construcción del gobierno. Si alguien quería comprar ese negocio, lo adquiría a precio de remate y el pago también era retenido. Mientras tanto, el interventor recibía un jugoso sueldo, que corría a cuenta del propietario del negocio. Por este control total, quebraron grandes casas comerciales. Los pequeños negocios se salvaron de correr la misma suerte.

Los más afectados por esta política fueron los comerciantes japoneses. Hubo discriminación, leyes abusivas y hasta boicot de los gobiernos de turno, que simpatizaban con la política estadounidense de la época. Las ganancias disminuían y los negocios no resultaban tan rentables como antes, ya nadie quería venderles a crédito. Incluso, hubo fábricas de gaseosas que no querían vender sus productos a los japoneses. Como un recuerdo ajeno, Giuliana Higuchi (blogger de La limeña cosmopolitud) repite lo que escuchó de familiares y amigos de sus padres: todos coincidían en que la Coca-Cola cerraba sus puertas a los comerciantes japoneses en esas épocas. Pero su competencia sí les mostraba una luz en el camino, dorada y de sabor nacional.

UNA AYUDA QUE NACIÓ COMO ESTRATEGIA DE VENTA

Durante la guerra, la Inca Kola fue la única marca que continuó abasteciendo a la colonia japonesa. Detrás de esta ayuda, encontramos la estrategia de ventas de José, el hijo mayor de los Lindley. Cuando los Lindley lanzaron al mercado la Inca Kola en 1935, quisieron popularizarla usando los mejores canales de venta de esa época: la publicidad en la radio, los concurridos restaurantes de la calle Capón (chifas) y las bodegas o pulperías de los chinos e italianos.

En la preguerra, las pulperías o bodegas en el Perú eran manejadas mayormente por italianos. Cuando los italianos prosperaron y cambiaron de rubro, traspasaron sus negocios a otros inmigrantes emergentes como los chinos y estos lo hicieron a su vez con los japoneses. Para cuando la Inka Cola nació, las bodegas más populares y numerosas eran las de los japoneses. Incluso durante la guerra y teniendo a Japón como enemigo declarado del Perú, Isaac Lindley continuó abasteciendo a los negocios de japoneses, siendo fiel a la estrategia comercial original. Con el tiempo y gracias a don Isaac, lo que esta estrategia comercial consiguió fue estrechar lazos de amistad entre la Inca Kola y la colectividad japonesa.

Isaac Lindley en una actividad realizada en AELU. (Foto: @ Archivo del Museo de la Inmigración Japonesa al Perú “Carlos Chiyoteru Hiraoka”)


LA PREFERENCIA QUE VA MÁS ALLÁ DEL SABOR

Hay recuerdos que se niegan a quedar en el olvido. César Tsuneshige (expresidente de la Asociación Peruano Japonesa) contó en una ocasión que don Isaac Lindley, hijo del creador de la Inka Cola, solía ir en su camioncito a las tiendas de los comerciantes japoneses a dejar Inca Kola a crédito (“fiado"), en una época en que los demás cerraban sus puertas a los japoneses. Así también lo confirma Giuliana: “Mi padre decía que consignaba, escuché de otros que hasta donaba las gaseosas. En un mundo en donde a los japoneses se les daba la espalda, el señor Lindley los apoyaba”.

Como agradecimiento, la Inca Kola se convirtió en producto casi exclusivo dentro de la colonia, incluso después de las épocas difíciles. La Inca Kola ha sido infaltable en toda celebración y actividad nikkei, como matrimonios o undokais. Según el libro Setogiwa: tiempos difíciles, de Carlos Yrigoyen, Inca Kola apoyó las celebraciones de la colectividad, abasteciéndolas ilimitadamente de su producto estrella. Para Isaac Lindley, la Inca Kola no podía faltar en “todas las celebraciones festivas de la colectividad en las que participaban los niños”, según relata.

En el muro posterior se aprecia un cartel de Inca Kola. Undokai de 1976, Estadio La Unión. (Foto: @ Archivo del Museo de la Inmigración Japonesa al Perú “Carlos Chiyoteru Hiraoka”)

A don Isaac Lindley, los exalumnos del colegio La Unión también lo recuerdan con agradecimiento. “Él fue quien donó las primeras computadoras cuando aún eran cosa rara, a finales del año 83”, recuerda David Uehara. Mientras que Diany Harada lo recuerda como el padrino de su promoción (1984). “Y con mucho orgullo, lleva su nombre”, agrega.

Aviso en la revista Nikko, 1986. (Foto: @ Archivo del Museo de la Inmigración Japonesa al Perú “Carlos Chiyoteru Hiraoka”)

Y para acompañar las comidas, la Inca Kola es infaltable, porque “con todo combina”, hasta con el chifa y la comida nikkei. Humberto Sato, pionero de la comida nikkei y recordado chef y propietario de Costanera 700, afirmó que no había nada mejor que una bebida clara como la Inca Kola para digerir los sabores extremos de su menú. Como dice su slogan, la Inca Kola sí que combina con todo.

Con esta fórmula perfecta, que mezcla la visión de negocios con la sensibilidad social, la Inca Kola logró posicionarse como favorita en la colectividad nikkei. Y con don Isaac Lindley, esto se convirtió en una amistad duradera.

FUENTES:
Samuel Matsuda (2014), Andando 75 años por los caminos del Perú.

Alejandro Sakuda (1999), El futuro era el Perú.

Carlos Yrigoyen (1994), Setogiwa: tiempos difíciles. 

Aldo Panfichi (2004), Mundos interiores: Lima 1850-1950.

Arca Continental Lindley (website).

Poder Enterprise (revista).

César Tsuneshigue para Noticias Nippon (2014).

La limeña cosmopolitud (2009).

Marco Avilés y Daniel Titinger para Letras Libres (2005).

Jiritsu (blog).

 

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 116, y adaptado para Discover Nikkei.

 

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