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Wendy Kohatsu, la yonsei que baila para conectarse con sus ancestros

Wendy Kohatsu (la primera desde la derecha), durante una presentación en Okinawa. (Foto archivo personal)

Wendy Kohatsu hace odori desde chiquita. Influenciada por su familia, desde sus bisabuelos japoneses hasta sus tíos, la música y el baile de Okinawa han formado parte del paisaje cotidiano de su vida desde siempre. Ha crecido con ellos como quien crece con una familia, una relación que se cultiva y afianza con el tiempo.

Ella pertenece al grupo de jóvenes nikkei peruanos que han encontrado en el arte una poderosa conexión con sus ancestros, un puente para retornar al pasado, pero no para quedarse en él, sino para proyectarse hacia el futuro. No solo se trata de conocer y preservar, sino también de difundir, de llegar a otros jóvenes para que el legado se reproduzca.

Wendy visitó por primera vez Okinawa en 2010, aprovechando un viaje a Japón para ver a su mamá. Una tía la llevó. Le ofreció un viaje de regalo al destino que quisiera: Taiwán, Corea del Sur, Okinawa… Ella eligió la tierra de sus antepasados. Estuvo solo cuatro días, pero fueron suficientes para que le pesara en el alma tener que irse. Quedó prendada. Fue entonces que se fijó la meta de volver. Cuándo, cómo, en qué circunstancias, no lo sabía. Pero volvería, eso sí.

Sus estudios de psicología en la universidad la alejaron de la posibilidad de retornar a Okinawa. Tenía la cabeza puesta en su carrera. Hasta que un día, varios años después, se encontró con una amiga que había estado becada en Uchina y le hizo una pregunta que cambió su vida: “¿No quieres ir a Okinawa?”.

Su amiga le contó su experiencia como becaria. Wendy la escuchó entusiasmada y por primera vez el sueño de retornar a Okinawa cobró forma. Ya había terminado su carrera, así que no tendría que interrumpir sus estudios. Con el viento a favor, se puso las pilas y logró ser elegida para estar un año en Okinawa estudiando odori en la Universidad de Arte.


OKINAWA: MAGIA, COLOR Y RIQUEZA

Fue duro, durísimo, al principio. Wendy descubrió en Okinawa que los chicos con los que iba a estudiar, a pesar de ser de primer año como ella, estaban más avanzados. Además, su dominio del idioma japonés era insuficiente. Así pues, tenía que nivelarse no solo en cuanto al baile, sino también en nihongo.

¿Qué le restaba por hacer? Practicar, practicar y practicar. Entre las muchas cosas que le dejó su estadía de un año en Okinawa como becaria, la joven psicóloga destaca la perseverancia y la paciencia.

Si las cosas no salían bien, no había tiempo para lamentarse, sino para continuar esforzándose. Los errores eran un impulso para “querer ser mejor”. Su lema era: “Seguir persistiendo por más que no te salga”. Había días en que estaba con el quimono de entrenamiento desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche. Tampoco había mucho tiempo para el ocio los fines de semana, en los que a menudo tenía que seguir ensayando o realizar presentaciones.

“Lágrimas (de frustración) me han salido, pero después fueron lágrimas de felicidad. Lograr algo que nunca esperé fue muy gratificante”, dice la yonsei. Lo bueno, cuenta ella, es que nunca encontró malas caras entre sus compañeros y profesores, siempre hubo disposición a ayudarla. “La gente allá es superlinda, superamable”, recuerda. Una brasileña y ella eran las únicas extranjeras.

Okinawa también modificó su manera de ver el odori. En el Perú era básicamente un hobby para ella, pero siendo testigo de la excelencia que el baile alcanza en la prefectura japonesa, del esfuerzo que le dedican sus cultores, se dio cuenta de que no era una actividad para practicar con ligereza, como si fuera un pasatiempo, sino que había que hacerlo lo mejor posible.

Más allá del baile y la música, su experiencia como becaria la acercó a sus ancestros y le dejó enseñanzas. “También me enseñó que la cultura de nuestros ancestros es muy rica. Muy rica en valores, muy rica en historia. Fue un aprendizaje hermoso que me dejó bastante en lo que pensar, bastante que transmitir”.

Para Wendy, Okinawa es distinta del resto de Japón. La gente, por ejemplo. “De la nada se ponen a hablar contigo del clima, de qué bus vas a tomar, cosas así. En Tokio no ves eso. La gente como que está más apurada, está siempre contra el tiempo; en Okinawa no, en Okinawa todo el mundo tiene su tiempo”.

“El hecho de sentir que eres bienvenida… No es que esté diciendo que la gente de la isla principal no sienta eso, pero como que sientes una pared, la cual no puedes pasar. En cambio, en Okinawa son bien hospitalarios, siempre están pendiente de qué te falta, qué necesitas, si tienes algún problema. Más en casa no puedes sentirte”, añade.

La hospitalidad, explica, no tiene que ver con el hecho de ser nikkei. Los brazos abiertos son para todos.

Los hermosos paisajes son un capítulo aparte. Wendy recuerda con emoción lo que significaba para ella despertarse cada mañana, abrir la ventana de su apato y regalarse el espectáculo de observar cerros plenos de verdor, casitas tradicionales y el monorriel que se movía acompañado por una pegajosa tonadilla. “(Okinawa tiene) otra aura, es mágica”, dice. Es “más colorido, más tropical”. Es el omnipresente sonido del sanshin.

No todo fueron flores, naturalmente. No le gustó, por ejemplo, la rigidez jerárquica, la división tan marcada entre senpai y kohai. Ella recuerda que cuando salían a bares después de una presentación, los kohai tenían que servir el trago a los senpai y estos se encargaban de pagarlo. Le costó habituarse a eso. En Perú hay horizontalidad en el trato.

No le gustaba tampoco el sufijo “san” añadido a su nombre. Para ella, constituía una barrera, un exceso de formalidad que prefería evitar. Al final, logró que la llamaran por su nombre a secas.

En Okinawa sentía la presencia de la guerra en todas partes: en las bases militares estadounidenses, en los soldados, las aeronaves militares, los museos conmemorativos, etc. Wendy piensa que los jóvenes okinawenses han normalizado la situación debido a que cuando nacieron ya existían las bases, mientras que para los mayores todo eso es doloroso porque los remite a un trágico pasado.

Por otro lado, le sorprendió descubrir cuánta gente tiene lazos con su país gracias a la inmigración japonesa. Un día una compañera de estudios le contó que su abuela había nacido en Perú. En otra ocasión, el papá de una amiga le dijo que tenían familia en Perú, algo que ni siquiera su amiga sabía. Así hubo varios casos.

No todos, sin embargo, estaban familiarizados con Perú. En realidad, no tenían ni idea de que existía. Wendy tuvo un diálogo surrealista con un compañero de estudios que se desarrolló de esta manera cuando ella le dijo que era peruana:

—Ah, Perú, ¿está al costado de Italia?

Ella lo miró asombrada.

—No, Perú está en Sudamérica —respondió.

—¿En qué parte de Sudamérica?

—Al costado de Brasil… ese es Perú.

—¿Qué? ¿Al costado de Brasil hay un país?

—Sí, hay un país, el país donde está Machu Picchu, no sé si has escuchado… —contestó un poco enfadada.

—Y qué idioma hablan, ¿peruano?

—No, hablamos español.

—¿Español? ¿Como en España?

—Sí —dijo resignada.


ENSEÑANDO EN PERÚ

A Wendy el año de becaria le quedó chico. Le encantaría volver a Okinawa para seguir aprendiendo y alcanzar el nivel de los artistas que conoció allá. Ya cumplida su beca en Japón, ahora tiene la misión de difundir en Perú lo aprendido allá. “Después de probar lo que es Okinawa me quedé con ganas de que la gente sepa más”, dice.

Wendy está enseñando odori a niños de 6 a 15 años, divididos en dos grupos, en la Asociación Okinawense del Perú.

Enseñar odori es mucho más que enseñar a mover el cuerpo al ritmo de una canción. Cuando las palabras no alcanzan, cuando no están a la altura de lo que deseas transmitir, comienza el lenguaje del cuerpo. El baile puede ser un medio de conexión superior al lenguaje verbal. “Me conecta con las personas y con mi pasado. Esa conexión que haces con las personas, saber que lo que estás haciendo le da sentido a la otra persona, le da alegría… No hay palabras”, dice. Es magia.

 

© 2018 Enrique Higa

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