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El último adiós - Parte 2

Un paseo fuera de Lima

Lea parte 1 >>

Ahora que reviso las fotos donde mi mamá aparece y veo esa primera vez que entró en la clínica, donde estuvo muy mal (ese era el momento que se iba y Dios nos dio una prórroga), se le ve con una cara diferente, con una expresión de cansada de la vida, de tristeza, de ida, de abandonar; pero ocurrió un cambio en ella, veo que su expresión fue cambiando, la venida de mi hermana Ana a visitarla, que vino de Nihon, donde ella trabaja hace muchos años; quizás lástima por ella, porque se fue con una imagen en su mente, de no querer luchar, pero nos dejó una oba que poco a poco cambió, con alegría, sonrisas, con ganas de vivir.

Fue levantándose poco a poco, hasta el final, siempre sonriendo, alegre, con sus bromas, con buen apetito, queriendo siempre sacar la vuelta en la comida, diciendo “rico, rico”, cuando comía algo que le gustaba, o cuando pedía su palito de dientes, para decir “voy a sacar el chancho al palo (un plato en donde el cerdo se cocina ahumándolo, al aire libre)”, o cuando veía su televisor y lo que veía eran programas de comida, sus “Veinte lucas”, “La tribuna de Alfredo”, del gordo Gonzales (programas de comida de la televisión peruana).

A pesar de que no podía comer muchas cosas, decía “cuando me llevará Roberto”, pero sin perder ese humor, conformándose con lo que le dimos. Claro que no fuimos del todo rígidos, esperaba cada salida, el celebrar cada cumpleaños, a dónde vamos, esperando su pedazo de torta y Jenny le decía “ya mañana dieta” y ella se reía con su cara de pícara.

A mi hermana Susana es a la que le pedía más cosas para comer, creo que la tomaba por el sentimiento, porque muchas veces cedía, pero lamentablemente nosotros teníamos que poner la disciplina. No se molestaba con nosotros, a Jenny nunca le dijo nada, solo se reía con su cara de pícara, nunca se quejó por la comida, a pesar de que casi no tenía sal. Incluso en esta última etapa cuando solo podía comer pollo en el almuerzo, en la cena solo verduras, o estar a punta de clara de huevo, en el desayuno y cena. Yo de solo verlas ya ni las quería comer, me imagino cómo sería con ella que se las comía.

Pero creo que cada uno hizo su parte, desde Akio que siempre acompañó a la obachan, un poco por conveniencia para jugar con la Tablet de la obachan; pero por otra siempre se preocupó por ella, como cuando no venían las enfermeras. Cuando necesitaba algo él corría para avisar, él era el jefecito que llamaba la atención a las enfermeras cuando llegaban tarde o cuando hacían algo malo, mejor que yo.

Creo que se fue acostumbrando, claro que a veces perdía la paciencia, mi mamá siempre le corregía o le decía algo que no había hecho porque su memoria ya no era la misma. Él entraba y la saludaba, pero a la hora le decía “Akio, tú no sabes saludar” y él se molestaba, le explicábamos que ya se olvida, pero al rato se le pasaba. Mi mamá lo extrañaba cuando no lo veía, cuando iba al parque y se llevaba su platita para hacer una travesura y comprarle algo que no debía comer, como contaba Akio que le mandaba a comprar un helado y comía un poquito y luego se lo daba a Akio. Ambos fueron cómplices en muchas cosas.

En un Centro Comercial

Después de tanta tristeza, la entrada en emergencia, las caras largas de los doctores, la muerte, el entierro, vienen las conversaciones, los recuerdos, las risas, pero pasa. La gente se va yendo, somos menos, nos vamos quedando solos, la recordamos y nos da pena. La vida continúa, como dice Akio (no sé de dónde sacó esa frase, creo que es un chiquito todavía). El colegio, el trabajo, la rutina diaria, pero todo ha cambiado; él también, al volver a casa después del colegio estaba de mal humor, todo lo molestaba, también lo siente, falta la obachan.

Mi hija a veces parece que viviera en su mundo, un poco indiferente a todo lo que pasa en casa, lo que sucede a su alrededor, pero es porque pone como un escudo y cree que no le va doler si no lo piensa, pero a veces se quiebra. Pero desde que entró a trabajar, cada vez que llegaba ella se iba de frente donde la obachan y le contaba aunque sea un ratito cómo le había ido, eso la ponía contenta, aunque al rato se olvidaba de que había estado su nieta. Estaba orgullosa de ella porque practicaba Eisa, algo que quizás quedó pendiente y es que siempre quiso verla bailar en una presentación, que nunca se hizo, ahora uno se acuerda de todas las cosas que se pudieron hacer pero ya es tarde.

Pero lo que rescato es que la obachan siempre estuvo feliz, riendo, bromeando, creo que cumplimos nuestro objetivo de hacerle lo que le restaba de vida un poquito mejor, queriendo sacar la vuelta con la comida, pícara, bromeando con su terapista, ella la hizo muy feliz con su sentido del humor, sus bromas, ocurrencias. Esperaba con ansias su terapia, a pesar de que se cansaba por los ejercicios que hacía, que le decía “vamos a Chincha para comer gato” (Chincha es un lugar al sur de Lima, donde dicen que se come gato), bromeaba la terapista y ella le seguía la cuerda. Milagros, la gordita, su terapista, se despidió de la obachan con mucha tristeza: “ya no vamos a poder ir a comer gato a Chincha”. No lo podía creer porque ella la vio y la dejó bien, hizo su terapia, se rio, bromeó, como todos los días, sin pensar que al día siguiente le iba decir que ya no estaba con nosotros.

Tantas cosas que contar de ella, voy a extrañar cada día al saludarla y preguntarle ¿cómo durmió?, que me diga “echadita” (lo que siempre le decía). Luego me decía “bien” o al despedirme para ir a trabajar, le decía “te portas bien”, “tú también”, me decía “y vende bastante”. Cuando llegaba de noche y le preguntaba cómo te fue, me decía “bien, a mí siempre me va bien, comer y dormir”.

Le decía “¿qué comiste?”, ya no se acordaba y miraba a la enfermera y decía “¿qué he comido?”, para que le sople. Esto últimamente ya era una constante, yo pensaba dentro de mí si algún día llegaría lo que me habían dicho, que ya no me iba a reconocer y cómo sería. Cuando por las noches me echaba con ella y conversando sobre cómo estaba y qué había hecho, si había ido al parque, cómo le fue en su día; me decía qué me cuentas, o cuando tenía que hacer sus necesidades  y me decía “un ratito, solamente cinco minutitos, regresas… ¿ya?”. Muchas veces no regresaba porque me ponía a hacer otras cosas, ahora pienso cómo no me quedaba un ratito más con ella, para eso ya es tarde.

Ahora regreso a casa y lo primero que hago es ir a ver a mi mamá, como siempre lo hacía, pero ya no está, cuántas cosas por decir, sin hacerlo, nos cambió a todos. Mi hermana igual llega y no hay  cómo saludarla, solo en el butsudan. Ahora duerme con Mayumi, para un poco disminuir la tristeza, porque ella dormía con mi mamá. Mayumi viene del trabajo e igual ya no puede contarle sus cosas, renegar del tráfico, el calor que hace, los malos olores de la combi, que le duele los pies por los tacos tan altos.

Akio llega del colegio y no tiene con quién pelear, a quién fastidiar, entrar haciendo bulla con la pelota, la oba renegando “este chico”; con quién ver su novela en las noches, aunque la oba ni la veía porque de lejos no veía bien y tampoco escuchaba bien, pero era estar con su nieto. Jenny, se acabó el hacer su dieta especial, el correr al mercado y decirle ahorita vengo, el preocuparse por las enfermeras, que la atiendan bien, que si tiene que comprar sus remedios, que le falta algo, lo más triste, el tener que almorzar sola, porque ahora ya no está la oba, no hay enfermeras, la casa la siente sola, quizás hasta más grande o será por el vacío que nos ha dejado su partida. Recién te has ido y ya te extrañamos un montón.

 

© 2018 Roberto Oshiro Teruya

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