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Mis Viejos

¿Qué es plagio? Plagio es copiar obras ajenas, dándolas como propias sin acreditar de manera explícita de dónde viene la información (Real Academia Española).

Cuántas veces soñé tener una historia familiar distinta para contar. Ojalá me hubiesen acusado de plagiar a alguien para no tener que hacerme cargo de mi realidad. Cuántas veces mentí a extraños para no tener que contar qué le había pasado a mi viejo, en realidad no sabíamos mucho, más allá de lo que contaron algunos testigos, que un grupo de tareas armados, vestidos de civil se lo llevaron a Oscar Takashi Oshiro y a su socio Enrique Gastón Courtade en un Ford Falcon para nunca regresar.

Casamiento, 12 de junio, 1970.

Mi mamá me hacía esconder en la escuela que mi padre estaba desaparecido. La escuela tenía más de 4,000 alumnos en el barrio de Caballito, era muy probable que yo cursase con los hijos de los represores que se llevaron a mi padre o simpatizantes del régimen.

Si lo decía ‘Beba’, mi mamá, entonces era mi tarjeta blanca para mentir o soñar con ojos abiertos, para poner mi historia como tenía que haber sido en un mundo justo, en donde otros hombres respetaban las ideas diferentes, donde trabajaban para crear un mundo mejor, en donde no se ponían primero que nada a los negocios o intereses económicos, en donde no se pisoteaban los derechos humanos, un mundo en donde no se secuestraba, torturaba, mataba. Era mi fuga para contar una realidad alternativa, cuando me preguntaban sobre mi padre lo veía trabajando en tribunales adelante del juez y del jurado dando un discurso elocuente para defender obreros.

Si estábamos de vacaciones y los chicos del barrio preguntaban sobre mi papá, les respondía que Takashi se había quedado en la Capital a trabajar. Esconder se había vuelto una forma de vida: mi vida. Ocultarle al mundo esa ausencia presente en todo lo que hacíamos era un estigma para llevar en silencio.

Pocos entendían lo que sucedía, pocos se solidarizaban con nuestra realidad si es que se enteraban, era más fácil alejarse de nosotros, mirar hacia otro lado, culpar a mi viejo por estar comprometido con sus valores, en vez de poner la culpa a los verdaderos culpables. En los años 70-80, mientras sucedían estas cosas, muchos preferían ignorarnos, no asociarse con familiares de desaparecidos, ya sea por temor o porque no los tocaba directamente, no era un tema “trendy” el de los derechos humanos.

Más de una vez escuché que me contestaban “algo habrá hecho” y me tocaba pelearme. Por eso era mejor no hablar.

Mi madre siempre me recordaba que mi padre era inteligente, amable, extrovertido, simpático, altruista y que si se lo llevaron era porque era muy capaz y no un inútil para la sociedad. Los milicos se llevaron la crème de la crème, un potencial humano con posibilidades infinitas que podrían haber cambiado el curso de la historia argentina para bien.

Por muchos años traté de seguir adelante sin mirar atrás. Y aunque si mi ambiente externo cambió varias veces (vivía en el continente europeo), mi mundo interior era siempre el mismo. Me escapaba de mí misma, de mi historia, por lo menos en lo que se refiere a mi historia personal, mi oba (abuela) era siempre mi punto de referencia. La que me recordaba a mi viejo cuando mi mamá ya no estaba a mi lado.

Esa opresión en el pecho la mantuve conmigo desde aquel día de abril de 1977 en que Takashi no pudo volver a casa. Arrastré el peso por tres continentes hasta cuando dos años atrás, por una serie de hechos o casualidades, me pareció que era el momento de dejar salir lo que sentía.

El primer paso fue cuando un amigo en común me habló de Andrés Asato, que estaba escribiendo un libro sobre los desaparecidos nikkei en Argentina. Después de diez años de trabajo necesitaba terminarlo y justo uno de los capítulos que faltaban era el de mi viejo.

Mi amigo me preguntó si por casualidad tenía algún pariente desaparecido, ya que tenía el mismo apellido y era de Argentina. Le contesté con mala ganas que era mi padre, ya que yo no hablaba sobre él.

Estos dos años fueron duros para digerir, pero al mismo tiempo me dieron alegrías y nuevas amistades que no esperaba encontrar. Como no sabía muy bien para dónde ir, me puse a hacer lo que me viene natural, empecé a hacer retratos de Takashi y luego como conocí más historias de los demás desaparecidos nikkei, sentí que tenía que pintar a ellos también. Lo que me llevó a Buenos Aires, a hacer la muestra con los familiares y dar una charla con Andrés Asato.

Él hablaba de su libro; “No sabían que somos semillas” y yo de la instalación de arte con los retratos. Ese fue el segundo paso, pensé que con la muestra se cerraba una etapa, pero descubrí que era solo la punta del iceberg, que tenía mucho más para descubrir, para decir. Con cada instalación veo una evolución, ya sea artística o interior.

Retrato de Takashi de la serie Kintsugi, Parte 2.

Creo que traigo a Takashi a mi presente en forma de retrato porque no lo quiero dejar atrás, no quiero abandonarlo hasta que sepa que está reposando junto con mis abuelos y mi mamá. Tener el cuadro de Takashi en frente me conecta con él, el sentimiento que me conecta ya no es más solo de tristeza como podría haber sido en el pasado.

Hay un dicho que dice: “You get what you get and you don’t throw a fit”. Te toca lo que te toca y no puedes quejarte. No puedo cambiar las cartas que me tocaron y creo que tampoco las aceptaría distintas, porque eso significaría no haber tenido los padres que tuve o la familia que tengo.

Después de “haberle abierto la puerta” a un desconocido, lo único que sabía del escritor Asato era que conocía a la compañera de búsqueda de mi madre y que teníamos un amigo en común en la colectividad japonesa en Argentina. Como nunca hago las cosas a medias, me dije a mí misma que iba a llegar al fondo de la cuestión. Contesté cada pregunta lo mejor que pude para el capítulo dedicado a mi viejo y para las dudas sin respuestas, le pregunté al amigo/colega de Takashi o a mi tía, la hermana de mi papá.

Descubrí cosas nuevas después de cuarenta años y aprecié más a mis viejos, a sus decisiones difíciles, a los momentos felices que pasamos que había olvidado o prefería no recordar, porque muchas veces esos momentos duelen más cuando sabemos que son irrepetibles.

Oscar firmando el dia que se recibió de abogado y de escribano publico.

Finalmente pude pasar todas esas etapas de pérdida que no había podido pasar antes ya que mi viejo, siendo desaparecido, estaba en una especie de limbo emocional; ni vivo, ni muerto y una pequeñísima parte en mi esperaba verlo de nuevo. Dicen que sin cuerpo no hay delito, esa es la cruel realidad que nos dejaron los milicos.

Mi prima de Yonabaru me llamó el año pasado diciéndome que su padre que lleva el butsudan (altar) de los Oshiro había integrado un “ihai” (placa ancestral) con el nombre de mi padre. Fue otro de esos eventos que me conmovió y me hizo buscar un poco de información sobre el tema. En estos años me preocupaba de la realidad cotidiana, con los pies bien plantados al piso, ahora se abría otra cosa más para preocuparme o pensar.

Esas costumbres del butsudan las veía en casa de mis amigas o las veces que participé al obon con mis familiares en Okinawa, solo un poco lo vi con mi oba (abuela), cuando todas las mañanas ponía una tacita de ocha (té) en una especie de altar con las fotos de mi papá, de mi abuelo y mi madre las pocas veces que había vuelto a Argentina.

Hace unos años atrás me invitaron a un grupo que se ocupa de las tradiciones del butsudan en Facebook pero nunca participaba, hasta que vi el documental de Pablo Moyano: “Silencio Roto, 16 Nikkei”, que hablaba de los 16 desaparecidos de la colectividad japonesa en Argentina en donde entrevistaban a la hermana de Horacio Gushiken, también desaparecido, del cual encontraron sus restos gracias a unos medium (yuta de Okinawa).

Nunca antes pensé que podría ser posible encontrar a mi padre, pero si dos de los desaparecidos nikkei fueron encontrados, pienso que podría ser una realidad en un futuro, espero no muy lejano, para mí también.

Nunca había escuchado sobre las yuta, de qué se ocupaban y tampoco se me ocurrió que yo podía contactar a una. Pero otra vez la casualidad quiso que uno de mis amigos tuviese una pariente yuta en Japón que pudo hablar con el primo de mi papá. Él nunca había visitado a una yuta aunque sí vive en Okinawa. Pero por su primo Takashi y por mí viajó dos horas en auto y se encontró con la yuta.

Me llamaron por teléfono mientras la visitaban, le dijo que mi padre había fallecido y por donde lo enterraron en una fosa común, pero no pude todavía verificar el lugar, ya que vivo fuera del país. Escuchar esas palabras me golpearon como si hubiese sido con un palo frío de acero. Dijo que no había ninguna duda de que estuviese muerto. Aunque es difícil creer en lo paranormal, me di cuenta de que me había dicho algo que ya sabía.

Mucha gente, sean amigos, parientes o extraños, ofrecen una mano. En el grupo del butsudan conocí a otro nikkei de Perú, con mi mismo apellido. Había sido el primero que me había contestado mi pregunta sobre las yuta (medium). Con mi nueva actitud me puse a contestarle sus preguntas. Meses después, Roberto Oshiro escribió un artículo sobre mi historia, se mostró un poco tímido al principio porque no sabía cómo yo iba a reaccionar al descubrir que había escrito un artículo. Después de leerlo, me impactó que se pusiera en mi lugar, cosa que pocos tienen la empatía para hacerlo.

La definición de la palabra plagio la incluí porque me hicieron notar que acusaron a Roberto de plagio por escribir sobre mí. En realidad, yo compartí la historia de Takashi con él, lo que me lleva a mi otra teoría: es necesario tener un testigo que cuente la hazaña ya que la hazaña de por sí, sin un testigo, queda olvidada.

En estos dos últimos años descubrí que muchas de las preguntas que me hacía se respondían desde distintos rincones del mundo. Decidí dejar de desconfiar del mundo, confiar más en mi instinto y ser más abierta para descubrir hacia dónde me lleva. No los voy a nombrar a todos pero ellos saben quiénes son y estoy muy agradecida de que hayan elegido darme una oportunidad para que yo sea parte de sus vidas también.

Tenía muchas preguntas que siempre quedaban como incógnitas, pero de a poco se fueron llenando los espacios vacíos con respuestas que tenían sentido para mí. Amigos de mi viejo iban apareciendo y dándome más información. No sé por qué recién ahora pude enfrentar el pasado, capaz que antes no estaba lista para tener respuestas, quizás guardar es inútil o quizás las cosas salen cuando tienen que salir. Y acá estoy esperando ver qué más puedo encontrar en este camino que se abrió. Sin esforzar la mano, dejaré que más respuestas fluyan hacia mí.

Oscar Takashi Oshiro y Gaby en Necochea.

© 2018 Gaby Oshiro

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