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NOVELA: Evodio el suertudo - 2 de 16

Parte 1 >>

Kumataro San

Es un japonés blanco casi transparente, cabello plateado, hirsuto cortado al estilo militar. Practicante de las artes marciales, se conserva sano, fuerte, jovial, bromista. Es viudo; su esposa Akemi no le dio hijos. Como todos los migrantes japoneses, Kumataro San, es una persona apreciada y respetada por la gente de los tres pueblos1. Los lugareños que le enseñaron a hablar las más diversas leperadas en castellano lo apodan: “Don Tomátu Yukota”. Él los reta, nadie responde, lo respetan, “Guarapatara” les dice.

Desde su arribo en 1897, son varios años de vivir en Escuintla. Kumataro San, como sus paisanos, se aclimataron al infernal calor húmedo de la costa de Chiapas, a pesar de que él nació y pasó parte de su adolescencia en la prefectura de Kumamoto, una región fría en el sur de Japón. Con acento japonés y dejo costeño habla castellano con los modismos del lugar.

Cuando Ojina pone en sus brazos a su nieto,  Kumataro San exclama:

¡Konnichi wa!

¡Ohayo gozaimasu!

¡Konban wa Watashi no kawaii kodomo!

¡Mi suekko! ¡Mi néko!

¡Hórale mi suekko salude a su Ojisan!

¡Vos debés saber que tu Obaasan está el cielo!

¡Ah Yegua qué tronco de chamaco, como pesa!

¡Está hermoso, tendrá los ojos claros de su abuelo!

¡Por los ojos de rayita, parece más japonés que los que nacen en el mismo Japón!

- Mija vas a necesitar una horqueta para abrírselos.

- Como dicen mis cabrones amigos escuintlecos: este chamaco si tiene ojos de ojal de calzoncillo ¡Ja, Ja, Ja!.

- A propósito de japoneses por  acá está de visita el Cónsul de Japón, se lo vamos a presentar para que vea la presencia joven de nuestra raza en esta parte del mundo.

La siembra de Evodio

De regreso a San Antoño, Moisés organizó la siembra de su penúltimo hijo. Al terminar la ceremonia, El Chimán sacó de su bolsa cinco frijoles de color rojo, los agitó en su mano derecha y los tiró al suelo. Enseguida con cara preocupada dijo a los papás: “Mis mishes dicen que a esta  criatura no lo quieren los ríos, que en su vida tendrá muchos enemigos, lo único bueno que veo es que será un hombre muy rico”.

Cuando Ojina regresó a su casa, para romper el conjuro, encendió tres veladoras a la Virgen de Guadalupe y puso en el altar un vaso lleno de azúcar para atraer a la buena suerte según las creencias japonesas. La ineluctable sentencia del Chimán quedó en secreto, después en el olvido.

Evodio, ajeno a la maldición, recibe de sus padres el mismo trato que sus diez hermanos mayores. El muchacho saludable tiene los ojos de gato como su abuelo Kumataro San. Sin ninguna novedad crece y ya es un hombre; recién cumplió quince años y como toda la familia se levanta muy temprano a trabajar en las diversas tareas  por hacer en el rancho. El prefiere ser arriero, le gusta montar acaballo, cuidar y consentir a las nobles bestias.

Un día de septiembre hubo la necesidad de ir por mercancías a El Triunfo, poblado a dos leguas de camino rumbo a Escuintla. Como la mítica esfinge, el Río Negro es el paso peligroso, desafiante, es la sepultura de mucha gente de la sierra. El río bufa como una bestia herida de muerte y por la gran creciente que trae desde la sierra, en algunos tramos el caudal de este río maldito tiene caídas hasta de noventa grados.

A pesar de la brutal fuerza de la corriente de ennegrecidas aguas aún en tiempos de seca, el hombre lo ha domado a medias. Un mochó comprador de café en la sierra llamado Doroteo Méndez, cansado de que El Río Negro se llevara muchas mulas cargadas con quintales de café, con su pecunia consiguió que una cuadrilla de maestros albañiles le construyera un puente con estribos capaces de soportar la fuerza brutal de la corriente.

En esta zona montañosa del municipio de Escuintla, llueve casi todos los meses del año, pero en septiembre es la cresta de las torrenciales lluvias.  A veces no paran en tres semanas, brota agua del suelo, se desgajan cerros, la corriente del río arrastra con todo lo que se topa: casas, árboles y piedras enormes. Hoy el agua del río rebasa más de un metro el piso del puente.

Este portento de piedra y cemento permanece firme, inexplicablemente soporta los embates furiosos de la caudalosa corriente. Evodio monta un caballo brioso, melado, alto, esbelto. Jinete y bestia no le temen al río; lo han cruzado muchas veces. Con la prepotencia de la juventud, Evodio rechaza el apoyo que le ofrece Beto Machín, un escuintleco que medio borracho, en calzoncillos de manta, por quince pesos, con su enorme caballo blanco, ayuda a pasar a la gente de la sierra a ambos lados del río.

Dos hermanos mayores que van en la retaguardia le gritan que se detenga: ¡Bollo fijáte bien, no pasés el río, está crecido y muy fuerte la creciente!   Evodio que va varios metros adelante no escucha; el bramido del río y el bullicio de la gente en ambos lados lo aturden.

El piso del puente no se ve por las turbias aguas, Evodio con el freno dirige al cuaco. Con el hocico levantado y los ojos pelones llenos de pavor el caballo entra al río, camina erguido en diagonal y atraviesa la parte más alta de la corriente. Evodio alza los brazos, agita las manos y grita a sus hermanos que ha logrado pasar al Río Negro.

En el último tramo del puente el caballo resbala y junto con Evodio es arrastrado y tragado por los borbollones de agua ¡Otro caserito más que el Río Negro se engulle! Grita Beto Machín. Sus timoratos hermanos que no se atrevieron a  pasar, permanecen en la orilla del río hablando a gritos con vecinos de San Antoño.

Desesperados, ven como su hermanito desaparece entre las violentas aguas turbias. Amarrados con reatas a los caballos y con el apoyo de Beto Machín se lanzan a rescatarlo y a media legua lo encuentran trabado en las gambas de un enorme árbol. La panza casi le revienta  por la cantidad de agua que Evodio ha tragado.

Su hermanito no respira, pálido como difunto; lo creen muerto, amoratado de varias partes del cuerpo. La sangre emana de la nariz y  de varias rajaduras de la cabeza. Providencialmente Beto Machín lo ha embrocado sobre una laja y Evodio empieza a vomitar el agua. Poco a poco su abultada panza recupera su tamaño, su pecho se contrae y sin abrir los ojos vuelve en sí. Sus hermanos que lloraban su muerte, ahora lloran de alegría porque su hermanito milagrosamente ha revivido; lo envuelven con un poncho rojo, lo montan en su caballo que, salvo unas rajaduras en el hocico, salió vivo del rio y ante la admiración del gentío los japones toman el camino de regreso  a San Antoño. 

Cuando llegan a su casa, Ojina al verlo por su corazón de madre sabe lo que le sucedió a su hijo consentido. Con agua oxigenada y bollos de algodón desinfecta las heridas; después pone dos mejorales en un vaso con te de hojas de aguacate. Evodio bebe a truc truc, a tesón. La cabeza hinchada, mayugada, es amarrada con un paliacate rojo y apoyado en sus papás es llevado a la cama. Hincados ante el altar Ojina y Moisés agradecen a la Guadalupana  su protección a la familia y que Bollo esté con vida.

Por la noche Evodio desvaría: ¡Ojisan, Ojisan, llévame contigo! arde en calentura por la infección en las múltiples heridas y golpes en todo su cuerpo. Para su buena suerte, la  brigada de Doctores y Enfermeros contra la Oncocercósis está de visita semestral en San Antoño; le inyectan analgésicos, antibióticos  que lo mejoran y lo ponen fuera de peligro en los siguientes tres días.

Aliviado de sus dolencias, una semana después, Evodio departe con su numerosa familia la comida, un cocido de res. Pasadas las preocupaciones, sus hermanos Eliseo y Anastasio relatan el incidente del Río Negro en donde por poco Evodio pierde la vida.

“Vos Bollo sos más duro que un tlacuache, te escapaste de la muerte, sos un suertudo”

- Hasta que paren las lluvias iremos al pueblo; no tenemos necesidad de pasar el Río Negro, no vale la pena arriesgarse, hay suficiente maíz, frijol, azúcar, sal, arroz en la bodega.  Por cierto en cuanto salga el sol hay que asolear el maíz para que no se lo coman los gorgojos, comenta Moisés a su familia.

Por la noche, en la intimidad Ojina y Moisés cuchichean; rememoran la maldición del Chimán cuando sembraron a Evodio y recuerdan palabra por palabra:

A esta criatura no lo quieren los ríos”
“Tendrá muchos enemigos en su vida”
“Será muy rico”

¡Se ha cumplido la primera parte de la maldición! 

En aquel momento de la sembrada de Evodio la maldición les aterró, después la guardaron en secreto, pactaron no divulgarlo; hacerlo traería consecuencias funestas para toda la familia y principalmente para el muchacho.

- No lo puedo creer parece una soñando una pesadilla- Dice Ojina entre llantos.

¿Pero qué podemos hacer? Responde circunspecto Moisés.

– Le compraremos un rancho ganadero en la costa y lo alejaremos de la arriería para que no tenga que estar pasando a cada rato ese maldito Río Negro.

Parte 3 >>

Nota de editora: Ésta es una obra de ficción. No está patrocinada ni afiliada de manera alguna por ninguna institución, instalación o familia. La historia está basada en lugares, personas y hechos históricos, pero está escrito enteramente desde el punto de vista del autor.

Referencia:
Evodio el suertudo - Modismos >>

 

© 2013 Florentino de Mazariegos

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